Cómic
‘Black Hammer’, el cómic de Jeff Lemire y Dean Ormston que volvió a conjurar la magia de los superhéroes
Disfrutar el crepúsculo de tu existencia en un lugar que no se encuentra en los mapas parece un objetivo muy apetecible, especialmente si tu actividad profesional ha sido la de superhéroe a jornada completa. El retiro dorado tras una vida de proezas. Una plácida jubilación después de salvar el mundo en innumerables ocasiones. El merecido descanso del guerrero en una granja alejada de las turbulencias de la gran ciudad. Bajo estas premisas arrancó hace diez años la publicación de Black Hammer, un cómic escrito por Jeff Lemire y dibujado por Dean Ormston que ha recibido los elogios de crítica y público —ganó en 2017 el premio Eisner a la mejor serie nueva y el del Gremio de Libreros de Madrid al mejor cómic— y ha generado todo un universo propio inserto en la tradición del comic book que combina la acción a puñetazos, gotas de ciencia ficción especulativa y una indisimulada reflexión sobre el propio medio.
Los protagonistas de Black Hammer, publicada en Estados Unidos por la editorial Dark Horse y en España por Astiberri, son un grupo de superhéroes que residen en una granja una década después de sus últimas aventuras. No hay supervillano que combatir ni archienemigo al que desbaratar los planes de conquista mundial. Pero tal vez todo sea un espejismo. La convivencia no es tranquila y los conflictos brotan: alguno se quiere integrar en la anodina vida del pueblo, Rockwood, otros desean largarse cuanto antes. Y la mayoría camufla como puede sus propios demonios interiores. El idílico exilio resulta no serlo tanto ni tan voluntario como parecía. Más bien todo lo contrario: se asemeja mucho a un destino del que no pueden escapar, una celda con barrotes invisibles.
El relato que cuenta ‘Black Hammer’ es, también, el de un género que se ha reinventado una y otra vez, creando mitos reciclados hasta el infinito por los engranajes de la industria cultural
Las causas de la estancia allí se presentan envueltas en un halo de misterio, poco claras. La versión oficial es que, diez años antes, estos justicieros enmascarados libraron su última batalla en la ciudad de Spiral City, donde derrotaron a la entidad cósmica Anti-Dios pero murieron en esa hazaña. La periodista Lucy Weber, hija del llamado Martillo Negro que titula la serie y es el supuesto líder aunque no vive con ellos en la granja, quiere investigar qué fue lo que sucedió realmente y dónde está su padre. Ahí comienza una narración retrospectiva —combinada con la del tiempo presente— que revelará las causas en un viaje con múltiples homenajes a casi un siglo de historia del cómic de superhéroes. El relato que cuenta Black Hammer es, también, el de un género que se ha reinventado una y otra vez, creando mitos reciclados hasta el infinito por los engranajes de la industria cultural.
Jeff Lemire es uno de los autores de cómic más prolífico de los últimos tiempos, capaz de firmar obras de corte muy personal lejos de la órbita superheroica y también de lidiar con las exigencias de la rutina de producción de las editoriales superpoderosas como Marvel y DC, donde se ha convertido en nombre habitual. Pero en 2008, cuando empezó a idear Black Hammer, solo había publicado fuera de la autoedición la novela gráfica Essex County —una emocionante trilogía en torno a la vida rural en la América profunda, uno de sus temas predilectos— y nunca se le había pasado por la cabeza que podría trabajar en cómics de superhéroes comerciales debido a su estilo, que él mismo califica de excéntrico. “Pero de pequeño me encantaban y les tenía un profundo cariño, así que concebí Black Hammer como un intento de hacer cómics de superhéroes a mi manera, filtrando el género con mi estilo personal”, explica a El Salto.
Jeff Lemire recuerda que ha experimentado en primera persona “todas las limitaciones que te imponen al trabajar para las grandes compañías como Marvel y DC”, así que con ‘Black Hammer’ pudo liberarse “por completo”
Su intención inicial era encargarse del guión y el dibujo, pero en el camino se le cruzaron la creación de Sweet Tooth —una fantasía terrorífica pero esperanzadora sobre una pandemia que provoca la aparición de seres híbridos entre lo humano y lo animal— y varios trabajos para DC con personajes como Animal Man y Green Arrow. El proyecto quedó aparcado en un cajón. El británico Dean Ormston fue finalmente el elegido para ilustrar Black Hammer cuando Lemire lo resucitó en 2013. Sus guiones en esos años en las cabeceras de DC le habían aportado una perspectiva “totalmente diferente” del género y recuerda que experimentó en primera persona “todas las limitaciones que te imponen al trabajar para esas grandes compañías”, así que con Black Hammer pudo liberarse “por completo”. Esa liberación, señala, obedece al hecho de que él mismo es el origen de todos los personajes y temas de la serie. Cuenta que, cuando trabaja en DC o Marvel, primero le asignan el personaje y después tiene que encontrar las maneras de integrar asuntos más propios en esos marcos. “Por su naturaleza, Black Hammer es mucho más personal y, en general, tengo más libertad”, valora este autor, quien también subraya que resulta una experiencia muy gratificante cuando las cosas funcionan en los cómics de los dos gigantes de las viñetas superheroicas —y él lo ha conseguido—, pero que con Black Hammer dispone de mucho más control.
