Andrea García-Santesmases: “Se puede cerrar la brecha orgásmica pero hay que empezar por denunciarla”

La autora analiza en su libro ‘Un nuevo contrato sexual’ la industria que se ha desplegado al servicio del deseo de las mujeres. La violencia sexual y la reacción antifeminista van hilando un relato que, reivindica, no es pesimista.
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David F. Sabadell Andrea García-Santesmases es autora de ‘Un nuevo contrato sexual’ en el que explora la industria del deseo femenino.

Andrea García-Santesmases empezó a hablar con un gigoló por casualidad y, tras la sorpresa inicial, se hizo muchas preguntas. Ese es el origen de la investigación que recoge en su libro Un nuevo contrato sexual, placer y poder en la industria del deseo femenino (Ariel, 2026) y que se pregunta si ese contrato sexual que definió Carol Pateman ha podio ser actualizado, y en qué términos, tras la liberación sexual.

Por eso, Un nuevo contrato sexual plantea una aproximación crítica a lo que define como industria del deseo femenino, un acercamiento que lleva a la autora a reflexionar sobre qué es consentimiento cuando media un pago y cómo operan los roles de género cuando son ellas las que demandan sexo y están dispuestas a pagar por él.

La violencia sexual y la reacción antifeminista van hilando un relato que, sin embargo reivindica, no es pesimista. Porque García-Santesmases dice que, pese al heteropesimismo, unas relaciones igualitarias y placenteras no solo son posibles sino que urge inventárselas y representarlas ante la ola reaccionaria.

¿Qué es la industria del deseo femenino?
La industria del deseo femenino sería todo el entramado industrial que tiene en cuenta producción cultural, juguetes sexuales, terapias, formaciones, servicios eróticos, servicios sexuales, actividades recreativas, todo tipo de bienes y servicios relacionados con la erótica femenina que buscan mejorarla, corregirla, adecuarla, formatearla, estandarizarla... muchos de ellos tradicionalmente de consumo masculino y ahora ubicados hacia la consumidora femenina. 

Una parte central de tu libro, aunque nuestra industria es más amplia, se centra en los gigolós. ¿Por qué te tropiezas tú con este tema? ¿Existen?
El libro se centra en servicios eróticos, no son solo gigolós. Y pongo el término “eróticos” porque, por ejemplo, también analizo striptease para mujeres, masaje erótico u otras actividades que los proveedores se sentirían muy incómodos etiquetando como “servicios sexuales”. Lo que tienen en común es que están dirigidos a mujeres y que tienen una erotización del cuerpo masculino, sean servicios colectivos como un striptease, sean un servicio individual de acompañamiento o masaje tántrico, o bien un servicio sexual como el gigoló. Y, sí, este último existe, y existe más allá de lo que yo pensaba. Me encontré a uno por casualidad y él me planteó esta conexión entre lo que él hace como gigoló y lo que es la asistencia sexual para discapacidad, que yo ya había analizado mucho. Ahí se me despiertan una serie de preguntas que son las que dan origen a esta investigación concreta.

Ahora bien, el gigoló es una realidad minoritaria. Uno de mis temores con este texto es que pareciera que ahora las mujeres también pagan, pero es que no hay forma mínimamente rigurosa de plantear que haya algo que pueda ser análogo. El mercado para mujeres es absolutamente minoritario en términos cuantitativos y, de hecho, una de las cosas por las que es interesante es que solo hay este mercado exclusivo y excluyente. No hay una contraparte de explotación sexual de varones, no hay burdeles para mujeres, no hay ni muchísimo menos tráfico sexual para mujeres. No digo que no lo haya de varones, digo que no lo hay para público femenino. En este sentido, cuantitativamente es algo pequeño, pero a mí me interesaba como la punta del iceberg de un fenómeno mucho más amplio. Para mí es como el extremo de mercantilización y tiene que ver con esta idea de darse un capricho. Al final, creo que esas relaciones entre los clientes responden más a la lógica del sexo casual y de las relaciones esporádicas entre varones y mujeres que a la lógica de la prostitución más general.

