Cubierta de la novela ‘La puta Margarita y otras flores de mi pueblo’, de Cristina Armunia Berges
Cubierta de la novela ‘La puta Margarita y otras flores de mi pueblo’, de Cristina Armunia Berges. Imagen cortesía de Dos Bigotes.

Cristina Armunia Berges explora el amor adolescente entre dos chicas de pueblo en su nueva novela

El Salto publica el primer capítulo de la nueva novela de la periodista Cristina Armunia Berges, ‘La puta Margarita y otras flores de mi pueblo’, una historia de descubrimientos y primeros amores en un entorno poco propicio.
Imagen: cubierta de la novela ‘La puta Margarita y otras flores de mi pueblo’, de Cristina Armunia Berges, cortesía de Dos Bigotes.
15 abr 2026 11:35

La periodista Cristina Armunia Berges, colaboradora de El Salto, acaba de publicar su segunda novela, La puta Margarita y otras flores de mi pueblo. Desde la editorial Dos Bigotes, encargada del lanzamiento, destacan el cambio de registro con respecto a su debut, Un lugar seguro. Si allí trató la precariedad laboral y el desarraigo de su generación, en las páginas de su nueva obra retrata la amistad, los primeros amores, el desarraigo y la violencia subterránea que habitan en los pueblos olvidados que componen el paisaje de la España vaciada.

La acción transcurre a principios del siglo XXI en pueblo del sur de Teruel donde cada verano dos chicas se buscan sin saber todavía cómo nombrar lo que sienten. La primera de ellas, Esther, tiene miedo de su padre, del qué dirán y de convertirse en “la bollera del pueblo”. La segunda, Clara, sueña con estudiar en Madrid, aunque para hacerlo tenga que dejar atrás el río, las aliagas y los maizales.

                                                *  *  *  *  *

Clara mandó a Esther la última historieta sobre Ventura escrita en un correo electrónico y no en su libreta roja. Ramira, su mejor amiga, le había llamado para contarle que Esther se iba paseando por el pueblo con una cornamenta de ciervo metida en una bolsa del Sabeco y que la gente se giraba al verla pasar. Además de por bollera, pensó Clara, ahora todos empezarían a criticar a Esther por estar chiflada. Después de una breve conversación con Ramira, Clara se sentó en el ordenador y escribió para Esther el final de la historia del viejo Ventura, que estaba enamorado de Margarita y vivía en un bajo destartalado con olor a pienso para animales.

Aparte del texto con el cuento, justo al final del email, Clara solo puso un “Te lo debía”, que Esther, todavía con la cornamenta y la bolsa del Sabeco en la mano, recibió con impaciencia.

De: Clara A. M.

Para: Esther M. P.

25 de junio de 2013

Con poco más de nueve años, Ventura ya sabía a qué olía el sudor del trabajo. Uno de sus primeros recuerdos era una imagen de sí mismo limpiando un corral con una escoba de cerdas duras hechas con alambre. El suelo del gallinero era de una arena muy compacta, que solo se reblandecía con las lluvias torrenciales del verano. Con cada movimiento, decenas de estrellas fugaces se dibujaban en la arcilla solidificada al tiempo que Ventura replegaba a escobazos las mierdas de gallina, que difícilmente se iban a convertir en abono sin paja o tierra blanda con la que mezclarse. Barrer el suelo de aquel lugar era como crear constelaciones sobre un lienzo rojizo, que quedaba libre de cagarrutas por solo unas horas. Las gallinas, en muy poco tiempo, volvían a cagarse encima y a remover otros desperdicios como pieles de naranja, plumas o palitos que traían hasta el corral los gorriones y las tórtolas más atrevidas. Limpiar aquella superficie carecía de sentido, pensaba el niño Ventura, muy concentrado en su ejercicio de estrellas fugaces, pero merecía la pena. En ese rato, en el tiempo que barría de arriba abajo el corral ajeno, no tenía que ser nadie más que él, no recibía quejas de un padre gruñón ni sopapos de sus hermanos.

Ventura nunca quiso tener familia. A él, de pequeño, le habían molido a palos.

Un día caluroso de algún verano de entre 1930 y 1940, el padre de Ventura lo montó sobre una mula para que llevase a sus hermanos mayores la comida olvidada en casa. La iban a necesitar para pasar varias semanas con un gran rebaño de ovejas arriba en la montaña.

El niño se escurría de la mula, así que el padre tuvo que atarlo sobre el animal con una gruesa soga para que Ventura no perdiera el equilibrio y no volcase. A la mula no había que darle instrucciones, pero si no sentía una respiración sobre su lomo, no arrancaba a andar.

