Opinión
Por qué un cambio de gobierno israelí no significa un cambio para Palestina
Palestina. Fundadora de Alkarama – Movimiento de Mujeres Palestinas y miembro de la ejecutiva del Movimiento Ruta Revolucionaria Alternativa Palestina (Masar Badil).
Cada vez que se acercan elecciones en la entidad sionista, buena parte del mundo parece contener la respiración. Se multiplican los análisis sobre las encuestas, las coaliciones posibles, la caída de Netanyahu y las posibilidades de que aparezca una alternativa más moderada, centrista o incluso de una supuesta izquierda. Y, una vez más, se mira hacia esas elecciones como si de sus urnas pudiera salir un futuro diferente para Palestina.
Como palestina, esas elecciones me importan bastante menos de lo que parece que deberían importarme. No porque todos los gobiernos sean exactamente iguales ni porque sus diferencias no puedan tener consecuencias concretas sobre nuestras vidas. Las tienen. Pero hay algo mucho más profundo que permanece cuando cambian los gobiernos y los nombres de los ministros. Nuestra experiencia histórica nos ha enseñado que el proyecto de colonización y desposesión de Palestina no comenzó con Netanyahu y tampoco terminará cuando Netanyahu desaparezca.
¿Izquierda para quién?
A veces parece que se ha olvidado quién llevó a cabo la Nakba. No fue la extrema derecha israelí que hoy escandaliza a algunos gobiernos occidentales. El poder político que dirigió el nuevo Estado israelí en 1948 estaba encabezado por David Ben-Gurion y Mapai, la principal corriente del sionismo laborista. Bajo aquel poder se produjo la expulsión masiva de palestinos, la destrucción y despoblación de centenares de localidades y la transformación de la mayoría de nuestro pueblo en refugiados.
Tampoco la colonización de los territorios ocupados después de 1967 nació con el Likud. Los primeros asentamientos fueron establecidos bajo gobiernos laboristas. Por eso, nuestra memoria nos obliga a hacer una pregunta sencilla ante la esperanza que periódicamente reaparece fuera de Palestina ante una supuesta izquierda israelí: ¿izquierda para quién?
La violencia contra el pueblo palestino no pertenece exclusivamente a la derecha israelí
En abril de 1996 gobernaba Shimon Peres cuando Israel lanzó la operación Uvas de la ira contra Líbano. El 18 de abril, la artillería israelí alcanzó el recinto de Naciones Unidas en Qana, donde más de 800 civiles libaneses habían buscado refugio. Alrededor de un centenar de personas fueron asesinadas. En octubre de 2000 gobernaba el laborista Ehud Barak cuando la policía israelí mató a trece ciudadanos palestinos durante las protestas que acompañaron el comienzo de la segunda Intifada.
No son episodios idénticos. Pero desmontan una idea que reaparece una y otra vez: que la violencia contra el pueblo palestino pertenece exclusivamente a la derecha israelí y que bastaría un cambio electoral para modificar una estructura construida mucho antes que Netanyahu.
Los palestinos no somos simples espectadores de sus campañas electorales
Una y otra vez, la seguridad, la fuerza militar y la capacidad de golpear al enemigo se convierten en argumentos de legitimidad política. Generales pasan del ejército a la política exhibiendo su experiencia militar. Y los candidatos buscan votos. Si convierten sus operaciones militares en credenciales políticas y compiten por presentarse como quienes pueden ejercer mayor fuerza contra los palestinos, es porque consideran que esa imagen puede proporcionarles respaldo electoral.
Benny Gantz es un ejemplo especialmente revelador. Antes de ser presentado como alternativa centrista a Netanyahu había sido jefe del Estado Mayor durante la ofensiva israelí contra Gaza de 2014. Bajo su mando ocurrió el llamado Viernes Negro de Rafah. El 1 de agosto de aquel año, el ejército desencadenó una enorme potencia de fuego sobre Rafah. La investigación realizada posteriormente por Amnistía Internacional y Forensic Architecture documentó al menos 135 civiles palestinos muertos, entre ellos 75 niños, y encontró indicios de crímenes de guerra y posibles crímenes de lesa humanidad.
