Opinión
¿Quién es Péter Magyar, el nuevo primer ministro de Hungría que derrotó a Viktor Orbán?

Tras la victoria electoral del partido TISZA no cabe esperar grandes cambios, sino una continuación de la política económica neoliberal porque Orbán y Magyar representan ideas conservadoras y nacionalistas parecidas.
Peter Magyar Hungria
Péter Magyar, a la derecha, detrás de Orbán, elegido cómo nuevo presidente húngaro por el partido Tisza. Foto: Unión Europea

@tomkucharz

15 abr 2026 05:45

El 12 de abril, Viktor Orbán, primer ministro húngaro de 1998 a 2002 y de 2010 a 2026, perdió rotundamente las elecciones parlamentarias. Su partido nacionalista Fidesz (Unión Cívica Húngara) perdió un 15,7 % y cayó hasta el 38,4 %, el peor resultado desde 2002. Fundado en 1988, se parece bastante al Partido Popular español, especialmente en lo que al clientelismo y la corrupción se refiere. En los últimos 16 años de gobierno, ha colocado a sus colaboradores más fieles hasta en el último rincón de ministerios, administraciones, tribunales y empresas estatales. Por eso, para los partidos populistas de derechas, Hungría fue un laboratorio.

En 2021, Fidesz abandonó el grupo del Partido Popular Europeo tras años de tensiones y su suspensión por la deriva autoritaria del país y el vaciamiento del Estado de derecho. Esa deriva estuvo marcada por recortes en la libertad de prensa, restricciones a la independencia judicial y represión de organizaciones no gubernamentales, campañas institucionales contra la Unión Europea, incluyendo ataques directos a la Comisión, así como su necropolítica contra la inmigración —muy funcional, por otro lado, para endurecer el régimen de fronteras en toda la UE— o sus alianzas con el gobierno de Vladimir Putin.

La victoria de Péter Magyar y el ascenso de su partido TISZA (Respeto y Libertad) marcan un punto de inflexión tras años de hegemonía autoritaria y reaccionaria. Obtuvo el 53 % y con ello 138 escaños en un parlamento de 199. Con esta mayoría de dos tercios, Magyar podría revertir las estructuras iliberales creadas por su predecesor. Pero ¿cabe esperar un cambio fundamental en la política húngara? ¿Qué tipo de proyecto emerge en su lugar?

Hay más preguntas abiertas. ¿Se detendrá la transformación autoritaria de las instituciones? ¿Habrá una redemocratización de las estructuras creadas por Fidesz? El cambio de gobierno podría tener efectos en la política de la Unión Europea, en cuyo Consejo Hungría ha bloqueado o retrasado iniciativas como las sanciones a Rusia o el préstamo de 90.000 millones de euros para el gobierno de Volodímir Zelenski, alegando la negativa de Ucrania a restablecer el oleoducto de la Amistad tras los daños sufridos en un ataque con drones rusos en enero. Pero ¿sería también el fin de las nuevas alianzas de derechas en Europa y con el movimiento Maga de Trump?

Magyar, ¿outsider populista e insider del régimen?

Péter Magyar, nacido el 16 de marzo de 1981 en Budapest, estudió Derecho y procede de una familia conservadora; su madre, Mónika Erőss, ocupó cargos destacados en el sistema judicial como vicepresidenta de la Oficina Nacional de Justicia.

Trabajó como jurista y diplomático en la Oficina del Primer Ministro, en el Ministerio de Asuntos Exteriores y en la Representación Permanente ante la UE en Bruselas, así como en empresas estatales como el Banco de Desarrollo de Hungría y la agencia de préstamos estudiantiles.

El nuevo primer ministro encarna una figura paradójica: exmiembro del aparato de Fidesz, al que se afilió en 2002, insider del régimen y, al mismo tiempo, rostro de su impugnación. De hecho, pertenece a la clase dirigente que ha vaciado la democracia y las arcas públicas. Aunque ahora haya emergido como figura central de la oposición, hace tan solo dos años que abandonó ese espacio.

Su perfil combina elementos del outsider populista —sin mucha experiencia en el partido— con una trayectoria profundamente integrada en las élites estatales y económicas. Esta ambivalencia explica tanto su capacidad de atraer votantes desencantados como los límites de su proyecto.

En febrero de 2024 fue entrevistado por Partizán, uno de los formatos políticos independientes más vistos del país. Dado que los mayores periódicos, la radiodifusión pública y la televisión estaban controlados por el gobierno, gran parte de la comunicación se había desplazado a las redes sociales.