Cuando ya llevaba más de media hora subido a la bestia, en mitad de un camino estrecho por el que se ascendía hasta coronar una montaña poblada de pinos y abedules, sonó un trueno tremendo y, pocos segundos después, comenzó a granizar. El granizo, como piedras, empezó a impactar sobre el cuerpo del niño Ventura, que no podía bajarse de la mula ni apenas protegerse la cabeza con las manos, pues la soga con la que le había atado su padre estaba tensa y dura. Dos bolas de hielo chocaron contra su cara y una le reventó la nariz. La sangre brotó y descendió por sus mejillas y por la comisura de sus labios. La boca empezó a saberle a hierro.

Jamás había vuelto a sufrir un dolor similar al de las bolas de granizo golpeando su cuerpo hasta que un día, décadas después en su casa destartalada con olor a pienso para animales, sintió que un bulto duro y de color marrón aparecía en medio de su pecho. A Ventura le había nacido una protuberancia entre los dos pectorales durante los días y las noches que había velado a Esther después de su salvaje viaje en el maletero. Unas semanas más tarde, el mismo tipo de abultamiento se le había reproducido en el cráneo, aunque allá arriba, en la quijotera, era más sencillo de ocultar y menos doloroso. No es que tuviera mucho pelo, apenas una cortinilla mal dibujada, pero gracias a las gorras de propaganda y a los sombreros de paja que llevaban en el pueblo todos los labradores, aquel bulto estuvo a buen recaudo bastantes meses sin que nadie se percatara.

Al principio, la protuberancia no parecía más que un habón y, como le picaba, Ventura pensó que se trataba de una picadura de mosquito infectada, nada más. Pero no fue así. El abultamiento siguió creciendo y creciendo y, semanas después, en el bulto semiplano se había desarrollado otra forma inverosímil que crecía con mayor celeridad. ¿Tendría que cortarlo? ¿Con qué herramienta podría realizar tal incisión? Rechazó la idea enseguida e intentó analizar despacio la magnitud de aquel rebrote. Armado con dos cristales de reducidas dimensiones, intentó articular un sistema que, junto a otro espejo de pared de cuerpo entero, le permitiese observar más de cerca la forma y el tamaño del promontorio que le había salido en la meseta que era ahora su cabeza. Estaba en lo cierto. Ya no tenía solo un bulto, sino que de uno original emergía otro más pequeño y afilado que amenazaba con cambiar de dirección. La gorra y los sombreros seguirían funcionando un tiempo, pensó con cierta tranquilidad, y continuó con sus quehaceres diarios en la tienda, en el bajo y en el campo, como si aquel extraño nacimiento no fuese con él ni con su mollera.

Al llegar a casa y quitarse la gorra, Ventura iba directo al lavabo para ver si la cornamenta había seguido aumentando o si, por el contrario, por fin se había estabilizado. Pero aquel atributo duro y áspero no dejó de crecer hasta el día de su muerte.

Sobre la cama, agonizando y berreando, Ventura palpaba las cuernas con las dos manos y tiraba con la firme intención de deshacerse de ellas. Era una labor imposible. El dolor era insoportable, pero no solo el que le producía la cornamenta sobre el cráneo y las sienes, también el dolor en la espalda y en las piernas. Ventura tiró y tiró para lograr por sí mismo el desmogue y, en mitad de aquella maniobra, perdió las fuerzas y el aliento. El ciervo Ventura cayó rendido. Los pitones por fin se habían desprendido, dejando como recuerdo una gran herida en el centro de su cabeza. Los que lo encontraron muerto sobre la cama pensaron que en alguna noche de parranda Ventura se habría dado un golpe contra una mesilla o contra el marco de alguna puerta del Miami.

Te lo debía.

Clara sintió un gran alivio al dar a enviar. El nudo que le apretaba el estómago tras leer y no responder al último email de Esther por fin se había aflojado un poco. Aunque aquel final sobre Ventura se lo había inventado por completo, sabía que aportar una versión del posible desenlace, tanto a Esther como a ella misma, les serviría para calmarse. Se imaginó a Esther recorriendo el pueblo acarreando la pesada cornamenta y deseó caminar con ella una vez más.

Aquel día estaba sola en su piso compartido de Manuel Becerra. No había trajín de gente cocinando ni de nadie poniendo lavadoras. De la ducha no salía agua ni había ruido de secadores, así que por primera vez en mucho tiempo pudo escuchar un rato su propia respiración, sus dedos incidiendo sobre el teclado del portátil y el latido de su corazón.

