Opinión
¡Joder, es solo comida!
Meter los pies en el agua. Solo piensa en eso. Sus pies en el agua. Es curioso lo que ocurre. La manera de conectarse que tienen los pies y la cabeza. Si los pies están tranquilos la cabeza está tranquila. Por eso necesita meter los pies en el agua. En realidad le sirve cualquier lugar. Un charco, un cubo, un río. Siempre busca lugares donde se pueda acumular un poco de agua. Aunque, si puede elegir, prefiere las olas.
Pero hoy no funciona. A veces pasa. Ocurre, sobre todo, cuando tiene la sensación de que hay un viento molesto en contra. Que le golpea en la cara. A ratos en todo el cuerpo. Ese viento incómodo. Le ha llegado un mensaje que hace que el agua no consiga calmarla. Menos mal de todos modos, no tiene que estar tranquila.
Encapuchados con palos a la caza de migrantes. Dar de comer y curar heridas es una actividad perseguida. Castigada. ¡Joder, es solo comida! Y hay mucha gente con hambre
El mensaje lo escribe una mujer que forma parte de una organización que se dedica a cocinar. A hacer comida para que las personas migrantes que están en lugares de frontera puedan alimentarse. Ella está allí, en la frontera. Podría ser Ceuta. Podría ser Canarias. Podría ser Calais. Da igual. Utiliza palabras como calles militarizadas. Tensión. Agresiones. Violencia policial. Personas, con y sin uniforme, que impiden que puedan repartir comida. ¡Joder, que es comidalo que intentan repartir! Solo comida. Ni siquiera una al día para cada persona. No llegan a tanto. Chavales escondidos en las montañas. Controles policiales. Violencia. Si nadie observa pegan más. Impunidad. Días que no tienen fin. Persecución policial. Persecución de vecinos. Chavales en tensión continua. Lugares precarios de refugio a los que prenden fuego. Y otra vez que no pueden llegar a repartir comida. ¡Joder, solo es comida! La playa, los puntos donde las personas que han cruzado desde el otro lado de la frontera se juntan, militarizadas, policializadas. No pueden llegar. Ni ellas ni los alimentos que van en recipientes individuales. ¡Joder, que solo llevan comida! Manifestaciones para echarlos. Brigadas de vecinos a la caza de los migrantes. La cosa está muy fea. ¡Joder, no les dejan comer, no les dejan dormir!. Intemperie. Abusos. Encapuchados con palos a la caza de migrantes. Dar de comer y curar heridas es una actividad perseguida. Castigada. ¡Joder, es solo comida! Y hay mucha gente con hambre.
Hace calor. No llueve, ni de lejos. El mar parece una maraña de agua hostil cuando se convierte en frontera. Baja a la concentración que se ha convocado en el centro de la ciudad. Se cruza con gente. Gente que no conoce. Piensa que la imagen de las personas migrantes se ha creado ahí, en las calles, en las casas, con el vecino, con la compañera de trabajo, en las cañas con las colegas. En lo cotidiano.
Cuando llega, una mujer corta una flor de un ramo enorme que lleva agarrado con la mano izquierda y se la da. Al final de la concentración han decidido hacer algo parecido a un memorial por las personas que murieron tratando de llegar al otro lado de la frontera. Le parece algo poco relevante poner flores sobre el asfalto que escupe un calor incómodo y triste. Casi ridículo. Le parece que no está a la altura de todo lo que está pasando. Que habría que dar una respuesta más contundente. Que habría que hacer algo más. Mucho más.
Y, justo en el instante en el que deja su flor en el suelo, se le llenan los ojos de lágrimas.
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