El orgullo revolucionario, el trumpismo 'a lo cubano' y el malestar de una República en plena crisis

Bajo la amenaza de intervención militar y el bloqueo petrolero asfixiante impuestos por EEUU, el gobierno de Miguel Díaz-Canel en Cuba enfrenta la crisis económica, el desgaste interno, y una fractura del consenso social.
Vida cotidiana Cuba
La vida en Cuba está marcada por los apagones y la carestía de los alimentos e insumos. Alex Zapico
18 abr 2026 06:00

“Esperaban miedo y encontraron coraje. Apostaron a la traición y los enfrentó un pueblo unido”. Estas palabras lanzadas por Miguel Díaz-Canel el jueves 16 de abril se refieren al acontecimiento histórico de Playa Girón conocido también como la invasión de Bahía de Cochinos, pero los paralelismos con la actualidad son intencionados y coherentes con la posición del gobierno cubano ante el trance político más importante desde la llegada de Díaz-Canel al Palacio de la Revolución, hace ahora cinco años.

Estos días se cumple el 65 aniversario de unos hechos que definieron a la República de Cuba. Al repeler al contingente de mercenarios y cubanos contrarrevolucionarios dirigidos por la CIA y lanzados a una operación sin sentido por la presidencia de John F. Kennedy y el secretario de Defensa Robert McNamara, la Cuba de Fidel Castro se legitimó internamente y proyectó una imagen de fuerza y conciencia que dio la vuelta al mundo. Para EEUU fue un desafío rotundo a la Doctrina Monroe, una afrenta que ha marcado décadas de castigos y de bloqueo económico.

Ataviado con el uniforme que le corresponde como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), el discurso de Díaz-Canel del pasado jueves fue una mirada al pasado pero, muy especialmente, al presente que envuelve a Cuba. Un presente marcado por las constantes amenazas de Donald Trump hacia la isla y por las dificultades derivadas del bloqueo petrolero establecido sobre la isla desde enero de este año.

“Yo soy muy escéptica con que se puede negociar con el gobierno de Trump, con un gobierno fascista”, señala Mariana Camejo, “pero entiendo perfectamente que es la única salida”

Las referencias a Playa Girón se enmarcan en el momento de incertidumbre que pende sobre la isla: la posibilidad de una intervención militar por parte de Estados Unidos, algo que ha estado virtualmente fuera de la ecuación desde la Crisis de los Misiles, en 1962. “El momento es sumamente desafiante y nos convoca otra vez, como en aquel 16 de abril de 1961, a estar listos para enfrentar serias amenazas, entre ellas la agresión militar. No la queremos, pero es nuestro deber prepararnos para evitarla y, si fuera inevitable, ¡ganarla!”, exclamó este jueves Díaz-Canel.

Mariana Camejo, directora de La Joven Cuba y del podcast La Reunión, explicaba a los micrófonos de El Salto que, a pesar de que los planes de la Casa Blanca parecen poco claros y hasta cierto punto fruto de las frustraciones derivadas de la operación fallida contra Irán, en el interior de la isla no se descarta la intervención militar a la que Díaz-Canel se tuvo que referir en su discurso del jueves.


Pero, incluso contando con el fervor que invocaba Díaz-Canel para detener una agresión unilateral de EEUU, no es necesario incidir en las diferencias entre la capacidad de los ejércitos de Estados Unidos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias. El primero se acerca a un presupuesto oficial de un billón de dólares, una cifra muy superior al PIB total de la isla. “En este escenario en el que se espera cualquier tipo de acción militar, obviamente, Cuba va a responder y la defensa cubana va a responder. Entonces ¿qué se puede abrir a partir de ahí? Un escenario grave, preocupante”.

