La vida y ya
Bajaste a la calle
“Menos mal que hay gente que nunca se rinde. Menos mal que hay gente que siempre baja a la calle”, me contesta.
Le mando una foto de la concentración que se convirtió en acampada permanente frente al Ministerio de Asuntos Exteriores después de la detención Saif y Thiago, todavía muy lejos del lugar al que se dirigía el barco en el que viajaban. Sale la pancarta en primer plano. Una pancarta hecha de tela que cosieron entre muchas manos unos meses atrás, en otro encierro por Palestina, y que han llevado a todas las concentraciones desde ese día. La bandera está hecha uniendo trozos de tela blanca, verde, negra y roja. Sobre ella una frase: “Todxs somos Gaza”.
“Menos mal que hay gente que nunca se rinde. Menos mal que hay gente que siempre baja a la calle”, me contesta.
Menos mal, pienso yo también. Menos mal que hay personas que bajan a la calle. Que siguen bajando. Aunque parezca que no sirve para nada. Aunque parezca que la calle no es el lugar para cambiarlo todo. Bajan. Bajas.
Bajan a la calle aunque sea un día de esos en los que todo está inmóvil, en los que, como mucho, se espera un leve crujido de una hoja que llegó tarde al otoño.
Bajan con el pelo mojado, sin prisa, dejando los reproches de todo lo que no hacemos y podríamos hacer para después. Dejándolos, al menos, por un rato.
Bajan sin saber si alguien más bajará, sin haber determinado bien qué harán después. Sin certezas. Algunas casi sin convicción.
Bajan sin llevar nada sobre la espalda, sin bolso sobre el hombro. Sin mochila. Como si quitarse todos los pesos que tienen acumulados sobre el cuerpo fuera así de fácil.
Bajan aunque lleven días repitiendo que no irían. Así les encuentra la calle después del último peldaño de la escalera, casi sin aliento.
Pero abren la puerta. Y salen.
Y les recibe, como acoge siempre la calle, un poco a regañadientes, un poco sabiendo que no queda otra, porque ese espacio es de la gente. Sobre todo si sale toda junta, si se apelotona, si se amontona poniendo los pies unos junto a otros. Ese lugar, la calle, que siempre seguirá siendo de quienes lo transitan.
Bajaste a la calle como todas las que salieron antes que tú. Las indecisas. Las convencidas. Las que les da igual casi todo. Las que siempre están en la revuelta. Bajaste junto a las que consiguieron, porque algo les impulsó a bajar, que haya mucho de lo que permite vivir mejor. Las que salieron para conseguir el aborto y la sanidad pública y la educación pública. Y que las jornadas de trabajo no fueran infinitas y que haya días de descanso y tierra sin asfaltar. Las que saben que la memoria genera lo que somos, nuestra identidad, y por eso no olvidan.
Y, porque bajas, porque abres la puerta y sales, hay algo que detona. Menos mal.
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