Opinión
La acampada de Sol: un paseo entre fantasmas
Los cientos de tiendas de campaña que inundan la Puerta del Sol me hacen sentir una Madrid rediviva, tomando prestado el concepto que Eugenio Castro nos regaló antes de partir prematuramente hace ya más de dos años. Al convertirme otra vez, 15 años después, en habitante temporal de esta plaza, no puedo evitar la sensación de que en cualquier momento me lo voy a encontrar paseando bajo las lonas. Su fantasma, y el de muchos otros, acompañan al tenue renacer en mí del deseo de una ciudad que, en los seis años que han pasado desde que la abandoné, se me ha ido volviendo cada vez más antipática, más gris, más ajena. Soy uno de tantos para los que la acampada del 2011 constituye un hito biográfico y político. Quizá por eso estos días se me presentan a contraluz del recuerdo de aquella primavera, velados por los fantasmas.
Estas líneas no pretenden ser más que apreciaciones subjetivas. Reflexiones que renuncian, sobre todo, a enjuiciar el hoy bajo la premisa de que tuviera que dar cuentas del ayer. Notas para compartir con todas las personas que, como yo, caminan quizá por la plaza de la mano de sus fantasmas particulares. Consideraciones, por otro lado, gozosamente condenadas a la obsolescencia. Lo emocionante hoy es la certeza de que nadie puede saber qué pasará en los días, incluso las horas, por venir.
La de estos días está siendo, sobre todo, una acampada por la vivienda. Una expresión colectiva de rabia e indignación ante la miseria vital a la que la mercantilización extrema de este bien básico nos está arrastrando. Como señala Nuria Alabao, una movilización que a diferencia del 2011, gira en torno a un problema claro y bien definido.
Ahora bien, la claridad del problema no se traslada a los objetivos. Si los primeros días de ocupación de la plaza se podía legítimamente entender aquello como la acampada del Sindicato de Inquilinas, lo cierto es que a 1 de octubre se ha producido un rebase evidente. También particular. No una erupción caótica, diversa y confusa, como la que Nuria Alabao identificaba en el 15M. Sino casi lo contrario. El núcleo duro de la acampada lo constituye una miríada de colectivos muy organizados, con objetivos propios y hojas de ruta bien definidas. El Sindicato de Inquilinas y otros sindicatos de vivienda, por supuesto. Pero también colectivos sindicales, estudiantiles, comunistas, libertarios, LGTBQ+, etc.
Pasearse por la acampada, con sus calles y pequeñísimas plazas improvisadas, es como reconstruir el mapa de todos los grupos que en los últimos años han ido dando forma a estructuras estables de militancia, entrenando un músculo humano e ideológico que puede ahora catalizarse en un potencial nuevo ciclo de protesta. Algo impensable en 2011, cuando la mayor parte de los que formábamos parte de alguna organización entendíamos que allí éramos, para bien o para mal, individuos dialogando con otros en un proceso de indagación en el que el único nosotros posible era la misma plaza.
La acampada de 2026 no solo es feminista, sino transfeminista y diversa. Una diversidad, eso sí, menos lograda cuando se trata de otros colectivos.
Ese nosotros del 15M, eso sí, era radicalmente menos diverso que el del colectivo que ahora habita la Puerta del Sol. Si la composición sociológica dominante vuelve a ser la de jóvenes de clase media precarizados, 15 años de feminismo han hecho patente una ampliación radical de la presencia y visibilidad de todo tipo de disidencias. Lejos queda el recuerdo, vergonzoso para muchos de nosotros, de esa pancarta feminista arrancada de una Puerta del Sol que no parecía poder aceptar que la revolución, para ser tal, tenía que ser feminista. La acampada de 2026 no solo es feminista, sino transfeminista y diversa. Una diversidad, eso sí, menos lograda cuando se trata de otros colectivos.
Resulta paradójico que, como en 2011, los sectores sociales más duramente atacados por la crisis de la vivienda vuelvan a estar claramente infrarrepresentados en presencia, pero también en centralidad de sus reivindicaciones explícitas. Si todos somos Maricarmen en la Puerta del Sol, parece menos claro que todas seamos también los chavales que tienen que sufrir las palizas de los militares en las calles de Ceuta o vivir con el miedo permanente a ser identificados por un policía y encarcelados por el falso delito de “ser ilegal”.
Más allá de estas impresiones superficiales, derivadas del contacto con la epidermis de la acampada, quizá lo que más me ha interesado es tratar de auscultar su latido, la configuración particular que la vida toma en su seno. El corazón del 15M nunca latió al unísono. Para algunos era un lugar de paseo exótico. Para otros excusa para hacerse ver en las nacientes redes sociales como participante y testigo. Saciar el deseo de formar parte encarnada de aquello que habían vivido como imagen. Mi latido, compartido con muchas otras personas, era otro: bucear en un espacio de vida que se construía de forma horizontal y amoldarme a sus pulsaciones.
Vivir en Sol en aquella primavera era vivir sin tiempos muertos en un sentido totalmente opuesto al que hoy nos ha impuesto el capitalismo digital. No pasaba un instante sin que se multiplicaran las invitaciones a incorporarse a debates y asambleas, a construir e imaginar las infraestructuras de la plaza, a cultivar un huerto en la poca tierra de la fuente o a imaginar colectivamente un futuro vivible.
