Opinión
Masculinidad y guerra, la pescadilla que se muerde (literalmente) la cola

¿Por qué la guerra le gusta tanto a los hombres que han dirigido el mundo? Lo que hemos entendido mal del pasado.
Cuadro de la Guerra de Crimea, que enfrentó al imperio ruso con una alianza del Imperio otomano, Francia, el Reino Unido y el Reino de Cerdeña entre 1853 y 1856.
La Guerra de Crimea enfrentó al imperio ruso con una alianza del imperio otomano, Francia, el Reino Unido y el Reino de Cerdeña entre 1853 y 1856.
15 oct 2026 05:00

Desde hace años venimos sufriendo una exigencia de rearme y de aumento de presupuestos militares. Esto conduce a una pregunta básica que acostumbra ser ignorada: ¿por qué a estas alturas se sigue viendo la guerra como una fórmula necesaria? O dicho de otra forma, ¿de verdad que la única manera de resolver las pugnas y diferencias entre Estados es el recurso a la amenaza y la guerra?

Tres consideraciones preliminares para ampliar el enfoque que no desarrollaré para no extenderme demasiado:

1. Con la mal llamada guerra contra el terrorismo, ya se ha visto de manera inequívoca qué intereses había detrás: contra fuerzas irregulares en conflictos asimétricos (muchas veces urbanos) había que construir submarinos nucleares. No hace falta saber mucho de Seguridad y Defensa para entender que ese tipo de adquisiciones eran absolutamente disfuncionales en lo operativo pero muy lucrativas en lo económico;

2. Que se siga planteando que Rusia es una amenaza para la seguridad europea y que podría tomar Berlín, es un cuento difícil de creerse. Moscú lleva más de 4 años enfangado en una guerra contra un estado adyacente, cuyo territorio, población y capacidades militares conoce de sobra, contando las bajas propias por varios cientos de miles. Plantear que un país incapaz de vencer en un conflicto bélico a su vecino próximo podría alcanzar victorias militares contra una alianza de países europeos en territorio comunitario es poco verosímil. Pero lo verdaderamente indignante es que ése sea el principal argumento para el rearme;

3. Que siempre haya dinero para subir los presupuestos de Defensa con partidas extraordinarias, colisiona con la exigencias de austeridad, recortes y limitación de gasto que de forma recurrente exigen las autoridades comunitarias;

Por encima de otras derivadas, lo que se trasluce a las claras en estos tres escenarios, es que hay hombres interesados en jugar a las guerras. Hagamos un enrevesado recorrido para escarbar un poco más. 

Cómo las lecturas incorrectas de nuestro pasado nos han llevado por un camino equivocado

Si heredamos lo que nos hemos contado como especie, habría que darle la vuelta a muchos de los pilares sobre los que reposan las bases que constituyen nuestro conocimiento. Echemos un pequeño vistazo a la arqueología y la antropología primero, y a las lecturas evolutivas después. 

Cada vez son más fuentes las que desmienten la tan asentada creencia sobre cómo se han formado las sociedades y los grupos humanos. Siempre se había entendido que de forma necesaria/determinada, todas las grandes civilizaciones —y por extensión, la Humanidad— habían seguido el mismo esquema: bandas de cazadores-recolectores (nómadas o seminómadas) se asentaron en un territorio tras desarrollar la agricultura dando lugar a tribus, que generaban un excedente canalizado para la alimentación de mucha más población sedentarizada, lo que requería especializar los diferentes trabajos y la consecuente estratificación social que desembocó en las jerarquías, que dieron lugar a las jefaturas, que a su vez, fueron la condición de posibilidad de los Estados.

