Opinión
‘Mother Mary’: Sacrificio, comunión, renacimiento

Anne Hathaway encarna a una estrella de la música en esta fábula del director David Lowery sobre el trauma, la creatividad y los imaginarios pop.
Mother Mary Film
Fotograma de 'Mother Mary' (2026)

En la grabación de un concierto de Dua Lipa celebrado en la ciudad de México en diciembre de 2025, se puede observar cómo una asistente muestra con entusiasmo a la cámara una estampa de la cantante como encarnación del Sagrado Corazón de Jesús (9min 32s). Lejos de constituir un agravio, como se ha entendido desde los tiempos de la pionera Madonna por parte de sectores tanto conservadores como progresistas, este tipo de apropiaciones de los imaginarios religiosos tradicionales por parte de las divas del pop supone una forma de posesión, reinterpretación y empoderamiento similar a la que han ejercido tantas culturas a la hora de erigirse sobre otras más antiguas, vencidas por las conquistas o el tiempo.

Tiene lugar así, con resultados no siempre previsibles, una suerte de sincretismo artístico entre corrientes ideológicas y estéticas muy distintas, en ocasiones antagónicas, que permiten mantener viva la llama de la comunión, el ritual, esa dialéctica entre lo sagrado y lo profano donde se dirimen cuestiones esenciales para entendernos como seres humanos: el sacrificio, la traición a los demás y a uno mismo, la libertad y la sumisión, el desgarramiento interno —trascendente— del alma, la inevitabilidad de su representación para nosotros mismos y quienes nos rodean... De este modo, los “artilugios de moda radical” (bell hooks), orquestados tanto por la industria de la espiritualidad como la del entretenimiento, acaban por expresar una catarsis, la posibilidad de un renacimiento.

La cartelera cinematográfica lleva un tiempo apelando de modo más o menos elíptico a estos temas, como han puesto de manifiesto Los domingos, Cumbres borrascosas, Obsesión, La Odisea o Mala bestia; pero Mother Mary participa de ellos al cien por cien, pues su protagonista es una estrella de la música pop, Mary (Anne Hathaway), que planea su concierto de regreso a los escenarios tras un grave accidente —¿intento de suicidio?— y una confusión notable en torno a lo que podría representar su vuelta a la actividad. A tres días del concierto, Mary recurre desesperada a los oficios de Sam (Michaela Coel), examante y colaboradora de excepción antaño como diseñadora de vestuario. Mary aspira a que Sam cree para ella un traje único; una vestimenta, como ambicionaba el modisto Alexander McQueen cuando vestía a Lady Gaga, “con una carga anímica tal que sea capaz de dar alas al deseo de los espectadores, los cuales no quieren ver un ropaje sobre la estrella, quieren ver en ella algo que desate su imaginación”.

Estamos ante una película esotérica, pero no al servicio del misticismo, de los arcanos metafísicos del individuo y las sociedades, sino de una comprensión psicologista de la identidad

Aunque Sam se pliega a las necesidades de Mary, la somete a un cruel marcaje psicológico durante las sesiones de modelado y patronaje del vestido, ya que se siente traicionada tanto a nivel sentimental como profesional. Hasta que una revelación mutua descubre a ambas que las facetas más traumáticas de su relación han cristalizado en una entidad o energía que “carga con nuestros demonios como si fueran ropa y esgrime nuestras oraciones como si fueran cuchillos”. El pulso de Sam y Mary por sanar sus heridas y canalizar los sentimientos profundos que cargan a sus espaldas en una explosión de creatividad da forma al relato. “¿Tienes la sensación de que algo se revuelve aún dentro de ti? Yo también. Expulsémoslo juntas”.

Como tantas otras realizaciones de David Lowery —pensamos especialmente en Pioneer (2011), A Ghost Story (2017) o El caballero verde (2021)— Mother Mary es un cuento de hadas, aunque el guionista y director estadounidense rinda de nuevo las claves más arquetípicas del registro, el sentido del horror y la maravilla, a un simbolismo adulto, menos sofisticado de lo que parece, en línea con el trauma porn de moda en el cine más o menos fantástico de hoy. Estamos ante una película esotérica, pero no al servicio del misticismo, de los arcanos metafísicos del individuo y las sociedades, sino de una comprensión psicologista de la identidad.

En sintonía con ello, Mother Mary adolece de una puesta en escena a la que cuesta, como siempre en Lowery, estar a la altura de lo propone, aquejada de cierta literalidad. Han salido a colación de la película los nombres de Ingmar Bergman, Rainer Werner Fassbinder, Olivier Assayas, Nicolas Windingn Refn o Peter Strickland, entre otros; pero ese aluvión de modelos se reconocen como ecos, no precipitan en una voz propia contundente, una cosmovisión singular. Esto no quiere decir que Mother Mary carezca de atractivos, de hecho es una de las propuestas más peculiares que se han estrenado en nuestro país en lo que llevamos de año. Pero sus aciertos hacen de ella un buen artilugio de moda radical, como apuntábamos al comienzo, no una experiencia conceptual y sensorial transformadora.


 Entre dichos aciertos vale la pena destacar la invocación por Lowery de una sensibilidad gótica, impregnada en sus propias palabras “por la sensación de una fatalidad inminente (...) y elementos de la literatura de ese género”, que está de plena actualidad, como hemos escrito en Lo imposible; el lúcido análisis desde la ficción de la pop star como sacerdotisa, médium, diosa y, por qué no, víctima sacrificial, al que contribuyen decisivamente el diseño de vestuario a cargo de Iris van Herpen y Bina Daigeler y la experimentación con las canciones y el sonido de Jack Antonoff, Charli XCX, FKA Twigs y Anne Hathaway; la entrega interpretativa absoluta de Hathaway y Michaela Coel en papeles y situaciones en el filo del ridículo —véase el baile sin música de Mary en el taller de Sam—; y, en esa línea, escenas tan brillantes como el estremecedor encuentro de las miradas de ambos personajes mediado por un velo carmesí, o la reminiscencia por Sam frente al espejo de la autoextracción de una muela.

Paradójicamente, estos momentos funcionan mejor desde un realismo entendido como antesala de lo numinoso, que todas las situaciones mistéricas que vienen después, incluyendo apariciones fantasmáticas, sesiones de brujería vudú y alegorías varias, sumisas como hemos dicho ya al mensaje hacia el que se ven forzadas a dirigirse las imágenes. David Lowery ha pensado mucho Mother Mary, le ha dado un propósito pero, como sabe de sobra cualquier artífice de magia negra o promotor de conciertos, a la hora de crear conviene que el pensamiento no se atasque en los engranajes de lo mundano, que adquiera el poder de elevarnos a esa dimensión artística, sublime, donde “las ideas que estás barajando se atreven a practicar un sexo alucinante, irresponsable y sin preservativo” (Lady Gaga).

Ruido de fondo
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