Presentemos ahora a los personajes que conviven en la granja. Abraham Slam es un tío tranquilo, un superhéroe sin poderes que asume que sus mejores días como luchador contra el crimen en las calles de Spiral City ya pasaron y trata de disfrutar la vejez en un entorno ajeno donde vive un romance con una camarera. Golden Gail vuela y tiene una fuerza sobrehumana. Fue la novia superpoderosa de América, pero está encerrada en el cuerpo de una niña de nueve años, lo que le produce una frustración insoportable. Barbalien es un marciano gay cuyo cuerpo puede cambiar de forma. En Spiral City compatibilizaba su trabajo como policía y la tarea de superhéroe y sufría rechazo por su orientación sexual. Talky-Walky es una androide que hace las tareas domésticas y cocina recetas pasteleras, después de dejar atrás las batallas galácticas. También cacharrea con inventos que les puedan sacar del pueblo. El coronel Weird tiene la cabeza frita y vaga a la deriva por la Para-Zona, una dimensión temporal inaccesible donde se repiten una y otra vez los acontecimientos que han marcado su trayectoria. Madame Libélula es una enigmática hechicera atrapada en una cabaña terrorífica a la que los demás procuran no acercarse mucho. Estos dos últimos se revelarán como actores fundamentales en los hechos que ocasionaron la reclusión en la granja. Con el paso de los capítulos, Lucy Weber cobra una gran importancia: será la heredera de Martillo Negro como heroína y prácticamente se convertirá en la protagonista principal de la serie. En torno a este grupo de personajes, Lemire ha desarrollado una saga muy amplia en la que intervienen muchos otros, alumbrando toda una galaxia Black Hammer con miniseries y títulos propios dedicados a algunos de ellos. Astiberri publicará en febrero el noveno volumen recopilatorio de la serie principal.
El aspecto visual que Dean Ormston otorgó a las páginas de Black Hammer es una característica muy distintiva. Su trazo y la distribución de las viñetas encajan como un guante en el tono otoñal que los guiones de Lemire imprimen a las primeras historias. El creador quería que Ormston lo dibujara porque el trabajo previo del ilustrador estaba más inspirado en el género del terror y no se parecía a los cómics de superhéroes más típicos. “Los estilos de dibujo más excéntricos e idiosincrásicos se están convirtiendo en la norma en los cómics de superhéroes mainstream, pero en 2016 esto no era así y el trabajo de Dean realmente destacó entre los cómics de Marvel y DC. Su arte es muy melancólico y usa mucho el negro, algo que también me encanta. Además, es un narrador increíble y un genio con los personajes”, opina Lemire. Ormston se ocupó de los lápices hasta el final de la historia “La edad sombría”, en el cuarto tomo. En total, dibujó 20 números. Después tomaron el relevo otros artistas como Caitlin Yarsky y Malachi Ward, quienes aportaron un aire distinto en consonancia con el sabor más tradicional, menos rompedor, que adquieren los guiones conforme avanza la serie.
“Como sucede siempre en la cultura ‘mainstream’, hacen falta reactivos imprevistos para que las fórmulas vuelvan a surtir efecto, y eso fue ‘Black Hammer’”, opinan Elisa McCausland y Diego Salgado
La conjunción de la sensibilidad indie de Lemire y el arte de Ormston era una apuesta arriesgada para los parámetros editoriales del cómic estadounidense en 2016, “cuando empezaba a percibirse ya un estancamiento en el ámbito de lo superheroico”, confirman los críticos Elisa McCausland y Diego Salgado. “Como sucede siempre en la cultura mainstream, hacen falta reactivos imprevistos para que las fórmulas vuelvan a surtir efecto, y eso fue Black Hammer. Quién nos iba a decir diez años después que iba a existir un multiverso Lemire, pero aquí estamos”, valoran desde el correo electrónico los autores de, entre otros, Sueños y fábulas (ECC, 2022), un detallado ensayo sobre Vertigo, el sello de DC que en los años 90 amplió el campo de lo esperable en un tebeo de superhéroes, la casa donde en 2009 se publicó Sweet Tooth. Estos especialistas, colaboradores de El Salto con la sección Ruido de Fondo, tienen la sensación de que, al igual que ha pasado con las creaciones de otro guionista estrella de los últimos años como James Tynion IV, Black Hammer fue ideada por Lemire para “llamar la atención de productoras cinematográficas y televisivas en un momento dulce para la expresión audiovisual del género, y ahí también puede hablarse de apuesta innovadora, aunque lo cierto es que, pese a los muchos rumores, aún no se ha sustanciado ninguna producción basada en Black Hammer”.
Según el dibujante David Rubín, ‘Black Hammer’ es una serie “muy poliédrica” que ofrece “muchísimas cosas” para diferentes tipos de lectores
En 2017, el editor de Dark Horse Daniel Chabon llamó a la puerta del dibujante español David Rubín para proponerle que supliera temporalmente a Ormston, quien pasaba por un mal momento de salud y no podía cumplir con los plazos de entrega. Rubín aceptó el encargo y hoy reconoce que dibujar dos números de Black Hammer le situó en el mapa de otros editores y también de lectores que descubrieron su trabajo. Para no ponerle en el brete de tener que ser muy continuista con la línea de Ormston, y para evitar que se saliera mucho de ella, lo que Lemire hizo fue crear un par de historias que transcurren fuera de la granja: un flashback con una aventura en el espacio que explica cómo se conocieron dos de los personajes principales, y otra en la que se cuentan detalles sobre la hija de Martillo Negro. “Creo que habría sido un error intentar asemejarme a Dean, fui fiel en el diseño de los trajes y en la atmósfera del tebeo, pero en el resto intenté ir a mi bola y sentirme cómodo, que es la manera de hacer que la gente se lo pase bien cuando lo lea”, recuerda Rubín.
