Rashid Diab, el pintor que enarbola los colores del arte sudanés frente al ruido de la guerra

El pintor sudanés reflexiona sobre su trayectoria entre Sudán y España, y aborda el lugar del arte como espacio de identidad, resistencia y revolución.
28 may 2026 07:53 | Actualizado: 28 may 2026 13:31

El pintor sudanés Rashid Diab celebró el sábado 23 de mayo el segundo aniversario de su estudio en el barrio madrileño de la Guindalera. Ahí ha pasado trabajando la última fase de una vida que comenzó en 1957, en la ciudad de Wad Madani, la capital del Estado Gezira, región considerada granero de Sudán y ahora devastada tras tres años de guerra. En el estudio de Diab comparten espacio sus útiles y materiales de trabajo con grabados, fotografías y cuadros en los que grupos de mujeres sudanesas se pierden en el desierto. 

Un espacio hecho casa después de su último viaje desde Sudán a Madrid, un nuevo giro de guion existencial detonado por el conflicto que estalló en abril de 2023 entre las Fuerzas Rápidas de Apoyo (RSF) y el ejército regular dirigido por el presidente Abdelfatah al Burhan. Entonces tuvo que volver a España con su familia, entre ellos su hijo Yafil, un joven hispano sudanés graduado en Filosofía y también comisario de exposiciones, que oficia de agente de su padre. Aquel viaje, hace ya tres años, fue muy distinto al que le trajo por primera vez al país.

Casi medio siglo entre España y Sudán

“Llegué a Madrid el 26 de diciembre de 1979, pocos días antes de que terminara el año. Estaba en el poder Numeiry todavía”, evoca Diab, en referencia a Yaafar al-Numeiry, presidente de Sudán entre 1969 y 1985, tras un golpe de Estado en el que contó con el apoyo de los comunistas, a quienes luego reprimió duramente. “La llegada fue horrible. Yo venía con una beca para hacer aquí estudios superiores, pero no había estudios superiores”, ríe. Por aquel entonces, se estudiaba Bellas Artes en la Escuela de San Fernando, que aún no era una Facultad propiamente dicha. “No había ni doctorados ni maestrías”.

Había algo de informal en aquella época con esta cuestión de las becas. La suya, explica Diab, se la dieron sin haberla pedido, por ser el primero de la clase, una concesión directa de la embajada de España, en una época, los últimos estertores del franquismo, ya sin Franco, en la que se afianzaban las relaciones con países árabes y africanos a través de estas iniciativas de cooperación cultural.

Al llegar, Diab tuvo que cursar un año más para convalidar su licenciatura, con la esperanza de que emergieran esos estudios superiores para los que le habían becado. “Mientras tanto, hacía otras cosas: estudié grabado, pintura mural, ilustración. Todo lo que se podía hacer, yo lo hacía”. También confrontaba las diferencias en la trayectoria artística de ambos países: “En España, el colegio de San Fernando llevaba siglos de historia. En Sudán, el Estado como tal tiene poco más de 50 años. Pero realmente el arte es arte en cualquier parte. Dibujar, crear, eso no varía mucho de un país a otro, lo que cambia es el sistema, la forma de ver las cosas”. 

Rashid Diab pintor Sudanés - 2

Más allá del arte, Diab llegó en una época vibrante: “Era plena transición española, se estaban dando muchos cambios, muy rápido”. Eran los años en los que el país pujaba por entrar en la Comunidad Europea, una etapa que no fue fácil, “pero a nivel político, a nivel social era una alegría grande y la gente estaba muy contenta. Veías cómo empezaban a ver la vida de otra forma”. Personas africanas o negras como Diab aún había muy pocas. “Hasta nos tocaban en el metro los niños. España no era un país donde hubiera muchos extranjeros. Además había una barrera muy fuerte con el idioma respecto a África”.

