Anarquismo
El populacho en acción. Tras las huellas de la Internacional en Extremadura (II)
La tarde del 30 de septiembre de 1868 llovió copiosamente en Badajoz, a pesar de un otoño que parecía anunciarse seco. La derrota de los ejércitos realistas en Alcolea (Córdoba), un par de días antes, donde le volaron de un cañonazo la quijada al Marqués de Novaliches, era ya charla habitual en los cuarteles pacenses y en los rincones de compadreo de la ciudad. La señora de los ejércitos, reina de las Españas, la borbona Isabel II, abandonaba su reino en compañía de su último amante, Carlos Marfori, Marqués de Loja. Le acompañaban, como resto de la camarilla, la monja de las Llagas, el padre Claret y Doña Paquita, nombre por el que era conocido el rey consorte, su primo doblemente carnal Francisco de Asís.
Las autoridades de Badajoz reprimían desde hacía ya tiempo cualquier conato de levantamiento o conspiración. El Eco de Badajoz informaba que todos los pasajeros que venían desde Portugal, al llegar a la estación de Elvas, eran detenidos y no se les permitía la entrada en España mientras no estuviese el pasaporte visado por el cónsul de España en Lisboa[1]. La cercanía de la frontera lusa la convertía no solo en uno de los puntos de entrada de los emigrados, sino también en una vía de comunicación mediante la llegada de periódicos portugueses que daban noticia de la situación en España, salvando la censura impuesta en la ciudad pacense por la administración de correos, que desde hacía meses secuestraba la prensa que llegaba en ferrocarril[2].
Algunos de estos conspiradores tendrían después un papel decisivo en el triunfo de la revolución, como fue el caso de Gabriel Suárez Becerra, progresista radical que ya había sido Gobernador Civil interino cuando la Vicalvarada de 1854. Sabemos de su implicación en la sublevación de 1868 por el relato[3] de Vicente Jiménez y Fernández, carpintero de oficio e incansable revolucionario.
Vicente Jiménez y Fernández, nacido en 1817, vivía en Madrid, en la calle La Madera, 35, bajo. Había trabajado como carpintero en las obras del ferrocarril del Mediodía, participando en las tareas de organización y propaganda revolucionaria, principalmente en Granada, Madrid y Cartagena. Permaneció en la capital hasta enero de 1866, cuando, buscado por la policía, abandonó su taller y a su familia para refugiarse en Alconchel (Badajoz), donde residió con nombre falso mientras trabajaba en el taller de Antonio Salas. Allí, según sus mismas palabras, comenzó a organizar y a propagar la idea de insurrección contra la tiranía borbónica y sus secuaces. Sin embargo, puesta en conocimiento su labor agitadora, el capitán general de Badajoz mandó orden terminante al alcalde para que le condujese, vivo o muerto, a la capital de la provincia.
Conocida su orden de busca y captura, Vicente Jiménez atravesó la frontera portuguesa y logró llegar a Lisboa, donde se puso en contacto con los muchos emigrados que allí había, conspirando en todo momento contra la monarquía isabelina.
El 29 de abril de 1867 salió desde Lisboa con destino a Badajoz, con la misión de entrevistarse con Gabriel Suárez Becerra. No consiguió llegar a su destino porque, nada más entrar en España, fue detenido en Cheles. Desde allí fue enviado al puesto de guardia de Villanueva del Fresno, donde el teniente capitán Bravo, de la Guardia Civil, le torturó salvajemente, si es que acaso hay otra forma de torturar. Posteriormente fue conducido a la cárcel de Badajoz, donde sería juzgado y condenado a pena de muerte.
A pesar de la pena capital impuesta, fue indultado estando ya en capilla, pero continuó cumpliendo prisión, conociendo las de Granada, León, Oviedo, Portugalete y Barcelona. En todas ellas y en los traslados sufrió torturas.
Salió de prisión y trató de establecer su residencia en Madrid. Acosado por la policía huyó de nuevo a Málaga, y de aquí, siempre bajo vigilancia debido a sus tareas revolucionarias, a Cádiz, donde participó en los hechos del 18 de septiembre de 1868. En compañía de otros “patriotas”, organizó a un grupo armándolos con revólveres, con quienes asaltó el ayuntamiento, al grito de “¡Viva la Constitución del 12!, ¡Viva Prim y Topete!, ¡Abajo los borbones!”.