Según el dibujante, Black Hammer es una serie “muy poliédrica” que ofrece “muchísimas cosas” para diferentes tipos de lectores. Sostiene que gusta a quienes leen desde siempre tebeos de superhéroes porque “está llena de guiños a personajes y eventos que llevan leyendo 50 años, pero matizados, incluso con una mirada crítica”. Pero cree que también puede interesar a quien no los ha leído nunca ya que “es una historia de personajes muy bien construidos, con acciones y situaciones que emocionan sin ser necesario ese bagaje previo de décadas como lector de superhéroes para entender lo que te están contando”.
Ese encuentro puntual prendió la mecha para lo que fue el primer spin-off de la marca Black Hammer: Sherlock Frankenstein y la legión del mal, una miniserie de cuatro números también ilustrada por Rubín y dedicada a un extravagante villano enamorado de Golden Gail cuyo romance fructificará cuando ambos ya son maduros. En sus páginas se presenta al Escuadrón de la Libertad, un supergrupo en el que participaron Abraham Slam y Golden Gail hasta la Segunda Guerra Mundial; aparecen por primera vez archienemigos como Mectoplasma, Metalo Minotauro o Grimjim; y también entramos en el Asilo Spiral, una prisión de máxima seguridad donde están encerrados algunos de estos malhechores, entre ellos Sherlock Frankenstein.
La colaboración entre ambos autores propició que Lemire se soltase la melena y diera rienda suelta a su creatividad, fabricando nuevas piezas de un puzle que debe mucho a la imaginación desbocada del rey Jack Kirby y a la fascinación por uno de los tebeos favoritos de Lemire cuando era niño: Crisis en Tierras Infinitas, la saga con la que Marv Wolfman y George Pérez ordenaron el universo DC en 1985. “Una vez abierta esa caja de Pandora, no pude dejar de expandir la serie”, admite el escritor. Así fueron apareciendo títulos propios para personajes como el coronel Weird, los Antiadolescentes o el Doctor Star, y otros que sitúan la acción un siglo después (La era Quantum) o durante la Segunda Guerra Mundial (Black Hammer ’45).
A finales de 2020 se estrenó Planeta rojo, una serie de cinco números con el alienígena Barbalien de protagonista. Fue la primera ampliación de Black Hammer cuyo guión no está firmado por el demiurgo Lemire, si bien tutorizó el trabajo de Tate Brombal, debutante en la escritura de cómics. Otra novedad es que se trata de una historia alejada del enfoque de la serie madre, ya que Brombal pretendió corregir con ella una injusticia, según se lee en el texto de presentación que escribió, donde asegura que “los escritores queer no suelen tener la oportunidad de escribir historias queer para superhéroes queer en cómics comerciales, y mucho menos que estén ambientadas en la crisis del sida, una enfermedad sepultada bajo la metáfora o utilizada como arma por los supervillanos”. Planeta rojo muestra a Barbalien a mediados de los años 80, cuando las respuestas institucionales estigmatizaron y culpabilizaron a quienes habían contraído el VIH y se enfrentaban al rechazo y a la enfermedad. La doble identidad humana-marciana del personaje y su también doble personalidad (hombre gay-policía) son los nudos argumentales de este cómic dibujado por otro artista español, Gabriel Hernández Walta, quien dice que los parámetros gráficos de su trabajo estaban muy marcados “por la época en que se ambienta y el tono social que Tate quiso darle”. En cuanto al personaje, asegura que hizo algunos bocetos para encontrar su versión, pero que no requirió un gran trabajo de adaptación ya que Ormston es un dibujante del que se siente muy cerca.
Ilustrar Planeta rojo hizo “mucha ilusión” a Hernández Walta ya que era lector fiel de Black Hammer, de la que afirma que es lo que “todos querríamos hacer con los superhéroes si no hubiera tanta continuidad”. Para él, lo que ha logrado Lemire, con quien firmó Sentient en 2019, es una combinación perfecta: “Hay una mezcla de partir de cero haciendo lo que quieras, pero contando con los ecos de mitos que se han ido repitiendo y reflejando en los cómics desde hace más de medio siglo”. Pone como ejemplo al propio Barbalien, que es “una versión de Detective Marciano, pero en DC a un personaje con tanta historia no podrías enfrentarlo a los problemas que tiene por ser homosexual”.
Lemire no oculta que en Black Hammer se divierte mucho “jugando con la historia del género y haciendo muchas referencias a elementos del pasado”, pero relativiza su peso frente al de la exploración de los personajes. “Mi prioridad —advierte— siempre ha sido mantener la narrativa muy emotiva y centrada en los personajes. Y la diversión más ‘meta’ al referirnos a la historia del medio es genial, pero tiene que servir y apoyar los elementos más personales”.
McCausland y Salgado consideran al autor lo bastante listo como para haber hecho de Black Hammer un reflejo “más o menos consciente, más o menos crítico incluso, de la evolución del género superheroico, porque sabe de sobra que eso iba a darle más caché a la serie de cara a la crítica y los fans del género”, pero indican asimismo que, con la evolución en ciertas direcciones que ha tomado —“también con su coolificación”—, Black Hammer se ha ido adaptando “con la dosis de reflexión justa” a las tendencias imperantes, algo “totalmente normal en el cómic mayoritario estadounidense, donde el sentido de la oportunidad y del oportunismo es un factor esencial de la creatividad”.