La escucha atenta, la apertura a la diferencia, la elaboración colectiva y el ejercicio directo de la democracia hizo que los que llegaban allí siendo un yo se marcharan, casi sin excepción, formando parte de ese nosotros amplio de la que algunos propusieron bautizar como la Comuna de Madrid. Esa es, para mi, la esencia del famoso espíritu del 15M que posteriormente Podemos canibalizaría para convertirlo en su particular máquina de guerra electoral.
Esta Comuna de Madrid estaba construida, incluso en su propia disposición, como espacio de apertura, de encuentro, de vida. Un lugar en el que estar allí y en ese momento junto a los demás. Pensar y construir otro mundo posible y abolir, en la mejor tradición libertaria, la distancia que separaba los medios y los fines.
Es indudable, como recoge Amador Fernández Savater en sus notas más recientes, que esta plaza de 2026 retiene algo de “lugar en el mundo”, de espacio en el que el encuentro con el otro, el diálogo genuino y la escucha profunda se hace posible. Una dinámica que parece ir ampliándose cada vez más. El jueves por la tarde era posible encontrar como en 2011 corrillos de gente escuchando y compartiendo sus luchas y sus angustias.
Una lucha silenciosa por tener las historias más vistas, ser entrevistados más veces en la radio o la televisión o hacer que la propuesta propia resuene más en las cajas de eco de las redes sociales.
No obstante, mi sensación es que el peso de la imagen frente a la vida es en esa ocasión mayor, en sintonía con la colonización de la vida cotidiana por smartphones y redes sociales. Lo que en estos días he visto es que para una gran parte de los habitantes de la Puerta del Sol ésta es un gran escenario. Un lugar que se vive sobre todo como imagen en potencia destinada a reverberar en los espejos de los espacios mediáticos digitales. Un fondo en el que el yo, o un nosotros restringido, trata de brillar con aún más fuerza y eclipsar a los otros.
Pienso, por supuesto, en los innumerables posts, directos, podcasts o fotografías que todo tipo de personalidades han publicado en y desde la acampada. Pero también en la forma en que todos esos colectivos que forman la trama de la acampada vienen compitiendo por hegemonizar su mensaje y hacer avanzar sus objetivos. Una lucha silenciosa por tener las historias más vistas, ser entrevistados más veces en la radio o la televisión o hacer que la propuesta propia resuene más en las cajas de eco de las redes sociales.
La misma construcción de la acampada inscribe espacialmente esa mirada que se dirige sobre todo hacia fuera de sí misma. La acumulación de tiendas y de pequeños senderos sinuosos forma un cuerpo sólido en el que casi todo es piel, superficie en la que proyectarse hacia los transeúntes y, sobre todo, hacia las cámaras. En algunos momentos quizá más escaparate que plaza habitada. Más medio para un objetivo específico (desde hacer más ambicioso el decreto del gobierno progresista a la revolución social), que fin en sí mismo.
Muchas de las organizaciones sin las que hubiera sido imposible que la mecha prendiera en 2026, sobre todo el Sindicato de Inquilinas, surgen del deseo de no repetir los callejones sin salida del 2011
Quizá es esto lo que los tiempos reclamen. En un momento de desánimo y derechización de la sociedad y el debate estamos, probablemente, condenados a organizarnos, encuadrarnos y dar la batalla. De hecho, muchas de las organizaciones sin las que hubiera sido imposible que la mecha prendiera en este inicio de otoño de 2026, sobre todo el Sindicato de Inquilinas, surgen del deseo de no repetir los callejones sin salida del 2011: un maximalismo sin objetivos ni estrategia o un nosotros cautivo por su dependencia de los partidos a la hora de realizar una traducción política de la indignación.
No se puede, creo yo, considerar más que positivo el hecho de que seamos capaces colectivamente de dar un golpe sobre la mesa y hacer que la sociedad abandone una crueldad que se viene haciendo cotidiana para abrazar el amor y la empatía, la dignidad y alegría. No obstante, en mi paseo entre fantasmas intuyo que, al menos con la forma que está tomando hasta ahora, esta acampada podría llegar a ser más una península de reinos de taifas en conflicto que una nueva Comuna de Madrid. Y, por tanto, que su capacidad para construir un nosotros a partir de los yoes que siguen congregándose a centenares podría quedar limitada por los rigores de la guerra por la hegemonía.
Quién sabe. El jueves, cuando me despedía al menos por unos días de la plaza y caminaba para volver al tren, un joven me daba un pequeño panfleto sin reivindicar, sin filiación. En el mismo una llamada: organicemos desde el aquí y el ahora de la acampada un espacio de encuentro por barrios para comenzar a poner en marcha una nueva Huelga General. Una invitación a construir, quizá, una nueva forma de Comuna.
Todo está por ver, y por hacer. Ojalá que este otoño suponga un punto de inflexión y que la rabia y el amor que han desatado Maricarmen y el Sindicato de Inquilinas se extienda hasta el último rincón para permitirnos defender y amar un mundo en el que la vida se encuentra cercada, y la supervivencia depende de que seamos capaces de frenar la barbarie del crecimiento capitalista. Los fantasmas están de nuestro lado.
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