Opinión
Trump y el laberinto cubano

Cuba vive días muy difíciles como resultado de la agresión trumpista y el acumulado de problemas internos que no ha logrado ser resuelto dentro de los marcos sistémicos.
Alina López Matanzas Cuba - 1
Sede del Partido Comunista Cubano en las calles desiertas de Matanzas. Alex Zapico

El mes de mayo arrancó con el recrudecimiento de la política de Trump hacia Cuba. El mismo día en el que el gobierno estadounidense anunció la aprobación de una nueva orden ejecutiva —dirigida a imponer sanciones a funcionarios de la Isla “responsables de la represión y de amenazas a la seguridad nacional norteamericana”— el presidente, en una cena en Florida, declaró su voluntad de “tomar el control de la isla casi de inmediato”. A tono con la línea política imperante desde enero, el  trumpismo volvió a enseñar las garras.

En el primer cuatrimestre del año, las tensiones entre Washington y La Habana no han hecho más que escalar. Tras la operación quirúrgica que concluyó con el secuestro de Nicolás Maduro, la Casa Blanca multiplicó sus amenazas al gobierno cubano, al tiempo que impuso un bloqueo petrolero que ha supuesto la semiparalización de la economía insular. A partir de entonces, las declaraciones amenazantes de Trump y su equipo —en especial las del secretario de Estado Marco Rubio— se han intercalado con las filtraciones relativas a encuentros sostenidos entre autoridades gubernamentales de las dos naciones en pugna.

Ahora mismo es tema de debate definir si los amagos de una acción militar contra la isla se concretarán. Las variables en juego son muchas, en un arco que incluye la dinámica geopolítica global y los rejuegos que en el ámbito doméstico se articulan en el interior de Estados Unidos. La incertidumbre está sobre la mesa, aunque narrativamente la justificación para agredir a la isla ya está servida.

La deriva violenta del trumpismo resulta una cuestión a tomar en cuenta. Las palabras agresivas dirigidas a Venezuela e Irán se concretaron y ahí están los resultados, de la lesión al ejercicio de la soberanía por parte de Caracas a la destrucción que las bombas han llevado a la nación persa. Conviene, por tanto, no subestimar a Trump y a su retórica incendiaria, más aún en un contexto en el que su fracaso contra Teherán pudiera incentivar el interés por buscar una victoria fácil en el Caribe. Sin embargo, hay variables que permiten identificar el ataque a Cuba como un escenario cargado de conflictos que pueden quitarle el sueño al inquilino de la Casa Blanca.

No está nada claro que con la isla vaya a funcionar una operación como la realizada en Venezuela, no solo por el desaparición del factor sorpresa, sino también por la demostrada capacidad de resistencia de las tropas cubanas

En primer lugar, no está nada claro que con la isla vaya a funcionar una operación como la realizada en Venezuela, no solo por el desaparición del factor sorpresa, sino también por la demostrada capacidad de resistencia de las tropas cubanas, lo cual se expresó en el combate librado en la madrugada del 3 de enero. Si se materializó un duro enfrentamiento en tierras sudamericanas —dentro de un escenario en el que de manera sospechosa flaqueó el sistema defensivo que debía proteger a Caracas— cabe pensar que en suelo cubano la pelea no sería asunto de coser y cantar. A su vez, emerge el interrogante de qué secuestro o descabezamiento podría colocar al liderazgo antillano en un estado de terror y parálisis que le llevara a aceptar, a pie juntillas, los dictados de Mr. Trump.

Como segundo aspecto emerge la realidad ya palpable en Irán. La ofensiva aérea tiene serias limitaciones a la hora de ser partera de un cambio de régimen. Muchas bombas pueden caer —con toda la estela de destrucción y sangre que tal proceder implica— sin que se produzca por ello la rendición incondicional del adversario. A tono con tales circunstancias, se abre como opción el lanzamiento de una operación militar que implique el desembarco a gran escala de tropas en Cuba; decisión que, de ser tomada, obliga a cargar con todos los riesgos que ella supone, en primer término la posibilidad de una seria resistencia en la isla a partir de los códigos de la guerra irregular, núcleo básico de la doctrina de defensa cubana desde los años de tensión con la Administración Reagan en la década de los 80 del siglo pasado. Tanto el bombardeo como la invasión implicarían, asimismo, responsabilidad estadounidense con la reconstrucción del país, cuestión seguramente no muy simpática para el contribuyente norteamericano. A ello se suman las complicaciones derivadas de un potencial un éxodo migratorio de cubanos hacia Estados Unidos, habida cuenta de la cercana vecindad. Las crisis del Mariel y de los balseros son antecedentes importantes a tomar en cuenta.

El bloqueo recrudecido puede en algún momento alcanzar el objetivo soñado de propiciar un levantamiento masivo en Cuba que provoque la implosión del sistema

Los conflictos apuntados podrían impulsar a Trump a continuar su política de máxima presión a la isla mediante la asfixia económica. El bloqueo recrudecido puede en algún momento alcanzar el objetivo soñado de propiciar un levantamiento masivo en Cuba que provoque la implosión del sistema. Por otro lado, cabe la posibilidad de que se articule un esquema de negociación que permita la rebaja de las tensiones y quizás el establecimiento de un modus vivendi duradero entre Washington y La Habana, propósito este que hasta el presente es torpedeado por el propio gobierno estadounidense, que no solo rompe la confianza de la parte cubana con su discurso agresivo y las recurrentes filtraciones a la prensa, sino también con el planteamiento de exigencias lesivas a la soberanía de la isla, muy difíciles de aceptar para un gobierno que ha construido parte de su legitimidad en la defensa de una posición de principios frente a las históricas amenazas del poderoso vecino imperial.

En el marco de la interacción bilateral entre Cuba y Estados Unidos intervienen otras dos variable de peso. De un lado se manifiesta la fractura del consenso político en el interior de la isla, derivada de la prologada crisis económica, su agudización en el último sexenio, el impacto en la cotidianidad de los cubanos de situaciones como los extensos cortes de electricidad y las manquedades del gobierno, no solo para reformar la economía, sino también para crear espacios de participación que den voz a una sociedad cada vez más plural. En paralelo, la emigración —en especial la nucleada en el sur de Florida— continúa capitaneada por un sector extremista constituido en lobby que presiona en contra de cualquier apertura con La Habana que no se exprese a través del denominado “cambio de régimen”. A su vez, dentro del exilio pareciera haber iniciado la carrera por la presidencia del país que surgiría tras el colapso del sistema.

Cuba vive días muy difíciles como resultado de la agresión trumpista y el acumulado de problemas internos que no ha logrado ser resuelto dentro de los marcos sistémicos. La gente de a pie sufre en su cotidianidad el impacto de las sanciones de Washington y el precario estado de las políticas de bienestar social gestadas por la Revolución. En el marco de un sistema que ha sido incapaz de cambiar en la cuantía necesaria tanto en lo económico como en lo político, el agobio y hastío ciudadanos le dan combustible a la polarización política, esa que permite entender que en una misma Habana coincidan una persona que —con total ejercicio de su voluntad— decidió participar en los actos oficiales convocados por el gobierno para celebrar el 1 de Mayo y otra que, en alguna esquina de la ciudad, espera a que “San Donald” obre el milagro de un país mejor, incluso aunque ello implique la caída de las bombas sobre la tierra que la vio nacer.

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