Hablas mucho de posfeminismo. ¿Qué es el posfeminismo y en qué contexto lo utilizas?
No sé muy bien por qué en el contexto español no es de uso muy común, porque en realidad en el ámbito anglosajón se lleva usando desde los 90 y en países latinoamericanos como en Argentina se utiliza muchísimo en la discusión feminista. A mí me gusta porque la propia palabra explica muy bien lo que quiere decir. El posfeminismo es literalmente la convicción de que ya podemos pasar del feminismo, ya podemos darlo por superado. Me parece que hay un punto problemático en pensar que ya no precisamos la reflexión crítica y autocrítica feminista. Evidentemente, el posfeminismo está muy alineado con la lógica neoliberal individualista. 

La teórica Carol Pateman habló del “contrato sexual” como un acuerdo jerárquico por el que los hombres dominan a las mujeres, donde los términos no se imponen entre individuos iguales sino en un contexto patriarcal. En este contexto posfeminista, ¿qué nuevo contrato sexual es posible? ¿Se puede abrir la puerta a un nuevo contrato sexual que sea mejor?
El que tenemos es un contrato con trampa y hay varias trampas. Una, que parecía que habíamos abandonado totalmente el contrato sexual antiguo, el que definió Carol Pateman, el de los hombres con propiedad y acceso al cuerpo de las mujeres, la privatización de la sexualidad femenina, la negación en el ámbito de los cuidados... De repente, vemos que ese viejo contrato sexual resurge con otros conceptos, con otras palabras que son lo mismo de siempre: las mujeres de alto valor y los hombres de alto valor, ya no la virginidad pero sí la monogamia comedida del body count... Hay toda una manosfera y una femesfera que revalida un viejo contrato que parecía obsoleto. 

los incels son los mayores heteropesimistas, son los hombres absolutamente convencidos de que no van a tener relaciones con mujeres

Por otro lado, pareciera que la única alternativa es el nuevo contrato posfeminista: ya somos libres del viejo contrato y, como ya no hay una regulación moral conservadora, se impone la lógica de mercado. Y, en todo caso, esto que llama Katherine Angel la “cultura del consentimiento”, es decir, que todo está bien en tanto que es consentido. Así, abdicamos de la reflexión crítica en torno al poder, en torno a la estructura social, en torno a dónde están esos cuerpos y cómo se subjetivan... Y simplemente hay que hacer acuerdos mercantiles, relacionales y racionales. Y eso puede incluir todo el afecto y toda la sexualidad. Yo creo que eso, en primer lugar, parte de una falacia, igual que la propia lógica contractualista de las relaciones laborales, que es que todos somos sujetos racionales que pueden decidir con las mismas condiciones de partida y que además ha generado mucho desgaste emocional. 

El heteropesimismo es consecuencia en gran medida de las promesas fallidas de la liberación sexual y de ese nuevo contrato sexual que no ha sido realmente novedoso y que no ha acabado, sobre todo en el caso de las mujeres, de producir relaciones igualitarias. Y luego hay lógicas de objetualización sexual, de doble vara de medir a la hora de pensar las relaciones sexuales, de brecha orgásmica. Hablamos mucho de la brecha laboral o de la brecha salarial, o de las horas que dedicamos a los cuidados y no tanto de cuántos orgasmos tiene la gente en las relaciones heterosexuales o de qué tipo de prácticas se priorizan, o de qué tipo de cuerpos pueden acceder a qué cuerpos. 

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Andrea García-Santesmases. David F. Sabadell