El escenario empuja al gobierno cubano a negociar, pero no se sabe exactamente qué concesiones se pretenden del sistema cubano. “Yo soy muy escéptica con que se puede negociar con el gobierno de Trump, con un gobierno fascista”, señala Camejo, “pero entiendo perfectamente que es la única salida y está bien que el gobierno cubano esté intentándolo”. El 8 de abril, la viceministra de Asuntos Exteriores Josefina Vidal avanzó que las conversaciones entre los Gobiernos de Cuba y de su némesis histórica, Estados Unidos, están en una situación 'muy preliminar'. Cinco días después, Trump volvía a amenazar con que cuando terminen lo de Irán y Oriente Medio, su ejército “hará una parada en Cuba”.

No hay líneas oficiales abiertas para encauzar una situación que juega en dos planos muy diferentes: por un lado, la retórica trumpista, agitada por una parte mayoritaria del exilio cubano en EEUU, que busca un castigo ejemplarizante como el que ha marcado la historia de Haití, el otro gran ejemplo revolucionario del Caribe; por otra, la política real, tanto estadounidense —es difícil discernir qué puede ganar EEUU en términos materiales de una invasión militar a la isla— como las necesidades de Cuba.

Estas pasan por la búsqueda de una estabilidad tras dos meses esperando la tormenta y, sobre todo, por un mayor acceso al petróleo, que hasta ahora ha llegado solo a través del petrolero ruso Anatoli Kolodkin que, cargado con cien mil toneladas de crudo, fue autorizado a entrar al puerto de Matanzas a comienzos de abril. En esa ocasión, la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, anunció que se permitía el acceso del Kolodkin por razones humanitarias, pero que la llegada de nuevos barcos a la isla se autorizaría “caso por caso”. Desde entonces no ha entrado una gota de crudo más, aunque Rusia ha fletado otro petrolero que debería llegar a la isla a finales de este mes de abril.

Miami quiere la invasión

Coincidiendo con la conmemoración de los hechos de Playa Girón, en los que una milicia de mercenarios, la mayoría de origen cubano, adiestrada por los servicios secretos estadounidenses fue derrotada en su intento de invasión, el medio estadounidense The Miami Herald publicaba una encuesta que señalaba que casi ocho de cada diez cubano-estadounidenses respalda una intervención militar de Estados Unidos en la isla.

Aunque, en contra de la leyenda que él mismo fomentó, Marco Rubio, secretario de Estado de los Estados Unidos, no pertenece a la casta de cubanos exiliados después de la Revolución de 1959 —sus padres emigraron tres años antes de que los revolucionarios entraran en La Habana—, lo cierto es que su papel es importante para establecer la compleja situación en la que se ha metido el Gabinete Trump. 

Por un lado, Rubio representa ese sector cubano-estadounidense, conocido como “la gusanera” por sus críticos, que nunca han perdido de vista el escenario de infligir a la Revolución la derrota que no pudieron conseguir en los años 60. Por otro, el secretario de Estado ha dejado que se filtre información sobre un posible encuentro en el archipiélago de San Cristóbal y Nieves con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, conocido como “el cangrejo”, nieto de Raúl Castro y figura importante en cuestiones militares y de Exteriores.

Tras ese encuentro no confirmado se ha producido cierto retroceso en el discurso sobre lo drásticos que deben ser los cambios exigidos por la Casa Blanca, bajo la idea de que hay un riesgo claro de ridículo político en las intenciones de llevar a cabo una operación como la de Venezuela. No ha habido ninguna interlocución directa entre Rubio y el presidente de la República, Díaz-Canel.

Lo que sí hay es mayor presión. Dado que la democracia —o los llamamientos a elecciones “libres”— no forman parte del repertorio de Trump, las justificaciones a un posible ataque han virado en las últimas horas al supuesto apoyo del Gobierno cubano a Rusia en su guerra contra Ucrania. Una motivación frágil, pero que puede ser el pretexto de la administración estadounidense para una operación que estaría asimismo destinada a paliar la imagen dada con respecto a Irán. 

¿Quién quiere la cabeza de Díaz-Canel?

