Opinión
Al fondo de la clase
Está sentado al fondo de la clase. No está solo. A veces estar al final se asocia con estar aislado. Este no es el caso. Trabajan en grupos de cuatro, así se facilita el aprendizaje cooperativo.
El profesor habla. No mucho. Sabe que es mejor hacer preguntas. Tratar de buscar un punto de interés, algo que les conecte con lo que está contando. Un anclaje. Lo consigue con gran parte de la clase. Tienen 14 y 15 años.
El chico que está sentado en el grupo del fondo, en la esquina izquierda, mira al profesor. Lo mira fijamente. Como si no pudiera oír y tratara de leer sus labios para descifrar las palabras. El profesor interpreta esa mirada como un gesto de atención y le lanza una pregunta. Una fácil. Una que, está seguro, sabrá responder. Porque quiere eso. Que la responda bien. Que el resto de la clase le escuche decir algo. Que vean que sabe más cosas de las que aparenta. El profesor se equivoca. El chico le sigue mirando pero no responde. Como si la pregunta le hubiera esquivado sin rozarlo. Su cabeza está en otro lugar. Lejos de ese aula.
Cuando terminan los cincuenta y cinco minutos de clase el profesor se acerca. Le pide que le acompañe al laboratorio a coger unas cosas para la clase siguiente. El chico sabe que no lo necesita para recoger nada, que es una excusa, pero acepta.
Cuando llegan, en ese espacio más íntimo, fuera del jaleo del pasillo, el chico escucha la pregunta: ¿Cómo estás?
Dice que su casero quiere echarlos. A su madre y a él. De su casa. Que su madre paga el alquiler. Que eso le ha contado ella. Que paga. Porque su madre trabaja. Mucho
El chico calla. El profesor sostiene el silencio. Luego le cuenta una anécdota. Algo pequeño, sin importancia. Algo con lo que pretende animar al chico para que hable. Porque sabe que pasa algo. Porque sabe que el chico tiene ganas de confiar en alguien. Que necesita hablar.
Y entonces ocurre. El chico comienza a hablar. Mira hacia abajo. Habla.
Dice que su casero quiere echarlos. A su madre y a él. De su casa. Que su madre paga el alquiler. Que eso le ha contado ella. Que paga. Porque su madre trabaja. Mucho. Dice que la tarde anterior estaba solo en casa. Porque por las tardes está solo. Porque su madre trabaja. Trabaja mucho. Y que vinieron unos hombres. Que daban golpes en la puerta. Golpes muy fuertes. Que le decían que tenían que irse de allí. Que quien no paga se tiene que largar. Dice que se quedó quieto hasta que volvió su madre. Que se lo contó. Que no sabe quiénes eran esos hombres. Que también fueron a casa de una vecina. Que hicieron lo mismo. Que no se movió de su habitación hasta que volvió su madre. Tarde. Que se le quitó el hambre y no cenó. “Mi madre paga”, le reitera al profesor. “Mi madre paga”.
El profesor escucha. Hace rato que se sentó en una de las banquetas del laboratorio. Le dice: “Tengo que coger el teléfono para avisar de que voy a llegar tarde a la siguiente clase y así nos quedamos charlando sin prisa, ¿te parece?”. El chico asiente.
El profesor le ofrece un abrazo. El chico acepta. No llega a sonreír pero su cuerpo, por primera vez desde hace varias semanas, siente un poco de calma.
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