“Los políticos no nos mandan”: un día en la acampada contra el rentismo en Sevilla

Bajo la sombra de unas Setas acostumbradas al turismo, esta crónica se mueve entre tiendas de campaña, vecinos, discusiones y consignas, para acompañar durante una jornada a quienes exigen algo tan sencillo como inalcanzable en la España de hoy: una vivienda.
Concentraciones por la vivienda Andalucía 28 de septiembre - 14
Dos personas en sus tiendas de campaña en la acampada por la vivienda de Sevilla. Rafa del Barrio
2 oct 2026 11:00

Desde las alturas de las Setas de Sevilla, un chico rubio de gafas negras maniobra su exagerado lente fotográfico para capturar no La Giralda sino la llamativa postal que la mañana ofrece bajo sus pies: decenas de tiendas de campaña emplazadas en pleno corazón de la ciudad donde destacan carteles como “La vivienda nos cuesta la vida” o “To esto antes era barrio”. 

Algunos vecinos observan la escena bajo cejas fruncidas. “Esto es absurdo”, le dice en voz baja una señora de pelo canoso a su amiga. “Si yo fuera casera, jamás haría un contrato indefinido”. En la misma Plaza de la Encarnación, por la acera de enfrente, un hombre en bicicleta con gorra del Betis pedalea encarnando entre gritos el espíritu contrario: “Eso es, chavales, que los derechos humanos se defienden”. 

“Sin una vivienda digna no somos trabajadoras, estudiantes, madres. No podemos ser seres sociales. Simplemente, no somos”, dice a viva voz Andrea Andújar, socióloga de la Universidad de Sevilla.

Sentados sobre un círculo de cemento amurallado de tiendas, los protagonistas se encuentran este miércoles escuchando una charla del Sindicato de Inquilinas e Inquilinos de Sevilla, titulada “El problema de la vivienda”. La curiosidad incita a varios transeúntes a detenerse y engrosar el círculo. Al ojo, unas 70 personas, de todo tipo: una señora mayor tomando notas en su libreta, una chica llenando de agua caliente su mate, dos italianos acariciándose las manos junto a un joven con la camiseta del Club Deportivo Palestino. 

Sin vivienda, no somos

Mientras los asistentes combaten “la caló” de las 12:00 con incesantes abanicos, la tesis general del conversatorio va cobrando forma: la vivienda debe ser un bien social, no una mercancía. 

“Sin una vivienda digna no somos trabajadoras, estudiantes, madres. No podemos ser seres sociales. Simplemente, no somos”, dice a viva voz Andrea Andújar, socióloga de la Universidad de Sevilla, cuyo discurso es acompañado por la desafinada flauta de un hombre en situación de calle que cada tanto increpa a la gente que pasa caminando: “¿Qué miras, hijito de papá?”  

Todo comenzó con la convocatoria que el Sindicato de Inquilinas e Inquilinos realizó para el lunes por la tarde. La Plaza de la Encarnación se repletó. Enseguida se improvisó una asamblea, enseguida se alzó la acampada. Algunos vecinos donaron agua y comida y los campistas dividieron turnos para hacer guardias durante la noche. Se contabilizaron unas 26 tiendas; al mediodía de este miércoles, son más de 50. 

Si bien una fracción de la acampada está compuesta por gente de mediana edad cuyos huesos acusan recibo al despertarse, la mayor parte está representada por jóvenes. Adriana y Clara, sevillanas de 24 y 21 años, respectivamente, son compañeras de universidad y ahora compañeras de tienda. La primera, que comparte un piso sin amueblar junto a otras cuatro amigas, gana 600€ en un trabajo de media jornada y paga 200€ de alquiler, sin contar agua ni electricidad; Clara vive con sus padres y –por la experiencia de sus amigos– calcula que tardará varios años en dejarlos. 

La charla en la que ahora ambas participan se desarrolla con tranquilidad, salvo por un conductor que, deteniéndose muy cerca de la multitud, por calle Imagen, hace rugir con estruendo el motor de su coche, ahogando por unos segundos la voz de la socióloga. “Qué cabrón que eres, hijoeputa”, reza uno de los presentes. Pero la concentración del grupo se reanuda con la misma velocidad con que se esfuma el piloto, incluyendo a dos perritos de orejas erguidas que miran atentamente a la socióloga: un chihuahua de arnés floreado y uno mestizo de pelaje gris y despeluchado. 

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Acampada por la vivienda de Sevilla Rafa del Barrio

Más allá del conversatorio, sin embargo, el inicio de calle Puente y Pellón se vuelve escenario de la disputa: una mujer morena se acerca a un puesto de “Clases gratuitas de La Biblia” –donde, sobre un fondo de nubes resplandecientes, se lee: “¿Se puede alcanzar la paz mundial?”– para encarar a una mujer cuyo elegante vestido burdeos le cae más abajo de las rodillas: 

–La manifestación no es porque la gente quiera casas gratis. Te escuché. 

