Opinión
‘Ravalear’ y ‘Siemprevivas’: sombra y luz de las narrativas sobre el Raval

‘Ravalear’ y ‘Siemprevivas’ son dos obras tan diferentes como incomparables entre sí, más allá de sus formatos o de las diferencias porosas entre realidad y ficción, pero también son ejemplos de maneras muy distintas de narrar una realidad concreta.
Ravalear
Una escena de la serie ‘Ravalear’.
20 jul 2026 10:35

En estas últimas semanas ha coincidido el estreno de dos trabajos audiovisuales que tienen el Raval de Barcelona como trasfondo y escenario. Ambos vuelven a traer el debate sobre cómo se narran determinadas realidades sociales y la realidad de barrios que ya acumulan en su historial imaginarios y etiquetas difíciles de arrancar de su nombre.

Ravalear es una superproducción de HBO, dirigida por Pol Rodríguez y precedida de un importante aparato publicitario desde su presentación en la Berlinale. La serie ficciona los procesos de gentrificación y violencia inmobiliaria y urbanística, a través de la recreación del desahucio del histórico restaurante Can Lluís, perteneciente a la familia del director, que fue desalojado entre 2021 y 2022 y, con él, un fragmento vivo de la memoria barrial.

Siemprevivas es una producción financiada a través de una campaña de micromecenazgo, posibilitada por la constancia de su directora, Mar López Zapata, y con el apoyo de la pequeña productora The New Flesh. En ella, seis trabajadoras sexuales de avanzada edad explican sus vidas y sus relaciones de amistad y solidaridad, que se cruzan en la calle Robador, y ponen en común 50 años de historia y vida de las putas y otros tantos de las luchas cotidianas de trans y travestis en el barrio que ha sido y es su hábitat.

La primera es un thriller —aunque, en un coloquio, su director llegó a calificarla de “casi un documental”, remarcando la búsqueda de realismo—, que quiere conjugar en clave de suspense el verbo que le da título: las formas y las prácticas de vida propias del Raval, por ensayar una definición de diccionario. La segunda es un documental que, a través de entrevistas, encuentros, confidencias, viajes al pasado, al presente y a la playa, narra la historia de seis mujeres, trabajadoras sexuales, trans, travestis, madres, migrantes, activistas, vecinas, en sus múltiples dimensiones, donde el barrio es un personaje secundario pero el espacio geográfico central.

Aunque cualquiera puede pensar que son, a priori, dos obras tan diferentes como incomparables entre sí, más allá de sus formatos o de las diferencias porosas entre realidad y ficción, son ejemplos de maneras muy distintas de narrar una realidad concreta.

Oscurecer o esclarecer

Junto con aciertos indudables como el sonido de los butaneros que marca el ritmo de la calle, una de las cosas que se perciben con más fuerza de Ravalear es una búsqueda deliberada de penumbra. La iluminación y el encuadre de las escenas del restaurante, de los pisos, incluso de la calle, son las de lugares sin luz y sin salida, que en conjunto dibujan un clima claustrofóbico. La claridad en Ravalear es apenas un matiz que se cuela en algunas escenas, y la oscuridad es algo que crece y se expande conforme avanzan los capítulos. La razón no es solo que hay mucha noche en la narración, sino que las escenas de día a menudo aparecen también apagadas, las escenas de interior enfatizan la sombra y las propias escenas nocturnas son de ese negro saturado que a pocos metros no deja ver qué hay más allá.

‘Ravalear’ oscurece utilizando los trucos del cine y la fotografía, pero también reiterando todos los clichés visuales sobre el barrio

El Raval ha sido descrito históricamente con esos contornos de un lugar peligroso: un pozo negro, un lugar tenebroso que esconde, sobre todo, amenazas. En su ambientación la serie lo repite sin ninguna voluntad de sustraerse ni de diferenciarse de ese tópico. Ravalear oscurece utilizando los trucos del cine y la fotografía, pero también reiterando todos los clichés visuales sobre el barrio.

En cambio, Siemprevivas convierte el color y el contraste en un discurso visual desmitificador del aura de oscuridad y peligro que impregna más si cabe la imagen típica de las trabajadoras sexuales. Sin filtros ni retoques, el relato se sucede en las casas, en las calles, en las esquinas, en los bares... y es la propia textura de la vida cotidiana la que desarma por sí sola el estigma y el morbo: las conversaciones con Laura en una vivienda pequeña pero que condensa varias vidas; el paseo codo a codo de Vicenta, Marga, Laura y Flor por la calle Robador; o la imagen de Flor preparando su agenda de trabajo al sol y acompañada de un coñac, en la mesa de entrada del Filmax.

