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Podcast | El año de tomar decisiones
No hay que ponerse tremendistas, ni pochos, pero estamos ante una crisis de orden civilizatorio. Esto puede dar angustia, cosica, ganas de meterse debajo de la manta o dentro del búnker, hacerse el loco, darse a la gastronomía, al doomscrolling, o a lo que cada cual quiera para obviar lo que tenemos delante. Un momento de sístole histórica donde se va a definir el orden civilizatorio de los próximos 50-80 años.
La formalización política de la desigualdad resultado de la corrosión neoliberal (esto es, en parte, lo que representa hoy el ascenso de la constelación reaccionaria de las derechas mundiales), el desmontaje autotélico de un orden mundial hegemónico que ha ordenado el horizonte predictivo, en base al cual ordenamos cada una nuestras estrategias vitales, el último medio siglo (al que nos opusimos pero que también nos ha constituido por igual), a lo que se suma una brecha prometeica* en modo Megatrón.
Es hoy más útil que nunca este bello, y trágico, concepto de Gunther Anders en La obsolescencia del hombre: la distancia entre las facultades humanas y la civilización técnica que la humanidad construye. Es decir, el desacople entre la velocidad de los cambios técnicos y la capacidad política y ética de digerirlos, integrarlos y gobernarlos, especificada para comprender el significado profundo de la crisis que implica el cambio climático (estamos lidiando con las consecuencias de una industrialización basada en el combustible fósil), sumado a la emergencia del desarrollo de la IA gobernada, y cotizada en bolsa, desde la aceleración y el pánico apocalíptico.
Así pues, vivimos en un tiempo profundamente aterrador, que nos desorienta y en el que los horizontes de expectativas saltan por los aires cada día. Con este énfasis en la importancia del momento, no queremos que nadie se entristezca, sino dejar claro que no es tiempo de ser minimalistas.
El momento histórico exige la máxima ambición. Como exige la máxima inteligencia y generosidad. Ante el fascismo del fin del mundo, ante las ruinas del neoliberalismo, debemos oponer un horizonte de expectativas fundado en la prosperidad común, el buen vivir, la propiedad colectiva, la desmercantilización de la vida, y la igualdad política y material.
Para esto, nuestras tradiciones políticas ya tienen un nombre: socialismo y democracia. Autogobierno del trabajo, dirección colectiva del excedente social y destitución de la oligarquía. Debemos aprender hoy qué significa esto en el mundo por venir y cómo se hace. Saber, en la inteligencia política que exige el presente, que nos acerca a esos horizontes y que nos aleja, dónde se acumulan las fuerzas para avanzar y dónde se convierten en buena imagen hoy pero se dilapidan en lo esencial. Como se construyen las mayorías que pueden empujarlo. Qué significa ganar, qué significa esperar y qué significa perder. También que luchar y perder es más honroso que no saber qué es ganar.
Si necesitamos todo esto, es sobretodo porque solo a partir de ello vamos a poder tener un diálogo viable sobre cómo movernos en el presente y gobernar el embate que tenemos delante. Seguimos con la conversación.
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