¿Por qué estamos hablando ahora tanto de heteropesimismo?
Siempre se nombra el texto ese de la escritora Asa Seresin de 2019, por poner la referencia que se ha consensuado, pero en realidad seguramente viene de antes. Y es esa sensación de desencanto en torno a la heterosexualidad, de vergüenza, de pudor, de ridiculización, esta cosa de “da vergüenza tener novio”. Heteropesimismo es pensar que lo único que vas a encontrar en una relación heterosexual es una sobrecarga emocional, una sobrecarga de cuidados y de trabajo doméstico, una falta de apoyo y reconocimiento. Sin embargo, creo que esto no es solo femenino. Se pone mucho el foco en cómo las mujeres son cada vez más heteropesimistas, pero creo que los varones también son cada vez más heteropesimistas: los incels son los mayores heteropesimistas, son los hombres absolutamente convencidos de que no van a tener relaciones con mujeres, de que eso es imposible. Los separatistas de género, esto que llaman los Men Going Their Own Way [MGTOW], siguen un poco la misma lógica. Al final, todos se están preguntando cómo vamos a convivir si tenemos cada vez más esa sensación de esencialización de la diferencia, si pensamos que somos totalmente diferentes y que en realidad hay una guerra de sexos y el otro te está quitando y atacando. Algo tendremos que hacer. 

¿Hasta qué punto crees que en este planteamiento contractual de las relaciones ha podido influir el debate sobre la ley del solo sí es sí?
Por un lado, medimos las relaciones cada vez más en términos mercantiles: si te compensa o no, si hay que invertir, cuánto hay que dar, cuántas relaciones puedes tener. Pero, al mismo tiempo, la sexualidad sigue teniendo esa cosa espontánea, pura, auténtica, que tiene realmente que ver contigo, que no está tan mediada y donde hacer un acuerdo sería acabar con el deseo, sería acabar con la fantasía. Pensaba otra cosa: que lo que sí que ha habido es una mercantilización del terror sexual, lo explican en un libro que se llama Credibilidad unas autoras anglosajonas. Ellas analizan toda esta industria antiviolación y cómo el temor y el terror sexual han generado una serie de productos: granadas de mano, pulseras que te detectan si te envenenan la copa, cinturones de castidad, ropa interior que genera que si alguien que intenta penetrar directamente atrapa el pene. También bombas fétidas que se activan si te intentan arrancar la ropa, pulseras para llamar a la Policía... Y es interesante cómo muchos de estos productos son diseñados por chicas muy jóvenes. Pero estos dispositivos, como plantean estas autoras, son también dispositivos de credibilidad. Dicen: como las mujeres víctimas de violencia sexual son tan poco creídas y creíbles, comprar esto te permite asegurar la credibilidad, decir “yo realmente no quería, porque me compré esto; le di al botón, tiré la granada”. Y, claro, es tremendo. Pasa un poco también con el tema de los gigolós, una de las cosas que más me sorprendió es que gran parte de la demanda fuera de mujeres que tiene temor a la violencia sexual y piensan que pagando quizá puedan controlar la interacción. 

¿Se puede decir que el contrato elimina la posibilidad de que no haya consentimiento?
No tengo una respuesta taxativa, pero sí tengo dudas de que simplemente por contratar un servicio, por demandar este servicio, ya lo haya. Algunos de los testimonios que se muestran creo que generan dudas en torno a que finalmente fuera deseable, pero incluso también de que fuera consentida. Ellos entienden llamar y contratar como consentir. Yo me he quedado un poco alucinada cuando hablaba con ellos porque les relajaba mucho esta lógica del contrato, les permitía no tener que pensar nada después. Pero es que el consentimiento, como hemos dicho, se va dando durante la relación. No es simplemente un acuerdo previo, no es un acuerdo total. Otra problemática es qué se entiende por sexo. ¿Qué tipo de prácticas? Qué tipo de interacciones? ¿Qué tipo de emociones se ponen en juego? Lo que consideras normal, deseable, esperable… puede ser muy diferente para una persona y para otra. A nivel jurídico, yo creo que la ley es fundamental y es la mejor herramienta. Pero mi reflexión no es en ese ámbito, sino en el de la crítica. 

