Opinión
Odiadores en red: tenéis Charos para rato

La línea que une al término “charo” con la amenaza de muerte es demasiado delgada. Y si piensan que con su odio nos van a callar, lo llevan claro. Actuemos. Tejamos una red contra los odiadores.
Sarah Santaolalla
Dani Gago La periodista Sarah Santaolalla en un reciente acto de Podemos.

Recuerdo muy bien aquella tarde en la que viví la primera cacería en redes. Hace cinco años publicaba en X una fotografía de unas vecinas pintando un muro violeta, actividad que solemos realizar cuando se acerca el 8M y que ya es tradición en nuestro municipio. Mujeres de espaldas que se afanaban por rellenar los huecos de una vieja pared con un intenso morado para luego escribir “Ni una menos” y “Juntas somos más fuertes” con un tono más oscuro. Un fascista se cruzó con mi tuit y, de repente, una manada de cerebros vacíos y cruces gamadas comenzaron a retuitear la imagen con insultos absurdos que iban desde “lesbiaetarras” a “vosotras no pintáis nada”. De repente, me topé con una palabra que nunca antes había escuchado. Alguien dijo Charo. Alguien me llamó Charo.

Si eres mujer activa en redes sociales y estás leyendo esto ponte a pensar cuántas veces te han llamado Charo. Yo, la primera vez que recibí este insulto no sabía ni que lo que era. Un estudio del Instituto de las mujeres apunta a que dentro de este término, que se usó por primera vez en 2011 en, oh sorpresa, Forocoches, se esconde la ideología de la manosfera.

“Charo” opera como significante vacío que permite aglutinar diversos resentimientos masculinos. Aparentemente inocuo, esconde la violencia que hombres de extrema derecha vuelcan contra mujeres feministas, en un contexto en el que el feminismo camina fuerte por la consecución de derechos. Charo es la contraola de los que temen perder sus privilegios. Una contraola que impacta más fuerte contra mujeres racializadas. De hecho, una de las mujeres que, de espaldas, pintaba aquel muro violeta, era afrodescendiente. Ni que decir tiene que la rabia y la ira de esa manada de cabestros se focalizó con más rabia sobre ella.

La red de Elon Musk nunca consideró que los dardos contra mi físico eran delitos de odio. Pude denunciar más de 100 tuits. Nunca vi uno de ellos retirado

Pasaron unos años hasta que, escuchando una conferencia de Marta Peirano me di cuenta de lo que realmente me había pasado aquel día en el que tuve la osadía de publicar la foto de unas mujeres pintando un muro de morado. Ellos no actúan solos, comparten grupos privados de telegram por los que pasan los materiales que consideran a atacar y acuden todos justos en manada para dicha tarea. Su cobardía hizo vibrar mi móvil durante más de ocho horas y plantearme muy fuerte si debía retirar la foto.

Violencia digital contra las periodistas

Faltaban aún unos años para tener más presencia pública. Como periodista, los peores insultos los recibí cuando pasé al formato audiovisual. Ahí empezó la barra libre para el odio, la misoginia y, también, la gordofobia. Al principio me enfrenté a las hordas de cabestros en soledad. Simplemente bloqueaba y seguía. A veces denunciaba, pero la red de Elon Musk nunca consideró que los dardos contra mi físico eran delitos de odio. Pude denunciar más de 100 tuits. Nunca vi uno de ellos retirado.

Luego comencé a comentar entre amigas y compañeras lo que me estaba ocurriendo. Es así como conseguí transformar la rabia en risas. Analizábamos los perfiles, veíamos que nos insultaban los mismos. Y que apenas manejaban una decena de palabras en su escueto vocabulario. En este proceso nunca me he planteado dejar de ponerme ante una cámara. No lo han conseguido, ni lo conseguirán. Pero sé que hay compañeras que se han visto obligadas a silenciar sus perfiles. A callar por momentos. A dejar de existir en los espacios virtuales.

Según datos de la UNESCO, el 75% de las mujeres periodistas ha sufrido violencia digital y una de cada cuatro ha recibido amenazas físicas o de muerte. El acoso que viven comunicadoras, divulgadoras, políticas y cualquier mujer que se atreva a alzar la voz en redes es patente y ya comienza a llegar a los tribunales. Recientemente, la diputada de origen saharaui, Tesh Sidi, presentó una denuncia ante la Policía Nacional contra 2.000 usuarios con comentarios delictivos. La mayoría contienen amenazas de muerte.

Una violencia que va in crescendo al tiempo de que la ultraderecha gana enteros en legitimación social. Así, y con total impunidad, la analista política Sarah Pérez Santaolalla vio circular fotos con su nombre pintado en la tumba de las 13 Rosas. Y lo que empezó como un acoso en redes, ha acabado con un acoso en físico, con el odiador Vito Quiles persiguiéndola en cada acto a pie o por carretera, en una peligrosa persecución hasta su domicilio. Y esta semana la violencia subía enteros, Pérez Santaolalla denunciaba en redes que había sido agredida por Quiles y había acabado en el hospital por ello. Pero la impunidad, por el momento, es la que manda.

El estudioViolencia digital de género: una realidad invisible del Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad recoge que este tipo de violencia acarrea graves consecuencias. El 54% de las mujeres que ha sufrido acoso a través de redes sociales ha experimentado ataques de pánico, ansiedad o estrés. Además, más de un 25% de las mujeres de entre 16 y 25 años ha recibido insinuaciones consideradas no apropiadas a través de redes.

La línea que une al término “charo” con la amenaza de muerte es demasiado delgada. Y si piensan que con su odio nos van a callar, lo llevan claro. Actuemos. Tejamos una red contra los odiadores

La línea que une al término “charo” con la amenaza de muerte es demasiado delgada. Y si piensan que con su odio nos van a callar, lo llevan claro. Actuemos. Tejamos una red contra los odiadores. Llenemos los juzgados de demandas. Algunas veces perderemos, pero otras ganaremos. Al menos situaremos el tema en la esfera pública. La comunicadora Quinndy Atreju consiguió que la Justicia condenara como delito de odio insultos racistas en redes sociales. “Ocupamos espacios que históricamente nos han negado”, expresaba Atreju en una entrevista para El Salto.

Así que, preparos, porque tenéis Charos para rato.

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