‘Siemprevivas’ esclarece propiciando una relación entre las personas y los espacios que hace que la realidad humana y geográfica hable por sí misma

El contacto entre ese tratamiento visual y la expresividad de Vicenta, Marga, Laura, Flor, Ana y Zully, provoca momentos en los que, de manera literal, la alegría o la amistad que contienen se sale de la pantalla sin necesidad de ningún truco sentimental. Siemprevivas esclarece propiciando una relación entre las personas y los espacios que hace que la realidad humana y geográfica hable por sí misma.

Érase dos veces...

El desarrollo de Ravalear se puede resumir así. Tras confirmarse la compra de la finca donde se encuentra Can Mosques (nombre de Can Lluís en la ficción) por parte de un fondo bruitre, el drama familiar inicial da paso a una trama de venta de llaves protagonizada por Àlex (Enric Auquer), uno de los hijos de la familia. Con el fin de “toxificar” la finca para dificultar los objetivos del fondo, Àlex se alía con lo que la serie llama “los okupas del colectivo” —dos personajes, muy folklorizados, que parece que actúan más por su cuenta que como parte de ningún colectivo— para introducir familias en algunos pisos de la finca y, por el camino, descubre una lucrativa fuente de ingresos en la venta de llaves de pisos ocupados.

Àlex desarrolla un sistema de captación protagonizado por una población excedente —clase trabajadora, precaria, transnacional, sin techo...— que es utilizada como carne de cañón en sus diferentes eslabones: algunos jóvenes migrantes empleados sirven como captadores y mano de obra; Nisreen (Noor Ul Huda), una amiga de la hija de Àlex utilizada como traductora del urdu al castellano; Souha (Mohamed Ben Moula), empleado en la trama de venta de llaves y como mano de obra barata en el restaurante; y, en última instancia, los diferentes arquetipos de gente sin casa estafada en la trama. La relación de esa capa social con las múltiples violencias o formas de explotación a la que está sometida es sobre todo pasiva, casi aparecen como víctimas en términos absolutos. Algo que se ve con claridad en el desalojo extrajudicial del cuarto capítulo, que se produce sin ningún tipo de oposición frente a los matones, pese a que la memoria reciente del Raval ofrecía otras posibilidades narrativas sobre las actividades de Desokupa en el barrio. Se opta, en cambio, por un realismo casi dickensiano, que se regodea en los detalles de una opresión sin resistencia.

En Siemprevivas está presente la violencia vivida por sus protagonistas —con las familias, con las normas sociales, con los hombres, con la autoridad, con la sociedad misma—, pero el tema no es su victimización sino lo contrario, sus prácticas de libertad efectivas y muy reales. No sé si es una elección del todo consciente, aunque sí arriesgada, pero Mar López Zapata renuncia a explicar las violencias que atraviesan a sus protagonistas; estas aparecen a veces pero de manera tangencial, cuando alguna de ellas decide explicar algo en particular. No hay ningún énfasis en contar “la dura vida de...” pese a que la inmensa mayoría de la producción cultural sobre la prostitución o sobre las discriminaciones de género se basa en ese tipo de “érase una vez...”.

Detrás de eso hay una elección radical. Partir desde un lugar diferente a ese que hace mirar a una puta, una trans, una migrante, una travesti, como una mera expresión de las violencias que padecen, y, por tanto, como personas marcadas e incapacitadas para hablar de su propia experiencia. La posición de partida de Siemprevivas es, desde el primer minuto, narrar cómo se han construido libres mujeres que están en una edad madura y que, por tanto, pueden explicar desde la memoria de una vida larga sus estrategias de emancipación.

Guerra civil o apoyo mutuo

Ravalear tiene algunos aspectos secundarios bien conseguidos, como el personaje de Nisreem, que es un buen reflejo de esa generación ravalera que hoy está entre la adolescencia y la primera madurez, y que está marcada por dos polos opuestos: una densidad de conocimientos (sociales, vitales, idiomáticos…) solo igualada por la múltiples formas de inferiorización (material, de derechos y simbólica) a la que está sometida.

La narrativa central de ‘Ravalear’ muestra las relaciones sociales del barrio como una guerra civil en la que, arrastrados por la lógica del mercado, todo el mundo se aprovecha de todo el mundo

Pero su narrativa central muestra las relaciones sociales del barrio como una guerra civil en la que, arrastrados por la lógica del mercado, todo el mundo se aprovecha de todo el mundo: el fondo buitre utiliza a la inmobiliaria, la inmobiliaria utiliza a los vecinos de clase media, la clase media utiliza a migrantes y okupas para sus intereses, los okupas utilizan a la gente “vulnerable” para su estrategia. Aunque la encarnación del mal radical sea Claire y el capitalismo inmobiliario, todos sin excepción se manipulan o se utilizan en algún momento. Así lo explicó el propio Pol Rodríguez en una entrevista: “Cómo eso coge una deriva en la que cada uno va presionando a quien tiene abajo, y entonces nos planteamos que ‘quien tiene un privilegio, se aprovecha de ese privilegio’” [...] Cómo conectar a una bróker de un fondo de inversión como es Claire con una niña pakistaní del barrio que alquila habitaciones a recién llegados de Pakistán. Y es eso, uno se aprovecha del otro, otro se aprovecha de otro y este sistema...”. La presunta complejidad de los personajes se reduce a lo más simple: todos ejercen el mal sobre otros en la medida de sus circunstancias.

