4 oct 2026 05:16

Hay ruidos. Todo el rato hay ruidos. Le molesta. Piensa que es raro que tengan que hacer obras tan seguido. Por toda la ciudad. Es extraño que la gente tenga que arreglar cosas todo el tiempo. Taladrar con ese ¡brrrrrr! ¡brrrrruuuuu! tan molesto. Todo el rato. Como si hubiera algo que encontrar. Debajo del suelo. Escondido en las paredes de las casas. Algo.

A ratos piensa en arrancarse los oídos. Como si eso fuera posible. O deseable si quiera. Sabe que es absurdo pensarlo. Una majadería. Puro egoísmo. Con tanta gente que en realidad daría lo que fuera por unos oídos como los suyos. Capaces de percibir lo más leve. O por unos oídos cualquiera. Unos que sirvan para poder distinguir cuándo hay silencio.

Ahí se siente. Hace tiempo. Metida el ruido. En el barullo cuando los días son buenos. En el zumbido si la semana ha ido bien. Pero, en general, sumergida en el estruendo. El estallido. La detonación. Ocurren demasiadas cosas que nunca deberían haber pasado.

Las puertas de las casas que van a ser desahuciadas no se abren con la llave. No las abre nadie después de que suene ¡ring! o ¡toc, toc! 

Fue un ruido lo que eligieron para protestar. Un ruido suave. El de unas llaves chocando. Para protestar por ese desahucio. Por todos los desahucios. Para exigir el derecho a una vivienda digna. No el sonido de las llaves cuando entran por la cerradura, ese crujido seco que se produce cuando se gira y se abre la puerta. Eligieron el ruido de las llaves cuando chocan entre sí. Unas con otras. Ruido metálico. No es un “clin”, ni un “clac”, es más bien un “chinchín” un “tin” que se repite. No es como otros ruidos. No impide escuchar las demás cosas. Las voces que protestan. Los gritos de rabia. Los llantos. La violencia de la policía sobre los cuerpos que resisten pacíficamente frente a una puerta que no quieren que se abra. Y las llaves sonando mientras detrás de la puerta, de las puertas, hay personas, una, varias, que van a ser echadas del lugar donde viven.

Las puertas de las casas que van a ser desahuciadas no se abren con la llave. No las abre nadie después de que suene ¡ring! o ¡toc, toc! Esas puertas, las de las casas donde viven personas que se van a quedar sin su techo cotidiano, hacen otro ruido. Uno que se parece más a ¡Zas! ¡Paf! ¡Pum!, ¡bam! Ruidos de policías que golpean, rompen, tiran, empujan, hasta que la derriban.

Detrás de la puerta que queda rota hay una mujer que espera sentada. O un hombre. O una familia. O niñas y niños. Personas.

Las puertas de las casas que son desahuciadas no se abren metiendo la llave en la cerradura. Nadie invita a pasar a quienes desahucian. 

Se juntan en la calle. Sacan las llaves. Las de casa. Quien la tiene. Y las mueven. Enérgicamente. Como si, a pesar de todo el ruido de la ciudad, se pudiera escuchar ese “tin tin” por encima de todo lo demás. Ese ruido leve comparado con los demás ruidos. Un ruido de llaves contra todo lo demás.

Si las ventanas se dejan abiertas. Las de dentro de las casas. Se puede escuchar con nitidez. Es un ruido ligero. Llaves chocando entre sí. Un “tin, tin, tin…” que te invita a salir. Con tus llaves en la mano. Para llenar las calles y las plazas de ese sonido metálico que se produce cuando chocan entre sí. A inundarlas hasta conseguir que todo el mundo tenga unas, hasta que no haya gente sin casas ni casas sin gente.

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