Las apariciones de Péter Magyar hablaban un lenguaje claro: antes de llegar al atril, vestido con vaqueros y sudadera, caminaba entre sus seguidores llevando al hombro la bandera nacional

La entrevista causó sensación: un desertor del régimen desenmascaró públicamente la corrupción. Fue su primera gran aparición tras romper con Fidesz, donde habló de arbitrariedad y abuso de poder. Tuvo millones de visualizaciones y ayudó a impulsar su ascenso político. Hasta entonces, como mucho, se le conocía como el marido de la exministra de Justicia, Judit Varga.

Pocos meses después se unió al pequeño y hasta entonces poco conocido partido TISZA, fundado en 2020 por exmiembros de Fidesz y profesionales pro-mercado. Al carecer de una estructura organizativa propia, lo utilizó para presentarse a las elecciones al Parlamento Europeo, donde obtuvo el 29,7 % de los votos. Su afiliación al Partido Popular Europeo puede interpretarse como una devolución de favores para derrotar a Orbán. Con las encuestas a favor, la formación aceleró un proceso —fuertemente controlado desde arriba— para reclutar futuros cargos: los “nuevos líderes patrióticos”.

Conservador de derechas

Desde que asumió la dirección, el país entró en campaña permanente. Realizó cientos de actos, no solo en Budapest, sino también en el ámbito rural y en pequeñas ciudades donde acudieron miles de personas incluso en días laborables. Sus apariciones hablaban un lenguaje claro: antes de llegar al atril, vestido con vaqueros y sudadera, caminaba entre sus seguidores llevando al hombro la bandera nacional.

Insistió en repetidas ocasiones en que era conservador y “de derechas”. Durante la campaña guardó silencio sobre la persecución del gobierno a la comunidad LGBTIQ+, a sinti y romaníes y a las personas migrantes como “enemigos”. Probablemente mantendrá también la valla en la frontera sur.


Ha prometido garantizar la independencia judicial, mejorar escuelas, universidades, carreteras y un ferrocarril que no descarrile. Predicó renovación, no revolución, algo suficiente para los poderes políticos y económicos que lo han respaldado.

Una de las claves es que no se mostró como alguien moralmente superior a sus compatriotas. “Transmite: yo también estaba equivocado, creí demasiado tiempo en Fidesz. Eso alivia a la gente; pueden cambiar de opinión sin sentirse ridículos”, opina la politóloga Eszter Kováts.

En la izquierda húngara, la lectura compartida sobre Magyar es bastante crítica: lo ven como un tecnócrata y un político de estilo gerencial, con un programa que evita definirse ideológicamente. Su fórmula oculta intereses concretos de poder y de clase. También lo sitúan dentro de una continuidad con la transición capitalista de los 90, a la que reprochan no haber afrontado la catástrofe social que dejó a amplios sectores en precariedad.

En la izquierda húngara, la lectura es crítica: lo ven como un tecnócrata de estilo gerencial, con un programa que evita definirse ideológicamente. Su fórmula ocultaría intereses de poder y de clase. También lo sitúan dentro de una continuidad con la transición capitalista de los 90, a la que reprochan no haber afrontado la catástrofe social que dejó a amplios sectores en precariedad.

“Ni de izquierdas ni de derechas, solo Hungría”

El discurso de TISZA se articula en torno a tres ejes: regeneración institucional, eficiencia tecnocrática y superación del eje izquierda-derecha.

Defiende mantener beneficios sociales como duplicar las prestaciones por hijo —que no han cambiado desde 2008—, una atención infantil accesible y vincular las pensiones a inflación y salarios, junto a una política migratoria reaccionaria.”.

El lema “Ni de izquierdas ni de derechas, solo Hungría” refleja una concepción gerencial de la política y podría provenir del mismo Orbán. Esta comprensión se combina con la autoimagen de encarnar “la voluntad del pueblo”. Ello implica una despolitización de los conflictos sociales y una sustitución de la disputa ideológica por la gestión experta. Lo que emerge es una forma de populismo tecnocrático en el que “el pueblo” se invoca, pero las soluciones se delegan en la élite.

Pro mercado

TISZA tituló su programa “Por una Hungría funcional y humana”, pero su enfoque en reconstruir mecanismos de mercado en ámbitos, en los que se favorecía a contratistas afines a Fidesz, no cambia la exposición de la clase trabajadora a la explotación del capital. Además, los derechos laborales no aparecen, al igual que la igualdad de romaníes y mujeres.

