La historia de resistencia de Umm Al Khair, una isla en medio de un asentamiento colonial

Tras las historias de derribos, ocupación y vulneración de los derechos humanos por parte del Estado israelí, se esconden personas con nombres y apellidos. En la aldea de Umm Al Khair, la población palestina se resiste a ser engullida por los colonos.
Umm Al-Khair
Mosab Shawer/ Activestills Los niños de Umm al-Khair juegan en el último campo que queda en el pueblo. Las fuerzas coloniales israelíes han emitido una orden de demolición para su eliminación con el pretexto de pavimentar una carretera de asentamiento, tras el establecimiento de un nuevo asentamiento y su conexión planificada con el asentamiento de Carmel.
Umm Al Khair, Cisjordania.
7 feb 2026 06:00

El jeep que lleva hacia Umm Al Khair se balancea de un lado a otro, como si se tratase de un barco en alta mar. Quien conduce es Ali Awad, periodista palestino y residente en la aldea de Tuba, en Masafer Yatta. El Estado sionista destruyó casi todas las formas de llegar desde Tuba, y hoy el acceso se hace solo por medio de un camino de tierra que los propios vecinos construyeron, precariamente, entre las montañas de este semi-desierto del sur de Cisjordania. Son pocos los vehículos que pueden llegar hasta allí — algunos tractores, vehículos militares y algún que otro coche diseñado para terrenos accidentados como este, como el jeep de Ali Awad.

El periodista quiere que se sepa cómo el asentamiento colonial sionista avanza, y cómo poco a poco la aldea palestina de Umm Al Khair se está convirtiendo en una isla dentro de un asentamiento colonial israelí. Mira por el espejo retrovisor del coche, a ver si encuentra algún soldado. Nada, camino libre. Da una calada al cigarrillo que lleva entre los dedos de la mano izquierda y pisa el acelerador. 

Si se mira hacia la izquierda, en el arcén de la carretera, se ven decenas de banderas sionistas. A la derecha, palabras en hebreo anuncian el nombre del asentamiento colonial que cubre el paisaje: Carmel

“Es ilegal estar aquí”, dice. Desde que, en mayo de 2022, el Tribunal Supremo de Israel dio luz verde a la expulsión de miles de habitantes de la región de Masafer Yatta y declaró un área de 3.600 hectáreas como zona militar cerrada, cualquier persona que los militares encuentren aquí — principalmente no residentes — está sujeta a detención e incluso deportación. “Es arriesgado”, dice Ali Awad, “pero es muy importante documentar lo que pasa en Umm Al Khair”.

Si se mira hacia la izquierda, en el arcén de la carretera, se ven decenas de banderas sionistas. A la derecha, palabras en hebreo anuncian el nombre del asentamiento colonial que cubre el paisaje: Carmel. El asentamiento isarelí de Carmel nació en 1980 como un puesto avanzado militar, antes de convertirse, en 1981, en un asentamiento reconocido por el Gobierno —una táctica común en el proyecto de expansión imperial sionista en Palestina. Hoy es un pueblo: alberga a cientos de colonos, decenas de casas, una escuela, una sinagoga, y servicios como tiendas y bares. Todo esto a pocos metros de la aldea de Umm Al Khair.

El jeep bordea el asentamiento, rodeado por muro de piedra, cercas de metal y alambre de espino y vigilado por varias cámaras de seguridad. En la primera curva, aparecen una decena de colonos, varios de ellos armados con escopetas semiautomáticas; junto a varios menores —algunos de ellos también armados—. Bloquean la carretera. Ali Awad respira hondo, pisa levemente el freno, disminuyendo la velocidad, y pide que no filmemos. Los colonos abren paso al coche mientras sostienen las armas con aire amenazante. Uno de ellos grita: “¡Váyanse!”. El jeep continúa su trayecto y finalmente aparca. Estamos en Umm Al Khair.

Una aldea que se resiste a desaparecer

El centro de Umm Al Khair se parece a cualquier otro: los niños corren de un lado a otro y juegan. Hay personas sentadas en bancos, pero también en el suelo; y en sillas dispuestas en círculo. Beben té y café, y conversan. Hay dibujos y murales coloridos en las paredes; también toboganes y columpios para los niños y niñas. A primera vista, todo aquí parece normal. Todo, excepto los nombres de los mártires esparcidos por esas mismas coloridas paredes. Excepto que, en cualquier momento, las personas presentes pueden ser detenidas por el simple hecho de estar haciendo lo que hacen: nada. Excepto porque hay colonos rondando, escopetas en mano, junto al parque donde juegan los niños. Excepto porque todo lo que allí hay puede ser demolido en cualquier momento. 

