Opinión
La lucha de las mujeres en la huelga de Gasteiz de 1976

La historia del ciclo de huelgas ha sido narrada a través de las vivencia de los hombres. Sin embargo, trabajadoras y amas de casa organizaron asambleas y participaron en la lucha de la calle, poniendo sobre la mesa reivindicaciones específicas por encima del machismo de la época.
Areitio bolsas vacias
Mujeres marchan en manifestación de bolsas vacias
5 mar 2026 06:00

“De todo este proceso lo único que me ha quedado hasta hoy es rabia. Ya no he vuelto a tener miedo”, afirmaba Maite Elizondo en la emisora Hala Bedi. El proceso de lucha desarrollado en Gasteiz a comienzos de 1976 supuso una toma de conciencia colectiva que transformó por completo una ciudad que, hasta entonces, era de “curas y militares”.

La transformación de una ciudad

La industrialización llegó a Gasteiz a mediados del siglo XX y propició la implantación de numerosas empresas, transformando por completo la ciudad. En apenas diez años la aportación de Araba al valor añadido industrial se duplicaría.

En algunas empresas, la plantilla estaba compuesta mayoritariamente por mujeres: Areitio S.A., Cincor o Heraclio Fournier, entre otras serían ejemplo en este sentido (3 de las 14 empresas industriales con mayor numero de productores de toda la provincia). Esta situación generó una fuerte demanda de mano de obra que la población local no podía  llegar a cubrir, lo cual impulsó la llegada de personas procedentes de distintos lugares del Estado.

La crisis económica hizo que la década de los setenta estuviera marcada por la carestía de la vida. La inflación superaba los salarios familiares y la situación se volvió insostenible.

A diferencia de lo ocurrido en Bizkaia, este flujo migratorio no alteró de forma significativa la proporción entre mujeres y hombres: en 1975, la mitad de la población seguía siendo femenina. Muchas mujeres llegaban desde pequeños pueblos alaveses, donde el sistema de heredero único las empujaba a buscar su propio sustento; otras procedían de regiones como Extremadura, Castilla y León o Andalucía.

La crisis económica hizo que la década de los setenta estuviera marcada por la carestía de la vida. La inflación superaba los salarios familiares y la situación se volvió insostenible. A ello se sumaba la escasez de servicios públicos (colegios, centros de salud y equipamientos básicos) en los barrios obreros, que no alcanzaban a cubrir las necesidades de una población en rápido crecimiento. Un ejemplo revelador lo recogía la prensa el 22 de enero de 1976: un pediatra tuvo que atender a cincuenta niños en una sola mañana.

En paralelo, persistía una concepción profundamente machista del papel de la mujer. De acuerdo con los postulados de la Sección Femenina, su lugar estaba en el hogar, dedicada al trabajo doméstico y a la educación de los hijos.

Así, pese a la dureza de la situación económica y a la insuficiencia de servicios públicos, y aunque en términos generales se toleraba el empleo femenino, lo habitual era que las mujeres abandonaran el trabajo remunerado al casarse y tener descendencia para ocuparse del hogar. Los datos de 1975 reflejan con claridad esta realidad: el 53,3% de las mujeres de entre 14 y 24 años estaba en activo, mientras que entre los 35 y 44 años el porcentaje descendía al 13,8 %.

En Areitio eran los hombres quienes percibían mejores salarios. Por ello, las trabajadoras  llevaron a cabo su primera paralización de la producción el 22 de enero

Este contexto resulta fundamental para comprender el proceso de concienciación que vivieron las mujeres en Gasteiz. Como señala Amparo Lasheras, quienes participaron activamente en la lucha eran «mayoritariamente amas de casa sin ninguna experiencia organizativa ni de lucha (…) y, sin embargo, esas mujeres, ante la lucha de sus compañeros, rompieron los valores inamovibles del franquismo, se organizaron y se unieron a la lucha, y el proceso las fue transformando”. ¿Cómo fue ese proceso?