El partido incorporó a directivos empresariales como István Kapitány, exalto cargo de la petrolera Shell, y Anita Orbán, exasesora de la exportadora de gas fósil estadounidense Cheniere y exembajadora especial de Fidesz para la seguridad energética, aspirante a ministra de Exteriores.

Tras la victoria electoral de TISZA, las propuestas redistributivas convivirán con una continuidad estructural del neoliberalismo periférico

La apuesta por el capital fósil —vinculado al colapso ambiental, corrupción, estafas fiscales, contaminación y prácticas cuestionables— es toda una declaración de intenciones.

Magyar aseguró que eliminará los impuestos sectoriales creados por Fidesz para favorecer a sectores afines y reforzará sanidad, educación y Estado social.

Propone un impuesto del 1 % a grandes fortunas superiores a mil millones de forintos. Su popularidad podría explicarse por los vínculos entre el 1 % más rico y la oligarquía de Fidesz.

En lo económico, TISZA apenas se desviaría del curso típico del gobierno anterior y mantendría medidas que benefician a familias acomodadas.

“Mantendremos todo lo que Fidesz ha hecho bien”

Lejos de una ruptura, parece dispuesto a mantener el modelo de inserción semiperiférica del país como núcleo industrial, especialmente en automoción y tecnología, con bajos salarios, alfombra roja para la inversión extranjera y dependencia de cadenas globales de suministro lideradas por empresas transnacionales de Alemania, Corea del Sur o China.

La Hungría de Orbán explotó y precarizó a las personas trabajadores e incrementó el empobrecimiento y las desigualdades. El escándalo de la fábrica de baterías de Samsung en Göd ilustró estas dinámicas: trabajadores expuestos durante años a gases tóxicos y metales pesados, con conocimiento previo del gobierno sin medidas adecuadas. Una investigación de Telex desveló que las autoridades sabían que en la planta había contaminación con sustancias cancerígenas que superaban 275 veces el límite permitido. El caso indignó a la opinión pública, recibió mucha atención en la campaña electoral y evidenció la contradicción entre el discurso nacionalista y la dependencia de las multinacionales.

Tras la victoria electoral de TISZA, las propuestas redistributivas convivirán con una continuidad estructural del neoliberalismo periférico. La ausencia de una agenda robusta de derechos laborales, de medidas para aliviar la grave crisis de vivienda o para democratizar la economía refuerza esta lectura.

Más funcional para la UE y la OTAN

En política internacional, Magyar promete mejorar las relaciones con la OTAN y la UE, sin abandonar el énfasis nacionalista ni cuestionar posiciones clave de Orbán, como el rechazo al envío de armas a Ucrania o al alineamiento pleno con Kiev.

En la primera rueda de prensa tras ganar las elecciones, Magyar dijo que, si bien se esfuerza por mantener “relaciones amistosas” con todos los vecinos de Hungría, su postura sobre Ucrania no supondrá un giro radical respecto a la de su predecesor. Esto sugiere más una recalibración que a un giro estratégico.

Hungría concentra 21 de los 48 vetos de la UE registrados públicamente desde 2011, y el ritmo de bloqueos se ha acelerado notablemente desde finales de 2023

Los medios afines a Orbán presentaron a Magyar como un dócil servidor de Bruselas que pone en peligro la soberanía de Hungría. Magyar respondió que sí, la soberanía era importante, pero que sobre todo no debería entregarse a Rusia. Estas declaraciones coincidieron con la filtración de conversaciones telefónicas entre el ministro de Asuntos Exteriores de Hungría, Péter Szijjártó, y su homólogo ruso, Sergey Lavrov. Ello reforzó la idea de que Orbán mantuvo una posición cercana al Kremlin y reveló un alto grado de cercanía y subordinación diplomática hacia Rusia: “Estoy a su disposición en cualquier momento”, fue una de las frases más sonadas.

Las élites europeas se han mostrado eufóricas con la victoria electoral de Magyar y esperan que facilite la toma de decisiones en Bruselas y reduzca el uso del veto. Hungría concentra 21 de los 48 vetos de la UE registrados públicamente desde 2011, y el ritmo de bloqueos se ha acelerado notablemente desde finales de 2023. En respuesta, la UE activó el artículo 122 del Tratado de Funcionamiento de la UE (TFUE) en diciembre de 2025 para congelar indefinidamente alrededor de 210.000 millones de euros en activos del banco central ruso sin unanimidad


Es probable que el nuevo gobierno en Budapest reduzca el uso táctico del veto en relación con Ucrania, las sanciones a Rusia, la energía fósil rusa o la ampliación comunitaria. Sin embargo, su oposición a acelerar la adhesión de Ucrania muestra límites claros. El líder de TISZA anunció que sometería la cuestión a un referéndum vinculante.