Se da una constante que resulta difícil de ignorar: la fuerza ejercida contra los palestinos puede transformarse en credencial política
Naftali Bennett ofrece otro ejemplo. En 2013, durante una discusión relacionada con la liberación de prisioneros palestinos, la prensa israelí le atribuyó una frase brutal: afirmó haber matado a “muchos árabes” a lo largo de su vida y no ver ningún problema en ello. Bennett acabaría convirtiéndose en primer ministro. Si avanzamos hasta el presente encontramos un lenguaje todavía más explícito. Itamar Ben-Gvir ha defendido públicamente realizar asesinatos diarios en Gaza, llegando a hablar en 2026 de matar a “30 o 40” personas cada noche. Los nombres cambian y sus posiciones no son idénticas. Pero una constante resulta difícil de ignorar: la fuerza ejercida contra los palestinos puede transformarse en credencial política.
Aquí existe también una responsabilidad de la sociedad israelí que no debemos borrar. Existen sectores que se oponen a determinadas guerras y políticas contra los palestinos. Pero los gobiernos tampoco aparecen de la nada. Los candidatos conocen a su electorado y construyen sus campañas alrededor de aquello que creen que puede proporcionarles votos.
Cuando hablan de “seguridad”, escuchamos los aviones sobre Gaza. Cuando exhiben su “experiencia militar”, recordamos Rafah
Si bombardear Gaza, atacar Líbano, presumir de un historial militar o prometer todavía más violencia contra los palestinos puede utilizarse como credencial política, tenemos derecho a preguntarnos por qué quienes aspiran a gobernar consideran que esa demostración de fuerza puede ser premiada en las urnas.
Nosotros conocemos el otro lado de ese lenguaje. Cuando hablan de “seguridad”, escuchamos los aviones sobre Gaza. Cuando exhiben su “experiencia militar”, recordamos Rafah. Cuando prometen “mano dura”, sabemos quiénes estarán debajo de esa mano. La demostración de fuerza puede convertirse allí en capital electoral. Nosotros pagamos demasiadas veces esa competición con nuestra sangre.
Netanyahu conoce perfectamente esta lógica y lleva décadas construyendo parte de su identidad política alrededor de la seguridad y la fuerza militar. Pero reducir todo esto a Netanyahu sería precisamente repetir el error que estoy criticando. Netanyahu no inventó el sionismo. No dirigió la Nakba. No inició la colonización posterior a 1967.
La cuestión no es solamente quién administra la estructura, sino la estructura misma
Hay otra dimensión inseparable de esta realidad: la industria militar y tecnológica construida alrededor de décadas de guerra, colonización, represión y control. En 2025 las exportaciones militares israelíes alcanzaron el récord histórico de 19.200 millones de dólares. El propio Ministerio de Defensa israelí ha destacado la experiencia operacional y el rendimiento “probado en combate” de sus sistemas como elementos que impulsan su demanda internacional.
Para nosotros, “probado en combate” no es un eslogan comercial inocente. Sabemos dónde se adquiere esa experiencia. Detrás de esas palabras está Gaza. Está Cisjordania. Está Jerusalén. Están los palestinos del 48. Están las prisiones, los puestos de control, las ciudades sitiadas y los campos de refugiados. Las armas se prueban sobre nuestros cuerpos. Las tecnologías de control se prueban sobre nuestras vidas. Después, esa experiencia se convierte en producto y se vende al mundo.
¿Quién vende las armas? ¿Quién compra la tecnología militar israelí? ¿Quién mantiene acuerdos económicos, políticos y militares? ¿Quién proporciona protección diplomática?
Pero Israel no actúa en el vacío y no habría podido mantener durante tantas décadas esta estructura sin respaldo exterior. Mientras gobiernos e instituciones observan las elecciones israelíes esperando una administración diferente, se formula con mucha menos insistencia otra pregunta: ¿qué responsabilidad tienen quienes han permitido, armado, financiado o protegido estas políticas durante décadas?