La superioridad militar de EEUU es incuestionable, pero la cuestión principal, como señala Camejo es la falta de sentido que puede tener hoy una intervención como las que Trump ha autorizado en Caracas y Oriente Medio. Nicolás Maduro y el ayatolá Alí Hoseiní Jameneí eran referencias incluso en el interior de la siempre ensimismada opinión pública estadounidense, pero Díaz-Canel no es Fidel Castro, tampoco es Raúl Castro, es un dirigente poco conocido, poco estridente y, por tanto, poco atractivo para presentar en uno de los espectáculos que acostumbra a hacer la Casa Blanca.

“Cuántos secuestros necesita Trump para que en Cuba realmente haya un cambio?”, pregunta de manera retórica Camejo.”La estructura en Cuba no es para nada igual que la estructura del poder político que hay en Venezuela”, subraya esta periodista. “Con Díaz-Canel no resuelve nada, ¿qué va a hacer? ¿tratar de secuestrar a Raúl Castro?”, abunda la directora de La Joven Cuba para quien esa falta de planes es una posible explicación de que, desde enero, cuando parecía inminente la intervención estadounidense, no se haya producido ningún otro movimiento aparte del bloqueo petrolero. 


Fabio Fernández Batista, historiador especialista en la Revolución cubana que comenzó en 1959, cree que Díaz-Canel es una figura desgastada por el ejercicio del poder: “Él lleva ya unos cuantos años de ejercicio de su responsabilidad máxima dentro del país y lamentablemente su gestión ha estado vinculada a un deterioro de las condiciones de vida de la gente”, resume. 

Es imposible analizar ese desgaste con el bloqueo estadounidense, también con las políticas hostiles del primer Trump, que la Administración de Joe Biden no revirtió, “pero además hay que reconocer que han existido errores en la gestión gubernamental que pueden corporizar incluso en la propia figura de Díaz-Canel; errores que tienen que ver con reformas económicas que han resultado fallidas. La famosa Tarea Ordenamiento del año 2021 que buscaba la unificación monetaria cambiaria y resultó ser un desastre mayúsculo para la economía del país”, explica este profesor.

En una sociedad que lleva por bandera las políticas redistributivas y la poca desigualdad relativa, el crecimiento de esta última agrava la situación

En la era de la comunicación política trumpista, el actual presidente de la República no ha corrido mejor suerte que otros mandatarios internacionales víctima de campañas organizadas en redes sociales, incide Fernández Batista: “Hay que decirlo todo: su figura ha estado sometida a una campaña propagandística en contra muy fuerte”. Su tiempo no es el de los grandes relatos, aquellos que alumbraron al líder caribeño más importante del siglo XX: “Fidel tenía un carisma natural; tenía un capital político nacido del hecho revolucionario, de la transformación para bien que significó en la vida de la gente la Revolución cubana. El capital político de un hombre como Díaz-Canel, solamente puede sustentarse en el contexto de la Cuba actual, en una gestión eficiente de la realidad”, señala Fernández Batista.

Una situación límite

Hay un clima de incertidumbre, sumado a la indignación por las condiciones materiales derivadas del apagón provocado por la falta de combustibles y a los problemas endémicos de la economía cubana, marcados definitivamente por el bloqueo de más de seis décadas por parte de EEUU, pero también por los errores cometidos en el interior de la isla. Errores que van ocupando, cada vez más, una parte del discurso del Gobierno, después de muchos años de triunfalismo.

La “erosión y fractura del consenso político” es cada vez más clara en el interior de Cuba, explica Fernández Batista. La difícil situación económica incide en problemas para dar cauces apropiados a la pluralidad. Las protestas se incrementan con motivo de los apagones, que llegan a durar hasta 20 horas, y a los cortes de agua. Carencias que afectan también a La Habana, el núcleo en el que bulle gran parte de la vida política del país. “En la Cuba de hoy hay escenarios de protesta que están hablando de la angustia de la gente frente a la realidad que vive”, señala este profesor. 


