Opinión
Vínculos

Las guerras atacan no solo los cuerpos, sino también los vínculos. Dejan heridas en las personas que se arrastran muy lejos en el tiempo. Las guerras no son solo en el momento, ocurren antes y después.
Beirut Brabo - 2
Una pareja de ancianos, desplazados por la fuerza, en la habitación donde se refugian con su familia, en un albergue temporal para desplazados internos. Comparten alojamiento con otras 400 familias en Beirut. Manu Brabo
26 abr 2026 06:00

Siempre que nos juntamos varias generaciones de mi familia aprovecho para preguntar a las mayores sobre las historias de antes. A menudo, después de la cena o en algún momento de calma en el que nos juntamos alrededor de una mesa grande. Yo ya las escuché muchas veces pero no me canso. Son las historias de la guerra, de la postguerra, de cómo se vivió desde los ojos y los cuerpos de esas mujeres que nacieron en un pueblo de Extremadura. Me parece necesario que las generaciones que vienen después de mí también las escuchen, que las retengan en su memoria. Es importante.

También, aunque esto no lo hacemos siempre, me gusta ir al cementerio. Hay un monumento que hicieron en el que están colocados muchos nombres. La placa dice “En memoria a los que dieron su vida por la libertad, la democracia y la justicia social”. Me da calma estar en ese lugar de recuerdo. La calma que produce saber que hay personas empeñadas en no olvidar. En estos tiempos de guerras y barbaries, en los que es cada vez más posible no ver el daño que producen en las personas las bombas y los estallidos, ver nombres que resisten al silencio es una forma de no normalizar lo inasumible.

La huella que queda después de la guerra es siempre larguísima. No únicamente en el territorio, también en los cuerpos

A través de esas historias, las de ese pueblo extremeño que, en realidad, son muchos pueblos de muchos lugares, se puede ver cómo las guerras atacan no solo los cuerpos, sino también los vínculos. Las guerras dejan heridas en las personas que se arrastran muy lejos en el tiempo. Las guerras no son solo en el momento, ocurren antes y después. Impulsadas por una lógica en la que hay dos lugares para estar y, de ambos, solo uno es legítimo. La huella que queda después de la guerra es siempre larguísima. No únicamente en el territorio, también en los cuerpos, en las cicatrices, en la sangre que recuerda el miedo, en la posibilidad de hablar si estás del lado de quienes ganaron o de tener que permanecer callada, apretando los labios, si tu lugar es el otro.

La paz, al principio, es siempre frágil y más si la tierra ha sido destruida. Reconstruir los vínculos desde esa lógica, con la rabia pegada al cuerpo y la tristeza y el miedo es difícil. Y más cuando se legitima que hay vidas que se pueden llorar y otras que no merecen ser lloradas.

Porque ahí, justo ahí, en el vínculo, está la esencia de la posibilidad de sobrevivir

No les pregunté a mis abuelas cómo lo hicieron, cuánto tiempo tardaron en reconstruir los vínculos. Si algunos quedaron definitivamente rotos. Pero sé que ellas, como muchas otras mujeres, que llevan la herencia de generaciones anteriores, buscaron formas de reconstruirlos, de volver a generar comunidades que se quebraron. Porque ahí, justo ahí, en el vínculo, está la esencia de la posibilidad de sobrevivir.

Hicimos una actividad con niñas y niños de primaria en la que hablamos de eso, de cómo se pueden reconstruir los vínculos después de una guerra. Tuvieron muchas ideas. Aprender a perdonar. Volver a querer ser amigos y amigas de las personas que estaban en el otro bando. Acariciar a animales porque eso ayuda a sentirte mejor contigo y con los demás. Poner canchas y parques para jugar, porque jugando te lo pasas bien y te apetece estar con otros niños y niñas aunque no estés de acuerdo con ellas en tu forma de pensar. Darte cuenta de que, aunque estuvieran en bandos distintos, seguro que ninguna de las personas que sufrieron la guerra hubieran querido que eso pasase.

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