“Todas estas construcciones ya han sido demolidas en una o dos ocasiones; y continúan teniendo una orden de demolición”, explica Ahmad Hathaleen, residente de Umm Al Khair. “Incluso un simple parque infantil, con cuatro bancos y cuatro columpios para los críos, tiene una orden de derribo”.  Las demoliciones en la aldea de Umm Al Khair comenzaron en 2007. Desde entonces, fueron centenares las estructuras derruidas a escombros por el ejército israelí. Pero la población palestina no desiste, y a cada derrumbe le sigue una nueva construcción. 

En los últimos años se ha producido un aumento de los ataques y el hostigamiento por parte de los colonos, el robo de animales, el talado de olivos, la destrucción de cercas agrícolas o la confiscación de tierras

La familia Hathaleen se refugió en Umm Al Khair hace más de 70 años, víctima de la Nakba — catástrofe, en árabe — ocasionada por el proyecto colonial sionista. Solo en 1948, por la época de la declaración del Estado de Israel, cerca de 700.000 personas palestinas fueron forzadas a exiliarse; más de 500 pueblos y aldeas fueron destruidos. Fue por esa época que los Hathaleen huyeron —por obligación— de Arad, en la región del desierto Naqab. Hoy, Arad es una ciudad sionista habirada por casi 30.000 colonos.

Fue aquí mismo, en Umm Al Khair, donde Ahmad nació, hace 30 años: “Cada día, desde que nací, es una lucha en contra de la ocupación”, recalca. El crecimiento del asentamiento colonial de Carmel ha hecho que los problemas para la población palestina de Umm Al Khair se hayan incrementado considerablemente. En los últimos años, además de las demoliciones, se ha producido un aumento de los ataques y el hostigamiento por parte de los colonos, el robo de animales, el talado de olivos, la destrucción de cercas agrícolas o la confiscación de tierras. “En el pueblo solíamos tener un rebaño de unas 3.500 ovejas. Eran parte del sustento de las familias que aquí viven”, explica Ahmad Hathaleen. “Apenas quedan 150”, se lamenta. Los colonos han acabado con el pastoreo y prácticamente la totalidad de las actividades agrícolas de la zona. Hoy, las cerca de 40 familias que componen la aldea de Umm Al Khair viven enclaustradas y sin posibilidad de un sustento digno.

“¿Véis a los colonos?”, pregunta Ali Awad, el periodista de Tuba ha conducido el jeep hasta Umm Al Khair. A apenas diez metros, los israelíes cantan y bailan, al otro lado de la valla. “Nosotros no podemos ir hacia allí, solo podemos salir a través de la carretera por la que hemos venido. Todas estas hectáreas alrededor pertenecen a Umm Al Khair, pero están bajo el control de los colonos”.

En 2025, los colonos de Carmel decidieron llevar la expansión un paso más allá y colocaron varias caravanas al lado de las casas palestinas, cercando aún más un área de la aldea. “Ahora la aldea va a tener un asentamiento cercándola por completo, las casas  de Umm Al Khair han quedado en el centro”;  dice Ahmad Hathaleen. “Como una isla dentro de un asentamiento colonial”. 

La impunidad de los colonos: el caso de Yinon Levi

El 28 de julio, y después de varias semanas con ataques, el colono Yinon Levi llegó a Umm Al Khair para llevar a cabo una nueva confiscación de tierras. Levi, conocido por ser un tipo violento, es el líder del puesto avanzado de Meitarim Farm y fue uno de los responsables de la limpieza étnica de la aldea palestina de Zanuta justo después del 7 de octubre de 2023, fecha del inicio del genocidio en Gaza. 

El colono ha sido sancionado internacionalmente por Estados Unidos y por la Unión Europea por repetidos ataques contra la población palestina. Sin embargo, tan pronto subió al poder, en enero de 2025, Donald Trump canceló las sanciones.  “Levi empezó unas construcciones allí [dice Ahmad Hathaleen mientras señala a la decena de colonos que bailan], que es donde pusieron las caravanas”. Cuenta que al principio, nadie se percató  de lo que Levi se proponía. Fue cuando este empezó a destruir la canalización de las viviendas y los árboles que sirven de sustento para su familia, que todos en la aldea se dieron cuenta. Le imploraron que se detuviera, pero sucedió todo lo contrario: Yinon Levi los atacó con una excavadora. Ahmad Hathaleen quedó inconsciente.

Los días posteriores, varios residentes y voluntarios internacionales acudieron al lugar para proteger la aldea y documentar lo que estaba ocurriendo. Uno de ellos era Awdah Hathaleen, primo de Ahmad. Un día, mientras Awdah filmaba lo que ocurría, Yinon Levi le disparó. Awdah  murió. En el vídeo que estaba grabando se aprecia todo con claridad, incluso se puede oír su último aliento tras ser alcanzado por la bala en el pecho. 