La nueva vida, la de la universitaria que juega a ser mayor y a hacer la compra, le gustaba, pero la ataba irremediablemente al bullicio de Madrid y de los pisos estudiantiles. El rumor de la casa llena no la dejaba concentrarse, por eso casi nunca escribía ni imaginaba nuevos videoclips. Esa parte de su mente estaba un poco apagada. En Madrid era todo muy diferente a la calma del pueblo, al sonido del viento meciendo los brotes nacientes de los campos sembrados. De pronto, se encontró a sí misma extrañando el modoso fluir del río Turia a su paso por la vega, justo al lado de los huertos, y se preguntó si aquel presente podía competir con el mundo que había dejado atrás. El estruendo del metro entrando en la estación, el rugir de los coches subiendo por el Paseo del Prado, los gritos de los niños en los centros comerciales. No había espacio para el sosiego y la creatividad.

Añoraba el silencio. Echaba de menos los paseos y las manos de Esther. Saber que pronto se mudaría lejos del pueblo y que, de ahora en adelante, apenas si se verían una vez al año, y con suerte, le seguía pareciendo surrealista.

“Me ha encantado. ¿Te acuerdas de los cuernos que nos encontramos en La Muela?”. Esther respondió con un wasap a Clara, quien dijo sin rodeos y con cierto tono de reproche: “Por supuesto que me acuerdo. Yo me sigo acordando de todo”.

Y eso era cierto. Clara grababa todo en su memoria como una máquina registradora. Además, muchas de las cosas que le habían pasado en esta vida habían quedado escritas en sus cuadernos de cuadrícula, espirales y tapas de colores. Se acordó de Mireia, una niña horrible que en el colegio le hizo la vida imposible. El último día de sexto de primaria, a pocos meses de pasar al instituto, Mireia se compinchó con varias compañeras de clase para bombardear con globos de agua a Clara, que era más alta, más fuerte y mejor estudiante. Recordó también a una cría del pueblo, de mandíbula y dientes inmensos, llamándola Claraman por jugar una tarde al fútbol. Rememoró el escupitajo que le echó David, un mocoso que se mudó a Francia porque sus padres se pegaban o le pegaban a él, aquello nunca llegó a saberse.

Clara se acordaba de todo y también de aquella mañana en la que, siendo adolescentes, en uno de sus paseos, se encontraron una cornamenta y pensaron que era un tesoro. La finca por la que caminaban Clara y Esther estaba debajo de un gran campo de almendros. En la montaña de arcillas y calizas, se intercalaban secarrales abandonados, hileras incontables de aliagas entremezcladas con manzanillas y centenares de almendros ralos que apenas daban fruto una vez cada tres o cuatro años.

Los más mayores del lugar, sobre todo en primavera y verano, subían al monte a cazar liebres a disparo limpio y a cortar matojos de manzanilla, que luego hervían en casa y tomaban con anís y varias cucharadas de azúcar. En el suelo árido y seco se podían encontrar cartuchos rojos y verdes bastante recientes y señales de “coto de caza” que, por sí solas, intimidaban ya lo suficiente. Pero lo que daba miedo de verdad era oír a lo lejos disparos perdidos o pensar en la posibilidad de cruzarse con algún enemigo ancestral armado con un rifle. Clara y Esther no tenían grandes adversarios; sin embargo, quizá sí los tuvieran sus familias. A menudo, las dos chicas fantaseaban con la idea de tener que subir a un coche y escapar sin avisar a nadie. Se imaginaban desapareciendo para siempre o yéndose a la costa para tostarse bajo el sol.

—¿Y si nos fuéramos a pasar la noche a la playa? Cogemos el coche de Ventura y estamos en el Puerto de Sagunto en menos de dos horas. Por la mañana el sol nos despertaría y podríamos bañarnos y desayunar — propuso Esther.

—Sería alucinante.

Por uno de los caminos estrechos de la pendiente que conectaba la cima de La Muela con el centro del pueblo, Clara intentaba no resbalar ni pincharse con los matojos. A Esther se le daba mucho mejor lidiar con la naturaleza y le gustaba observar a Clara, sofocada, subiendo y bajando la montaña. Al igual que las dos chicas, por aquel sendero habían desfilado muchos de sus antepasados, y aquel pensamiento solía ensimismar a Clara, que adivinaba a su padre y a su abuelo recorriendo el paraje.

Al principio de los tiempos, Clara solo subía allá arriba si lo hacía junto a su padre. Los dos iban siempre armados con un palo, por si les saltaba un animal o un viejo loco salía del interior de alguna paridera. Pero también porque en medio de la rocha había un perro, un pastor alemán, atado con una cadena que les daba pánico. Padre e hija pensaban que, palo en mano, nada podría sucederles. Sin embargo, si no hubiera sido por la cadena que constreñía el cuello de la bestia solitaria, esta les habría trepado al pecho casi con total seguridad. Lo que no se sabe es si el animal, que pasaba los días ladrando triste y aburrido, les habría mordido o les habría llenado la cara de lametones. Porque estar allí, día tras día, tormenta tras tormenta, y nevada tras nevada, era una condena.

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