Después del triunfo de la revolución, trató de llegar a Prim, para que le reconocieran los servicios prestados, pero los ayudantes de este le dieron continuamente largas e hicieron uso de malos modos, extraviando su solicitud y poniéndole de patitas en la calle, a empellones, lo cual le provocó lesiones. Todo ello llevó a Vicente Fernández a considerar que de nuevo el pueblo había sido traicionado, acabando su relato con las siguientes palabras:
“Tal proceder vino a recordar con amargura desgarradora las caricias de la guardia civil, de los alcaldes de Monterilla y de los esbirros, comprendiendo entonces que hemos mudado de hombres, pero no de tiranos”[4].
La revolución en Badajoz: ¡Abajo lo existente!
Aunque la septembrina había sido orquestada por los militares cercanos a Prim, que andaba exiliado en Londres, la decidida participación popular la convirtió en una revolución. De nuevo el populacho, nombrado así por la clase y prensa burguesa, era utilizado por los espadones para hacer triunfar sus intereses, que no eran acabar con la monarquía, sino cambiar de monarca. El fracaso de las dos asonadas anteriores del Conde de Reus -Valencia junio de 1865 y Villarejo enero de 1866- le habían convencido de la necesidad de contar con el Juan Lanas anónimo del pueblo, para lo cual necesitaba el apoyo de los demócratas, que se lo concedieron a cambio de permitir el sufragio universal (masculino), en caso de que la revolución tuviera éxito[5].
El 30 de septiembre de 1868 se constituyó la Junta revolucionaria de la provincia de Badajoz, presidida por Gabriel Suárez Becerra. El manifiesto del día 30 comenzaba con un “EXTREMEÑOS: La bandera de nuestra libertad ondea triunfante en nuestra capital, el pueblo y las fuerzas de la guarnición han fraternizado, se han unido en un solo pensamiento: cambiar la base y la naturaleza de todo lo existente. Han sucumbido, pues, los desertores de todas las causas políticas; los secuaces de la inmoralidad, de la depravación monárquica, los repugnantes histriones de una camarilla estúpida y milagrera”.
El manifiesto, que finalizaba con un “Extremeños: ¡Abajo lo existente! ¡Viva la libertad! ¡Viva la soberanía nacional! ¡Viva la Marina y los valientes generales que han iniciado el movimiento!”[6], logró su objetivo: levantar al pueblo de Badajoz.
La jornada había comenzado a las 7 de la mañana, cuando una multitud, reunida en la plaza o Campo de San Juan, se dirigió al cuartel de infantería, donde se encontraba el Regimiento de Asturias. Según algunos periódicos, fueron los escribientes de este regimiento los primeros en dar el grito de libertad, “calurosamente secundados por la población entera, que espléndidamente los obsequió con vinos y cigarros”[7].
“La jornada había comenzado a las 7 de la mañana, cuando una multitud, reunida en la plaza o Campo de San Juan, se dirigió al cuartel de infantería”
La guarnición de Badajoz se sumó al pronunciamiento, fraternizando con el pueblo y guardando en todo momento el mayor orden[8]. La multitud recorrió las calles de Badajoz, al son del Himno de Riego que interpretaba la banda del Regimiento de Asturias, mientras las campanas de las iglesias repicaban y se mostraban colgaduras alusivas a la república en algunos balcones. La fiesta, a pesar de la lluvia, acabó sin ningún tipo de altercado frente al ayuntamiento, donde había comenzado.
El mismo periódico que informaba de esto, daba noticia de la huida, esa misma noche, de algunas autoridades isabelinas. El Gobernador Civil de la provincia, el alcalde, el administrador de correos -responsable del secuestro de las publicaciones- y el inspector de policía, tomaron las de Villadiego en la misma madrugada, huyendo a la vecina localidad portuguesa de Elvas.
El primer acto que llevó a cabo la Junta revolucionaria, presidida por Suárez, en cumplimiento de lo que consideraba “uno de sus principales e imprescindibles deberes”, fue hacer “publico su agradecimiento a los habitantes de Badajoz”, que había pasado de ser populacho a pueblo, para acto seguido publicar un Boletín donde se daban a conocer los acuerdos, que eran los de suprimir la odiosa contribución de consumos, rebajar el precio del tabaco el 50% y un 75% el de la sal, cesar a todos los empleados del orden civil monárquico, convocar a los panaderos para que rebajaran también el precio del pan, destituir a la Diputación, el Consejo provincial y el Ayuntamiento, suprimir la comandancia general y el Gobierno de la provincia y abrir la sección de Telégrafos para servicio del público.
Como veremos más adelante, de todas estas buenas intenciones apenas se llegaron a cumplir unas pocas, preferentemente las que se referían a los puestos de sillón que seguían la máxima de quítate tú para que me ponga yo.
