Palestina
“Nos encerraron en un black hole, un sitio en el que nos advirtieron que no existen los derechos humanos”
Alicia Armesto, secretaria técnica del Sindicato de Periodistas de Madrid (SPM), ha pasado este último mes lo que describe como la peor experiencia de su vida. Ya a salvo en su domicilio y con sus seres queridos, relata que aún no ha podido dormir con normalidad. Las treinta noches que ha pasado en un centro de detención en condiciones de mala salubridad, rodeada de insectos que recorrían su cuerpo en la oscuridad, le ha dejado una huella en su rutina de descanso. Aunque ya lleva varios días en su casa, aún no ha recuperado la capacidad de conciliar el sueño en profundidad.
Armesto formaba parte de la caravana Global Sumud Land, compuesta por centenares de personas, en su mayoría originarios del Magreb, que pretendían transportar ayuda humanitaria a Gaza por vía terrestre. La expedición había partido desde Mauritania y era el segundo intento del grupo de alcanzar el paso de Rafah, en Egipto, con un cargamento sanitario y humanitario. El pasado 24 de mayo fue capturada, junto a nueve activistas más, por las autoridades lideradas por el señor de la guerra Khalifa Haftar, que controla el este de Libia.
¿Cuál era el propósito principal de la misión?
El objetivo principal era llevar ayuda humanitaria para aliviar la situación de la población en Gaza. Yo iba también un poco como parte del sindicato, con la intención de exigir una mayor libertad de expresión, ya que no se está dejando entrar a la prensa internacional allí, y además están matando a nuestros compañeros palestinos por hacer el mismo trabajo que hacemos nosotros todos los días. Pero la principal motivación era llevar la ayuda humanitaria. En el convoy llevábamos una ambulancia, quirófanos, prótesis, medicinas, e iban médicos, enfermeros, maestros. Un poco lo mismo que la flotilla, pero por tierra.
¿Cómo fue la travesía y el comienzo del viaje?
Nosotras nos incorporamos a la caravana en Trípoli. Estuvimos en unas instalaciones, una especie de sede de campamentos de verano, como cuatro o cinco días, en los que se estuvo negociando con las autoridades locales un paso seguro. Desde ahí partimos hacia Sirte [punto en el que limitan los territorios bajo control de las dos autoridades de Libia], y de camino estuvimos acampados, otros cinco o seis días, en una gasolinera, en medio del desierto. Se siguieron haciendo pesquisas para intentar avanzar, y se decidió en ese momento que para no hacer nada demasiado agresivo se creara un grupo negociador, que lo formamos unas diez personas. Nos adelantamos hasta el check point en el que comienza el dominio de la parte de Libia Oriental. La primera vez nos quedamos todos en el coche y solo se bajaron dos médicos y un traductor tunecino, hablaron con la Cruz Roja, que estaba allí. Y le pedimos a Cruz Roja si podíamos llevarles hasta allí la ayuda para entregársela. Nos dijeron que sí. Con esa noticia volvimos a la zona de acampada. Pero al día siguiente intentamos contactar con la Cruz Roja y no hubo manera. Esperamos un día más y volvimos a salir. Ya esa segunda vez la Cruz Roja no estaba.
En el momento que cruzamos el primer check point y sin llegar siquiera al segundo, en la tierra de nadie desmilitarizada entre uno y otro, nos empezaron a rodear con sus vehículos, hasta que nos obligaron a detenernos
¿Cuando se produjo vuestro arresto por parte de las autoridades militares?
En esa segunda visita nos abordó la persona que estaba al mando, debía ser un coronel o algo así. Todos nos quedamos en el coche y bajaron otra vez solo dos médicos y el traductor. Les dijo que no podía hacer nada, que no tenía ninguna capacidad y que nos fuéramos. Además, repitió el que nos fuéramos ya un poco más agresivo, pero en ningún momento nos dijo que no volviéramos, solo que nos marcháramos. Volvimos al campamento, comunicamos la situación y tras esperar un día, se decidió que había que volver una tercera vez. Se cambió un poco el grupo negociador, ya éramos solo occidentales y se decidió ir con todo el convoy para que esperase en el primer check point, el que controlan las fuerzas de Libia occidental. Desde ahí, nuestro grupo negociador solo tenía la misión de ir a decirles al siguiente check point, “mirad, aquí dejamos las cosas, recogerlas para Cruz Roja”. Pero en el momento que cruzamos el primer check point y sin llegar siquiera al segundo, en la tierra de nadie desmilitarizada entre uno y otro, nos empezaron a rodear con sus vehículos, hasta que nos obligaron a detenernos. Sin dejar explicarnos, nos quitaron los pasaportes y nos bajaron del coche a la fuerza hombres armados.
