Opinión
Superman no era un héroe y la policía tampoco
La mitología y la psicología moderna concuerdan en que en muchas ocasiones el aprendizaje que más desarrolla la naturaleza humana se encuentra justo detrás de la cosa que más miedo provoca. Joseph Campbell estudió muchos de los mitos que la humanidad ha elaborado durante milenios, y descubrió que muchos de ellos siguen un mismo patrón. La persona destinada a ser un héroe suele tener orígenes humildes y es llamada fortuitamente hacia lo desconocido. Al principio, estas personas pueden mostrarse dubitativas o confusas por la magnitud de la llamada y la novedad de la situación, pero si deciden iniciar la aventura, eventualmente aparecerán en su camino personajes que les guiarán y ayudarán, proporcionándoles el conocimiento o las herramientas necesarias para superar al monstruo, dragón o prueba que se encuentren.
Las dudas están justificadas porque para superar con éxito la aventura se requiere nada menos que la muerte simbólica del antiguo yo. Es decir, de toda una estructura de creencias y aprendizajes de su historia personal y social, que obstaculizaron o evitaron el inicio de la aventura y el enfrentamiento con el dragón, y con ello, la conquista de una nueva sabiduría, poder o identidad. Tras superar las pruebas impuestas, una vez conquistado este nuevo don, el héroe debe regresar para compartirlo y liberar a su pueblo de las formas de decadencia que simboliza el dragón al que venció. Esta relación con el miedo que provocan los monstruos también ha sido descrita por la psicología moderna. Una buena manera de superar un miedo es atravesarlo, sentirlo con el cuerpo, entender el mensaje que entrega con su sensación. Cuando se confronta un temor o dragón, se libera una parte de nosotras que siempre habríamos evitado.
En muchos mitos, el dragón es un reptil despiadado de poderosas armas que acumula las riquezas procedentes de la extorsión a las habitantes de un pueblo. Simboliza el ego, el acaparador de beneficios, el enemigo del cambio y la autoridad patriarcal. Lo cual cuadra bastante con la definición de los poderes del capital que están expulsando a las familias de sus hogares. El acceso a la vivienda es la principal preocupación (o miedo) de los habitantes del estado español según el CIS. En España se ejecutan 70 desahucios al día, es decir, 70 familias se ven abocadas al umbral de lo desconocido, a enfrentarse al dragón de la especulación inmobiliaria al que se le ofrendan generosos sacrificios legislativos y fiscales para evitar que acabe con “inocentes” legislaturas.
La gente que resiste al dragón suele ser la misma que ha vivido un desahucio, y por tanto, la pavorosa desigualdad de fuerzas existente entre personas paradas en un portal sin más armas que un megáfono y dos pancartas, y los musculosos agentes de policía con sus chalecos antibalas, sus pistolas, sus cascos, sus porras, sus botas, sus esposas y guantes, y todo un aparato legal de sanciones con la capacidad de arruinar cualquier vida con un simple testimonio policial. No se puede describir la sensación de indefensión ante la ligereza con la que un agente puede hacer uso de la fuerza bruta. No hay expresión capaz de trasladar la sensación de vulnerabilidad que sufre una persona que no sabe dónde van a dormir sus hijxs esa noche. Ni palabras para el shock que reciben las personas desahuciadas cuando los supuestos héroes de la sociedad llaman a su casa para comunicarles que han cometido el delito de intentar existir en algún lugar.
Como decía el abuelo de la película ‘Angus’ (1995), Superman nunca será un héroe porque sus superpoderes impiden que se enfrente al miedo, a la muerte de su yo simbólico
Ante esta desigualdad cabe preguntarse qué temerá el dragón del capitalismo tardío, que precisa de millones de contenidos alabando la heroicidad y civilismo de cientos de instituciones que dirigen la violencia de miles de brazos hacia una vulnerabilidad tan flagrante. La producción cultural de nuestro tiempo presenta a héroes que triunfan en solitario gracias a sus dones sobrenaturales con un coste personal casi nulo. Pero esto no corresponde ni con la sabiduría mítica, ni con los procesos psicológicos necesarios para enfrentar a grandes dragones o miedos. Todo apunta a un aparato ideológico que busca desviar la atención de las verdaderamente arriesgadas acciones heroicas realizadas a diario por gente que no es súper ni en general man.
Como decía el abuelo de la película Angus (1995), Superman nunca será un héroe porque sus superpoderes impiden que se enfrente al miedo, a la muerte de su yo simbólico. Todo lo contrario, sus victorias refuerzan la identidad que le confieren sus poderes heredados, siendo precisamente esta superfuerza la que garantiza la continuidad de las mismas ideas decadentes. Al igual que Superman, la policía que acude a los desahucios nunca será heroica, porque el enfrentamiento con una familia vulnerable o los activistas no le exige ningún sacrificio. Su función allí es la del mantenimiento de los mecanismos del miedo que evitan la liberación de una parte de la sociedad. Impiden con su superfuerza la muerte simbólica de la legitimidad de la especulación inmobiliaria. Podrían desacatar órdenes que vayan en contra del derecho a la vivienda, como hizo el bombero Roberto Rivas en A Coruña en 2013, negándose a cortar la cadena que impedía el desahucio de una mujer de 80 años — un gesto que después replicaron los sindicatos de bomberos catalanes. Sin embargo, no se cuestionan la violencia contra los más vulnerables porque los agentes no están dispuestos a hacer ese sacrificio de una parte de su sistema de creencias. No son héroes, son las fauces, las garras y el fuego del dragón.
Si la sociedad necesita distinguir a una persona heroica de un matón, la primera siempre estará comprometiendo una parte de sí misma por pequeña que sea. Las precaries se exponen a ser encarceladas, sancionadas, repudiadas, expulsadas y violentadas, y al acercarse tanto a que su forma de vida deje de existir tal y como conocían, descubren un poder. Si se exponen a su propia muerte simbólica, también lo hace el aparato ideológico al que se enfrentan, el mismo en el que aprendieron a vivir. Y esto es porque el dragón nunca estuvo allí para evitar que desarrolláramos nuestra naturaleza, sino para asegurar que renunciaremos a lo necesario para poder recibir el don que está detrás del miedo que nos provoca.
Cómic
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