Pero inicialmente el entusiasmo fue generalizado en toda la provincia, con demostraciones de alborozo en lugares como la aldea de San Jorge, muy cercana a Badajoz, donde el cura y el maestro del pueblo recorrieron las calles tocando con un violín los himnos revolucionarios[9], entre los que destacaban La Marsellesa y el Himno de Riego, mientras en otros lugares, como Villalba de los Barros, le ponían al casino el nombre de Casino de Alcolea. En Badajoz se creó también un comité encargado de exhumar los cadáveres de Sixto Cámara y Ruiz Pons, enterrados en Olivenza y considerados mártires de la causa republicana, y reinhumarlos con todos los honores, para lo que se creó una comisión y se recaudaron dineros, sin que sepamos si finalmente tales exequias fueron llevadas a cabo y dónde se encuentran sus restos[10].
“...de todas estas buenas intenciones apenas se llegaron a cumplir unas pocas, preferentemente las que se referían a los puestos de sillón que seguían la máxima de quítate tú para que me ponga yo”
A pesar del cura de San Jorge, rara avis entre los de su clase, los llamados neos -facción ultracatólica, radicalmente antiliberal, que reivindicaba la vuelta de la monarquía en connivencia con los carlistas-, conspiraron en compañía de otros reaccionarios monárquicos contra el nuevo orden desde el primer momento, contrarios al establecimiento de la libertad de cultos y al desalojo de monjas de algunos conventos que se pretendía incautar. La Junta dispuso demoler la parte fortificada de la cabeza del Puente de Palmas, para abrir el camino a la estación de ferrocarril, tirando de paso el escudo de la Casa de Austria que allí había. También se acabó con las coronas de los escudos reales y con las cruces de piedra que en la ciudad de Badajoz había frente a algunas iglesias y conventos[11].
Pero lo que comenzó con una entusiasta participación del pueblo, pronto se convirtió en un convencido desencanto para este último, que cada vez veía más alejado el alcance de sus intereses.
Reaccionarios en la oscuridad de la noche contra las libertades públicas
La Junta revolucionaria de Badajoz apenas duró un mes, dado que el 21 de octubre el Gobierno decretó la disolución de las Juntas, sustituyéndolas por gobernadores civiles[12]. Varios días antes, el 16 de octubre, esa misma Junta había publicado un manifiesto dirigido “Al pueblo de Badajoz”, en el que le avisaba de “los manejos que se ponen en juego, de los planes que se fraguan en las nebulosas regiones de la reacción, para que no se deje sorprender y para que con tiempo se prepare”.
En el manifiesto se informaba de que hacía ya varias noches que grupos tumultuosos se presentaban a las puertas del local donde la Junta se reunía[13], con intención de intimidar a la misma y lograr que se cumplieran sus peticiones. Se decía saber a ciencia cierta que “los reaccionarios conspiran, que los ambiciosos de mando y de lucro se revuelven ya convulsivamente para conquistar un poder que creen les pertenecía por herencia legítima”. “Se sabe”, continuaba, “que personas sospechosas, mal contentas con la revolución, o instrumentos ciegos de sus enemigos, estuvieron mezclados en esos grupos; se sabe que hay el proyecto de producir desórdenes parciales para desacreditar la presente situación; y se sabe, en fin, que se quiere esparcir el descontento, para rebajar la fuerza de los elementos revolucionarios”.
La Junta aconsejaba al pueblo no dejarse llevar por la exaltación de los enemigos de la revolución. “La revolución”, seguía, “les asustó al principio; la creyeron vengadora de sus abusos, de sus torpezas y se apresuraron a esconderse; pero ya la juzgan débil, la consideran benigna y olvidadiza, y se disponen a una restauración que a todo trance debe impedirse”. La restauración, como después se vio por los tejemanejes de Cánovas y el Manifiesto de Sandhust (1874), en el que el joven Alfonso XII hablaba de “concordia” (de casta le viene al galgo), fue la Restauración borbónica.
El manifiesto acababa dando la alerta al pueblo de Badajoz, para que no se fiara de quienes trataban de excitar, en la oscuridad de la noche, a los grupos tumultuosos frente a las casas consistoriales, prometiendo hacer frente a la “reacción depredadora y falaz”, al “monstruo de la reacción” que pretendía “tragarse todos los elementos de vida de esta trabajada nación”.
Firmaban el manifiesto, que se fijó en las paredes de Badajoz, Juan Andrés Bueno y Guillermo Nicolau, vicepresidentes, y Carlos Botello y Manuel Montesinos, secretarios, estos dos últimos profesores en diversos ámbitos de la ciudad.