Hubiese sido más normal que alguien como Diab acabara en Reino Unido, en virtud de la relación colonial con este país. “Es verdad —admite—, me haces profundizar más en mi historia. En realidad yo tendría que haber trabajado primero en mi facultad tras graduarme, pero yo hablaba mucho, quería cambios, y hay gente que no quiso que me quedara allí”. El resultado es que tuvo que irse a trabajar al Instituto de Música y Drama de Sudán, disciplinas que no iban con él. “Me inventé una clase sobre el color en el teatro, la imagen y el movimiento del color… Estuve solo tres meses”. Entonces surgió la posibilidad de venir a España. La vida no es lineal, concluye Diab. “Si me hubiese quedado en Bellas Artes en Jartum como profesor, hubiese dado clases ahí dos años, y luego probablemente habría continuado mis estudios en Reino Unido”. 

Pero no, Rashid Diab llegó a España y se encontró con una escena de artistas en auge. “Los visitábamos en sus talleres cuando era alumno, gente como Luis Gordillo. Eran personas muy majas que nos recibían como estudiantes de Bellas Artes, también tuvimos profesores que han sido muy famosos, como Antonio Guijarro”. Era una época, valora el pintor sudanés, en la que España soñaba con modernizarse. Y aquí hace un matiz: “No sé, tengo problemas con el concepto de arte moderno, había muchos artistas que para mí no son muy buenos, también que quizás mi idea sobre cómo se piensa el arte era más ‘atrasada’”.

España tiene un problema muy grave a nivel de entendimiento de las otras culturas. Al español le encanta viajar, pero no le encanta ver

En todo caso, en aquel momento había que “generar una nueva promoción de artistas que representaran a España, a la altura del lugar del país en el arte en el mundo, con figuras como Dalí o Picasso”. De ahí, considera Diab, hubo una gran inversión con este fin, en la que confluyeron multinacionales y esfuerzos institucionales, con certámenes, ayudas y demás. “Yo creo que esto ayudó mucho al mercado del arte”. Más allá de esta panorámica, lo que más fascinó a Diab fue el Museo de Arte Moderno de Cuenca. “Para mí ha sido muy interesante ir a ver la pintura abstracta, intentar entender de qué va eso, también ha sido muy útil saber cómo analizar una obra para mi tesis”, una tesis centrada en el arte sudanés. 

¿Y mostraba el mundo del arte español interés por lo que sucedía en este ámbito en Sudán? Rashid sonríe, irónico: “El arte sudanés no existe”. Corrige, después: “España tiene un problema muy grave a nivel de entendimiento de las otras culturas. Al español le encanta viajar, pero no le encanta ver”. Toma aire y se intenta explicar: “Para ellos no había forma de entenderlo, no había un hueco donde pudiese entrar. Es importante abrir un poco, dar un poco de espacio a otras cosas”. Para que otros artes y miradas sean tenidos en cuenta hay que hacerles un lugar, pondera el artista. “España ha sido un gran imperio, con una gran legado histórico, lingüístico. No lo digo por decir, he leído hasta a Cervantes”, sonríe, y dice: “No tiene nada que envidiar en este sentido a Rusia o Estados Unidos. Pero el complejo de inferioridad es horrible”.

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Arte e historia

Durante los años que Rashid estudiaba en España pasó de todo en Sudán. Él, sin embargo, hacía todo lo que podía por volver a ver a su madre al menos cada dos años. “Si estaba más de un año fuera empezaba a sufrir y a preguntar ‘¿cuándo vienes?, ¿cuándo vienes?’”. No solo volvía por la familia, “Sudán realmente es un país que da mucho cariño. La gente tiene una forma de vivir, de accionar, de relacionarse… Todo es simple. Eso lo notas cuando sales, antes no lo notaba cuando estaba en Sudán. Pero cuando vuelves te das cuenta de esa otra forma de sentir las cosas: Voy siempre a rellenarme de emoción”.

Durante algunos años, sin embargo, no pudo volver, pues tuvo problemas con el régimen de Numeiry. En una de las ocasiones que voló a Jartum le arrestaron en el aeropuerto. Y eso que él nunca se había pronunciado públicamente. “Solo hablaba a nivel personal de que ese régimen era una mierda”, puntualiza. “A los sudaneses les gusta mucho hablar de política, no hay otras cosas de qué hablar”. Tras unos cuantos años sin viajar, a petición de la familia, Numeiry cayó tras las movilizaciones populares de 1985, y entonces retomó las visitas al país. 