Cada vez son más fuentes las que desmienten la tan asentada creencia sobre cómo se han formado las sociedades y los grupos humanos

La arqueología y la antropología llevan años diciendo que esa secuencia no es en absoluto ni necesaria ni determinada y que ese esquema es una reducción interesada de lo que los datos y descubrimientos demuestran. Por ejemplo, los hallazgos en Turquía tanto en Tas Tepeler (Gobleki Tepe, Karahan Tepe, Nevalı Çori, etc.), como en  Çatalhöyük, así como lo encontrado en Poverty Point (en el actual estado de Luisiana) hacen saltar por los aires este relato evolutivo cerrado, propio de un estado del arte anterior. Sin ahondar mucho en estas cuestiones fascinantes, lo que más nos interesa recalcar es que estas estructuras fueron erigidas antes de la extensión de la agricultura, por sociedades de cazadores-recolectores (semi)nómadas, cuyas estructuras sociales eran aparentemente igualitarias, flexibles y estacionales, y que la motivación que impulsó estas construcciones fue más espiritual/religiosa/simbólica que (de grandeza) material. ¿Y por qué esto es tan importante para este artículo? Porque de un plumazo nos demuestra que no han hecho falta reyes, jerarquías, competición, apropiación, ni conflicto; los más impresionantes restos de nuestro pasado neolítico hablan de igualitarismo, voluntad, libertad, decisión (política) y colaboración. Justo todo lo contrario de lo que hemos creído hasta ahora. Y los casos, en diferentes grados e intensidades, se extienden por todo el globo.  Casi nada.

En paralelo, cabe subrayar otro mito que la arqueología y la antropología llevan desmontado durante bastante tiempo que todavía permea en la lectura de nuestro pasado (y que irradia sobre el presente): los hombres iban a cazar y a la guerra y las mujeres solo estaban en casa ocupándose de tareas domésticas y de cuidados. Y que por extensión, eran hombres los únicos que habían alcanzado posiciones de poder. Nuevamente, la literatura más actualizada al respecto subraya algo crucial: han sido los propios prejuicios de los investigadores que han dado forma y desarrollado la disciplina (hombres en su práctica totalidad) por encima de lo que los yacimientos mostraban. Múltiples excavaciones donde se habían encontrado ajuares funerarios con algún tipo de armas o símbolos de poder político o militar habían sido asociados por defecto y sin un análisis pormenorizado a figuras masculinas de poder. Sin embargo, nuevas técnicas de datación o reconocimiento han mostrado que muchas de ellas, eran mujeres. Lo resume perfectamente el título de Patou-Mathis: El hombre prehistórico es también una mujer (Lumen, 2021). Subiendo la apuesta, me ha parecido muy divertida y sintética la frase “Resulta que la épica no tenía pene, tenía ADN” como impugnación de una lectura obtusa y falaz del pasado (más allá de lo certero de la frase, recomendable este post por la bibliografía que aporta sobre esta cuestión).  

Sería importante detenerse —como subraya la profesora Cristina Jorge Soto— en que existe otra derivada que distorsiona nuestra comprensión del pasado: incluso aunque diésemos por cierto ese reparto de tareas, el hecho que se haya conferido más valor social a las funciones relacionadas con las actividades masculinas —ligadas al uso de la fuerza— sobre las femeninas —vinculadas con los cuidados—, obedece a un sesgo de extrapolación de los valores contemporáneos por parte de los investigadores, no a la importancia otorgada a dichas tareas por las comunidades objeto de estudio. Que quitar la vida (guerra o caza) haya alcanzado más valor social que sostenerla, es un constructo social y cultural, no una verdad universal ni una sobredeterminación biológica.

No han hecho falta reyes, jerarquías, competición, apropiación, ni conflicto; los más impresionantes restos de nuestro pasado neolítico hablan de igualitarismo, voluntad, libertad, decisión (política) y colaboración

Cabe aquí abrir una pequeña senda sin que pueda ser recorrida en toda su extensión: la importancia de la construcción gramatical “figuras masculinas de poder”. Aproximaciones recientes con nuevas técnicas y enfoques han mostrado no solo que había muchas mujeres enterradas con esos símbolos de poder y guerra (lo que era reflejo de un status que había sido ignorado por los ángulos muertos de la disciplina), si no que algunas de las personas que habían tenido un ritual funerario parece ser que se alejaban de lo que desde una perspectiva tradicional se entiende como “hombres poderosos”: personas con anomalías, malformaciones, enfermedades congénitas, etc.