En términos más generales, Hungría volverá al lineamiento automático con la UE o la OTAN allanando la implementación de prioridades de la Comisión Europea tales como la militarización y la financiación aunque la relación con Estados Unidos y la política de inmigración probablemente seguirán siendo temas controvertidos.

Descongelar los fondos europeos

Es probable que firme el pacto migratorio de la UE y revierta algunas medidas de censura contra la representación del amor homosexual para desbloquear los fondos europeos retenidos y por el lobby de los sectores empresariales que se beneficiarán de ellos. La Comisión Europea congeló entre 18.000 y 19.000 millones de euros (aproximadamente el 11% del PIB húngaro).

Magyar también apoya el plan SAFE, el programa Security Action for Europe de la UE financiado mediante deuda común que proporcionará hasta 150.000 millones de euros en préstamos a los Estados miembros. El dinero se destina a la militarización (armamento, industria de guerra, modernización del ejército, etc.) y Hungría solicitó unos 17.400 millones de euros. En caso de aprobarse, sería uno de los mayores beneficiarios del programa.

El éxito de Magyar radica en haber conseguido una mayoría social transversal, conectando con malestares materiales reales que durante años quedaron fuera del centro del debate político

Las medidas están orientadas a “proteger” Hungría frente a amenazas externas e internas. El programa sirve para justificar recortes en libertades civiles, reforzar el autoritarismo y usar el miedo con fines políticos. Entre los elementos principales del enfoque húngaro de SAFE está la persecución de migrantes, con más vallas en la frontera sur (especialmente con Serbia, el rechazo de cuotas de acogida de refugiados de la UE y el discurso de defensa de la “identidad nacional”. También servirá para reforzar los servicios de inteligencia y ampliar la vigilancia de la población.

Lo que se avecina no parece un cambio de régimen, sino un continuismo que ayuda a la clase dirigente de la UE a recuperar la unanimidad en la toma de decisiones.

Fidesz 2.0

El fenómeno Magyar expresa tanto el agotamiento del régimen como los límites de la oposición en Europa del Este. Sea socialdemócrata, liberal, verde o comunista, subraya la soberanía nacional y se apropia deliberadamente de símbolos nacionales que durante mucho tiempo le habían servido a Fidesz para sus propósitos. Con ello se diferencia de partidos políticos cuyo gesto cosmopolita los había alejado de buena parte de la gente a la que la promesa de “alcanzar a Occidente” nunca se ha cumplido, explica la socióloga y periodista Lili Vankó.

Su éxito radica en haber conseguido una mayoría social transversal, conectando con malestares materiales reales —precariedad, deterioro de servicios públicos, corrupción— que durante años quedaron fuera del centro del debate político, aclara Vankó.

Sin embargo, al evitar una confrontación con las estructuras económicas, sociales, culturales y religiosas, que sostienen esas desigualdades, su gobierno apunta a una alternancia sin transformación.

El silencio de Magyar antes temas políticamente delicados, como la migración o las libertades sexuales, hace intuir que TISZA quiere convertirse en una “Fidesz 2.0”. Ni siquiera ha censurado el lenguaje discriminatorio como el del ministro de Construcción y Transporte, János Lázár: “Los romaníes deberían realizar los trabajos que los húngaros no quieren hacer”, como limpiar los baños de los trenes. 

Al tiempo, Magyar y su proyecto político fomenta un tipo de sociedad profundamente clasista, patriarcal y racista, que se encuentra cómoda con la LGBTIQ+-fobia o instrumentaliza el miedo ante la migración.

Hungría podría entrar en una nueva fase: no el fin del sistema “Orbán” -su aparato seguirá existiendo por el momento-, sino su adaptación en una versión más aceptable para Bruselas.

El gobierno de TISZA no supondría el fin de las alianzas de las ultraderechas europeas con el movimiento de Donald Trump (MAGA) pero sí un golpe simbólico y estratégico importante. Y refuerza a su vez los conservadores del Partido Popular Europeo.

El “cambio de ciclo” quedaría así en un relevo de élites.

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