¿En ese momento teníais contacto visual, os pudisteis comunicar de alguna forma con el resto del convoy?
El resto del convoy se quedó en el primer punto de control, la idea era no darles motivos para que percibieran un desafío. De hecho, a nosotros nos aconsejaron no llevar teléfonos, solo había tres personas con móviles, porque por lo visto lo de grabarles lo llevan fatal. Llevábamos con nosotras una carta en árabe explicándoles que les íbamos a dejar allí las cosas para que ellos las llevaran a Cruz Roja. Pero nos bloquearon, y con violencia empezaron a tirar todo el material que llevaba la ambulancia al suelo. Nos quitaron todos nuestros efectos personales, nos metieron en un coche y nos llevaron a lo que creemos era un centro de detención de personas migrantes, ya en Sirte. Pero en ningún momento nos dicen donde estamos ni cual es nuestra situación.
Al bajar del avión nos llevan a un sitio que no tenía nombre, no tenía ningún cartel que lo identificara, y según entramos sale un señor y nos dice que estamos en un black hole y que ahí no existen los derechos humanos
¿Que os sucedió al llegar a ese lugar?
Nos empiezan a hacer como una especie de interrogatorio en el que nos separan entre hombres y mujeres. Tras interrogarnos a la chica argentina, a la portuguesa y a mi, los guardias se van y de repente aparece ante nosotras un médico, que nos dice que nos tiene que sacar sangre. Que si queríamos volver a casa, teníamos que prestarnos, no había más pretexto, simplemente nos decían que era por seguridad. Al principio el tío se puso muy bruto, que eran los procedimientos libios y que no teníamos opción. Finalmente, consentimos, nos sacan la sangre y nos llevan a otro habitáculo. Mis compañeras y yo les hacemos saber que no vamos a comer hasta saber si estaban bien los chicos. Tardaron unas horas, pero los volvimos a ver. Al día siguiente por la tarde, nos dicen que nos vamos a casa. En unos coches nos llevan al aeropuerto de Sirte diciendo que nos iban a llevar de vuelta a Trípoli. Antes de coger el avión viene un militar y nos pide disculpas, que perdonemos el error, que han intentado tratarnos lo mejor posible, y nosotros convencidísimas de que nos íbamos a casa. Pero ya en el aire nos dicen que nos llevan a Bengasi. Al bajar del avión nos llevan a un sitio que no tenía nombre, no tenía ningún cartel que lo identificara como edificio, y según entramos sale un señor y nos dice que estamos en un black hole y que ahí no existen los derechos humanos. Nos meten en celdas individuales, sin luz, oyendo como torturan a otras personas que no sabía si eran mis compañeros. No entendíamos nada, llegué a pensar que nos habían secuestrado para robarnos los órganos vitales.
¿Cuanto tiempo estuvisteis en esa celda de castigo?
Donde nos metieron estaba muy oscuro, pero había pequeñas rendijas por las que se colaba luz, y cuando ya empezaba a amanecer empezamos todos a gritarnos para saber si estábamos cerca. Nos dimos cuenta que así era y ya empezamos a dar golpes en las puertas y a hacer ruido. Y así estuvimos un montón de horas hasta que abrieron, que no sabíamos lo que nos iban a hacer y nos pusieron en celdas de a dos, o sea en la misma celda pero dos metidas, que aunque estábamos más hacinados, pero por lo menos estábamos de a dos. Unas horas después apareció por allí alguien de la cárcel que era un traductor del inglés al árabe y estuvo hablando con nosotros. Nos dijo que las cosas se iban a alargar porque encima coincidía con una fiesta de allí, que es la fiesta del cordero. Que no podían hablar aún con las embajadas, y nos aconsejo “hacer mucho ruido, porque a veces las cosas ocurren”. Nosotros nos pusimos en huelga de hambre, empezamos a dar patadas a las puertas, a golpear para llamar la atención hasta que nos llevan a otro módulo donde, al menos, podíamos hablar porque no teníamos de fondo todo el rato los gritos de la gente que torturaban. Pero de nuestra situación seguimos sin saber nada, preguntando cada vez que podíamos de que se nos acusa, y advirtiéndoles que no dejábamos la huelga de hambre hasta que nos dijeran porqué estábamos ahí o cuánto íbamos a estar. Nos decían “si os portáis bien, en unos días estáis en casa. Pero ojo con lo que hacéis, que podéis volver a la zona de castigo”. Esa era la amenaza constante.
¿Cuanto tardasteis en recibir algún tipo de asistencia consular?