Por último, y no menos importante, sobre el poder, no solo se está discutiendo sobre “quién” lo ejercía, sino también, “cómo” y “dónde”, poniendo en entredicho la excepcionalidad del mundo occidental. Quizás, estemos descubriendo que el poder no solo lo han ejercido hombres blancos (cabreados) y heterosexuales. Y eso, cambiaría y cambia, muchas cosas.

Desde el Darwinismo social, se ha sublimado la idea de que solo los individuos más fuertes sobreviven y ha pretendido convertirlo en axioma. Dicho principio es radicalmente falso, basado en dos trampas: que es la fuerza la que aumenta las posibilidades de supervivencia, cuando se sabe que mucho más importante es la capacidad de adaptación; que toda la naturaleza funciona en conflicto y guerra infinita por la supervivencia, cuando claramente, no es cierto (por ejemplo, la simbiosis). Impugnar esta lectura hobbesiana del conflicto permanente del todos contra todos, que exige la cesión de libertad a un Otro (soberano), debe ser objetivo básico para quién aspire a un mundo mejor. A ello volveremos más adelante.

Estas teorías acerca de jerarquías sociales se vieron reforzadas cuando comenzaron estudios sobre otros hominoideos, fundamentalmente, el chimpancé común. Si bien es cierto que muestra una mayor similitud genética con nuestra especie, esta elección permitía enfatizar las dimensiones más conflictivas, jerárquicas y patriarcales de su comportamiento (por la importancia del macho dominante, las luchas por mantener/acceder a esa posición y las guerras y matanzas intra/inter grupales, acusado dimorfismo sexual, etc.), asimilándolo de forma nada inocente con una suerte de esencia compartida entre humanos y chimpancés y constituyéndose en una justificación apriorística del funcionamiento de las sociedades humanas bajo esas mismas coordenadas. 

Desde el Darwinismo social, se ha sublimado la idea de que solo los individuos más fuertes sobreviven y ha pretendido convertirlo en axioma. Dicho principio es radicalmente falso

Sin embargo, esto es solo parte de lo que la ciencia muestra. Cuando a partir de mediados de los 80´ del siglo pasado se puso el foco en otras especies, especialmente en el chimpancé enano/pigmeo o bonobo, las cosas cambiaron. Siguiendo a Almudena Hernando en su maravilloso libro La fantasía de la individualidad. Sobre la construcción sociohistórica del sujeto moderno: “Las comunidades de bonobos son sociedades altamente cooperativas, que utilizan el sexo para establecer relaciones que no sólo tienen que ver con las reproductivas, y en las que las hembras asumen las posiciones dominantes tanto —por no decir en mayor medida, según parece evidenciarse en la observación de campo— como los machos”. 

Es decir, del mismo modo que la arqueología y la antropología nos muestran que la Historia no es cómo nos la han contado, la biología y la etología, nos dicen que también aquí hay muchos más caminos que no pasan ni llevan a la guerra, la competición y la dominación.

¿Y qué tiene que ver que se hayan sublimado y extrapolado las consecuencias del estudio de las comunidades de chimpancés con el tema de este artículo? Donna Haraway escribiría en 1989 Primate visions. Gender, race and nature in the world of modern science, en la que establece una conexión entre la importancia concedida a este tipo de estudios y la existencia de una lógica de conflicto entre los diferentes países y de maximización y mistificación de las figuras masculinas y de poder. 

No deja de ser significativo, a la par que terrorífico, que ambos aspectos tratados hasta ahora (el determinismo histórico y el determinismo evolutivo) hagan de la Humanidad una especie totalmente condicionada por elementos preexistentes a ella que le privan de cualquier capacidad de agencia o de alternativa. La máxima de “es que siempre ha sido así” lleva inherente manejar dos presupuestos muy limitantes: que ya sabemos todo sobre nuestro pasado; y que nuestro futuro sucederá de forma  cuasimecánica. Probablemente, no seamos capaces de dimensionar lo dañino de este tipo de reacciones en nuestra autocomprensión y concepción de nuestra propia especie. 

Pero por suerte, como de manera muy sagaz apuntan Graeber y Wengrow, en su imperdible El amanecer de todo. Una nueva historia de la Humanidad (Ariel, 2022):   “1. sencillamente son falsas; 2. tienen terribles implicaciones políticas; 3. hacen del pasado algo innecesariamente aburrido.” (p.14). 