No quería caer en decir que el nuevo contrato sexual es un contrato queer. Creo que eso está muy bien, pero deja fuera de juego prácticamente a todos los varones cis hetero

Te centras en la heterosexualidad. ¿Qué impacto tiene esa decisión? ¿No podríamos estar hablando menos de violencia y más de placer si hubieses ampliado el campo más allá de las relaciones heterosexuales?
Precisamente por eso no lo amplié, porque lo que me parecía que iba a ocurrir, que de hecho es lo que ocurre en el estudio anglosajón Women who buy sex, es que podríamos decir que hay algunas lógicas de poder, pero que también hay una minoría de servicios que son fenomenales, porque cuando una mujer paga a otra es súper igualitario, hay un descubrimiento de la sexualidad, un empoderamiento, una... No quería caer continuamente en decir que el nuevo contrato sexual es un contrato queer y, por lo tanto, lo que tenemos que hacer es salir de la lógica de la relación con los varones cis y realizar otro tipo de prácticas donde sí se ponen en marcha otro tipo de deseos y placeres. Creo que eso está muy bien y que es un nuevo contrato sexual que está en marcha y que es muy placentero. Mi anterior libro estaba más conectado con eso, pero creo que eso deja fuera de juego prácticamente a todos los varones cis hetero. No quería caer en la trampa de volver a articular una cosa en la que ellos no pudieran estar presentes y fueran algo esencialmente malo, porque eso me preocupa políticamente, con esta nueva ola de reacción de la derecha.

Tu libro plantea muchas cuestiones en torno a la masculinidad. 
Hay varios elementos interesantes de cara a pensar la masculinidad. Un primer elemento es cómo el varón intenta mantener una posición de poder y reconocimiento aún en condiciones subalternas. Por una parte son varones precarizados a los que objetualizan, pero por otra parte despliegan estrategias para reposicionarse como sujetos exitosos y como masculinidades exitosas. Entonces, creo que ese desvelar cómo el género puede actuar aún en circunstancias que parecían adversas es interesante. 

Y luego hay dos cosas que quizás son más novedosas. Una es cómo los varones jóvenes empiezan a entender su cuerpo como una inversión. Varios de ellos me hablaban de cómo invierten en cuerpo: “Si yo no saco dinero, estoy perdiendo dinero”. Las mujeres siempre hemos pensado el cuerpo como una inversión, siempre hemos sabido que nuestro cuerpo nos puede dar acceso y reconocimiento a nivel laboral, a nivel sentimental, a nivel sexual, a nivel social. En los varones, evidentemente el atractivo siempre ha influido, pero creo que nunca se ha pensado en términos de capital erótico como algo tan absolutamente mercantilizado. Me pareció preocupante también porque digo que cada vez más la igualdad va hacia la igualación, ahora ellos pueden objetualizarse, pueden estar tan obsesionados con el cuerpo como estábamos nosotras. 

Y el otro tema que creo que es interesante es la dificultad y la incomodidad que tienen para hablar de las experiencias desagradables que ellos viven o para nombrar violentas determinadas circunstancias. El propio análisis de la masculinidad incluye decir que los hombres tienen que performar la autosuficiencia, la invulnerabilidad. Creo que hay testimonios en el libro que lo aterrizan de manera muy clara. Uno de ellos muestra muy bien esa falta de de conciencia y también de ejercicio de introspección cuando vive una mala experiencia sexual y no es capaz ni siquiera de nombrarla en términos negativos. 

Cuando empecé en tu libro me parecía inevitable que abordara de alguna forma el debate sobre la prostitución y su abolición o no. Pero queda obviado.
Seguramente mucha gente que está en ese debate encuentre pistas en el libro y datos que les ayuden a a entrar en ese debate y a complejizarlo. En ese sentido, he intentado ser lo más rigurosa posible con los datos para que pueda servir en alguna medida para desenquistar mínimamente la discusión. Pero no era el tipo de análisis que yo quería hacer ni a lo que a mis datos me remitían. 

