Opinión
Mi hermano también está en la guerra
No aparece en las portadas de los periódicos. No abre los informativos. No genera debates políticos ni moviliza a la comunidad internacional. Sin embargo, existe. Hay hombres con nombres propios que participan en ella. Familias que viven pendientes de una llamada. Madres que conviven cada día con el miedo. Y hay jóvenes que arriesgan su vida en un conflicto que el mundo parece haber decidido ignorar.
Mi hermano es uno de ellos.
Cuando hablamos de guerras solemos pensar en lugares lejanos que ocupan titulares durante semanas. Pero pocas veces pensamos en los conflictos que han sido condenados al silencio. El Sáhara Occidental lleva casi medio siglo esperando justicia. Casi medio siglo esperando que se cumplan las resoluciones internacionales que reconocen el derecho de su pueblo a decidir libremente su futuro. Y mientras la diplomacia acumula promesas incumplidas, hay una generación de saharauis que ha crecido sabiendo que incluso su sufrimiento puede resultar invisible.
Es una frase sencilla, pero detrás de ella se esconde una angustia difícil de explicar. Porque cuando alguien a quien quieres se encuentra en el frente, cada llamada se convierte en un alivio, y cada silencio en una preocupación. Aprendes a convivir con el miedo. Con la incertidumbre. Con la posibilidad permanente de que ocurra algo irreparable.
A menudo escuchamos historias de madres ucranianas o palestinas que esperan noticias de sus hijos. Y es lógico que así sea. Su dolor merece ser contado. Pero ¿qué ocurre con las madres saharauis? ¿Por qué sus lágrimas parecen no encontrar espacio en la conversación pública? ¿Por qué el sufrimiento de quienes viven una guerra olvidada apenas logra atravesar el muro de indiferencia que rodea al conflicto?
La serenidad de las familias
Pienso mucho en mi madre. Pienso en la fortaleza con la que afronta cada día esta realidad. En la serenidad que intenta transmitirnos incluso cuando sé que el miedo también la acompaña. Y pienso en una frase que repite siempre que alguien le pregunta por mi hermano. “Mi hijo no es menos que los demás”. Lo dice con orgullo, pero también con una profunda convicción de justicia. Porque sabe que estar en el frente significa jugarse la vida. Sabe lo que supone despedirse sin tener la certeza de cuándo volverán a verse. Sabe que cada combate puede cambiarlo todo. Y aun así nunca ha pedido privilegios para él.
Esa es otra de las tragedias del Sáhara Occidental: la invisibilidad.
“Tenía que estar allí”. Leía a Jalil Mohamed, sobre su hermano Lehbib Mohamed, asesinado por un dron marroquí hace un par de semanas. Esa frase encierra una de las mayores lecciones de dignidad que he aprendido hasta hoy.
Las madres saharauis han sostenido durante décadas el peso de un exilio que parecía temporal y que terminó convirtiéndose en una forma de vida. Han levantado familias en mitad del desierto. Han educado a sus hijos entre la escasez y la esperanza. Han mantenido viva una identidad colectiva mientras el mundo miraba hacia otro lado. Y ahora, además, deben convivir con el miedo de una guerra que casi nadie menciona. Porque esa es otra de las tragedias del Sáhara Occidental: la invisibilidad.
Parece que las bombas solo explotan cuando las cámaras las enfocan. Que los muertos sólo cuentan cuando pertenecen a conflictos estratégicamente relevantes. Que el dolor necesita una determinada nacionalidad para convertirse en noticia.
Mientras tanto, miles de saharauis continúan viviendo en campamentos de refugiados después de cincuenta años. Continúan separados de su tierra. Continúan esperando un referéndum prometido y nunca celebrado. Continúan viendo cómo la ocupación de su territorio se normaliza mientras sus derechos son sistemáticamente ignorados. Y continúan muriendo. La indiferencia internacional no solo es una forma de abandono político. También es una forma de violencia.
Porque cuando el mundo decide no mirar, está enviando un mensaje muy claro a quienes sufren: vuestra vida importa menos. Vuestra guerra no importa. Vuestra espera puede prolongarse indefinidamente sin que nadie tenga que asumir responsabilidades. Por eso escribo estas líneas. No para hablar únicamente de mi hermano. Ni siquiera de mi familia. Sino de mi pueblo, que está en guerra. Y cada vez que pienso en ello me pregunto cuántas personas saben siquiera que esa guerra existe.
Quizá ahí resida uno de los mayores fracasos de la comunidad internacional. No solo por haber abandonado al pueblo saharaui durante décadas, sino por haber conseguido que su sufrimiento deje de sorprendernos.
Pero las guerras olvidadas también matan. Las madres saharauis también lloran. Y los hijos saharauis también merecen volver a casa.
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