Una vez repasado a vuela pluma los puntos 1 y 3, entremos en el punto 2:  “Tienen terribles implicaciones políticas”.

Historia de reyes y guerras vs los olvidos de la Historia 

La Historia se ha entendido (y así se ha estudiado y explicado mayoritariamente) como una sucesión de guerras y conquistas, llevadas a cabo por listas de reyes y políticos que hacen guerras y conquistas. Y eso, como se apuntaba, tiene unas terribles implicaciones políticas, porque se entiende que los grandes estadistas entran en el “salón de la fama” de la Historia por ser asociados a algún conflicto bélico. 

Hagamos un pequeño ejercicio mental: pensemos en las personas que han sido consideradas más importantes y veamos con qué asociamos su legado. Es probable que su recuerdo aparezca relacionado con alguna guerra. Si replicásemos el ejercicio pensando esta vez en algún año del siglo XX hacia atrás, probablemente obtuviésemos un resultado similar. Y es normal: la Historia se ha secuenciado en base a períodos de guerra, dinastías, reinados, tratados de paz y alianzas militares, haciendo entender que eso era lo importante. Especialmente relevante para entender lo asentado que está el conflicto bélico en nuestra comprensión del mundo, es la inversión propuesta por Foucalt acerca de la máxima de Clausewitz: “la política es la continuación de la guerra por otros medios”. Ambas afirmaciones, tanto la original como la reformulada por el francés, subrayan la omnipresencia de la violencia como elemento consustancial a las relaciones humanas. Pero, ¿y si nos atreviésemos a ir un paso más allá y pensar desde la perspectiva que “La guerra es la continuación del androcentrismo por otros medios”?

La Historia se ha entendido (y así se ha estudiado y explicado mayoritariamente) como una sucesión de guerras y conquistas, llevadas a cabo por listas de reyes y políticos que hacen guerras y conquistas

Tanto desde el enfoque desarrollado por la conocida como Historia desde abajo, como desde las diversas corrientes feministas, se ha subrayado que en todo lo que se ha considerado relevante, digno de mención y de estudio, faltan muchas piezas, bien por no haber podido tener un papel más central, bien porque aún teniéndolo, no se les ha concedido tal categoría. Nancy Tuana lo ha denominado epistemología de la ignorancia y Miranda Fricker Injusticia epistémica. El poder y la ética del conocimiento (2017, Herder Editorial). Haya sido tanto por ignorancia como por injusticia, el foco del conocimiento se ha puesto en una forma muy concreta de entender el poder, ligada a hombres dispuestos a usar la violencia como recurso habitual. Y esto ha contribuido a que se otorgue la idea de gran hombre, prohombre o estadista a quién, en último término, no ha sabido alcanzar otro tipo de acuerdos y tiene, puede y está motivado para usar la fuerza. 

Quizás sería bueno considerar que aquí haya más de incapacidades que de virtudes; de limitaciones que de brillantez; de vulgaridad que de excelencia. El uso de la violencia no requiere de demasiadas variables para desarrollarse, y precisamente en ese reduccionismo de las capacidades, en esa estrechez conceptual acerca de lo posible y sobre el cómo relacionarse (consigo mismo, con el entorno social y medioambiental), la hombría, la guerra y el poder se funden en una peligrosísima alianza que ha determinado las formas de entender el mundo y dominarlo; los valores de la masculinidad tradicional (mal entendida) como epítome de aquello de lo que urge desprenderse.

¿Por qué la violencia se nos presenta como inevitable?

Para encontrar un origen narrativo de la ubicuidad e imbricación de la violencia, podría recurrirse a los mitos bíblicos de Adán y Eva y el de Caín.  Quizás más importante que los propios mitos, es percibir qué función desempeñan; despliegan sin fin una idea moral del mal, que en puridad, es la que habilita la propia violencia. O por decirlo de otro modo, se plantea como condición necesaria para que suceda. Si no existiese el mal, no existiría la violencia. Como muestra el destierro del Edén, frente al mal indisoluble a la mujer, la reacción violenta que encarna la expulsión; como se deriva del asesinato de un hermano, el mal está en todos lados, incluso en quién más se debería confiar. Por tanto, la desconfianza se vuelve omnipresente.