¿Qué tiene que ver este libro con tu libro anterior, El cuerpo de deseado
Al comienzo yo misma tenía la duda y según lo voy releyendo, cada vez lo veo más conectado. El libro anterior planteaba qué pasa si cambias un a priori, qué pasa con el género, con los roles de género y los roles sexuales, cuando el cuerpo funciona de manera diferente. En cualquier tipo de relación afectivosexual o en cualquier identidad de género, damos por hecho que se performa ese género con un cuerpo que funciona, que se mueve, que se comunica de manera normativa. Damos por defecto que eso es lo normal. A mí me interesaba saber qué le pasa al género que le pasa a la masculinidad y la feminidad cuando ese cuerpo, por ejemplo varón blanco cis, es Pablo Echenique. Algo se tambalea. Aquí hay una pregunta parecida, qué pasa con la relación heteronormativa cuando cambia un a priori. A priori el hombre siempre quiere sexo, el hombre busca sexo, el hombre miente para tener sexo, el hombre engaña, el hombre da dinero, el hombre ofrece lo que sea y la mujer es la que restringe. ¿Qué pasa cuando parece que se cambian las tornas y es la mujer la que pide, la que demanda? 

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Andrea García-Santesmases investiga las formas en que el cuerpo, el género y la sexualidad se construyen socialmente. David F. Sabadell

No han encontrado testimonios de mujeres que sean consumidoras de algunos de estos servicios. ¿Está completa tu investigación sin esa parte?
Hubo un momento en que pensé que, sin testimonios de clientas, no tenía sentido. Y, sin embargo, creo que eso que en un momento dado me pareció una barrera insuperable se convirtió en una virtud, porque me hizo ampliar el foco. Yo estoy analizando una industria, cómo esa industria se presenta. Me interesa mucho ese análisis semiótico de la web: cómo ponen las fotos, qué tipo de texto ponen, que películas, que documentales producen. En sí, el análisis de la industria ya me parece interesante. Y, por otra parte, lo que sí que hago para analizar la sexualidad femenina es hablar con muchas mujeres que no son clientas. Al final, la lógica de la mercantilización nos afecta a todas. En las historias de mis amigas se ve que hay continuamente esa tensión entre placer y peligro, entre querer aventurarse con la sexualidad y ver que juegan en un tablero desigual y donde el mercado entra de alguna manera por la vía de pagar por un trío o por entrar a un club swinger. Me interesaba entonces aterrizar en testimonios concretos esa tensión placer-peligro, placer-poder y cómo la industria va cooptando y utilizando estas demandas. 

La sospecha que hay continuamente sobre el varón igualitario a mí cada vez me parece más peligrosa, porque creo que es mucho mejor tener aliados imperfectos que varones totalmente desresponsabilizados 

Dices que esta conversación, desde un punto de vista feminista, genera incomodidad. ¿Cuáles son las incomodidades que genera tu libro?
Creo que hay esa incomodidad de pensar que la heterosexualidad pueda ser algo pertinente. Tú misma me decías que podría haberlo ampliado y entonces ahí sí podríamos hablar de placer. Una amiga lesbiana me dijo que este libro no le interesa absolutamente nada. Y lo interesante no es que no le interese, lo interesante es que me lo diga y que lo haga de manera casi un poco beligerante. De repente, cada vez me interesaba más cerrarlo, porque me interesa cuando las cosas son incómodas. Hemos perdido tanto la confianza en que las relaciones con los varones puedan ser igualitarias y puedan ser placenteras que solo se nos ocurre sacarlos de la ecuación para para poder tener relaciones mínimamente igualitarias y placenteras. Yo me he reído mucho con los chistes de Nacho Progre y no hay nada más gracioso que los chistes de los aliados, pero la sospecha que hay continuamente sobre el varón igualitario a mí cada vez me parece más peligrosa, porque creo que es mucho mejor tener aliados imperfectos que varones totalmente desresponsabilizados y despreocupados que piensan que no va con ellos.

Una cosa que me ha parecido difícil es que eres muy crítica con tus propias fuentes.
Ha sido un un equilibrio muy delicado y que no tengo resuelto. En ese sentido, ha sido una investigación muy incómoda. La investigación anterior la hago vinculada al activismo y es algo mucho más sencillo, mucho más gratificante, donde la incomodidad tiene que ver con esta cosa de la posición de la academia y a quién representa. Si yo hubiera pensado que iba a tener esa posición tan crítica, no sé si lo hubiera investigado, pero es que yo no empiezo con esa posición, yo empiezo realmente con cierta cierta ligereza y me voy encontrando con la densidad después, cuando ya estoy atrapada en medio de esa investigación. Dentro de eso, he hecho todo lo posible por ser respetuosa, por intentar no juzgarles, tratarles con empatía. Quizá en ocasiones no lo he conseguido. Les agradezco muchísimo los testimonios, pero al mismo tiempo no podía no reflejar los discursos que muchas veces eran misóginos o donde incluso se entreveían relaciones de violencia. 

