Mujeres sin hogar, las olvidadas del sistema

Según los últimos datos, las mujeres representan ya el 42% de las personas sin hogar en Catalunya —más del doble que hace una década—, y sin embargo, siguen siendo las grandes invisibles del sinhogarismo.
Pobreza y consumo
Mujer sin hogar en la calle. Álvaro Minguito
9 may 2026 06:00

Luana, una mujer trans y gitana de 39 años, acude al centro abierto de la Fundació Arrels mínimo una vez a la semana, los martes por la mañana. Lo hace durante la franja horaria que la fundación describe como ‘no mixta’, durante la cual los hombres no pueden acceder al centro. Luana acude, ante todo, para darse una ducha.  

“Es el único momento que tengo para mí sola. Salgo de la ducha, puedo ir sin nada, me peino tranquilamente… Me gusta mucho venir a ducharme aquí”, dice.

Una ducha en estas condiciones —algo que para muchas personas es una rutina diaria— es un lujo del que Luana, que vive en una barraca en Montjuïc (Barcelona), puede disfrutar hace apenas tres años. 

Hasta 2023, relata Fátima Sánchez, responsable de la franja de mujeres y miembro de la comisión de género de la Fundació Arrels, no había ningún servicio específico para las mujeres usuarias del centro. 

Elena Sala, directora del Área Social en ASSÍS, especializada en sinhogarismo con perspectiva de género y responsable del programa Dones Amb Llar, lo cuenta así: “En 2016, cuando decidimos empezar una línea de trabajo para añadir una perspectiva de género a nuestro trabajo, nos dimos cuenta de que estábamos en medio del desierto. Nadie hablaba de este tema, nadie estaba trabajando con esta mirada, la literatura científica tampoco”. De hecho, las usuarias eran residuales en comparación con el volumen de usuarios hombres. “Las mujeres estaban por debajo de un 10% y no tenían prácticamente vinculación con el centro. Usaban los espacios y se marchaban”, cuenta Sala.

Espacios que deberían ofrecer un alivio acaban, en ausencia de una perspectiva interseccional de género, convirtiéndose en espacios hostiles para las mujeres sin hogar

En este contexto, los servicios no estaban pensados para esa minoría de usuarias. Las duchas, por ejemplo, no estaban en espacios diferenciados. Luana vivió la parte más dura de esa realidad: “Un día, en un centro en Barcelona que ya cerró, tres hombres me encerraron en las duchas del albergue para violarme”. En el trabajo con personas con experiencias como estas, apunta Sala, “es importante diferenciar entre lo que es un espacio seguro según la organización, y lo que es un espacio percibido como seguro por las personas que lo usan. Está claro que, tras este tipo de experiencia vital, es difícil percibir un espacio donde las duchas no están separadas como seguro.”

Este es sólo un ejemplo de cómo estos espacios —que deberían ofrecer un alivio— acaban, en ausencia de una perspectiva interseccional de género, convirtiéndose en espacios hostiles para las mujeres sin hogar. 

En un espacio mayoritariamente ocupado por hombres —y hombres con problemáticas diversas relacionadas con salud mental, consumo y otras—, las mujeres no consiguen ocupar espacio ni sentirse seguras. Luana no duda cuando describe el ambiente en el centro abierto de Arrels en los horarios mixtos, es decir, la mayoría del tiempo: “Hay mucho machismo, mucha homofobia y mucha transfobia. Mucha gente que viene aquí no entiende que yo también tengo derecho a ocupar el espacio, y recibo insultos”.

El cambio en Arrels llegó por iniciativa de algunas trabajadoras del centro que empezaron a dedicar atención a las voces que, como Luana, denunciaban esta sensación de inseguridad en el centro. Se creó dentro de la fundación una comisión de género para intentar vincular a más mujeres usuarias y adaptar los servicios a sus necesidades específicas. 