Noelia Ibarra, codirectora de la Cátedra de Estudios del Cómic de la Fundación SM y la Universitat de València, no detecta en las páginas de Black Hammer una voluntad alegórica sobre el devenir de los cómics de superhéroes, sino que lo que encuentra es “directamente género de superhéroes”, con todos sus tropos y estereotipos. Por eso afirma que no se puede hablar de metáfora en tanto “el establecimiento de paralelismos cronológicos de la historia con el desarrollo del género no resulta tan evidente”. Para ella, lo que Lemire intenta en Black Hammer es condensar “las líneas de representación del superhéroe en los últimos años, un collage de ideas previas que comienzan con la integración del superhéroe en el mundo real de Alan Moore y otras líneas como las de Grant Morrison”. Y sugiere que, de hecho, se podría entender “casi como una paradójica reversión de la idea de Watchmen, devolviendo los superhéroes a su contexto tradicional”.
A esa comparación con la obra de Alan Moore apunta Juan Vargas-Iglesias, autor de Alan Moore: la autopsia del héroe (Dolmen, 2011), quien valora Black Hammer como una síntesis de los dos momentos del británico como autor de superhéroes: el Moore de las ucronías (Capitán Britania, Miracleman, V de Vendetta, Watchmen) y el de las utopías (Tom Strong, Promethea). “Hay algo de la oscuridad grim & gritty de las primeras, sobre todo en cuanto a su asunción del paso del tiempo como trauma, pero también del sentido de la maravilla de las segundas”, razona.
Según Ibarra, la publicación de Black Hammer en 2016, con la inclusión de elementos “deudores de la estética Vertigo”, supuso básicamente “salir del modelo dominante de superhéroe desarrollado por las grandes editoriales y recuperar un modelo alternativo que se empezó a plantear en los años 90”, cuando despuntaron sellos editoriales que defendían la propiedad intelectual de los autores sobre sus creaciones.
El cómic de superhéroes después de su autopsia
En la novela El mundo necesita a Delirium (Contraluz, 2022), la escritora Rosa Gil narra las peripecias de una superheroína cuyos poderes derivan de la ingesta de alcohol. Si no va borracha, carece de ellos. Es un acercamiento en tono cómico y desde un medio distinto a un género que, al igual que sucede con el rock, otro fenómeno cultural juvenil del siglo XX, parece haber dejado atrás sus días de gloria y cuya pervivencia obedece fundamentalmente a inercias de la industria. Gil se identifica como una persona de la generación X que creció con los cómics de los años 80 y 90. “Eran historias —describe— que ya no bebían del maniqueísmo bien/mal de la edad de oro y de plata del cómic, sino que eran más ricas en escalas de grises y antihéroes, y donde asomaban ya cuestiones feministas y de representación de minorías. Es decir, en aquel momento el cómic de superhéroes ya era diferente al que habían leído generaciones anteriores”. En su opinión, ese desarrollo ha continuado posteriormente, “especialmente en lo que se refiere al sesgo cómico de las historias, a dar la vuelta a sus propios tropos con una saludable dosis de escepticismo heroico, a abordar temas y conflictos complejos y oscuros y también en cuestiones de género”.
Las dos edades que menciona, la de oro y la de plata, corresponden a lo que se puede denominar el periodo clásico del cómic de superhéroes: los orígenes a finales de los años 30 del siglo pasado, con el éxito monumental de personajes como Superman, Batman, Capitán América o Wonder Woman, que fijaron el molde; y la consolidación a partir de la década de los 60 con una nueva hornada protagonizada por Flash, La Liga de la Justicia, Los Cuatro Fantásticos, Spiderman o La Patrulla-X, en una mezcla de fantasía, ciencia ficción y cierto realismo en el tratamiento de algunos temas que convierte a esos personajes y títulos en clásicos de la cultura popular en todo el mundo.
Desde mediados de los años 70 se advierte otro giro. La larga etapa de Chris Claremont al frente de los guiones de La Patrulla-X, iniciada en 1975, marca una época de gran creatividad en el cómic de superhéroes, con títulos tan diversos en sus enfoques como Los Nuevos Titanes de Marv Wolfman y George Pérez o el Daredevil de Frank Miller. John Byrne se consagra como autor completo renovando Los Cuatro Fantásticos a partir de 1981. Walt Simonson comienza en 1983 una imaginativa revisión del personaje de Thor. Se empieza a probar un nuevo formato con papel de mayor calidad y también más caro, la novela gráfica, que busca llegar a un público adulto que no compra en quioscos sino en librerías especializadas. En 1982, Marvel publica dos buenos ejemplos: Dios ama, el hombre mata, de Claremont y Brent Eric Anderson; y La muerte del Capitán Marvel, de Jim Starlin.
Desde otras posiciones de carácter independiente y experimental cabe destacar la exploración del villano que Matt Wagner llevó a cabo desde 1982 en Grendel, las aventuras futuristas optimistas y con influencia del manga japonés que se leen en Zot! de Scott McCloud entre 1984 y 1990, o la creación en 1984 de Las Tortugas Ninja por Kevin Eastman y Peter Laird.
