Racismo
“Tu perfil no encaja”: las otras formas de racismo cotidiano en el ocio
La perfilación racial es una práctica racista en la que se atribuyen prejuicios o intenciones a una persona en función de cómo es percibida racialmente. No siempre adopta la forma de una prohibición explícita o de un trato abiertamente hostil: a menudo opera a través de miradas, controles, decisiones o criterios aparentemente neutrales. En los espacios de ocio, rara vez se nombra como tal; suele atribuirse al derecho de admisión del local o a supuestos malentendidos, mientras que sus efectos son sistemáticos y recaen siempre sobre los mismos cuerpos, formando parte del racismo estructural que existe en España y que sigue sin reconocerse institucionalmente.
El “perfil” no encaja
El pasado mes de diciembre, la creadora de contenido Sierra Reece denunció en sus redes sociales que su hermano había sufrido perfilación racial en una conocida discoteca de Madrid. En una conversación con El Salto, Sierra explica que, al ir a celebrar su graduación a la sala Rubicon Madrid con sus amigos y su hermano recién llegado de Estados Unidos para la ocasión, Bryce Reece. Antes de llegar a la cola, sus compañeros de máster le advirtieron: “No paniquees, pero no dejan entrar a tu hermano al club”. Previamente, los amigos de la estudiante ya le habían avisado de que estaban señalando a Bryce antes de que ellos llegaran a la fila.
Sierra fue a hablar con los porteros para pedir explicaciones, y primero le dijeron que era por las rastas que llevaba su hermano. Unos minutos después, salió una trabajadora mestiza con trenzas, a la que Sierra vio “claramente incómoda con la situación”, recuerda. En ese momento, los porteros cambiaron la versión y comunicaron al grupo que “el perfil del chico no encajaba con la discoteca”. Buscando información sobre el código de vestimenta, Sierra y sus amigos comprobaron que no había nada al respecto, ni online ni in situ.
Los trabajadores empezaron a señalar la vestimenta de otras personas blancas que esperaban en la cola. Sierra recuerda cómo llegaron a preguntarle dónde vivían y “si su hermano podía ir a cambiarse de ropa”
La creadora de contenido explicó a su hermano lo que estaba ocurriendo, ya que todavía no se había percatado de la situación porque hablaba poco el idioma. Tras unos minutos de discusión, más personal de la discoteca salió a examinar a Bryce y, mientras tanto, Sierra preguntó a los porteros a qué se referían con “el perfil”.
Fue entonces cuando los trabajadores empezaron a señalar la vestimenta de otras personas blancas que esperaban en la cola. Sierra recuerda cómo llegaron a preguntarle dónde vivían y “si su hermano podía ir a cambiarse de ropa”. Finalmente, le dijeron que podrían entrar, pero que su hermano no podía acceder con la entrada por lista de invitados, porque había superado la hora límite y debía pagar la entrada a precio habitual. Antes esta situación, Bryce decidió volver al apartamento donde se encontraba alojada el resto de la familia, también de visita; y Sierra decidió acceder al local, ya que era la última vez que vería a sus amigos en mucho tiempo.
Al entrar, observó que no había ninguna otra persona racializada en la discoteca, salvo ella y algunos trabajadores del local, y notó que muchos de los asistentes iban vestidos de forma casual. Para ella y Bryce, lo más llamativo no fue solo lo ocurrido, sino “la naturalidad con la que se produjeron los hechos, como si no hiciera falta justificar el motivo por el cual no le dejaban entrar; como si todos supieran de qué se estaba hablando”, recuerdan. El Salto intentó también contactar con la discoteca Rubicon para obtener su versión, pero al solicitar una entrevista no respondieron.
“Nunca te dicen que no puedes entrar por ser negro, moro o gitano”
“Por norma general, no te suelen decir que no puedes entrar por tu condición racial… te lo dicen de otra forma”, explica el periodista e investigador experto en racismo, Youssef Ouled a El Salto. Según Ouled, la perfilación racial puede ser consciente o inconsciente, pero siempre asigna connotaciones negativas a ciertos cuerpos: “Se nos perfila en función de cómo se nos percibe racialmente. No siempre hay una prohibición explícita: puede manifestarse a través del perfil que un establecimiento asocia a su clientela, la manera en que nos miran o los criterios que utilizan para decidir si podemos pasar o no. Es un mecanismo invisible, pero que afecta de forma sistemática a las mismas personas”.
Youssef Ouled: “Tu presencia se interpreta como una amenaza al ambiente del lugar; y eso termina condicionando quién puede acceder y quién no”
El experto señala que estas prácticas no ocurren solo en espacios de ocio o comercios, sino también en el ámbito institucional, por ejemplo en controles policiales o deportaciones selectivas: “Existe un racismo estructural que atraviesa instituciones, leyes y prácticas cotidianas. Negarlo implica perpetuarlo, e invisibiliza el sufrimiento que las personas racializadas experimentamos día a día. Nunca te dicen que no puedes entrar por ser negro, moro o gitano”, insiste Ouled. “Pero tu presencia se interpreta como una amenaza al ambiente del lugar; y eso termina condicionando quién puede acceder y quién no”.