Y al volver, con la misión de escribir su tesis sobre arte sudanés, puedo conocer un Sudán que hasta entonces le era ajeno, pueblos y aldeas lejanos en los que nunca había estado y que “producen mucho arte, muy bueno”. E intenta describirlo: “Hubo cosas que me llamaron la atención, por ejemplo, respecto a la relación de la pintura de la mujer del norte de Sudán y el arte pop de Estados Unidos. Hacen lo mismo: usan elementos muy sencillos y crean unas obras grandes, como murales para las casas, como si fuera diseño interior”.

Diab defiende que el trabajo de investigación que hizo para su tesis y posterior libro Visual Art in Sudan (Almas Art Foundation, 2025) le sirvió a él más que a nadie. “Empecé a ver el arte de Sudán de otra manera. A ver el arte tradicional de otra manera. Vi de cerca cómo trabaja la gente autóctona de ahí, sacando las pinturas de las montañas de alrededor, de las plantas. Era muy natural esa manera en la que pintaban y se expresaban”, algo que Diab califica, tras pensar un momento, como “arte real”, pues “ellos no esperaban ni críticos, ni venta, ni nada. Solo lo hacen para ellos. Así, cuando llegan los festivales de Ramadán o la fiesta del cordero, empiezan a decorar las casas, a hacer vestimentas…”, recuerda en particular el arte de Nuba, también del Oeste del territorio. “Sudán es un país con bastante riqueza cultural”, dictamina. Muchos de esos viajes Diab los hizo con su hijo Yafil, así, cuando el pintor resalta la amabilidad y hospitalidad que recibían en cualquier lugar del país, el joven puntualiza: “También son sitios en los que normalmente no pasa nada, y si viene alguien a preguntar por ti, pues te acogen ahí en medio de la nada”. 

Respecto a su propia evolución como pintor, Diab parte de una base: “Si no hubiese sido pintor, no sé qué haría. Desde niño, empecé a pintar. Solo quería pintar, no quería estudiar, no quería saber nada, no quería salir de casa”, era una actividad personal, que hacía de manera autodidacta, una pasión que le alegró descubrir pero de la que le costaba hablar. “En la escuela primaria un profesor que se llamaba Asir y que era muy majo, me dijo que yo era un artista. Esta es la primera vez que oigo esto. No había visto ningún artista a mi alrededor, no había galerías aunque viviera en la segunda ciudad en población del país. No había nada”. 

Tampoco había una cultura respecto al arte, “en el colegio teníamos lo de siempre: matemáticas, religión, lengua… también teníamos clase de la práctica del arte, pero no de pensamiento del arte”, una carencia que Diab vivió “desde la escuela primaria hasta la Facultad de Bellas Artes”. Se hablaba de cómo dibujar, pero eso era todo. “Me afectó muchísimo porque yo quería saber sobre el arte y hasta ahora estoy leyendo y aún no entiendo lo que pasa en el arte”.

En la escuela de Bellas Artes en Jartum, Diab pasó de hacer los clásicos bodegones a interesarse por el arte abstracto. Explica que intentaba expresarse usando colores fuertes, salir de lo cotidiano, lo normal: “Yo ya sabía pintar, sabía hacer paisajes… La exposición con la que me gradué incluía trabajo abstracto, semifigurativo, un arte que nace con la tierra”. 

El mercado del arte te obliga a veces volver a etapas que te gustan pero que ya han pasado. Yo no puedo volver. Tengo que experimentar cada vez

Un viaje a Londres mientras estudiaba, en el que pudo exponer su obra y visitar muchos museos, le empujó a pensar en otras formas de arte. “Cuando llegué a España me di cuenta de que había que empezar de otra manera, y decidí seguir con el grabado”. A Diab le interesa cómo se relaciona textura y forma en un medio limitado como el del grabado, frente a la pintura, que considera un medio más “amplio”. En realidad, explica, hace un poco lo que quiere: abstracto, semifigurativo, figurativo. “Hay gente que acostumbra a trabajar con galerías, a las que les encanta un tipo de arte, ellos encajan, y así les va bien”. El pintor considera que es más fácil vender si uno se ubica en un estilo reconocible. Pero a él le gusta cambiar. “El mercado también te obliga a veces volver a etapas que te gustan pero que ya han pasado. Yo no puedo volver. Tengo que experimentar cada vez”.