Un panorama efervescente en el cómic de superhéroes que vive un punto y aparte en 1986, con dos nombres propios: Alan Moore y Frank Miller. El primero firma Watchmen, dibujado por Dave Gibbons, donde indagan en los efectos que puede ocasionar la presencia de seres con poderes extraordinarios en la vida de gente corriente, haciéndose preguntas sobre las consecuencias políticas, sociales y económicas del fenómeno de la existencia de superhéroes dotados de capacidades fuera de lo común. Moore ya había revolucionado el cómic en 1983 con la excelente serie de La Cosa del Pantano, y fue la punta de lanza de un desembarco de autores británicos que dieron nuevos aires al mercado estadounidense: Neil Gaiman, Alan Davis, Grant Morrison, Dave Mckean o Peter Milligan. Watchmen supuso un giro consciente y traumático para el género, que a partir de entonces se sienta en el diván o directamente es masacrado, como sucedió en 1987 con Marshal Law, del guionista Pat Mills y el dibujante Kevin O’Neill, el único ilustrador cuyo estilo fue prohibido por la Comics Code Authority, el organismo autorregulador, vale decir censor, de la industria editorial estadounidense. Publicada por Epic, un sello de Marvel, la serie vierte ácido sulfúrico sobre el concepto de superhéroe, con violencia explícita y sátira desbocada en torno a su papel como intérprete de unas nociones muy concretas de justicia y libertad. Años después, el arte proscrito de O’Neill ilustró las páginas de The League of Extraordinary Gentlemen, la despedida parece que definitiva de Moore al cómic.
El segundo nombre, Frank Miller, resumió el estado del cómic de superhéroes con una frase lapidaria: “Alan Moore lo asesinó con Watchmen, yo me limité a hacerle la autopsia”. En 1986, Miller dio una vuelta de tuerca a las dos caras de la misma moneda que son Superman y Batman en El regreso del caballero oscuro, y volvió a Daredevil para firmar su relato definitivo con este personaje. “Born again”, con los dibujos de David Mazzucchelli, cuenta en siete números una historia de dolor, poder y salvación donde se cruzan las nociones cristianas que Miller siempre maneja en la serie, como la caída y la resurrección, con una mirada sobre el superhombre de Nietzsche y descriptivas instantáneas del hipócrita y poco democrático orden empresarial por el que se rigen los Estados. Para el ilustrador español Marcos Martín, que dibujó tres números y medio de la nueva colección de Daredevil lanzada por Marvel en 2011, “Born again” es lo mejor que se ha hecho en el género del comic book superheroico “sin ser una historia pura de superhéroes”.
El inicio de la década de los años 90 presenta un escenario diferente. Tal vez como reacción a los enfoques sofisticados y oscuros que predominaban —Sandman de Neil Gaiman había llegado a quioscos en 1989; la mezcla de superhéroes y serie negra de The Question, de Dennis O’Neil y Denys Cowan, lo había hecho en 1987—, el medio vira de nuevo hacia lo lúdico y se premia la espectacularidad de las imágenes, quedando relegada la capacidad narrativa. El cómic de superhéroes entra en una etapa de implosión originada por agresivas políticas comerciales que dan como resultado ventas estratosféricas de los números 1 de algunas colecciones como el nuevo Spiderman de Todd McFarlane o los X-Men dibujados por Jim Lee. Tras los éxitos cosechados en Marvel, donde habían protagonizado toda una revolución, un grupo de dibujantes comandados por estos dos autores abandona la editorial para construir su propia casa, Image Comics, con el objetivo de conservar la propiedad intelectual de sus nuevas creaciones, una vieja batalla perdida en Marvel y DC: Spawn de McFarlane, Wildcats de Lee, Youngblood de Rob Liefeld o The Savage Dragon de Erik Larsen. Frente al modelo de las dos grandes, que no les permitía participar de los beneficios derivados de sus obras ni disfrutaban de derechos de autoría, Image acabó convirtiéndose en un contenedor editorial de sellos y cabeceras asociadas donde los artistas disponen de un absoluto control creativo y empresarial. La matriz solo conserva derechos sobre dos propiedades intelectuales: su propio nombre y su logo. En cuanto a la línea editorial, pese a unos comienzos con personajes muy derivativos, en ocasiones meras copias de los de Marvel y DC, con el paso de los años Image se ha labrado una merecida fama como la nueva Vertigo, con un amplio y diversificado catálogo del que se pueden destacar títulos como The Walking Dead de Robert Kirkman, que tuvo una exitosa adaptación televisiva; Saga, de Brian K. Vaughan y Fiona Staples, o el regreso en 2014, tras diez años de ausencia en las estanterías de novedades, de Balas Perdidas, la hipnótica novela negra doméstica contada en viñetas por David Lapham.
Marvel acusó el golpe, sus acciones se desplomaron y la Casa de las Ideas entró en unos años de deriva, tanto económica como creativa, de los que tardó en salir. La divertidísima Hulka de John Byrne que rompía la cuarta pared y cotilleaba con los lectores intimidades de la industria; Arma-X, donde Barry Windsor-Smith sentó las bases de Lobezno con un excelente resultado artístico; la familia con superpoderes hereditarios protagonista de ClanDestine, de Alan Davis; y el final de la extensa y fructífera etapa de Peter David en Hulk son cuatro momentos rescatables del naufragio que supuso esta década para Marvel, cuando rozó la quiebra. DC, por su parte, encontró una vía de escape interesante con el lanzamiento en 1993 de la línea Vertigo, en manos de la editora Karen Berger, donde se publicaron obras tan sugerentes como Los Invisibles, de Grant Morrison, de la que las hermanas Wachowski tomaron algo más que apuntes para su Matrix; o Transmetropolitan, de Warren Ellis y Darick Robertson.
Fuera del entorno de Marvel y DC, el efecto Image se deja sentir para bien y para mal. El papel de los autores es más reconocido y el campo de las editoriales independientes se muestra muy fértil, con una explosión de publicaciones que resultará contraproducente al saturar el mercado. Destaca la labor de Dark Horse, que estrena en este tiempo títulos como Next Men, Sin City o Hellboy y relanza la fabulosa Madman, de Mike Allred, que había debutado en sellos más pequeños. Algunos de los fundadores de Image, cerrando el círculo, volvieron a trabajar posteriormente en series de Marvel y DC. Jim Lee, sin ir más lejos, es actualmente el presidente de DC Entertainment.