Esta lógica explica por qué, incluso cuando las personas racializadas cumplen todos los criterios de vestimenta o comportamiento que se exigen al resto, pueden ser excluidas: “Se nos exige ser excepcionales, correctos, pulcros. La ciudadanía blanca no recibe las mismas exigencias. Esta jerarquía racial ubica a quienes no somos blancos en la base, generando exclusión y vulneración de derechos fundamentales”, añade.
“Aquí no puedes vender”
Un caso similar ocurrió en Bilbao la última semana del año con el actor Sambou Diaby. Tras terminar de actuar, quedó con su novia y una amiga para tomar algo. Fue atendido en un bar, pero minutos después un camarero le pidió que se fuera y le indicó “que ahí no podía vender”. Al pedir su pareja la hoja de reclamaciones, el encargado intervino, habló de un malentendido e incluso les ofreció invitarles a una ronda. Ellos se negaron: no querían compensación, querían no ser tratados de ese modo y finalmente decidieron marcharse.
“No hice nada, iba vestido normal, y aun así se formó una idea de mí solo por ser negro”, relata. Diaby asegura que no había hecho nada que justificara la intervención: “Antes de juzgar a alguien por su aspecto, trátalo como a un igual”. El incidente se hizo público tras la denuncia de su pareja en redes sociales, sin imaginar la repercusión: “No pensé que fuese a tener esta repercusión. La gente se sorprendía mucho con lo ocurrido, creen que no existe el racismo, pero ocurre día a día”, señala. El bar difundió un comunicado en el que hablaba de “malentendido”, de “error de percepción de uno de los camareros” y de un comportamiento que “no refleja nuestros valores”, incluyendo disculpas y promesas de revisar protocolos y medidas de formación. Sin embargo, reducía el incidente a un fallo individual y puntual, sin reconocerlo como parte de un problema estructural.
La narrativa predominante fue reduccionista: se destacaba que Diaby estaba integrado, que hablaba euskera, dejando implícita la idea de que quienes no “se integran activamente” podrían merecer menos respeto
La cobertura mediática del caso de Diaby también evidencia cómo los medios construyen narrativas que dejan fuera a quienes sufren violencia racial de primera mano. La narrativa predominante fue reduccionista: se destacaba que Diaby estaba integrado, que hablaba euskera y que señalaba su “esfuerzo personal”, dejando implícita la idea de que quienes no “se integran activamente” podrían merecer menos respeto o quedar expuestos a la perfilación racial. El caso se viralizó rápidamente; sin embargo, nadie entrevistó al afectado. El Salto ha sido el primer medio que le ha pedido una entrevista para contar lo ocurrido. “Como periodista y persona racializada, analista de medios, esto es el pan de cada día”, explica Youssef. “El relato que se cuenta sobre nosotros generalmente es sin nosotros. Muchas veces se extrae contenido de redes sociales sin contactar con las personas que son víctimas de la violencia racial, y se lanza el mensaje de que no tenemos voz y que no somos capaces de explicar lo que vivimos. Cuando se habla de nosotros, se habla sin nosotros; y cuando se cuenta con nuestras voces, se atenúa contando con otras”.
El periodista considera que estas prácticas mediáticas no son neutras: refuerzan lógicas racistas y normalizan la invisibilidad de la violencia cotidiana. “Incluso cuando se reportan experiencias de racismo policial, se da más espacio a las versiones oficiales o institucionales. Todo esto forma parte de un funcionamiento mecánico, aprendido, que muchas veces no tiene mala intención consciente, pero que responde a lógicas racistas profundamente arraigadas”.
Para Youssef, reconocer el racismo estructural es el primer paso para poder combatirlo. Se niega que España sea un país racista y esta negación “invisibiliza el sufrimiento cotidiano de las personas racializadas y bloquea cualquier posibilidad de cambio”. La formación puede ser útil, reconoce, pero “no lo es todo”.
Erradicar el racismo requiere políticas concretas, reconocimiento institucional y sanciones efectivas: “Este local comete determinada discriminación racial, vamos a sancionarlo para que no lo vuelva a cometer y para que se sepa que se sanciona el racismo”, dice. Sin embargo, demostrar la discriminación no siempre es sencillo ya que “a menudo es su palabra contra la del agresor”. Por ello, subraya la importancia de visibilizar los casos: “Lo que no se visibiliza no existe. Es fundamental denunciar, siempre que se pueda, y apoyarse en personas u organizaciones antirracistas y de derechos humanos que acompañen en el proceso”.
La denuncia no solo tiene un efecto individual: evidencia que la exclusión racial no es casual o puntual, sino estructural. Asimismo, señala que la perfilación racial está atravesada también por otras dimensiones como el clasismo. Se observa incluso en personas racializadas con estatus socioeconómico alto, mientras que el mismo problema debería ser atendido cuando afecta a personas con menos recursos: “Que se perfile a un mantero que quiere sentarse a tomar un café también debería ser sancionado social, política y jurídicamente. Se trata de derechos humanos, de derechos y libertades fundamentales que se vulneran constantemente”, concluye Ouled.
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