Su estudio está lleno de cuadros habitados por grupos de mujeres. “Cuando volví a Sudán después de casi ocho años, la vestimenta de la gente, los colores, me llamaron más la atención que antes. Me gustaba el top (vestido tradicional) que llevan las señoras, un paisaje de figuras y movimientos. Eran como cuadros andantes que iban desapareciendo, desvaneciéndose”. 

El pintor intenta recrear una sensación que no le resulta fácil de explicar: “Por eso pintándolo me siento mejor, porque no tengo unas palabras claras para expresar dónde van esos cuerpos que se mezclan con el fondo, con la nada”. Y habla de la imagen de estas mujeres, que permanece ahí, en algún lugar recóndito de la mente. “Es como escribir o guardar una frase que te gusta, pero la dejas en un papel aparte, hasta que vuelves a ella”.

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Un espacio para los artistas sudaneses

Entre los muchos proyectos y espacios que truncó la guerra está la Dara Art Gallery —que es el nombre de la madre y la hija del pintor— fundada en el año 1999, en la que esperaba poder ayudar a nuevas generaciones de artistas sudaneses a mostrar profesionalmente su obra y hacer comunidad. “En mi país hay mucho arte, muchos buenos artistas, pero no hay ambiente de arte. Eso es muy importante, generar un ambiente. ¿Qué quiere decir ambiente? Contar con galerías, museos, centros, cosas así, para que los artistas no se pierdan a sí mismos, que no se pierda su obra”. Diab considera que un artista necesita una tierra firme, un espacio que le acoja “como el cariño de una madre”. 

No se trata solo de dar un espacio, también se necesita una genealogía, explica el artista: “No hay una enseñanza clara de arte sudanés en las escuelas, por eso he escrito varios libros sobre este tema. Mi tesis era sobre la relación del arte tradicional y el arte moderno de Sudán, porque yo quería trazar una unión entre ambos ámbitos”. Se trataba, también, de entender el lugar de las culturas como fuerza motora de las sociedades, de indagar en la identidad del país.

La inquietud de Diab respecto a pensar el arte más allá de su propia práctica personal, como algo colectivo, pensar el rol del artista como un actor que cuida de la sociedad, viene de lejos. Ya en su segundo año de la facultad de Bellas Artes en Jartum le preguntó al director de estudios por qué no se enseña la historia del arte sudanés. Su interlocutor reconoció que mirar hacia la propia historia artística era necesario, pero que no se contaba con información suficiente, el conocimiento del que se disponía no bastaba para armar una asignatura. “Le expliqué a mi profesor que yo no había ido a la facultad solo para aprender a pintar, que yo quería hablar de arte, de pensamiento artístico. ‘Tienes razón’, me dijo, ‘pero no tenemos medios, no tenemos libros de arte y literatura. No hay nada’”. Cuenta Diab que fue en aquel momento cuando decidió que escribiría la historia del arte sudanés.

No se trataba solo de indagar en la trayectoria de un arte sin registro, también había que proporcionar un lugar para el presente. En el año 2005 fundó el Rashid Diab Arts Center, un espacio en el que acoger a infancia y juventud en la vocación artística. Con estos proyectos, el pintor experimenta “la alegría”, de aportar a la escena artística del país y poner en relevancia la importancia del arte, en un momento en que este empieza a adquirir otro lugar en la sociedad sudanesa, en el que hay cierta apertura a que las nuevas generaciones se dediquen al arte, algo que no es fácil en una población preocupada por el futuro donde tradicionalmente se ha animado a la juventud a estudiar carreras con prestigio y posibilidades, como medicina o ingeniería. 

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Contraste intergeneracional

Mientras Diab habla de arte e identidad, su hijo Yafil escucha atento. Este joven sudanés y español afirma que, en este mundo de repliegue nacionalista e identitario, él no tiene ningún problema con pertenecer a dos sociedades, dos trayectorias históricas, y dos realidades muy diversas. “De pequeño, yo creía que lo que decía el pasaporte es lo que eres. Pensaba: mi padre es sudanés pero yo soy español. Ya adolescente, me dije, bueno, a lo mejor no tiene mucho que ver exactamente lo que ponga en tu pasaporte, sino más bien de dónde te sientes”. Así, considera que si bien ha integrado sin problema sus dos identidades, ahora se inclina más hacia Sudán, “más bien porque soy consciente de lo que piensa la gente y ve la gente. Mi apariencia es más bien sudanesa”, reflexiona, y aunque en Sudán también le ven algo distinto, el solo hecho de tener un padre sudanés, le hace ser considerado sudanés por parte de los demás. 