En un espacio mayoritariamente ocupado por hombres —y hombres con problemáticas diversas relacionadas con salud mental, consumo y otras—, las mujeres no consiguen ocupar espacio ni sentirse seguras

Y es que, aunque en centros abiertos como el que ofrece Arrels sigan siendo minoría, según el informe Estratègies Contra el Sensellarisme, publicado el pasado mes de diciembre por el Departament de Drets Socials i Inclusió de la Generalitat de Catalunya, las mujeres representan un 42% de las personas sin hogar en Catalunya, y un 23% en España (datos de 2022). En 2012, este porcentaje era de un 19% en ambos ámbitos territoriales. 

Estas cifras, sin embargo, invisibilizan una buena parte de las mujeres sin hogar. Los datos proceden de la Encuesta sobre Sinhogarismo del INE, basada únicamente en centros y servicios para personas sin hogar en ciudades de más de 20.000 habitantes. Estos datos, pues, no incluyen a quienes no acuden a estos centros, en los que las mujeres son residuales.

En cuanto al perfil de estas mujeres, tanto Sala como Sánchez coinciden en que existen dos denominadores comunes. El primero, el impacto traumático de múltiples formas de violencia perpetradas por agentes distintos en todo el ciclo vital. Muy a menudo violencia sexual, pero también de otros tipos. El segundo, la interseccionalidad. 

Es exactamente el caso de Luana, una mujer trans nacida en una comunidad gitana cerca de Lisboa. “Yo nací en la calle, en las barracas de mi comunidad”. Tuvo que huir de su comunidad porque no la aceptaban como mujer trans: “Mi madre me llevaba a psiquiátricos. Estuve en un colegio para niños con enfermedades mentales. Así que, desde el principio, mi vida ha sido esto: luchar contra todo el sistema, toda la gente, para demostrar que yo no estoy loca”. 

Los datos de sinhogarismo se basan en centros y servicios para personas sin hogar. Estos datos, pues, no incluyen a quienes no acuden a estos centros, en los que las mujeres son residuales

Luana se refiere también a su lucha frente a las situaciones que se ha ido encontrando en la calle. “Una época yo dormía con mi ex pareja para estar más segura, pero aún así entró un hombre en la tienda de campaña. Otra vez, me violaron entre varios mientras dormía y no me pude defender, porque tengo ansiedad crónica y había tomado pastillas para dormir”. Y esta violencia que existe en la calle, por extensión, Luana también se la ha encontrado en los centros abiertos de organizaciones como Arrels y Assís. 

Retrato de Luana.
Retrato de Luana. Juan Lemus Mercado

Para atender a estos perfiles, es necesario trabajar con una mirada muy especializada, remarca Sala. “No es solo crear un espacio físico diferenciado para las duchas, sino también tener en cuenta que el significado de ese espacio de higiene es distinto en el caso de las mujeres que estamos atendiendo. Por lo tanto, también es necesario cambiar la metodología de la atención que ofrecemos, desde el tiempo que se le dedica hasta el material que tenemos”. Cosas que pueden parecer banales como tener disponible tinte de pelo o ropa grande y de mujer, son esenciales.

Una vez creados estos espacios, el impacto es claro. “En el primer año de implementación pasaron tres cosas”, relata Sala. “La primera es que empezaron a venir más mujeres, aumentó casi un 50% el número de mujeres que entraban al centro. Y no solo venían más mujeres, sino que venían más veces. La adherencia aumentó casi un 40%.”

Como destaca Sánchez, “No es habitual ver mujeres haciendo nido y durmiendo juntas, no es fácil construir sororidad en la calle. También es raro ver a dos mujeres sentadas al lado en el centro”. Luana misma lo describe: “Cada una duerme por su lado, cada una sabe donde esconderse para que no la encuentren durante la noche. Somos amigas, nos saludamos, pero no dormimos juntas”. 

