Opinión
‘Supergirl’, cuando el villano se esconde tras la cámara

Ya es mala suerte que vuelva a fracasar un ‘blockbuster’ con superheroína al frente. Indagamos en los posibles motivos por los cuales esta producción de James Gunn ha constituido una gran decepción.
Supergirl
Fotograma de ‘Supergirl’, dirigida por Craig Gillespie.

El estreno mundial de Supergirl (2026), que se ha saldado con un estrepitoso fiasco de público y crítica, nos impulsa a echar la mirada atrás, hacia aquel periodo pospandemia durante el cual el exitoso ciclo de películas y series de superhéroes iniciado en 2008 con Iron Man y El caballero oscuro y cosificado con rapidez por Marvel Studios y el binomio Warner/DC, empezó a perder su conexión con el gran público, de modo que cada nueva superproducción adscrita al género pasó a ser una apuesta de riesgo. Apuntábamos ya por entonces en esta misma publicación que las superheroínas se contaban entre las mayores perjudicadas por la falta de ideas que el Universo Cinematográfico de Marvel y el Universo Extendido de DC habían puesto en práctica a la hora de interpretar en la gran pantalla los arquetipos gestados en sus respectivas líneas de cómics, y lamentábamos que parte considerable del fandom diese por buenos ejercicios de pseudofeminismo y cine de acción anodino como Wonder Woman 1984 (2021).

Lo cierto es que, como ahora Supergirl, aquella segunda entrega de las aventuras de la amazona encarnada por Gal Gadot fue un fracaso de taquilla y una gran decepción para quienes todavía creemos en la épica feminista; lo mismo cabe decir de otras películas en torno a superheroínas que se realizaron en los años siguientes a medio gas, tarde y mal, sin demasiada convicción, como Black Widow (2021), Batgirl (2022) —jamás estrenada comercialmente, algo insólito—, The Marvels (2023) y Madame Web (2024). Daba para ponerse paranoicos el hecho de que todas ellas compartiesen un feminismo corporativo, oportunista, traducido en lugares comunes sin agencia política rupturista de ningún tipo; que, en relación con lo anterior, el sublime superheroico cediese el paso a dilemas asignados femeninos acerca de sentimientos y emociones; que sus circunstancias creativas y de producción fuesen manifiestamente mejorables; y que, frente a la evidencia palpable de sus insuficiencias, recibiesen loas en virtud de agendas e intereses varios por parte de un batallón de influencers y periodistas de tendencias, entre ellos numerosos especímenes de esa nueva masculinidad, masculinidad deconstruida, aliada o como se le quiera llamar, que, en la mayor parte de los casos, representa una forma de misoginia velada, ¿involuntaria?

Supergirl confirma punto por punto lo que en 2021 era una hipótesis de trabajo. Empecemos por el dato de que su público ha vuelto a ser mayormente masculino, una constante en el cine de superheroínas contemporáneo que habla con claridad del nulo efecto llamada al target supuestamente buscado, las espectadoras. Y sigamos por el máximo responsable de la película, que no han sido por supuesto ni la guionista fantasma Ana Nogueira ni el director Craig Gillespie, un digno artesano todoterreno —Lars y una chica de verdad (2007), La hora decisiva (2016), Yo, Tonya (2017)— cuyo sentido de la planificación ha sucumbido en Supergirl a los test screenings, los reshoots e infinidad de sobresaltos en lo referido a la banda sonora y los efectos visuales. El responsable de Supergirl es James Gunn, productor de la película y artífice creativo del Universo DC, reinvención del panteón audiovisual superheroico liderado por el hombre murciélago, la mujer maravilla y el hombre de acero, protagonista precisamente del título destinado sobre el papel a iniciar una nueva etapa capaz de mitigar el mal sabor de boca dejado en los aficionados por el Universo Extendido de DC: Superman (2025), que Gunn además escribió y dirigió.