El Raval aparece, una vez más, como un territorio sin ley pero, sobre todo, sin ética o con una ética social decreciente, regido por la ley del más fuerte. De las formas de comunidad, resistencia o apoyo mutuo, Ravalear apenas se permite algunas pinceladas, como pequeños gestos individuales, espacios más terapeúticos que de lucha o cascarones huecos sin capacidad de autodefensa real. Porque en realidad lo que cohesiona la comunidad es la clase media, representada aquí por el restaurante —que da trabajo, ofrece apoyo, integra...—, y cuando la clase media se hunde, con ella se hunde la comunidad o, mejor, los “valores comunitarios” como los que intenta balbucear en el quinto capítulo el personaje de Marta (María Rodríguez Soto) ante la tutora de su hija después de una pelea escolar: “Somos una familia comprometida con el bienestar, co… común, o nos ayudamos los unos a los otros o no saldremos adelante”.

Por su parte, en Siemprevivas el peso está en la solidaridad entre putas, trans y travestis. A sus seis protagonistas la violencia estructural las obliga a vivir no ya en el mercado, sino en un marco de negación —de su trabajo, de su identidad de género, de su existencia misma—, pero su supervivencia se apoya sobre las alianzas y el cuidado, sobre la construcción de espacios de libertad basados en comunidades de apoyo formales e informales: “Íbamos todas a una, todas a una; si pasaba algo con un cliente que se portaba mal o lo que sea, acudían todas, éramos una piñata: cumpleaños, aniversarios… éramos una familia, venían a ver a mi madre cada momento… ¿ves cómo eran mayores? Porque la dueña quiso que las mujeres mayores trans no se encontraran trabajando en la calle, que tuvieran un local para que se pudieran arropar” (Laura)

Aquí la comunidad aparece como una construcción entre iguales y no como una dependencia de ninguna entidad superior, institucional o de clase. De hecho, aparece como un espacio que permite precisamente romper las dependencias. No es un conjunto de valores morales más o menos abstractos, sino una necesidad y una práctica que por sí expande la vida frente a lo que la oprime y la empequeñece.

Malas o buenas personas

Ravalear es una historia con moraleja: como no hay espacio más allá las lógicas de mercado, el mercado nos hace malas personas. En la línea de un tipo de crítica aparentemente realista y anticapitalista, pero que se recrea en el triunfo de una dominación frente a la que no hay alternativa, y que impide a sus personajes no pueden ser libres porque no pueden construir nada diferente a lo que su lugar en la estructura social les ha reservado. Una lectura moral de las relaciones de poder, en la que están (estamos) condenados a hacer el mal.

‘Siemprevivas’ muestra, sin moraleja, una forma de inteligencia y libertad construida no al margen del mercado ni de la represión, pero sí en unas claves diferentes y en conflicto con las formas de dominación

Siemprevivas muestra, sin moraleja, una forma de inteligencia y libertad construida no al margen del mercado ni de la represión, pero sí en unas claves diferentes y en conflicto con las formas de dominación. Sus protagonistas se han construido desde el apoyo y el cuidado, no porque sean buenas o mejores personas, sino porque han aprendido que los vínculos que llevan construyendo durante décadas son los que las protegen frente y contra la vida entendida como guerra civil, tal y como expresa Ana casi al final del documental: “Nadie puede llegar a ninguna parte solo, hay que llegar acompañado, las putas solas no llegarían a ningún sitio, ni los manteros solos, ni otros colectivos solos… Todo el mundo necesita andar juntos, porque juntos te haces más fuerte. Yo no puedo luchar solamente por ser puta, solamente yo, no, yo tengo que luchar por otras personas también”.

Una dimensión de la vida en el Raval oscurecida por la tendencia a la crónica negra, pero que explica en buena parte por qué, treinta años después del comienzo de la última gran operación de violencia urbanística, y hoy, en pleno ciclo turistificador e inversionista global y local, sigue siendo una realidad que se resiste.

Literatura
Los adolescentes del Raval narran su barrio
El anuncio preguntaba si tenías entre 15 y 18 años y vivías en el Raval. También aseguraba que si tienes una historia, hay que contarla. Y eso es lo que ha pasado: tras participar en un concurso de relatos y un taller de escritura, una veintena de jóvenes del Raval firman un libro en el que cuentan cómo es su barrio, para que nadie se atreva a hacerlo en su lugar.

Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

Cargando valoraciones...
Comentar
Informar de un error
Es necesario tener cuenta y acceder a ella para poder hacer envíos. Regístrate. Entra na túa conta.
Cargando...
Cargando...
Comentarios

Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.

Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!

Cargando comentarios...