 “En cambio, cuando están en el espacio no mixto”, continúa Sánchez, “vemos que se crea más calidad y profundidad en los vínculos tanto con las compañeras como con el personal del centro. Y entonces sí que se sienten cómodas para hablar sin sentirse expuestas, exponer sus problemáticas. Este es el impacto más importante que hemos observado: la posibilidad de hablar”. 

“En este nuevo contexto”, relata Sala, “surge la posibilidad de trabajar necesidades complejas más allá de las necesidades básicas, sobre todo la dimensión psicoemocional”. Uno de los aprendizajes principales en los diez años de experiencia que tiene ASSÍS aplicando esta perspectiva de género es, precisamente, que es necesario adaptarse a las realidades psicoemocionales de las usuarias. “Muchas de las mujeres que acompañamos no están preparadas para hablar de sus experiencias traumáticas de manera directa. Por lo tanto, ¿qué es acompañamiento psicoemocional más allá de terapia? Nosotras procuramos generar espacios comunitarios no mixtos que ellas perciban como seguros y donde puedan hablar y compartir. Pero ahí también surge la pregunta: ¿qué significa comunitario para ellas?”.

ASSÍS, a lo largo de estos diez años, se ha ido convirtiendo en un referente a la hora de aplicar una perspectiva de género interseccional en el sector del acompañamiento al sinhogarismo. Entre diferentes iniciativas que incluyen una casa de acogida para mujeres jóvenes sin hogar y otra para mujeres en situaciones de sinhogarismo oculto, destaca el hogar Rosario Endrinal, que cumplió dos años el pasado mes de marzo. 

Se trata de un proyecto impulsado de la mano del Ayuntamiento de Barcelona y dirigido a mujeres en situaciones de sinhogarismo cronificado que se basa en la metodología del Housing First. Tal como la define el informe Estratègies Contra el Sensellarisme, esta metodología de lucha contra el sinhogarismo —que funciona con éxito según la evidencia disponible—, prioriza ofrecer una vivienda estable y permanente, sin requisitos previos como la abstinencia o la participación en programas de rehabilitación. Parte de la base de que la vivienda es un derecho fundamental y que tener un hogar estable es una necesidad previa para empezar una recuperación y una inclusión social. Una vez la persona tiene un lugar donde vivir, se le ofrecen servicios sociales, sanitarios y de apoyo adaptados a sus necesidades.

Rosario Endrinal, además, destaca por ser un proyecto no mixto y comunitario, es decir, que no se trata de alojar a personas en pisos dispersos, sino de alojarlas a todas en un mismo edificio, trabajando a su vez una dimensión comunitaria de apoyo entre vecinas. En estos dos años, el proyecto ha alojado a diez mujeres, y la asamblea de vecinas cuenta con una participación media de 70%. A pesar del éxito de esta prueba piloto que es Rosario Endrinal, el informe Estratègies Contra el Sensellarisme indica un desafío a la hora de replicarlo: “Las entidades sociales no pueden captar, a un precio asumible, las viviendas necesarias para estos programas”. 

Y es que, a nivel institucional, falta mucho trabajo por hacer. En Catalunya, en 2022 se aprobó el Marc d’Acció per l’Abordatge del Sensellarisme a Catalunya, cuya implementación terminó en 2025. Se trata de un documento estratégico que pretendía guiar el proceso de construcción de una política supramunicipal para abordar el sinhogarismo, y que ponía el foco en políticas que extendieran la metodología del Housing First. “Está claro que no se puede abordar el sinhogarismo desde una perspectiva municipal, así que necesitamos iniciativas autonómicas”, valora Sala, “ahora bien, una estrategia de este tipo solo tiene sentido si va acompañada de recursos, y en este caso eso no se ha hecho a todos los niveles”. 

