Opinión
La (maldita) estratificación de la clase obrera

Los estratos superiores de la clase obrera ostentan el poder respecto a los estratos inferiores e, igual que hace cualquier otro estrato superior, tienen el poder del relato y el privilegio de la invisibilización.
Siesta trabajador
Un trabajador de la construcción descansa tras el almuerzo. David F. Sabadell

Si hay un concepto clave para entender algunos desaguisados de las luchas obreras y del pensamiento anticapitalista europeo o, mejor aún, si hay un concepto útil para prevenirlos es el de la estratificación de la clase obrera, que podemos remontar, así a ojo, al mismísimo Engels en el texto La situación de la clase obrera en Inglaterra de 1845. Nada de inventos posmodernos, vamos, sino la base misma de los estudios canónicos para entender cómo funciona el capitalismo. Incluso para aquella gente que insiste en el lema de “una sola clase obrera”, incluso desde ahí, la cuestión es ineludible.

La estratificación de la clase obrera es un mecanismo básico, esencial y consubstancial al capitalismo que consiste en dividir la clase obrera para debilitarla. ¿Cómo la divide? Introduciendo en su seno otros factores de desigualdad. El género es uno de ellos (los y las obreras son sistémicamente desiguales también en tanto que clase obrera en lo que refiere, por ejemplo, a división sexual del trabajo, salarios y acceso al derecho mismo al trabajo asalariado); la racialización es otro, no excluyente, con el abismo del comercio de personas esclavizadas que merece mención aparte; y la condición, tampoco excluyente, de trabajadores autóctonos frente a extranjeros (o foráneos), entre otras desigualdades. ¿Cómo opera esa estratificación? Otorgando, dentro de la misma clase obrera, más derechos a unos que a otros y poniéndonos, así, a competir. Hay infinidad de ejemplos de estas prácticas, desde las huelgas mineras del Berguedà, en Catalunya, donde los patronos aprovechaban las migraciones internas para sustituir a los trabajadores organizados, hasta el paradigma que constituyeron las huelgas del carbón en Estados Unidos en 1873, donde los huelguistas blancos estadounidenses fueron sustituidos por estadounidenses racializados y por migrantes italianos, ambos grupos con mucho menos poder de asociación y de resistencia por partir de situaciones aún peores que la de los mineros en huelga, por difícil que parezca. Saïd Bouamama, en su imprescindible De las clases peligrosas al enemigo interior, cita numerosas situaciones.

El programa del Partido Obrero Francés, elaborado por Jules Guesde y Paul Lafargue en 1883, describía la instrumentalización capitalista de la mano de obra inmigrante: “Para robar más a los trabajadores franceses, los industriales franceses recurren a los trabajadores extranjeros. Los trabajadores extranjeros (belgas, alemanes, italianos, españoles), expulsados de su país por la miseria [...] están condenados a aceptar las condiciones del patrón y a trabajar por salarios que los trabajadores locales rechazan”.

Silenciar la desigualdad dentro de la clase obrera no la hace desaparecer porque, en contra del eslogan, la realidad sigue existiendo, terca, por mucho que no se la nombre

Si no entendemos y observamos este mecanismo no podemos ni entender ni resistir al capitalismo. Silenciar la desigualdad dentro de la clase obrera no la hace desaparecer porque, en contra del eslogan, la realidad sigue existiendo, terca, por mucho que no se la nombre. Como en el resto de la construcción social, los estratos superiores de la clase obrera ostentan el poder respecto a los estratos inferiores e, igual que hace cualquier otro estrato superior, tienen el poder del relato y el privilegio de la invisibilización. Y abusan de ese poder cuando niegan la estratificación en el único caso en que les beneficia negarla: cuando se trata de señalar que el sistema mismo nos divide dentro de la clase obrera, y nos coloca en situaciones desiguales intraclase. Engels lo llamaba “la aristocracia obrera”. Las quejas, por favor, a él.

La regularización de población migrante es una buena noticia para toda la clase obrera, pues nos refuerza como clase ya que otorga a más trabajadores los derechos para articularse y resistir a los abusos

Conocer, entender y dejar de silenciar este mecanismo es imprescindible para entender (y hacer entender a los y las demás) que la regularización de población migrante, por ejemplo, es una buena noticia para toda la clase obrera, pues nos refuerza como clase ya que otorga a más trabajadores los derechos para articularse y resistir a los abusos.

Y sirve también, permitidme la cuña, para entender la desigualdad inherente en las migraciones internas del desarrollismo franquista. Sesenta años después aún hay quien trata de impedir que las estudiemos porque “¡ey! pobres había en todas partes”. Y sí, claro, pero entre un pobre que migra y otro que está en su casa hay una desigualdad: todos eran trabajadores, todos eran pobres, pero solo algunos eran, y como son otros hoy, migrantes.


Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

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