El activista, también profesor de inglés, era una figura importante para la resistencia en toda la región de Masafer Yatta

“Yinon Levi disparó a Awdah porque sabía que es un activista muy popular y porque estaba documentado lo que sucedía. No quieren que venga la prensa a documentarlo ni que se escriba o se hable sobre ello”, explica Ahmad Hathaleen. “El asesinato de Awdah fue premeditado, porque no era un ciudadano de a pie, sino alguien muy conocido por lo que escribía y por sus contactos fuera de Palestina”. 

La muerte de Awdah Hathaleen fue un duro golpe para Umm Al Khair. El activista, también profesor de inglés, era una figura importante para la resistencia en toda la región de Masafer Yatta. “Fue durísimo”, se lamenta Alaa Hathaleen, cuñado de Awdah. “Era una persona muy querida por todo el mundo. Trabajaba codo a codo con mucha gente, ayudaba a la comunidad con la búsqueda de fondos para la subsistencia”. 

El mismo día de la muerte de Awdah Hathaleen, el ejército sionista detuvo y expulsó a varias personas de la aldea. Algunas de ellas fueron llevadas a la prisión militar de Ofer, incluidos Ahmad Hathaleen y Ali Awad. “Nos torturaron de todas las maneras posibles”, cuenta Ali Awad. También retuvieron el cuerpo de Awdah Hathaleen. ¿La condición para su entrega? Que la población de Umm Al Khair se comprometiera a organizar un funeral con un máximo de 15 personas, durante la noche, en la ciudad de Yatta —en lugar de en la aldea de Umm Al Khair, de donde Awdah Hathaleen era oriundo—. “La gente no aceptó las condiciones”,  cuenta Ahmad Hathaleen. “Awdah se merecía un funeral a la altura de lo que él hizo por la comunidad”. El ejército israelí no lo aceptó. Cuatro días después, el colono Yinon Levi,que había sido detenido por el asesinato, fue liberado y volvió a Umm Al Khair.

Amenazas y extosiones para el funeral

La familia intentó por todos los medios recuperar el cuerpo de Awdah: presión mediática y diplomática y con el trabajo de los activistas . Pero la respuesta del ejército siempre era la misma: solo si aceptaban un funeral de 15 personas, en Yatta, durante la noche, les devolverían el cadáver del joven.

Fue entonces cuando una setenta de mujeres de la aldea tuvieron una idea. “Pensaron en ponerse en huelga de hambre hasta que devolviesen el cuerpo de Awdah”, explica Ahmad Hathaleen. “Todos queríamos un funeral para él en consonancia con sus valores como ser humano y como el activista que fue: alguien que sacrificó su vida por su comunidad”. Seis días después, el 7 de agosto, el cuerpo de Awdah Hathaleen fue entregado y  enterrado; once días después de haber sido asesinado. Cientos de personas asistieron al funeral, a pesar de que el ejército israelí estableció tres checkpoints a la entrada de la aldea para impedir que los visitantes pasaran.

Durante el tiempo en Umm Al Khair, la decena de colonos sionistas, a pocos metros, no dejan de bailar y cantar. 

La aldea perdió un compañero y tres niños perdieron a su padre —el mayor con 5 años, el menor aún bebé—. “Mi situación nunca ha sido peor”, comenta Hanady Hathaleen, viuda de Awdah. “Cada día que pasa es más complicado. Es como si nuestra vida se hubiera esfumado: los sueños que tuvimos, la seguridad que nos proporcionaba Awdah. Él era todo lo bueno que teníamos”. Hanady Hathaleen cuenta que los niños preguntan por el padre todos los días. “Se acuerdan mucho d él y ahora quieren morir como él murió. Es durísimo. Hace un par de noches, el mayor me dijo que quizás podía engañar a Dios, pretender estar muerto y que se lo llevase junto a su padre”. 

Durante el tiempo que pasamos en Umm Al Khair, conversando con miembros de la familia de Awdah Hathaleen, la decena de colonos sionistas, a pocos metros, no dejan de bailar y cantar. También rezan. A medida que transcurre el tiempo, aumentan el tono de voz para impedir que la conversación con los palestinos se pueda desarrollar en condiciones normales. “Tienen en Carmel una sinagoga enorme, pero rezan aquí fuera para provocar”, dice Ahmad Hathaleen. “Quieren echarnos y quedárselo todo”. A la pregunta de por qué aguantan todo eso, responde: “Mis abuelos huyeron en 1948 y se refugiaron aquí. Si abandono esta tierra, ¿dónde se supone que tengo que ir? Por otra parte, está el respeto por aquellos compañeros que murieron y se sacrificaron por esta tierra. Tenemos que resistir”. Para Ahmad, irse de Umm Al Khair supondría una traición a aquellos que perdieron la vida defendiendo sus derechos. “Este es mi país, mi tierra; y es donde pertenezco. No se trata de quedarse o irse, porque aquí el ilegal es el colono; y es él el que se tiene que ir”, concluye.

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