Opinión
Paquetes sorpresa

El lugar era extraño. Diferente a las tiendas que hay en otras partes de la ciudad. Vendían cosas variadas, nada que pareciera de primera necesidad.
Colectivo Dispares Extremadura III
Bernalina Producciones Jóvenes en los talleres del IES Castillo de Luna. Foto: Ecofuturorural!?
8 feb 2026 06:00

No sé bien cómo llegué a esa parte de la ciudad. A veces no hace falta rebuscar en la memoria para saber por qué estás ahí. Simplemente llegas. Era una calle cualquiera de un barrio periférico cualquiera de una ciudad grande. Nada animaba a entrar a ese establecimiento. Ni la luz blanca que salía del interior. Ni el escalón con la primera baldosa ligeramente rota. Ni la ausencia de voces a pesar de que se veían algunas personas dentro. Aun así, entré. A veces no hace falta saber por qué entras.

El lugar era extraño. Diferente a las tiendas que hay en otras partes de la ciudad. Vendían cosas variadas, nada que pareciera de primera necesidad. La mayor parte del espacio estaba ocupado por unas cajoneras amplias llenas de paquetes. Rebosantes. Paquetes envueltos. Clasificados en tres tipologías distintas sin que, aparentemente, ese orden tuviera que ver exclusivamente con el tamaño.

Junto a una de esas cajoneras había un hombre. Rebuscaba entre los paquetes. Cogía uno. Calculaba un poco el peso con la mano. Lo tocaba tratando de palpar su contenido. Se lo colocaba junto al oído. Lo movía para escuchar el sonido que se producía cuando, lo que hubiera dentro, rozaba con el envoltorio que era un sobre o un paquete de cartón.

Me acerqué a una de las cajoneras. Todas ellas estaban llenas de paquetes en los que todavía podía intuirse el destinatario y el remitente. Eran paquetes que se habían extraviado o nadie fue a buscar nunca y que ahora, en forma de contenido sorpresa, se ofrecían a las personas que, como yo, decidían entrar a ese lugar.

En eso consistía la tienda. En que te llevas algo que no sabes qué es. La clave está en la sorpresa. En lo desconocido. 

Creo que, cuando coges uno de esos paquetes, resulta inevitable pensar en cuál será su historia. Por qué no llegó a las manos de su destinataria. Por qué nadie lo reclamó. Si tendrá dentro alguna nota dirigida a alguien que nunca pudo leerla. Si quien lo envió fue consciente de que no alcanzó su destino.

La conversación derivó en pensar cosas a las que no se les pudiera poner un precio. Dijeron muchas. Los abrazos. La vida. Los amigos.

Los paquetes sorpresa nos sirvieron para tener un debate interesante, en una de las clases de secundaria, sobre la diferencia entre el valor y el precio. ¿Cuánto costaría eso que va dentro si no se hubiera extraviado? ¿Cómo se ha decidido su precio si nadie sabe lo que contiene? ¿Cuál es el valor que tenía para la persona para la que iba destinado? ¿Cuál es el valor que le da alguien que lo compra sin saber cuál es el artículo por el que está pagando?

La conversación derivó en pensar cosas a las que no se les pudiera poner un precio. Dijeron muchas. Los abrazos. La vida. Los amigos. El cariño verdadero. La risa. Sentirte segura. La felicidad. La libertad. Poder expresarte sin miedo. La salud (hubo debate y les pareció que, en realidad, sí se le puede poner un precio a curarte cuando estás enferma). Imaginación (también hubo debate sobre si la imaginación tenía un precio cuando se utilizaba para hacer obras de arte o de música que pueden venderse). Paz (sobre este tema acabaron concluyendo que si la guerra mueve dinero, la paz también, así que sí se le puede poner un precio, aunque quienes más la desean porque sufren las guerras nunca pueden pagarlo). 

Y, será porque estábamos en clase de biología, añadieron que tampoco se le puede poner un precio a los insectos que polinizan, al agua (solo a la de la lluvia, porque a la de los ríos sí se le puede poner, decían), a los microorganismos que descomponen la materia orgánica del suelo, al sol…

Y, luego, salieron al recreo hablando de hacer un amigo invisible con paquetes sorpresa.

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