Opinión
Palestina ante la democracia de los colonos
Palestina. Fundadora de Alkarama – Movimiento de Mujeres Palestinas y miembro de la ejecutiva del Movimiento Ruta Revolucionaria Alternativa Palestina (Masar Badil).
Para el pueblo palestino, la pregunta después de las elecciones israelíes es qué ocurrirá con nuestras vidas mientras sus dirigentes negocian quién gobernará. Qué pasará con Gaza, con las familias amenazadas de expulsión, con las prisioneras y los prisioneros, con una tierra que sigue siendo colonizada. En esas negociaciones se decidirá quién administra un poder que actúa sobre millones de palestinas y palestinos sin reconocerles el derecho a decidir su futuro.
El escrutinio todavía abierto deja al Likud de Benjamín Netanyahu como primera fuerza, pero sin una mayoría suficiente junto a sus aliados. Tampoco la oposición encabezada por Gadi Eisenkot puede gobernar por sí sola. La incertidumbre puede prolongarse y nadie debería dar por terminada la carrera de Netanyahu. Entre 2019 y 2022, Israel celebró cinco elecciones legislativas. Sabemos que una crisis política puede durar mucho y que él sabe aprovecharla para mantenerse en el poder.
Un pueblo condenado a la muerte
Mientras se negocian los escaños, la maquinaria del genocidio continúa funcionando. No se detienen las detenciones, no desaparecen los puestos de control ni se devuelve la tierra robada. Esa continuidad explica nuestra mirada sobre estas elecciones: la democracia de los colonos para administrar la opresión del pueblo palestino.
Las principales fuerzas sionistas discrepan sobre cómo preservar ese dominio. Discuten los métodos, los ritmos, las alianzas y el precio internacional de sus decisiones, dentro de un amplio consenso estratégico que niega nuestra libertad. Nuestra experiencia nos impide confundir esas disputas con una elección entre la opresión y la liberación.
La diferencia entre Eisenkot y Netanyahu habrá que medirla en la práctica: en lo que hagan en Gaza, en sus decisiones sobre los asentamientos y en el trato a las personas presas. Ninguno reconoce nuestros derechos; difieren en cómo expresan ese rechazo y en los métodos que emplean para imponérnoslo. Un discurso más presentable ante los gobiernos extranjeros no es suficiente. Quien aspire a sustituir a Netanyahu deberá responder por sus propios actos y por su trayectoria.
Porque la ocupación no comenzó con Netanyahu. La Nakba, el despojo y la expansión colonial atravesaron gobiernos de distinto signo. Los principales partidos sionistas han condenado a nuestro pueblo a la muerte, la expulsión o la subordinación, mientras discrepan sobre la forma de imponer esa condena. Nosotras y nosotros defendemos el derecho a existir como pueblo libre en nuestra tierra.
Las cárceles coloniales existían antes de Ben Gvir. Apartar a uno de sus verdugos puede aliviar sufrimiento, mientras seguimos luchando por la libertad de todas las personas presas
Eso no significa que todos los resultados nos den igual. Para una persona encerrada en una prisión israelí, apartar a Itamar Ben Gvir puede tener una importancia inmediata. El carnicero de las prisiones ha hecho del sufrimiento de las personas presas una bandera política. Bajo su responsabilidad, el hambre, las palizas, las humillaciones y la privación de atención médica han formado parte de una política de ensañamiento documentada por organizaciones de derechos humanos.
Quitarle ese poder importa. Importa para quien espera un medicamento, para quien recibe una ración insuficiente de comida, para quien soporta aislamiento y violencia, para las familias que temen que su ser querido no salga vivo. Apartarlo no nos libera del sistema que lo hizo posible, pero puede aliviar un sufrimiento insoportable. Exigirlo también forma parte de nuestra responsabilidad hacia las prisioneras y los prisioneros. Pero su salida tendría que traducirse en cambios reales y en responsabilidades por los abusos cometidos. Las cárceles coloniales existían antes de Ben Gvir. Apartar a uno de sus verdugos puede aliviar sufrimiento, mientras seguimos luchando por la libertad de todas las personas presas.