En el siglo XXI, el cómic de superhéroes ha perdido pie en la industria del entretenimiento y también capacidad de influencia sobre el público juvenil. Las fórmulas para ofrecer historias interesantes suenan a ya probadas —colocar a los personajes fuera de su espacio o tiempo habituales, grandes eventos simultáneos en varias cabeceras de la misma editorial que lo cambian todo para no cambiar nada, golpes de efecto como la muerte de algún protagonista principal— y las ventas no son lo que eran. McCausland y Salgado tasan en un 10% lo que supone la facturación actual de Marvel y DC en el mercado del cómic en Estados Unidos, copado por el manga y el infantil. Más que ser leídos, ahora los superhéroes son vistos en películas y series de televisión. Paradójicamente, como apunta esta pareja de expertos, lo superheroico se ha convertido en un tropo omnipresente en la ficción mayoritaria —“véanse la última temporada de Stranger Things o el díptico Wicked”–, lo que indica que el género “aún tiene tirón y mucho que aportar, sea en el formato que sea”. En su opinión, hace tiempo que el cómic de superhéroes atraviesa su propia “metamodernidad”, un estado de la creatividad y la industria que se mueve “entre el deseo ingenuo de que los superhéroes sigan apelando al sentido de la justicia y la maravilla, y el cinismo de la reinvención tan continua como aparente en el marco de un capitalismo cultural desaforado, en el que lo viejo y lo nuevo confunden sus rasgos de cara al consumo”.
Una característica llamativa del cómic de superhéroes en el primer cuarto de siglo es la dificultad para que cuajen personajes de nuevo cuño. Creaciones de Warren Ellis como Planetary o The Authority aportaron en el paso del XX al XXI una perspectiva atractiva, entre el reciclaje y la actualización. Invencible, creado en 2003 por Robert Kirkman y los dibujantes Cory Walker y Ryan Ottley, es un homenaje muy bien hecho y sin nada de ironía a todos los mitos de la ficción superheroica. The Umbrella Academy, del músico y escritor Gerard Way con el ilustrador Gabriel Bá, plantea una mirada situacionista y psicodélica sobre el concepto de supergrupo que remite a lo que hizo Grant Morrison en La Patrulla Condenada. Otros títulos que merecen atención son The Boys y Kick-Ass. El primero, escrito por Garth Ennis y dibujado por Darick Robertson, sufrió una inesperada cancelación en su número 6 por parte de DC, propietaria entonces del sello Wildstorm que lo publicaba, debido a la salvaje crítica que se lee en sus páginas a los superhéroes, retratados como gente muy pasada de rosca a la que una unidad gubernamental debe controlar a cualquier precio. Afortunadamente, la serie pudo continuar en otra editorial y ofreció una lectura adictiva, muy recomendable. Tras crear en 2003 al Superman comunista y desatar la guerra civil entre los superhéroes de Marvel en 2006, Mark Millar abordó en Kick-Ass, con el veterano dibujante John Romita Jr. exhibiendo un envidiable estado de forma, la cuestión, con resonancias quijotescas, de cómo serían los superhéroes de verdad, gente sin poderes que se lanza a luchar por la justicia bajo una identidad secreta y llamativos trajes de colores. Hiperbólica, efectista y violenta, entre el sarcasmo y la pura historia de acción, revivió algunos de los interrogantes históricos planteados por el comic book en torno a quienes imparten su propia ley a golpes y lo que les diferencia de los agentes del orden oficiales.
Para Íñigo Rodríguez, del podcast especializado en cómic Sala de peligro, es un hecho indudable que cada vez se crean menos superhéroes. Las causas son que casi todo está ya inventado y hay un número finito de variaciones sobre lo que existe, pero sobre todo, precisa, que las dos grandes no incentivan la creación. “Antes, llegar a Marvel y DC era el premio para un autor joven que venía del mercado independiente”, recuerda este divulgador. Ahora, sin embargo, el camino empieza en Marvel y DC, “y cuando se hacen un nombre se van a una independiente a crear allí, a ver si se lo venden a Netflix para una serie. Y lo entiendo, para qué darles tu invento a Marvel y DC y que no te den ni las gracias”. McCausland y Salgado señalan que los superhéroes tradicionales han devenido marcas para su explotación en multitud de medios y formatos, por lo que “compensa más seguir recurriendo a ellos que hacer el esfuerzo trabajoso de alumbrar otros nuevos sin garantía ninguna de enganche entre un público víctima, como el perro de Pavlov, de respuestas condicionadas a determinados emblemas, a determinadas marcas”. Por este motivo, los superhéroes más celebrados del siglo XXI son, en su opinión, “versiones remasterizadas” de los clásicos: el Spiderman con los rasgos de Miles Morales, Gwenpool o Ms. Marvel. Como éxtasis de este paradigma actual nombran el Spider-Verse de Sony, “un catálogo ficcionado de todos los Spiderman que han sido, son o serán”.