A mí, cuando vino a verme el cónsul por primera vez, todavía estábamos en huelga de hambre. Cuando le pude ver, se puso a llorar porque habían estado ocho días sin saber donde estábamos, ni cual era nuestra situación, si nos iban a encontrar en una cuneta muertos, nadie supo hasta que los americanos, que fueron los primeros y los italianos consiguieron averiguarlo. Sí que es verdad que, a partir de ese momento, debieron recibir orden como de tratarnos mejor. Nos dejaban estar todo el rato con las puertas de las celdas abiertas, juntarnos en el espacio entre celdas y nos daban acceso a un pequeño patio. Empezamos a disfrutar como ciertos ‘privilegios’, insistiendo que éramos invitados y que solo era cuestión de tiempo. Pero cada vez que salía algún comentario negativo por algún canal de la Flotilla Global sobre nuestra situación, nos traían un móvil para enseñárnoslo y nos decía “ dicen que estáis secuestrados, o quitan eso o pasáis otra vez a la celda de castigo”, era constante la amenaza. Y cuando les preguntábamos cuando ibamos a salir, la respuesta era la misma todos los días, mañana, mañana. Pero nunca se cumplía.
¿Os informaron bajo que cargos estabais encarceladas y cuál era vuestra situación legal?
La primera vez que vino alguien a tomarnos declaración, con intérprete, fue en la misma celda, la segunda ya fue en la oficina del fiscal, sin abogados en ninguna de las ocasiones. Nos hicieron firmar papeles en árabe, que no entendíamos ninguno. Yo puse en el documento no conforme, pero no teníamos más opción que firmarlos. Nos decían que habíamos cometido inmigración ilegal, pertenencia a grupo terrorista y reunión en un lugar no autorizado. La negociación diplomática consiguió que nos levantaran todos los cargos salvo el de inmigración ilegal, que es por el que hemos sido deportadas y no podremos volver a pisar el territorio. Sabemos que a cambio de liberarnos, Italia ha soltado a dos traficantes de seres humanos que estaban condenados a 40 años. Ha habido otras cosas que no sabremos nunca, pero todos han tenido que quedarles algo. Han jugado con nosotros un poco como piezas de ajedrez, básicamente.
Justo unos días antes de salir tuvieron que operar de urgencia a una de nuestras compañeras de apendicitis. Otra tuvo convulsiones. Se hizo muy duro, algunas de nuestras compañeras estaban deprimidas, pasaban muchas horas tiradas en el suelo
¿Como eran vuestras condiciones de encarcelamiento?
Para ellos el trato que nos estaban dando debía ser lo mejor del mundo. Pero para nosotros era terrible, lo más angustioso la incertidumbre de no saber si íbamos a pasar meses, semanas, o días, los cargos eran de varios años. Justo unos días antes de salir tuvieron que operar de urgencia a una de nuestras compañeras de apendicitis. Otra tuvo convulsiones. Se hizo muy duro, algunas de nuestras compañeras estaban deprimidas, pasaban muchas horas tiradas en el suelo. Intentábamos apoyarnos entre nosotras, pero había momentos que era inevitable que alguna se derrumbara. La higiene era con cubos de agua encima del baño turco, que es un agujero en el suelo. Uno de los compañeros, que tenía conocimientos médicos, le dijo a la chica de la apendicitis que era consecuencia de haber estado un mes comiendo sólo pollo con arroz y sin apenas haber ido al baño.
¿Imaginabais que podría suceder esa detención?¿Era un escenario que contemplabais?
Antes de nuestra captura, hubo un montón de discusiones previa. Se habló de que si íbamos 50, si no íbamos 50, hubo gente que se fue porque decían que no lo veían claro, pero a nosotros en todo momento nos aseguraron que había, pues como en la flotilla, tres escenarios. Yo el año pasado estuve en la flotilla, teníamos muy claro cuáles eran los escenarios, teníamos muy asumido lo que nos podía pasar, pero aquí es verdad que parecía que el escenario menos probable era el que nos pudieran detener. Y que, de producirse la detención masiva, según nos decían, iban a ser dos días y ya. Fíjate que el año pasado yo volví muy bien psicológicamente de la Flotilla, quizá porque como persona del audiovisual, como periodista, tengo esa capacidad para disociar, como si estuviera grabando, o sea, como si lo viera todo a través de una cámara, como no me está ocurriendo a mí. El ejército israelí me pegó, me vejaron, pero lo pude disociar, volví en paz. Esta vez el miedo era diferente, 30 días aterrorizada sin saber que iba a pasar ni cuando iba a terminar, eso no me había pasado nunca.
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