¿Quién vende las armas? ¿Quién compra la tecnología militar israelí? ¿Quién mantiene acuerdos económicos, políticos y militares? ¿Quién proporciona protección diplomática? ¿Quién condena determinadas actuaciones y después continúa manteniendo relaciones privilegiadas con Israel?
Estados Unidos y otros gobiernos han proporcionado durante décadas respaldo político, militar, económico o diplomático. Las posiciones no son idénticas y algunos Estados han adoptado determinadas restricciones o sanciones. Pero no podemos hablar de lo ocurrido en Palestina como si Israel hubiera actuado solo.
No basta con lamentar las matanzas mientras continúan las transferencias de armas y las relaciones que ayudan a sostener la estructura que las hace posibles. No basta con hablar de derechos mientras cualquier medida capaz de imponer un coste político, económico o diplomático queda permanentemente aplazada.
Y aquí aparece otra utilidad de esa obsesión internacional por las elecciones israelíes: esperar siempre al próximo gobierno. Si el problema es Netanyahu, basta con esperar a que Netanyahu pierda. Si el problema es Ben-Gvir, basta con esperar una coalición sin Ben-Gvir. Así nuestra libertad queda aplazada hasta que los israelíes voten de otra manera.
Pero ¿por qué tendría nuestro futuro que depender de las elecciones de quienes ejercen poder sobre nosotros? ¿Y por qué quienes disponen de capacidad política, económica y diplomática para presionar a Israel convierten su propia responsabilidad en una espera permanente? Nuestra libertad no puede quedar suspendida entre dos esperas: que la sociedad israelí vote de otra manera y que los gobiernos que sostienen a Israel decidan algún día dejar de hacerlo. Por eso no espero un cambio para Palestina de las elecciones israelíes.
Mientras ellos cuentan votos, nosotros hemos tenido que contar demasiadas veces nuestros muertos
Somos el mismo pueblo que fue expulsado durante la Nakba y que nunca renunció al retorno. El mismo pueblo que permaneció en la Palestina ocupada del 48, que resiste en Jerusalén, Cisjordania y Gaza, que llena las cárceles, mantiene vivos los campamentos y que, desde la diáspora, continúa transmitiendo de generación en generación la memoria, la identidad y el retorno. Nuestra historia comenzó mucho antes de Netanyahu. Nuestra resistencia también.
Nosotros no somos el decorado de sus elecciones. No somos cifras con las que un general pueda construir después una carrera política. No somos cuerpos sobre los que demostrar quién es más fuerte. Mientras ellos cuentan votos, nosotros hemos tenido que contar demasiadas veces nuestros muertos.
Seguimos aquí
Aquí estamos. En Gaza y Cisjordania. En Jerusalén y en la Palestina ocupada del 48. En las cárceles, en los campamentos y en la diáspora. Seguimos aquí porque la cuestión nunca fue encontrar un gobierno israelí más amable con nosotros. La cuestión es un pueblo al que quisieron expulsar de su tierra y que se negó a desaparecer. Un pueblo que después de la Nakba siguió existiendo y que, en las cárceles, en los campamentos, bajo las bombas y en la diáspora, siguió transmitiendo una certeza de generación en generación: Palestina no desapareció porque su pueblo no desapareció.
Por eso nuestra mirada no está puesta en encontrar la combinación adecuada dentro del parlamento israelí. Está puesta en nuestro propio pueblo: en su capacidad de permanecer, organizarse y resistir; en quienes sostienen la tierra; en quienes resisten desde las cárceles; en los campamentos que mantienen vivo el retorno y en una diáspora que se niega a aceptar que el exilio sea el final de nuestra historia.
Mientras el mundo mira hacia las próximas elecciones israelíes buscando allí una respuesta, el pueblo palestino seguirá haciendo lo que ha hecho generación tras generación: permanecer, organizarse, resistir y luchar por su liberación y su retorno, desde el río hasta el mar.
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