A partir de ahí, germina una visión antropológica muy pesimista, donde la maldad vertebra, da sentido y explica la propia esencia humana. Y desde esa interesada suposición que todo el mundo va a obrar guiado por el mal, que el Otro va a hacer lo mismo que haría yo (en términos individuales o comunitarios) si pudiese, brota la idea de que la violencia es necesaria.

No resultaría complicado rastrear el hilo existente entre esa noción prepolítica de la naturaleza humana intrínsecamente malvada y los aumentos de presupuesto militar a día de hoy. Pero no corramos tanto.

Pero, ¿y si nos atreviésemos a ir un paso más allá y pensar desde la perspectiva que “La guerra es la continuación del androcentrismo por otros medios”?

Pese a que dista mucho de ser el objetivo de este artículo, es de vital relevancia una comprensión ajustada de lo que la Modernidad supuso, porque de ahí podemos extraer los orígenes de nuestra concepción actual de la ciencia (mecanicismo y método científico), la economía (de los comunes al protocapitalismo), la filosofía (sujeto cartesiano, el yo, individualismo, racionalismo y empirismo), la política (contrato social, liberalismo, Estados Modernos), religión (Reforma y Contrarreforma) y el orden social (jerarquía y machismo). ¿Quiere esto decir que antes no existía jerarquía y machismo? Por supuesto que no, pero el paso a la Edad Moderna aceleró, acrecentó, estableció y solidificó esos principios de forma mucho más precisa y determinante de lo que eran anteriormente. 

La figura de Thomas Hobbes aparece como central en nuestra forma de entender el mundo y sin suponer esto una acusación a su figura, su legado ha sido crucial (y terrible) para la comprensión de la naturaleza humana y cómo organizarnos en comunidad. Su interpretación negativa de nuestra esencia parte de la maldad del ser humano, residiendo en el alma una pulsión irrefrenable por la violencia. Incapacitado para vivir en armonía y condenado al “todos contra todos”, solo la cesión de derechos y el establecimiento de un poder superior (una libertad negativa derivada de la maldad inherente) puede mitigar este impulso incontrolable a la violencia y al caos. Su propuesta pasa por el establecimiento de un contrato social, que articule un mecanismo de reparto de poderes y de funciones para salvaguardar a la comunidad de sus propios demonios, mediado por la figura del soberano, y que desde ese momento, se constituyó en el eje principal sobre el que ha pivotado toda la (concepción de la) política, el derecho y la violencia. La importancia de la denominada Trampa Hobbesiana ha recorrido no solo los planteamientos filosóficos y políticos, si no que ha determinado la política internacional a lo largo de muchos siglos. La opción más beneficiosa para las partes en conflicto (del tipo que sea) siempre es la renuncia al uso de la fuerza. No obstante, la desconfianza que atraviesa nuestra propia percepción, hace que alguna/varias/todas las partes opte(n) por su utilización. En una paradoja que podríamos llamar fractal; el seguimiento del pensamiento de Hobbes nos encierra en su propia trampa. Es un callejón sin salida que siempre conduce a la violencia. Por eso la importancia de romper y superar esa lógica y el marco mental y conceptual implícito.

Los hijos sanos del hobbesanismo

A comienzos de los 90, Miguel Bosé cantaba “Los chicos no lloran, solo pueden pelear”, lo que sin pretenderlo, empezaba a darnos muestras de su negacionismo. En este caso, como ya se ha visto, de la Historia.

Esta pequeña broma sirve para mostrar en toda su crudeza la percepción general de lo que es y debe ser la figura masculina, y por extensión, el insondable peso de la construcción social de género. El recurso a la violencia como sinónimo del orden tradicional —ya sea en su dimensión más micro o más macro—, se descubre en tanto que parte consustancial de una pretendida esencia masculina y humana. Otro coetáneo cantaba también “Para qué discutir, si puedes pelear”, dando muestras de lo exiguo del catálogo de opciones con las que contaba y cuenta la masculinidad; una caja de herramientas desangelada que corroboraba el Martillo de Maslow y su popular “si solo tienes un martillo, todo parece un clavo”; metáfora que también habla sobre el uso de la fuerza como forma de actuar, sin atenerse a otras consideraciones y que no podría encajar mejor con el binomio masculinidad-violencia.