Y aunque se considera también tan español como el resto, hay un par de elementos que le diferencian de la sociedad en la que nació, el afro que le corona la cabeza, y el hecho de conocer un país “del llamado tercer mundo”, saber cómo es la vida en lugares del planeta de los que nadie habla, saber ubicarse en uno u otro lado del mapa. “Ahora con la guerra en Sudán me ha venido también otra conciencia, lo veo desde el punto de vista histórico, gran parte de la humanidad ha pasado por guerras y violencias, y quizá ser sudanés, haber vivido en Sudán y transitado la guerra, aunque por poco tiempo, me hace más humano. Antes oía hablar de conflictos y guerras, y sabía que eran horribles, pero no lo sentía en mis carnes”. Vivir algo tan “esencialmente humano”, como la guerra, la violencia, le ha ayudado a poder entender de más cerca “todos los sufrimientos”, explica el joven.

“A los sudaneses, en cierto modo, nos han violado a todos”, apunta Yafil, a lo que Rashid contesta: “Qué fuerte eso”. El hijo se explica: “De alguna forma, las RSF están retando a la identidad sudanesa, están dando una imagen de que Sudán es algo distinto a lo que pensamos que era, y ahora hay que incluirles en nuestra historia, afrontar la idea de que hay sudaneses que han hecho esto”. Yafil admite que quizás la imagen de Sudán que tenía hasta ahora era “un poquito irreal, pues las RSF ya estaban antes [de hecho los janjaweed, milicias de las que proceden, fueron acusadas de cometer genocidio en Darfur hace dos décadas], pero la toma de la capital supuso un ataque a la idea que tenía la gente de Sudán, aunque no fuese exacta”. 

Algo que me gusta de mi trabajo es ver cómo hay mucha gente cuyo primer encuentro con mi país puede ser a través del arte sudanés

Arte contra guerra

Frente a este momento en el que parece que todo Sudán acaba definido por la guerra, Yafil encuentra cierto refugio en pensar que gracias a su trabajo, representando a su padre y llevando arte sudanés a distintos espacios del planeta, está acercando otro Sudán a la gente, un país que tantas personas desconocen, o al que solo asocian con la guerra o con el hambre. “Algo que me gusta de mi trabajo es ver cómo hay mucha gente cuyo primer encuentro con Sudán puede ser este. Su primer encuentro puede ser pintura preciosa, cuadros distintos, ricos, con distintos matices, todo lo que quieras. Y luego ya pueden aprender más cosas de Sudán”. 

A Yafil le gusta dar esa primera imagen. Evoca una bienal de arte árabe en Malmo, Suecia, en 2024, en la que el público se sorprendió ante la obra de su padre. “Ese era el primer encuentro con Sudán, descubrir que es un país donde hay arte”. Acto seguido, el joven graduado en filosofía se cuestiona: “Pero ¿quién define que ese es arte ‘de alto standing’?”, y reconoce el sustrato colonial bajo esta idea, aunque concede: “el arte sudanés es bastante orgánico”. 

Tras escuchar atentamente a su hijo, Rashid interviene: “Está bien, estoy de acuerdo con casi la mitad de las cosas que has dicho”, bromea. Considera que el mundo es complejo y que no se puede ver como un todo: “Si lo ves como una unidad te preocupas muchísimo”, reflexiona. El pintor habla de diversos intereses, de diversas perspectivas: “El mundo está todavía creciendo. La gente no ha llegado a ver el mundo. No ha llegado a ver el ser humano. El ser humano tiene más posibilidades”, de ahí, considera Diab, viene el impulso de dominar, a nivel social, económico, cultural: “Hay gente que quiere mantener al mundo como está, como ellos quieren que sea, no como podría ser. Esto es lo que tengo clarísimo”. También se puede imponer ese dominio en el arte: “Si tú no aceptas sus reglas, te quedas fuera del partido, tienen los medios para imponerse”.