De la huelga contra los topes salariales a las reivindicaciones de la mujer

A principios de 1976, los trabajadores de las fábricas de Gasteiz comenzaron a organizarse en asambleas, que se convirtieron en la principal herramienta de movilización por su capacidad de generar una conciencia progresiva sobre las problemáticas y necesidades de la clase trabajadora. Entre estas asambleas destacó la de Areitio, empresa dedicada a la producción de cremalleras de metal y nailon. Su primera reivindicación, como era habitual, fue reclamar una subida salarial; calcularon que debía ser del 15 % para compensar la carestía de la vida.

Aunque la plantilla de Areitio estaba compuesta mayoritariamente por mujeres, eran los hombres quienes percibían mejores salarios. Por ello, las trabajadoras solicitaron una subida lineal de 5.000 pesetas. Frente a la negativa de la empresa, llevaron a cabo su primera paralización de la producción el 22 de enero, acompañada de una marcha de pabellón a pabellón conocida como “la culebra”, en la que se unieron cada vez más mujeres. Al día siguiente, detuvieron la producción por completo.

La Sección Económica del Sindicato Provincial del Metal de Álava acordó que las mujeres debían cobrar un 10 % menos que los hombres, sin considerar las funciones o cualificación

La huelga estuvo  en todo momento liderada por las mujeres, quienes participaron de forma mayoritaria y mantuvieron sus demandas pese a la fuerte represión policial conocida por todos: eran golpeadas día tras día. Aun así, no cedieron y desarrollaron una conciencia clara sobre la opresión que sufrían por ser mujeres de clase trabajadora: «La empresa empezó por tener más hombres que mujeres. Ahora somos muchas más las mujeres. Razón: la mano de obra de las mujeres les sale más barata. Esto no deja de ser una explotación. A igual trabajo y rendimiento, el mismo salario. Pero vemos que no es así, sino que las diferencias son de 4.000 a 6.000 pesetas.

Lo cierto es que la brecha salarial no era exclusiva de esta fábrica; era común en otras empresas como Cincor, Hijos de Orbea o Heraclio Fournier, y estaba ligada a la división sexual del trabajo. Es decir, la remuneración dependía de las funciones asignadas y, en general, los puestos mejor pagados eran desempeñados por hombres. Así, el salario se establecía en función de características de la persona trabajadora, entre las que el género y las estructuras ideológicas y culturales que sostenían la desigualdad jugaban un papel central.

Por ejemplo, la Sección Económica del Sindicato Provincial del Metal de Álava acordó que las mujeres debían cobrar un 10 % menos que los hombres, sin considerar las funciones o cualificación de cada trabajadora. Por eso, en Areitio lucharon por una subida lineal, ya que las subidas porcentuales habrían ampliado la brecha salarial.

Durante la huelga, las trabajadoras también tuvieron que enfrentarse al machismo de la dirección y de algunos compañeros.

Además de las reivindicaciones económicas, las trabajadoras plantearon demandas relacionadas con la conciliación laboral y familiar: la creación de una guardería dentro de la empresa, autogestionadas por las trabajadoras; el pago del día en caso de ausencia por enfermedad; y la posibilidad de jornada continua. Estas demandas reflejaban las inquietudes cotidianas de las mujeres más allá del salario. 

Durante la huelga, las trabajadoras también tuvieron que enfrentarse al machismo de la dirección y de algunos compañeros. Entre estos últimos hubo quienes apoyaron la lucha, quienes dejaron de ir a trabajar a regañadientes y quienes colaboraban con la empresa para presionar a las mujeres a volver a sus puestos. Al fin y al cabo, la oferta de la empresa era aceptable para algunos trabajadores, pero no para las mujeres.

La pluralidad de las asambleas de mujeres (amas de casa con el marido en huelga, trabajadoras de fábrica, empleadas en otros sectores e incluso viudas) fortaleció el proceso de politización.