Por eso, no es de extrañar que de forma tácita pero nada sutil, parezca que el recurso al uso de la fuerza es un requisito exigible —más que una cualidad— para demostrar que se está ante un dirigente político confiable. De la misma manera que en su comportamiento habitual la masculinidad fomenta la competitividad frente a la cooperación, la razón descorporeizada frente a la sensibilidad, y la invulnerabilidad frente a los cuidados, ese principio se erige como baluarte de la forma de relacionarse de/en la política internacional. Las jerarquías no se establecen solo entre los diversos actores; también se dan entre los valores en disputa que deben aparecer socialmente como deseables. De ahí, que al asomarse a las lógicas que rodean y moldean el poder, la visión competitiva del luchar y vencer centrifuga aquellos planteamientos que entroncan con principios más cooperativos. La supuesta fortaleza masculina contra la supuesta debilidad femenina. 

A comienzos de los 90, Miguel Bosé cantaba “Los chicos no lloran, solo pueden pelear”, lo que sin pretenderlo, empezaba a darnos muestras de su negacionismo. En este caso, como ya se ha visto, de la Historia

Ahí hay una explicación de género: diversos estudios han demostrado que la dificultad masculina en atender a la dimensión más emocional y obviar su vertiente más vulnerable, tiene que ver con la complicación (o incluso, incapacidad) que supone el desarrollo de vínculos profundos. No es casualidad que la filiación masculina se exprese comúnmente con la adhesión a elementos colectivos que permitan canalizar su reprimida emocionalidad hacia cuestiones tales como equipos deportivos, o a nociones como raza o patria (pero históricamente también hacia los partidos políticos, los sindicatos y por supuesto, el ejército. Espacios, todos ellos, que Marilyn Frye denominaría como homoafectivos). 

La vinculación emocional con un equipo o una nación no es, en pulcritud, una decisión política y racional; es la búsqueda de un abrigo colectivo de carácter incondicional (podríamos decir incluso irreversible; desconozco si hay documentado algún hooligan que haya cambiado de equipo de fútbol y mantenga el mismo nivel de apoyo tras la conversión), ser parte de algo más grande que uno. Benedict Anderson denominó a estas esferas de ficción compartida comunidades imaginadas. Es, también, una forma de sentido identitario y pertenencia relacional en la que la individualidad se evapora para integrarse en una unidad superior. Y también, una vía de escape socialmente aceptable para la emocionalidad engrilletada. Esta forma de agregación primaria —y también gregaria—, tiene la virtud de no exigir la apertura emocional requerida en situaciones cara a cara de forma individual, ni tampoco precisa de la razón para tomar decisiones. Facilita mucho pelear por una idea abstracta antes que enfrentarse a los retos y exigencias del encuentro interpersonal; es muy fácil saber quién es de los tuyos y quién no; es muy sencillo activar la palanca para la movilización. 

Sin querer profundizar en ello, el auge de la ultraderecha y de todos los elementos reaccionarios se puede leer en un (eterno) retorno de las nociones prepolíticas y esencialistas (patria, raza, religión) en las que la militancia masculina es mucho más acusada que la femenina. 

Al final, como muy bien entendió y desarrolló Carl Schmitt, esa lógica dual de amigo-enemigo, es la consecuencia esperable de siglos de lógica hobbesiana. La gente entiende que la violencia debe servir para organizar la sociedad, tanto en su interior como en el escenario internacional.

Y sí, todo lo anterior tiene que ver con Hobbes. Resulta desalentador la preeminencia de soluciones de corte militar para muchos de los problemas del mundo actual, pasado y tiene toda la pinta que futuro. Frente a una disputa (del tipo que sea) el recurso a la guerra se ofrece como una opción más. Hemos naturalizado que es normal que se puedan matar cientos o miles de personas porque hay  algunas cuestiones en las que no se está de acuerdo. Y no quiero parecer naif en este punto; pero lo cierto que es que observando los conflictos actuales y pasados, resulta harto complicado encontrar alguna situación que pudiese entrar dentro de escenarios que pudiesen asemejarse a lo que se podría denominar una guerra justa. 