Yafil aporta otra capa de reflexión, la que tiene que ver con el colonialismo: “También se ha elevado la idea de que pintar un cuadro, hacer una escultura, significa que tu civilización está bien avanzada. Y si la metes en un museo, aún mejor. Y si la metes en un museo tras robársela a otro pueblo, pues eso es porque eres más listo”, dice sarcástico. “La idea de que hay que tener museos y pintar cuadros es colonial. Quien decide si eres un pueblo civilizado o no, son quienes deciden qué es la civilización. Entonces es un círculo vicioso. Pintamos para mostrar que somos civilizados, pero, ¿quién ha dicho que eso es lo que hay que hacer para ser civilizado? ¿quién decide qué es ‘pintar bien’?, los mismos de siempre”, concluye el joven.

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Un lugar en el mundo

En Sudán mucha gente se dedica al arte por el arte, pintan porque les gusta, sin pensar en vender o exponer, coinciden padre e hijo. “Es muy especial —afirma este último—, pintan fuera del mercado internacional, fuera de las presiones. La escena de arte en el país es orgánica y propia. No hay un enfoque de blanqueo de capitales, ni un mensaje a favor de ningún régimen, de ninguna ideología, cada cual explora su interior”. Yafil traza un paralelismo con la pintura de las cuevas de Altamira, un arte sin público, ni críticos, sin propósito de venta, algo esencialmente humano.

En efecto, añade Rashid, Sudán está fuera de lo que él considera que son los circuitos del arte: el principal, el de las personas blancas y las élites, y el secundario, abierto a otros países a los que hasta cierto punto se les deja participar de este mercado internacional: Nigeria, Senegal, China… aporta como ejemplos. Ese, explica, es el marco en el que luchar para abrirse hueco, “pero, ¿bajo qué fundamento? ¿bajo qué filosofía? ¿Qué has de mostrar para ser considerado artista?”, se pregunta tras compartir el desconcierto que siente a veces, ante obras de arte exhibidas en ferias como Arco, o compradas a desorbitantes precios en países como Qatar. “A lo mejor es que somos tontos y por eso no entendemos”, ironiza. Su hijo añade: “Se pinta lo que al sistema le gusta. Parece que la única forma de arte es la que está al servicio del capitalismo. Al final parece que se trata de dinero más que nada”. 

El pintor sudanés habla del arte de su país como un mundo en construcción en un contexto de dictaduras y conflictos, un mundo al que nadie mira, más allá de invitar a algunos artistas a exposiciones puntuales. “Yo tuve el honor de que me invitaran a participar en una exposición colectiva. Con todo, a pesar de esa oportunidad, creo que hay un privilegio que la cultura, el arte blanco, no quiere perder. No quiere igualarse con lo que viene de otros pueblos”. Al resto del mundo, desarrolla Rashid, se le trata como materia prima. “Todo se ve como materia prima, las personas, la tierra, el arte. Recursos que se utilizan, cuanto más baratos mejor”, por ello, considera que es necesario pelear por conseguir otro lugar en el mundo, pero no es fácil, tampoco ayuda la realidad de países como el suyo: “Nuestros políticos no están a la altura de nuestro arte. De nuestro pensamiento”.

Rashid evoca la revolución de Sudán en 2018-2019, las primaveras árabes, varios años antes. “Ningún país de la región puede permitir que en Sudán haya libertad. Las dinastías del Golfo Pérsico, Arabia Saudí, Egipto, están muertos de miedo. La revolución de Sudán ha sido la más fuerte. Y sigue, el 70% de la población sudanesa son jóvenes que quieren libertad y lo van a conseguir. Eso podría cambiar toda la región”. 

Para el pintor, la revolución empezó con el arte, con la gente revisitando la cultura, elementos del arte tradicional, “empezaron a recuperar una identidad, una pintura propia”. Un desafío para un poder colonial, considera, que sólo acepta relacionarse con países como el suyo como “esclavos de la casa”. En eso piensa que se ha convertido un Estado como los Emiratos Árabes Unidos, a quienes los sudaneses acusan de, en alianza con Israel, financiar al RSF. “Ahora no hay una civilización emiratí, su pueblo es rehén de un gobierno que actúa como un esclavo ‘de la casa’”, concluye el pintor, rodeado de los colores de su estudio.

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