Gunn ha sido siempre una figura vidriosa, un friki desubicado en la generación boomer a la que pertenece por edad —nació en 1966— y la familia católica de Missouri en cuyo seno se crió. Su mejor película hasta la fecha, Super (2010), sátira vitriólica sobre las fantasías (super)heroicas de las masculinidades sin atributos, es una exploración fascinante de su mente, que ha sublimado la misantropía, la misoginia y el peso de culpas varias por la vía de la cultura pop. Pero Super, como Slither (2007), constituyeron el preludio de otro James Gunn, el actual, una criatura adaptativa a partir de Guardianes de la Galaxia (2014) a los designios de una nueva mayoría moral liderada en el show business por Disney y Netflix. Gunn ha sobrevivido con habilidad en ese ecosistema, ha eludido incluso las acusaciones de nepotismo y de pura y dura traición, pese a algunos sustos relacionados con una incorrección política esencial que dudamos mucho haya virado en los últimos años a la condición de ser de luz.

Las facetas oscuras de Gunn, que tienen de malo sobre todo el intento de disimularlas para medrar a cualquier precio en la industria, pueden rastrearse sin dificultad en las imágenes de Supergirl. El retrato de la prima de Superman como personaje cínico, adicto a la fiesta y ajeno físicamente a ciertos cánones representativos es muy propio de Gunn. Su espíritu punkrocker, que empieza a estar trasnochado, no justifica en cualquier caso el uso y abuso del cómic del guionista Tom King, la dibujante Bilquis Evely y el colorista Matheus Lopes en que se basa la película, Supergirl: Mujer del mañana (2022); una miniserie merecedora de premios y distinciones de todo tipo por su tono de leyenda deudora del wéstern y la space opera, gracias al cual Supergirl tenía la oportunidad de redescubrirse como personaje mientras ayudaba a que la joven Ruthye hiciese justicia. Las implicaciones más adultas del guion escrito por Tom King han sido menoscabadas o malinterpretadas en el filme, mientras que el estilo preciosista y vibrante de Bilquis Evely ha derivado en la grisalla digital a que nos tiene acostumbrados por desgracia el cine comercial de hoy.

No es el único aspecto en el que Supergirl adolece de unas calidades formales y escenográficas escasas: el diseño del villano, Krem de las Colinas Amarillas (Matthias Schoenaerts), la desgana interpretativa y física de Jason Momoa como el mercenario Lobo, la selección de canciones, y la resolución de escenas clave como la batalla final y la supuesta despedida de Supergirl (Milly Alcock) y Ruthye (Eve Ridley) se caracterizan por la misma desidia, rayana con la ineptitud y un desinterés premeditado por evolucionar en ninguna dirección. ¿Con la experiencia adquirida tras casi dos décadas de producción intensiva de cine superheroico, con graves crisis de por medio y el desafío de dar alas al Universo DC, esto es todo lo que cabía esperar de Supergirl? ¿No había margen de corrección y mejora en lo relativo al retrato del personaje, la ambición, la épica, el espectáculo audiovisual? Frente a este conformismo, gana enteros la fugaz Supergirl (Sasha Calle) imaginada por Andy Muschietti para Flash (2023).

Aunque James Gunn ha demostrado limitaciones como director y como ejecutivo de DC Studios —no sería descabellado hablar a estas alturas de incompetencia—, nos parece sospechoso hasta qué punto le ha tocado de nuevo a una película con superheroína al frente la mala suerte de ser un desastre sin paliativos, un hazmerreír público. La senda del feminismo en el ámbito de la cultura popular está llena de trampas, y no sería la primera vez que las más peligrosas son tendidas de manera más o menos consciente por quienes más golpes de pecho comprometidos se dan en la esfera pública. James Gunn presumió en su momento de que el criterio rector de su Universo DC sería “la calidad ante todo”. Nos resulta difícil creer que eso se haya aplicado a Supergirl.

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