Seguimos viendo como hombres al mando de las más altas instancias performan una virilidad descontrolada hablando de guerras, misiles y drones, creyéndose, verborrea bélica mediante,  merecedores de un lugar en la Historia. De su lugar. Porque han/hemos aprendido eso: los grandes hombres están dispuestos a ir a la guerra y ello les reporta un lugar de privilegio; la guerra como distintivo de calidad. Porque la historia, siempre la cuentan los vencedores. Y los vencedores, son hombres acomplejados ante la impotencia de no tener el peso de otros hombres que les precedieron y a los que admiran, que han llevado a cabo gestas con las que libidinalmente fantasean: Alejandro Magno, Julio César, Carlomagno, El Cid, Carlos V, Napoleón, Churchill, y un largo etcétera. Porque no solo han vencido guerras: han proyectado una idea muy concreta de lo que es el éxito, el reconocimiento y los méritos requeridos para lograrlo, que pasa por ir a las guerras y ganarlas. Honor, valentía y testosterona como síntesis. Por el contrario, todos tienen claro cuál es el punto del que huir; aquel en el que resuenan acusadoras las palabras de Aisha al-Hurra a su hijo Boabdil: “Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre”. La Historia —dicen— la hacen los valientes guerreros, no los cobardes. 

El espíritu belicista de nuestro tiempo tiene mucho que ver con las aspiraciones narcisistas de los dirigentes actuales para ser recordados por lo que han aprendido acerca de sus referentes. Parece que hablar de guerra da una solemnidad y una altura de Estado que el resto de áreas no otorgan. Parece que la guerra implica per se tratar temas de política en mayúsculas, elevados y trascendentes, de la que determina como ninguna otra el futuro. Y lo hacen desde una ligereza y orgullo que pone los pelos de punta, porque con ello, están arrastrando al mundo entero por un desfiladero de lo más aterrador, donde la guerra ya ocupa un lugar central en el terreno discursivo, en el debate público y en las partidas presupuestarias. Y digo aterrador, siendo consciente que nada parecido a una guerra mundial o conflagración en términos clásicos tendrá lugar. Pero que no se produzca, no quiere decir que no quieran ficcionar que sí y todo orbite en torno a esa posibilidad, materializándose en una restricción y reducción de derechos sociales, civiles o políticos. La excepcionalidad hecha norma.

Tucídides nos advirtió hace 2.500 años que la inevitabilidad de un conflicto acaba convirtiéndose en una de sus principales causas. Tengo la duda de si no se ha aprendido nada o realmente se ha comprendido ese proceso dialéctico a la perfección y se usa para encaminarnos por un camino muy concreto.

Voy a finalizar este trayecto con una sensación menos amarga. Estamos en un proceso muy complejo para definir los valores que consideramos deseables. Hemos visto que cada vez existen más grietas, debilidades y contradicciones en el relato androcéntrico y que hay un surco para ensanchar esos resquicios y proyectar nuevas gramáticas. Eso no quita que la reacción masculina (Blacklash ) no esté mostrando sin tapujos sus peligros inherentes. Pese a ello, es necesario darle el peso merecido a los actores que han cincelado la Historia, en tanto que ejercicio de justicia hacia las clases subalternas, y también como herramienta en nuestras manos para aspirar a un mundo mejor. Ensanchar nuestros horizontes de posibilidad para pensar en alternativas: frente a una concepción androcéntrica, inseparable del conflicto, la desconfianza y el sufrimiento, una ontología de la vulnerabilidad (Cavarero, Butler, etc.) y una ética del cuidado (Gilligan, Tronto, Feder Kittay, etc.).

Como veía el otro día, “La Historia no se está reescribiendo, se está restaurando”, y con ella, también los materiales a nuestro alcance para la impugnación. Quizá, sería irresponsable obviar el cometido que tenemos.

Estados Unidos
Estados Unidos y derechos humanos: un encuentro imposible
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