Las asambleas de mujeres

A medida que avanzaban las semanas, se hizo evidente que la lucha debía extenderse más allá del ámbito estrictamente laboral, incorporando a toda la familia y ampliando así el sujeto de lucha. Muchos trabajadores llevaban ya semanas sin cobrar y surgió el temor de que, si las esposas no se concienciaban, podrían intentar frenar la huelga presionando a sus maridos. Por ello, se consideró necesario organizar asambleas de mujeres.

Así comenzaron a celebrarse las asambleas de mujeres de obreros enparo, que eran espacios autónomos que reunían a todas las mujeres y que contaban con mayor capacidad de acción. Se reunían dos veces por semana y resultaron fundamentales para extender el conflicto más allá del ámbito laboral, llegando a otros sectores de la sociedad.

A medida que la lucha avanzaba, las mujeres comprendieron la doble explotación derivada de ser mujeres en una sociedad capitalista y de las duras condiciones de vida y el encarecimiento que afectaban a los barrios obreros

Además, estas asambleas reunían a mujeres de perfiles muy diversos: amas de casa con el marido en huelga, trabajadoras de fábrica, empleadas en otros sectores e incluso viudas. Esta pluralidad fortaleció el proceso de politización y de toma de conciencia dentro de esos espacios.

A medida que la lucha avanzaba, las mujeres comprendieron la doble explotación que sufrían: por un lado, la opresión derivada de ser mujeres en una sociedad capitalista; y, por otro, las duras condiciones de vida y el encarecimiento que afectaban a los barrios obreros por su pertenencia a la clase trabajadora.

Asimismo, concluyeron que su papel no podía ser pasivo: la solidaridad con la huelga no debía limitarse a un apoyo moral, sino que la forma más eficaz de contribuir era participar directamente en la lucha. 

Trabajadoras Aretio
Trabajadoras en linea de producción de costura de la fabrica de Areitio

De este modo, las mujeres asumieron un papel protagonista en las huelgas de 1976 y desempeñaron una función decisiva para su continuidad. Entre las acciones que llevaron a cabo durante esos meses, destacaron tres: la recaudación de dinero, la lucha contra los esquiroles y la organización de marchas.

En momentos de gran dureza, y pese a la existencia de cajas de resistencia en las fábricas, las mujeres recaudaban dinero en calles y barrios mediante huchas, trasladándolo luego a las cajas comunes. Además, crearon redes de solidaridad e idearon formas de hacer rendir al máximo los escasos alimentos que podían permitirse.

Las marchas de la asamblea de mujeres se realizaban  los jueves, coincidiendo con los días de mercado, y tenían un elemento simbólico común: llevaban bolsas vacías. 

En cuanto a la lucha contra los esquiroles, organizaron una respuesta contundente «a los obreros que cobraban como tal, pero que tenían mentalidad de patrón.” Así, los martes y jueves, al salir de las asambleas, varias mujeres se dirigían a las fábricas donde se encontraban los esquiroles para gritarles en señal de protesta.

Respecto a las marchas, se realizaban todos los jueves, coincidiendo con los días de mercado, y tenían un elemento simbólico común: llevaban bolsas vacías. Su objetivo era movilizarse contra el encarecimiento de la vida, la congelación salarial y la falta de negociación, al tiempo que exigían la reincorporación de los trabajadores despedidos, la negociación con la comisión de representantes y la ausencia de represalias. Es decir, querían visibilizar la huelga y sus consecuencias. La marcha del 26 de febrero de 1976 adquirió una dimensión especial: participaron más de 3.000 mujeres.

Al mismo tiempo, más allá de la carestía de la vida, las asambleas de mujeres pusieron sobre la mesa problemas que no se abordaban en las asambleas de fábrica: las deficiencias de los barrios, la situación de la vivienda, las condiciones de guarderías y escuelas, las carencias del sistema de salud, el funcionamiento de la seguridad social o el papel asignado a las mujeres en la sociedad de la época. También reflexionaron sobre la función de la educación en el sistema capitalista y el papel de los medios de comunicación durante la huelga, tomando medidas concretas al respecto.