En esas versiones remasterizadas de clásicos que han pasado por el taller cabe destacar la que llevaron a cabo en 2005 Grant Morrison y el estupendo dibujante Frank Quitely con Superman. El mismo equipo creativo había modernizado La Patrulla-X a principios de siglo introduciendo personajes e ideas que refrescaron la franquicia. Más recientemente, Jonathan Hickman ha renovado el planeta mutante con las miniseries Dinastía de X y Potencias de X, dibujadas por Pepe Larraz y R.B. Silva, a partir de una premisa muy estimulante: la nación mutante ha conseguido convertirse en Estado, Krakoa, y para consolidar ese nuevo estatus en la mesa de negociación diplomática ofrece una propuesta difícil de rechazar, un medicamento que promete aumentar la esperanza de vida de los no mutantes.
En 2017, el premio Eisner a la mejor serie limitada recayó sobre La Visión, del escritor Tom King, un nombre a subrayar, con los lápices de Gabriel Hernández Walta. Ambos reconstruyeron a un personaje secundario de Los Vengadores, un androide con corazón, en una pertinente reflexión sobre el impacto de la tecnología en la familia y en la comunidad que combina de manera magistral suspense y narración superheroica. “La Visión es un cómic que ha leído gente que no lee cómics de superhéroes o que hace mucho tiempo que no los lee”, comenta el dibujante, quien asegura congratularse por ello, por poder acceder a otro tipo de público. Hernández Walta también recuerda otro caso brillante de recuperación de un superhéroe, el Estela Plateada firmado por Dan Slott y Mike Allred entre 2014 y 2017, que describe como una obra que “no es exactamente retro, tiene todo lo que te gusta de los cómics de los años 60 pero no parece reciclado sino una cosa nueva”. El arte pop de Allred ilustra una historia con aroma a clásica desde la primera página en la que Slott hizo que un personaje muy atormentado por su condición de heraldo de la muerte conociera el amor.
El trabajo de otro artista español en el rescate de otro superhéroe Marvel de segunda fila fue muy elogiado en 2013, cuando David Aja ganó el Eisner al mejor dibujante por su Ojo de Halcón. El innovador diseño de páginas y viñetas realizado por Aja acentúa el carácter diferencial de los guiones de un Matt Fraction muy certero en el retrato de un héroe sin poderes y con el traje guardado en el armario que se enfrenta a villanos tan reales como la especulación inmobiliaria o el alcoholismo.
Tratando de resumir lo que ha dado de sí el género superheroico en viñetas durante lo que llevamos de siglo, McCausland y Salgado enumeran algunos rasgos definitorios como “los ecos del milenarismo a lo Grant Morrison, el impacto moral y gráfico del 11S, los excesos del cómic blockbuster representado por Mark Millar, la reconfiguración de los superhéroes por la vía de la ciencia ficción en Image, el influjo de la diversidad y los movimientos sociales, la revolución del feminismo de cuarta ola en la concepción de la superheroína, la sinergia con el audiovisual, el young adult y, hoy por hoy, un backlash no sabemos si intencionado o no a algunas corrientes de los últimos años que está dando lugar a un regreso muy mal entendido a los años 90”. Como notas características de este periodo, Rodríguez señala que priman el superrealismo en el dibujo y la minuciosidad en la representación del mundo, “pero con influencias del manga en el movimiento”. También menciona que se busca el perennial seller, el cómic que, recopilado, va a vender para siempre. “Se ha olvidado lo de escribir a largo plazo y contar la vida de los personajes, las etapas de los autores en un personaje son como temporadas de series, independientes unas de otras”. Y sin embargo, contrapone, “los grandes eventos siguen vendiendo, porque al aficionado le encanta que todo esté conectado y la ilusión del cambio”.
Volvamos a las calles de Spiral City y a la granja de Rockwood para saber qué ha significado Black Hammer en este panorama. ¿Se puede afirmar que es el último eslabón de una cadena que ya no da más de sí? Para McCausland y Salgado, considerar este título como el último cómic de superhéroes relevante sería concederle demasiada importancia. “DC ha emprendido con la línea Absolute una revisión de sus principales superhéroes que, tanto a nivel argumental como expresivo, ha supuesto una gran sorpresa y, lo más destacable, apunta horizontes de futuro editorial para personajes como Batman o Wonder Woman que marcan una diferencia notable con lo escrito y dibujado durante décadas”, valoran. Ante la posibilidad de que sea un espejismo, otra “idea genial” que se disipará, sostienen que lo mismo cabe decir de Black Hammer: “Fue revulsivo hasta cierto punto en su momento, pero se ha aburguesado y, quizá, no le vendría mal un cambio de aires”.
Gabriel Hernández Walta opina que siempre existen posibilidades de hacer cosas diferentes y que, de los últimos intentos que ha habido “por insuflar nueva vida” al cómic de superhéroes, la obra de Ormston y Lemire, con quien trabaja actualmente en la serie Carretera fantasma, le gusta especialmente. También cuenta que el año pasado participó en un número de Absolut Batman, de Scott Snyder y Nick Dragotta, que denomina “el cómic revelación ahora”, y cree que han conseguido algo novedoso: “No es una nueva versión de Batman, pero tiene suficientes diferencias como para que la gente no sepa qué esperar”.
David Rubín admite que hay un porcentaje “muy alto” de tebeos de superhéroes que van con el piloto automático y no aportan nada relevante al género, pero puntualiza que todos los años aparecen ejemplos de lo contrario: “Ahora está el Absolut Martian Manhunter, de Deniz Camp y Javier Rodríguez, que es fabuloso y está rompiendo un montón de moldes y expectativas. Un tebeo que hace unos años hubiera sido impensable en el mainstream de superhéroes, tanto por los conceptos que trabaja como por el enfoque gráfico, y ahora es uno de los tebeos más vendidos en ese mainstream”.