El miedo no cambia de bando, eso sí me ha sorprendido mucho. Creo que una de las cosas que más me ha impactado es cuando le pregunto a uno de ellos si no ha tenido temor en ningún momento, me mira sorprendido y me dice: “¿Pero temor a qué?”

¿Qué has aprendido escribiendo este libro y haciendo esta investigación? 
Por un lado, que el miedo no cambia de bando. Eso sí me ha sorprendido mucho. Creo que una de las cosas que más me ha impactado es cuando le pregunto a uno de ellos si no ha tenido temor en ningún momento, me mira sorprendido y me dice: “¿Pero temor a qué?”. Ahí se ve esa lógica tan diferente de cómo se encarna el género. Y en el mismo sentido, que ellos fueran tan conscientes de que esa parte estaba presente, que se ve en esta historia que cuento donde él me dice que vaya a un local y me empiezo a rayar. Él dice: “Se lo hago a las clientas, primero llegan acojonadas y luego, cuando ven que el sitio es superbonito, flipan”. Y no quiero plantear con eso que son muy malas personas y juegan con el terror sexual, sino que es algo que tienen naturalizadas las posiciones del cuerpo masculino como invulnerable, frente al femenino como cuerpo vulnerable. Y luego me sorprendió mucho al comienzo y lo analizo mucho, que las prácticas fueran tan heteronormativas. Hay toda la fantasía de qué podría hacer yo si pagara que lo retrata como más plural. Y luego de facto hay poca imaginación. 

También fue interesante escuchar a los chicos. Son muy jóvenes, dices cosas que van a tener una sugar mami que les va a llevar a las Bahamas y van a ganar muchísimo dinero. “En tres semanas me puedo forrar”... Tienen esta cosa del emprendedor, varios invertían en bolsa, creen en esta cosa del hombre hecho a sí mismo, también en lo sexual.

Pese a todo, ¿eres optimista?
Soy bastante optimista. Me interesa analizar, como han hecho otras, cómo convivir con esa idea de la derechización de los varones, del terror sexual, que cada vez lo tenemos más presente, de la conciencia que te hace estar totalmente alerta de las red flags y todas las desigualdades que no te das cuenta pero estás reproduciendo... Y al mismo tiempo la convivencia con varones y el encuentro afectivo, el encuentro erótico, el reconocimiento, la empatía, la diversión. Porque parece que hay dos opciones, o la idealización hiperromántica y la coreografía heterosexual que ya tenemos hipercriticada, o la narración de la violencia. Yo analizo mucho series mainstream, y ahí ves que si tú haces una serie adolescente, sabes que a la prota heterosexual la van a violar, va a tener anorexia, que el tipo se va a girar. Y, al mismo tiempo, cada vez vemos más representaciones queer, porque ya se han dado cuenta de que los personajes eran muy negativos y te van haciendo relaciones bonitas, relaciones sanas. Heartstopper, que es una preciosidad, sería inverosímil con una relación heterosexual. Y, si no tenemos representaciones, no hay opción. 

Por tanto, el punto no es “es que ni pagando” sino “pagando, no”. Pensemos otras cosas. Sí creo que hay relaciones que puedan ser igualitarias, que puedan ser placenteras. Tenemos mucho espacio para conversar las experiencias negativas, eso me ha servido mucho y ha sido muy importante, pero es que en mi historia sexual y afectiva esas experiencias son minoritarias y han cogido mucha centralidad en ese relato. Y, sin embargo, no han tenido tanta centralidad las relaciones en las que te lo has pasado bien, los orgasmos que has tenido. 

¿Se puede cerrar la brecha orgásmica?
Yo creo que sí, que se puede cerrar la brecha orgásmica, pero hay que empezar por denunciarla.

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