–Yo no he dicho eso –contesta la educadora cristiana–. Se lo está inventando usted. –¿Segura? –pregunta la mujer morena, desafiante. 

–Se lo repito: yo no he dicho eso. 

La mujer morena se da media vuelta y, con enigmática ironía, lanza al aire:  –Con que ahora soy una maldición de Dios. 

De vuelta en el punto cero, el fin del coloquio da inicio al momento de la prensa. Representantes de medios locales y nacionales caminan inquietos buscando una declaración jugosa. Adriana y Clara, de pronto, se ven obligadas a cerrar su táper con comida cuando una periodista de tacones brillantes acompañada de un camarógrafo irrumpen en su tienda. 

Otros reporteros optan por acercarse a Ibán Díaz, portavoz del Sindicato de Inquilinas e Inquilinos. Consultado por las principales causas del conflicto de la vivienda en Andalucía,

apunta, sin dudar, al desborde de pisos turísticos: “Si en Cataluña están hiperregulados, aquí no hay nada. Aquí todo es ‘Ancha es Castilla’. Hay una ausencia total de regulación y de inspección”. A eso de las 13:00, un muchacho de pelo largo, inmerso en El sueño de los pobres de Benjamín Forcano, es interrumpido, al igual que los chicos que a su lado juegan cartas, por el momento más tenso de la mañana. Un hombre calvo, con la voz temblorosa por la furia, se asoma a la acampada con un dedo enjuiciador: “Son to unos mentirosos. Digan la verdad. Mentirosos”.

El chihuahua y el mestizo se ponen a ladrar. El hombre sigue gritando y luego dirige su cara enrojecida al equipo de laSexta: “No me graben. Mentirosos”. A los pocos segundos, el muchacho de pelo largo vuelve al libro, los chicos a las cartas, y el chihuahua y el mestizo se pasean exigiendo mimos. El calvo mira a todos pero nadie lo mira a él. Una chica argentina llamada Lucía se ríe del incidente. Risas que escasearon, asegura, durante las tortuosas semanas que tardó en encontrar piso en Sevilla. Por eso está acá. Celebra que sea en las Setas: “Me gusta la reapropiación de este espacio público, que es por ahí el más ‘cheto’, como decimos en Argentina. El más caro. O donde más vienen los turistas. Míralos ahí, con sus carteritas y sus bolsas de El Corte Inglés, tomándose fotos en el ‘I love Sevilla’. Y acá tenés al pueblo diciéndote: ‘Che, nosotros nacimos acá o vinimos acá a trabajar, y no podemos pagar el alquiler’. Es muy potente”. 

A las 14:00, con el cartel publicitario de calle Imagen marcando 28° de temperatura, cuatro chicos se marchan a la universidad con la promesa de volver por la tarde, mientras un cartel de cartón, colgado sobre una tienda, se endurece bajo un sol cenital: “Se vende. 4 m². 250.000€”. 

La plaza es nuestra

Aunque en la cúspide de las Setas ya no se aprecia al chico rubio, su lente hiperbólico parece haber sido heredado por una chica asiática que, recortada sobre el dorado del atardecer, dispara hacia los cientos de personas que se han congregado en la Plaza de la Encarnación para manifestarse –como en tantos puntos de España– contra el rentismo habitacional. 

A eso de las 20:30, con micrófono en mano y circundado por unas 70 tiendas, un representante del Sindicato de Inquilinas e Inquilinos da inicio a la asamblea: “¡La Plaza es nuestra!”, grita, desatando un aplauso espanta-buitres prolongado por varios segundos. 

La algarabía, sin embargo, cede rápidamente al silencio cuando, acto seguido, expone la propuesta del Sindicato: acabar, el viernes, con la acampada, para iniciar, por las calles de la ciudad, “la marcha más grande que Sevilla haya visto”.

Una mujer pide la palabra: “Disolver el campamento sería un error”, sentencia, y su clamor es respaldado y retransmitido en tono de arenga por las cerca de 25 personas que le suceden en el centro de la escena con el micrófono elevado. Comienzan, así, a saltar entre las bocas consignas como “Los políticos no nos mandan”, “Huelga general” y “Los decretos del gobierno son una mierda”. 

Pocos metros más arriba de la euforia, en la tercera planta del “abba Sevilla Hotel”, un hombre se asoma por las límpidas ventanas de su habitación, observa unos segundos, luego cierra las cortinas. Abajo, en los restaurantes donde impera el inglés, una lengua española despunta para quejarse por los 3€ de una caña de cerveza. “Ahora todos quieren ser Maricarmen”, dice una señora mayor que pasea de la mano con su marido, minutos después de que, desde el corazón de la acampada, emergiera la frase más aplaudida: “No nos moveremos de la Plaza hasta que la vivienda sea un derecho”. 

La luna se esconde entre nubes gordas mientras la colosal estructura de madera se ilumina alternando entre azules y rojos artificiales. En la pequeña taquilla situada al pie de las escaleras, cerrada ya a la espera de los turistas de mañana, parpadea un cartel digital: “Setas de Sevilla. Espacio vivo”.


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