Íñigo Rodríguez se suma al elogio a la línea Absolut de DC. “Son rompedores, son arriesgados, son cómic porque ponen el énfasis en ser solo cómic, en hacer cosas que solo un cómic puede darte. En usar su lenguaje. Y es muy de agradecer”. Él califica el momento presente del medio como ilusionante, pero peligroso. “DC está haciendo un gran trabajo y llamando la atención de todos gracias a una apuesta por el talento, la creatividad y el respeto al artista. No solo está vendiendo mucho sino que lo hace con buenas críticas y títulos que atraen a los no habituales y a los que abandonaron el hobby”. A Marvel la encuentra mucho más encorsetada, “explotando lo poco que le funciona y sin tomar riesgos”. La Casa de las Ideas ha sufrido una fuga de talentos, “en parte debido a que parece que maneja presupuestos menores”, pero él observa motivos para la esperanza: “Un par de autores importantes acaban de recalar en Marvel y, en un movimiento inesperado y loable, van a permitir que su última gallina de los huevos de oro, el nuevo universo Ultimate, termine porque la historia ha llegado naturalmente a su final previsto. En vez de seguir explotándolo hasta la irrelevancia, como le pasó al universo Ultimate original, van a cerrarlo de manera natural”.
En cuanto a los riesgos que acechan, apunta que las editoriales “cada vez más se apoyan en trucos de múltiples portadas y cómics cerrados en bolsas para vender. Es una burbuja artificial y ya sabemos cómo acaban. Podemos repetir los errores de los años 90. Por lo menos ahora los dibujos de los cómics son buenos”. Ante la insinuación de que el género puede estar estancado creativamente, arquea las cejas y asegura que en la actualidad se vive un estallido de creatividad, “quizá no tan fuerte como el de la mitad de los años 80 o el principio de los 2000, pero está ocurriendo”. Como ejemplos menciona el hecho de que gente de todos los lugares del mundo está llevando su sensibilidad diferente al cómic americano, también que el manga lo impregna todo o que artistas como Peach Momoko, Bilquis Evely o Daniel Warren Johnson sean superestrellas. “¡Hay que dejarles camelar! Las líneas Absolute y Ultimate, en general, no han repetido arquetipos sino que los han subvertido”, celebra con entusiasmo.
Qué será, será
La escritora Rosa Gil no dispone de una bola de cristal con la que ver el porvenir ni ha desarrollado aún un superpoder para predecir el futuro, pero pronostica que el de los cómics de superhéroes pasa por “acercarse a los jóvenes y capturar su zeitgeist específico”. También por incluir a todo tipo de lectores a la hora de concebir historias, “por ir a buscarlos a donde están, tanto en soporte como en estilo artístico”. La creadora de Delirium entiende que el género de los superhéroes, como todos los que tienen seguidores de cierta edad, debe encontrar un difícil equilibrio entre alimentar la nostalgia de los fans “históricos” y atraer a nuevas generaciones de aficionados. “Los más jóvenes, como nosotros en su momento, necesitan superhéroes que hablen de los temas que les preocupan: ¿salud mental? ¿colapso ecológico? ¿precariedad económica? ¿política? ¿género?”, lanza como propuesta aunque reconoce no saber cuál es la mejor vía para conectar con esos lectores jóvenes. “Lo que nos hace empatizar con un superhéroe, ahora y siempre, es lo que hace cuando se quita la máscara”, concluye.
Martín B.A. cumplirá 15 años este verano. Cuando era pequeño, su padre le regaló un tebeo de Groot. Fue el primer cómic de superhéroes que cayó en sus manos y le encantó. “De ahí mi gran gusto por los Guardianes de la Galaxia y todo ese universo. Groot es de mis superhéroes favoritos”, recuerda. Así comenzó a devorar páginas y páginas de personajes enfundados en pijamas de colores y dotados de superpoderes. Lo que más leía al principio eran los Must-Have, “estas colecciones de las historias más importantes de cada superhéroe y cada universo”. Descubrió que le interesaban los héroes como Daredevil, “menos típicos, menos apreciados por la gente”. Y pronto topó con todo un clásico, el “Born again” de Miller y Mazzucchelli. “Me gusta muchísimo. Lo cogí de la biblioteca, fue el primer cómic antiguo que leí”, cuenta.
En las estanterías de su habitación ahora hay también títulos en japonés. “Sí, leo bastante manga, tengo algún tomo de los primeros de One Piece y de Mazinger Z”. También ha disfrutado especialmente con un libro de Hayao Miyazaki, El viaje de Shuna, uno de sus cómics favoritos “de los que no son cómic cómic”.
Entre las lecturas actuales de Martín está Akira, de Katsuhiro Ōtomo, “un manga de los más míticos que llegó pronto a España. Vi también la película y me gustó mucho”. A la hora de elegir entre leer o ver las adaptaciones en pantalla, lo tiene claro: “En manga prefiero ver el anime y en cómic leer el cómic”. Si hablamos de series de televisión o películas basadas en tebeos de superhéroes, tampoco duda: “Las series de animación me gustan bastante, pero prefiero los cómics, siempre van por delante”.
Una de las cosas que más le gusta de leer es que “te transporta a ese mundo y te deja atrapado con la intriga de qué va a pasar”. Ahora, por ejemplo, está “muy intrigado” por los cómics clásicos de Batman y de los primeros superhéroes, y por “todo lo de Frank Miller”.
Martín cree que seguirá leyendo cuando sea mayor porque “cuando empiezas a leer se te queda para casi siempre”. Lo resume de forma incontestable: “Es lo guay de los libros y los cómics, una vez que empiezas nunca paras”.
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