Opinión
El mono azul
Los lugares marcan la identidad. La columpian a su antojo. Eso me pasa cuando vuelvo a mi pueblo. Me pregunto cuánto de todo lo que hay ahí. De lo que me precedió. Permanece todavía en mí. Bajo las escaleras, estrechas y de techo bajo, que dan al patio de la casa en la que parte de mis ancestras vivieron durante la mayor parte de su vida. La casa de las vacaciones de navidad desde la infancia.
Abro la puerta que, irremediablemente, roza el suelo cuando la giras para salir. El patio no es muy grande, al fondo todavía quedan los restos del corral de las gallinas y siguen bien dibujados los pequeños caminos que sirven para recorrerlo sin pisar la tierra. Muchas de las plantas que crecían sobre esos pequeños trozos de tierra ya no están. Para que la vida siga alguien tiene que cuidarla.
Primero fue mi abuelo quien removía el suelo y sembraba y regaba a manguera y regadera. Siempre iba envuelto en un mono azul que, una vez terminada la tarea, colgaba en una pequeña percha en el lado izquierdo de un cuartucho donde a veces jugábamos a escondernos. Todo estaba muy verde y la buganvilla fucsia era como un fuego artificial sobre la pared blanca.
Después fue mi tío. No sé si lo usaba, pero me gusta imaginarlo con el mono azul de su padre.
Me pregunto qué hay de mí en cada una de esas naranjas. Si se quedó algo del olor de las flores de azahar impregnado en la piel
Luego ya no quedó nadie más en el pueblo que pudiera hacer esas tareas de cuidado de las plantas. Un día mandaron una foto del patio. No quedó otra que cortarlo todo. Solo quedaban los naranjos y mandarinos bajo los cuales estoy sentada ahora mismo.
Me pregunto qué hay de mí en cada una de esas naranjas. Si se quedó algo del olor de las flores de azahar impregnado en la piel. Flores que, año tras año, se convertirán en semillas y frutos. Qué permanece de las raíces que, aún sin más agua que la de la lluvia, consiguieron elevar hasta la copa todo lo necesario para que las hojas pudieran seguir haciendo la fotosíntesis. Me pregunto si, alguna vez, dejaré de pensar que esas, justo esas, son las naranjas más ricas del planeta.
No sé cuánto de mí pertenece a ese patio con naranjos y mandarinos. Cuánto de mi forma de ver la naturaleza y de entender el mundo lo aprendí en ese lugar. Cuánto viendo a mi abuelo cuidar las plantas del patio envuelto en su mono azul. Me pregunto cuánto de lo que soy comenzó bajando a buscar el postre de las comidas de las vacaciones de navidad a esos árboles.
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