De nuevo el pueblo era llamado para proteger lo que, al fin y al cabo, eran los intereses de unos determinados partidos que cada día se hallaban más lejos de cumplir lo prometido en el manifiesto del 30 de septiembre. De hecho, este pueblo llano veía como regresaban a ocupar sus anteriores o mejores puestos en la Administración aquellos funcionarios borbónicos que habían sido cesados a raíz del manifiesto. Olaya Morales[14] recordó que entre las aspiraciones populares y la vocación de los nuevos gobernantes mediaba un abismo. Las promesas de abolición de las quintas, reducción de impuestos, anulación de fielatos, eliminación de privilegios y España con honra, no tardaron en convertirse en bellas e inalcanzables utopías.
El 8 de octubre se había constituido un gobierno provisional encabezado por Serrano, sin la participación de los demócratas y los republicanos[15]. En pocos días el Partido Demócrata se convertiría en el Partido Demócrata Republicano-Federal, con firmes defensores de la República Federal, mientras algunos demócratas declaraban a través del Manifiesto de los Cimbrios la monarquía como mejor forma de gobernar al pueblo, dado que no le consideraban todavía educado en las formas republicanas. El periódico La Igualdad del 17 de noviembre de 1868 abrió su edición con un telegrama en primera plana, en letras grandes, del Comité republicano de Badajoz rechazando este manifiesto.
Las clases obreras más humildes, los jornaleros y sus familias, que integran el populacho cuando pintan bastos para quien manda, comenzó a desconfiar de quienes les prometieron tierra y pan. En Mérida a mediados de noviembre se fundó en el local del Pósito un casino de jornaleros, “donde se reúnen por las noches a leer u oír leer los periódicos y a instruirse en política”[16]. Se adelantaron, así, al decreto del ministro de la Gobernación, Práxedes Mateo Sagasta, sobre el derecho de asociación, de 20 de noviembre de 1868.
“Las clases obreras más humildes, los jornaleros y sus familias, que integran el populacho cuando pintan bastos para quien manda, comenzó a desconfiar de quienes les prometieron tierra y pan”
Entre mediados de octubre y finales de noviembre se sucedieron diversas ocupaciones de tierra en la provincia de Badajoz, duramente reprimidas por la Guardia Civil. Crónica de Badajoz, periódico liberal, informaba que en muchos pueblos “reina la anarquía”, y que “los proletarios, a pesar de los esfuerzos hechos por los alcaldes, han decidido repartirse los bienes de propios y comunes”[17]. El periódico, de línea salmeroriana y demócrata, llamaba a emplear la mano dura y aplaudía la intervención de la Guardia Civil, como cuando informa que “la Guardia Civil del puesto de Fregenal (…) se ha visto obligada a batir a los alborotadores y comunistas”, enfrentamiento en el que murieron varios jornaleros, resultando detenidos entre 30 y 40 que fueron traslados a la prisión de Badajoz, para ser juzgados[18].
Pocos días después, apareció en algunos periódicos de Madrid la siguiente información:
“¿Qué pasa en la provincia de Badajoz? La respuesta la hallarán Vds. en un impreso colocado al público en todas las esquinas de Madrid. Lo que pasa es sencillo: el elemento autoritario y absurdo se levanta tolerado si no patrocinado por el Gobernador de la provincia. Los medios son el atropello y la imposición. Los fines el monopolio del mando y de la influencia oficial para producir candidaturas convenientes. La máscara será el sufragio universal. A juzgar por esta muestra, la representación genuina y directa del país está asegurada”[19].
El Gobierno señaló el inicio de la campaña de elecciones de los nuevos ayuntamientos para mediados de diciembre. También se estableció el 10 de diciembre como plazo para que los ciudadanos que pertenecieran a la fuerza revolucionaria de los Voluntarios de la Libertad entregaran las armas, “considerando a los que se resistan a hacerlo perturbadores del orden público”, en un intento por desarmar a quienes habían logrado el triunfo de la revolución.
Los sucesos del 27 de noviembre de 1868 en Badajoz: ¡Viva la República!
La nueva camarilla militar no había hecho la revolución para expulsar a la monarquía, sino a Isabel II. Las elecciones alentaron tanto a republicanos como a monárquicos a salir a la calle a hacer proselitismo de sus ideas. Las palabras dirigidas por el triunvirato -Serrano, Prim y Topete- a la gran manifestación monárquica celebrada en Madrid a mediados de noviembre, proclamando “la forma monárquica como la única posible para su magnánima y querida patria”, a la que acudieron, según Crónica de Badajoz, cerca de 30.000 personas[20], no deja duda sobre el carácter del nuevo gobierno provisional, que ya daba por hecho la restauración de un monarca en el trono.