Nuestra libertad queda fuera del debate
El avance de las dos listas árabes también merece atención. Expresa una movilización de la ciudadanía palestina que busca frenar la discriminación y la ofensiva contra sus derechos. Su mayor representación pone a prueba a quienes dicen querer sustituir a Netanyahu, pero rechazan contar con ellas para gobernar. Se les permite votar y después se pretende que sus votos no tengan capacidad de decidir. Esa contradicción deja al descubierto los límites de la democracia que Israel exhibe ante el mundo.
En estas elecciones, los derechos del pueblo palestino no han importado a las principales fuerzas sionistas ni han sido una exigencia de su electorado. Se discute quién puede garantizar mejor la seguridad de Israel, gestionar sus guerras o recuperar su posición internacional. Nuestra libertad, nuestro retorno y nuestra autodeterminación quedan fuera del debate. Esa exclusión revela hasta qué punto se ha normalizado nuestra opresión.
Los crímenes contra nuestro pueblo no han impedido que las fuerzas que los ejecutan, justifican o respaldan sigan reuniendo la mayoría del apoyo electoral. El castigo que puedan sufrir determinados dirigentes en las urnas no equivale a un rechazo de la violencia colonial. Ese respaldo obliga a mirar más allá de Netanyahu y a señalar la responsabilidad de una sociedad que sigue otorgando poder a quienes ejecutan, justifican o sostienen la opresión de nuestro pueblo.
Netanyahu puede intentar aprovechar esa realidad para sobrevivir. Existe el riesgo de que recurra a nuevas agresiones o a una escalada para reforzar su posición. No sabemos qué decidirá, pero sabemos qué le permite actuar: una impunidad que ha comprobado una y otra vez.
Netanyahu ha aprendido en la práctica que sus aliados pueden criticar sus palabras mientras siguen sosteniendo sus políticas
Conoce las condenas que no van acompañadas de medidas, las expresiones de preocupación que no interrumpen el suministro de armas y las líneas rojas que se borran después de cada crimen. Ha aprendido en la práctica que sus aliados pueden criticar sus palabras mientras siguen sosteniendo sus políticas.
Por eso, la responsabilidad internacional debe ocupar el centro de este debate. Los gobiernos que arman, financian y protegen a Israel contribuyen a hacer posibles sus crímenes. Quienes tienen capacidad para actuar y eligen callar también deben responder. No pueden pedirnos que esperemos al próximo gobierno mientras mantienen las condiciones que permiten al actual seguir adelante.
Para nuestro pueblo, esta incertidumbre exige reforzar la organización en Palestina, en los campamentos de refugiados y en la diáspora. Necesitamos unir fuerzas, defender a nuestras comunidades y construir un frente nacional unificado que sostenga la lucha por la liberación, el retorno y la autodeterminación, con la participación de las mujeres, la juventud y todas las generaciones palestinas.
La salida de un dirigente no devuelve una casa, no abre una celda ni devuelve la vida a una niña asesinada
Los movimientos de solidaridad tienen una responsabilidad igualmente clara: mantener los ojos puestos en Palestina y no bajar la guardia. Si cambia el gobierno israelí, habrá quienes pidan paciencia y presenten el relevo como una oportunidad que exige suspender la presión. La respuesta debe medirse en hechos: fin del genocidio, libertad para las personas presas, fin de la ocupación y reconocimiento de nuestros derechos.
Hasta entonces, deben continuar la movilización, el boicot y la exigencia de romper las complicidades. La salida de un dirigente no devuelve una casa, no abre una celda ni devuelve la vida a una niña asesinada. Los derechos del pueblo palestino no están sujetos a negociación entre partidos israelíes. Nuestra libertad no necesita su permiso.
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