En una sociedad que lleva por bandera las políticas redistributivas y la poca desigualdad relativa, el crecimiento de esta última agrava la situación. En marzo, la socióloga Mayra Paula Espina, de la Universidad de La Habana, valoraba para BBC mundo el crecimiento de la desigualdad desde los años 80, en los que bajo el Gobierno de Fidel Castro Cuba deslumbraba por su coeficiente en el Índice de Gini, hasta la actualidad donde las políticas de liberalización han creado enormes bolsas de pobreza, de hasta el 45%, según la socióloga, y también un sector de la sociedad de cerca del 10% que vive por encima de la media.   

“Se está hablando de hogares que han disminuido las comidas a una sola por día”, denuncia Camejo, “la reproducción de la vida se ha complicado muchísimo para los cubanos en un contexto de inflación brutal”. El precio de los huevos o de los medicamentos supera los ingresos de muchas pensionistas en la isla. “Hay una carestía de todo en la Cuba de estos tiempos que tiene que ver con los problemas que la economía cubana arrastraba desde antes del bloqueo petrolero de Trump”, indica Fernández Batista. “Son problemas que nacían de la política hostil norteamericana que es histórica y también de las ineficiencias del modelo económico cubano, de su incapacidad para reformarse en tiempo y de la manera correcta. Pero ahora esa situación estructural, se está haciendo más aguda de la mano de un escenario coyuntural marcado por esta política híper agresiva que ha impulsado Trump y su administración”.

“Lo más peligroso bajo mi criterio es que yo escucho también a mucha gente apoyar la política de Trump y decir que están de acuerdo con una lógica sacrificial del pueblo cubano”, dice Camejo

Uno de los bulos que la derecha emite sobre Cuba es que no existe la libertad de expresión en la República. Lo cierto es que sucede más bien lo contrario, explica Mariana Camejo: “En Cuba la gente habla sobre política en cualquier lugar, en la cola de una bodega, en la cola de una farmacia, en las largas colas de los bancos para tratar de sacar dinero. Se habla de política en todas partes, absolutamente en todas partes”. La desigualdad, la angustia generada por los apagones y la incertidumbre ante los apagones marcan esas conversaciones, a las que comienzan a asomarse discursos catastrofistas: “Lo más peligroso bajo mi criterio es que yo escucho también a mucha gente apoyar la política de Trump y decir que están de acuerdo con una lógica sacrificial del pueblo cubano con tal de que algo cambie en Cuba, porque de otra manera sienten que nada va a cambiar”.

El presidente cubano Miguel Díaz-Canel
El presidente cubano Miguel Díaz-Canel en la Asamblea Nacional del Poder Popular. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.


Fabio Fernández Batista coincide en que el trumpismo ha encontrado espacio en una parte del pueblo cubano, y lo asocia con la ola reaccionaria que atiza especialmente a los pueblos latinoamericanos, con Daniel Noboa, Nayib Bukele o Javier Milei como ejemplos palmarios. “Hay compatriotas que de repente creen que la Cuba mejor que hace falta que llegue puede venir de 'San Trump', que venga y nos haga el milagro de una Cuba diferente, más próspera, más feliz. Es doloroso reconocer que hay compatriotas que tienen esa percepción. Esa visión tiene que ver con la erosión, el desgaste, la fractura incluso del consenso político articulado en torno al proyecto nacido de la Revolución Cubana”.

En su discurso sobre Playa Girón, Díaz-Canel reconocía la situación que afronta el pueblo que dirige: “La cotidianidad cubana duele, desde el vital descanso interrumpido primero por el apagón y luego por el retorno de la corriente después de largas horas, que ha movido el trabajo doméstico a las madrugadas; hasta la paralización de las industrias, el transporte, los servicios vitales y las producciones porque se carece de combustible absolutamente para casi todo”. Nada es fácil en un país que ha sobrevivido al primer embate de este año 2026, pero que sigue a merced de la agenda errática de la Casa Blanca, empantanada en el Estrecho de Ormuz y capaz al mismo tiempo de lanzar un nuevo castigo a la isla que resistió a la Guerra Fría. Cuba sigue resistiendo, pero el tiburón del norte no ha dejado de oler la sangre desde la humillación de Playa Girón.

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