“Necesitamos compartir una sensibilidad común sobre lo que implica la interseccionalidad porque, si no, reproducimos esquemas machistas, racistas y lgtbqifóbicas”

Además de los recursos, reivindica Sala, “es importante que desarrollemos políticas públicas interdepartamentales e intersectoriales para poder dar una respuesta a la interseccionalidad que atraviesa a quién atendemos. Los distintos servicios ven la problemática como pobreza, como migración, como violencia sexual, como salud física y mental, según les conviene. Lo que necesitamos son políticas que puedan integrar todos los servicios y sistemas que ya existen para atender estas realidades interseccionales”. 

Como ejemplo de la falta de integración en los servicios públicos, Sala recuerda un caso en que una persona atendida en ASSÍS que sufría problemas de salud mental acudió a un Centro de Salud Mental de Adultos (CESMA), con un brote. El personal del centro llamó a ASSÍS: “Tenemos una de las vuestras que está brotada aquí en la recepción, venid a buscarla”. Pero, se pregunta Sala, “si está brotada y está en el CESMA, es que hemos hecho bien nuestro trabajo, ¿no? Nosotros atendemos a personas sin hogar, pero los especialistas en salud mental son ellos”. De hecho, el estigma y exclusión que suelen vivir las mujeres cuando acuden a servicios públicos hace que muchas veces sientan desconfianza y rechacen servicios.

Luana, de hecho, también da testimonio de este tipo de violencia institucional en los servicios públicos a los que acude, como el centro de salud o servicios sociales. “A veces he sentido que algún médico siente asco al tocarme. Entonces yo ya he aprendido que se lo tengo que decir por delante. Les digo que yo soy una persona que vive en la calle y que quiero una médica que acepte ser mi médica. Los pongo en su sitio antes de que me vengan con la tontería”. 

Sánchez, por su lado, traslada que “desde la comisión de género de Arrels reivindicamos que formaciones obligatorias en género y cuidados para las profesionales y voluntarias que trabajan en este sector. Necesitamos compartir una sensibilidad común sobre lo que implica la interseccionalidad porque, si no, reproducimos esquemas machistas, racistas y lgtbqifóbicas”. 

Luana, por su lado, a las administraciones les pide solo “que dejen de molestar: el Ayuntamiento dice que va a poner en marcha sistemas para ayudarnos, pero luego manda a la policía”

Como destaca Estratègies Contra el Sensellarisme, en las últimas dos décadas se han multiplicado los servicios ofrecidos por entidades del tercer sector para atender a personas sin hogar, pero “la falta de enfoques preventivos y estructurales hace que, paradójicamente, la ampliación de los recursos y las mejoras metodológicas en la intervención social se hayan dado paralelamente a un aumento del número de personas sin hogar”. Haría falta, destaca el estudio, abordar las causas estructurales del sinhogarismo “mediante tres mecanismos principales: aumentar la provisión de vivienda asequible, mejorar los ingresos de las familias vulnerables (vía mercado laboral y/o vía protección social) y mejorar las protecciones legales al alquiler.”

Luana, por su lado, a las administraciones les pide solo “que dejen de molestar: el Ayuntamiento dice que va a poner en marcha sistemas para ayudarnos, pero luego manda a la policía a que nos desaloje para no molestar a los guiris, y nos obligan a marcharnos dejando todas nuestras cosas. Eso en mi país se llama robo, aquí es ley”. 

En este contexto hostil, ella se queda con sus paseos matutinos con sus perros, con amistades y vecinas, “me traen agua, me cargan las baterías para que tenga luz en la barraca”, y con su vocación como artista cantando y recitando en fiestas locales del barrio. “Mi luz al final del túnel es que la gente me vea, que vea que soy una persona como cualquiera, que me reconozcan como la mujer trans que soy, que me aplaudan, y que me recuerden”.

Reportaje en colaboración con Yemayá Revista: Proyecto periodístico centrado en narrar los procesos migratorios y las vulneraciones de derechos humanos bajo una perspectiva de género interseccional.
Yemayá Revista
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