Esta toma de conciencia permitió que las mujeres se percataran de que, más allá de identificar las problemáticas que les afectaban, eran capaces de proponer soluciones y actuar para transformarlas. El proceso de lucha fue una escuela en toda regla para estas mujeres.

La lucha sigue

Las asambleas de mujeres fueron mucho más que un espacio para reclamar mejoras laborales: fueron un espacio que las mujeres dotaron de contenido político y social propio. Partiendo de la premisa de que «la única y entera responsabilidad recae directamente sobre el patrón y sobre todo un Estado formado por capitalistas», las participantes crearon estructuras organizativas independientes, desde las cuales podían dirigir su propia lucha y tomar decisiones colectivas. Este proceso no solo permitió afrontar las demandas inmediatas, sino que sentó las bases para nuevos avances en la organización de las mujeres trabajadoras.

En 1978 , 400 mujeres recuperaron las  reivindicaciones de guarderías, medidas de conciliación laboral y familiar, igualdad salarial y participación en la sociedad.

En este sentido, las asambleas cumplieron una función estratégica al llevar la huelga más allá del ámbito laboral, extendiéndola a los barrios y a los espacios de la vida cotidiana. Esto transformó la naturaleza de la lucha, que dejó de centrarse únicamente en la mejora salarial o en las condiciones de trabajo, para abordar problemas estructurales de la sociedad en su conjunto. Temas como la atención infantil, la salud, la educación, la vivienda o el control de la información se convirtieron en objetos de debate, demostrando que se produjo un profundo proceso de politización basado en la experiencia material de las mujeres.

Asimismo, las luchas de 1976 sirvieron para reafirmar la capacidad de organización de las mujeres y generar experiencia acumulada de cara a nuevos conflictos. En 1977, las trabajadoras de Areitio y Orbegozo llevaron sus demandas a los tribunales por la brecha salarial. Aunque la demanda en Areitio fue rechazada, en Orbegozo los tribunales la aceptaron y otorgaron un aumento salarial del 10 %.

Un año más tarde, en 1978, 33 trabajadoras fueron despedidas en Confecciones Lomas de Llodio, provocando el cierre de la fábrica durante más de dos meses. Y en 1982, tras el despido de una trabajadora en una fábrica textil de Abetxuko, 40 mujeres se encerraron en la iglesia del barrio como forma de protesta. Estos ejemplos demuestran la continuidad de la lucha.

En 1978, dos años después de la huelga, se celebró por primera vez en Gasteiz el Día Internacional de la Mujer Trabajadora

Además, en 1978, dos años después de la huelga, se celebró por primera vez en Gasteiz el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Unas 400 mujeres llenaron el polideportivo de Adurtza, recuperando y visibilizando las principales reivindicaciones surgidas en 1976: guarderías, medidas de conciliación laboral y familiar, igualdad salarial y participación de las mujeres en la sociedad. Este acto evidenció que las luchas anteriores no habían sido efímeras, sino que habían dejado un legado tangible.

Una de las convocantes de esta conmemoración fue la Asamblea de Mujeres de Araba, creada a finales de 1976 por mujeres que habían participado en las huelgas y que se comprometieron a seguir organizándose de manera permanente. Participaron también grupos de trabajadoras de varias fábricas, como Areitio y Esmaltaciones San Ignacio, así como representantes de amas de casa de los barrios de Arana y Zaramaga. En el acto se destacó que alrededor del 70% de las mujeres se dedicaba únicamente al trabajo doméstico, subrayando la necesidad de integrar a la mujer en el mundo laboral como paso esencial para su participación activa en la sociedad.

De esta manera, lo iniciado en 1976 trascendió las fábricas: las luchas en Gasteiz aceleraron la politización de las mujeres, que no solo reivindicaban derechos salariales, sino que cuestionaban la estructura social y económica que sostenía su opresión, incorporando la dimensión de género como un elemento imprescindible dentro de la lucha de clases.

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