La noche del 27 de noviembre de 1868 los monárquicos, siguiendo el ejemplo de Madrid, organizaron una manifestación en Badajoz. Desde el teatro, precedidos por músicos, unas 200 personas[21] fueron hasta la sede del Gobierno Civil, donde López de Ayala les dirigió algunas palabras, instando a la unión de todos los liberales. Desde allí la manifestación continuó hasta la recién nombrada Plaza de la Constitución, donde estaba el ayuntamiento. Gabriel Suárez, diputado que fue en las Constituyentes, habló a los reunidos desde un balcón. De pronto, desde la muchedumbre se alzó un grito dando un ¡Viva la República!
Suárez pidió que quien no estuviera de acuerdo con las ideas monárquicas de los manifestantes se marchara o guardara silencio, pero a partir de entonces se inició un cruce de gritos a favor y en contra de la monarquía. El diputado, incapaz de hacerse oír en el griterío cruzado, se retiró del balcón.
Gracias a la prensa de aquellos días[22] y a una de las estampas inéditas del cronista Manuel Alfaro Pereira podemos relatar lo que sucedió a continuación. Se oyeron varios mueras al alcalde, Sr. Domínguez, y a la monarquía, tratando de asaltar algunos de los manifestantes la casa consistorial. Los guardias municipales hicieron uso de sus sables para impedirlo apaleando de plano a quienes pretendían entrar. Entonces se dio la voz de “¡A las armas!” y los oficiales presentes marcharon a sus cuarteles, mientras la Milicia popular se organizaba e iba al que provisionalmente tenía, bajo el mando del comandante Antonio Navarro Sánchez. Según la prensa, en la plaza quedó el populacho de Badajoz, hombres y mujeres que arrojaron piedras y ejecutaron algún que otro disparo contra el ayuntamiento, por lo que los municipales también respondieron disparando sus armas.
Un grupo destacado en la pelea fue el de los piconeros. Manuel Alfaro les describió como “la fauna de los bajos estratos de la ciudad (…) que en todo tiempo tuvieron pésima fama por su tendencia al escándalo y a la agresión”. Eran, dice, “jaques que ejercían soberanía en la esquina del rastro y en las callejuelas en las que se albergaban mujeres de mal vivir. Armados por lo general con navajas, disponían también de armas de fuego, con las que dispararon desde la acera del Teatro Principal (después Hotel Garrido) y las esquinas afluentes al Campo de San Juan, apuntando al ayuntamiento, “no quedando un cristal sano ni un farol en su sitio, menudeando las colisiones de las que resultaron numerosos heridos”[23].
“...a partir de entonces se inició un cruce de gritos a favor y en contra de la monarquía”
Los revolucionarios -ahora ya no pueblo, sino populacho- se dirigieron al Parque de Artillería, donde se hicieron con armas para repartir y dos cañones con sus cureñas. Acto seguido, según Alfaro, se formó una Guardia Nacional de Infantería y Artillería, adoptando para cuartel de sus fuerzas la Casa de Ordenandos y alguna dependencia del Seminario de San Antón.
El comandante general y el Gobernador civil se presentaron, uno en el cuartel de Infantería y otro en el de la Milicia. De este último, persuadidos por el Gobernador para que restauraran el orden, salieron fuertes patrullas de Voluntarios, bajo el mando de Antonio Navarro Sánchez, que se declaraba republicano, pero amigo del orden, y que en poco tiempo consiguieron acabar con los enfrentamientos. En los días siguientes una partida de 250 Voluntarios Nacionales, comandados por un capitán de nombre Manuel, al que apodaban Barriles, daban caza a los alborotadores por las dehesas cercanas. Serían detenidos y conducidos a la cárcel de San José, en cuerda de presos, haciendo su entrada en Badajoz por el Puente de Palmas.
El 28 de noviembre, día después de los enfrentamientos, de nuevo se dieron carreras y voces contra los municipales en la plaza mercado. El motín, en el que también participaron mujeres, dejó un balance de 40 detenidos. Este elemento, el de las mujeres, siempre pasó desapercibido o no fue tomado en cuenta a la hora de datar su participación en la revolución, que la tuvo[24], salvo en el caso de aquellas republicanas de buena clase social, como Carolina Coronado, que tanto bregó por la abolición de la esclavitud en las colonias o la atención a liberales huidos, que dejó aquel maravilloso poema feminista, escrito en Almendralejo en 1848, que finaliza:
“Los mozos están ufanos,
gozosos están los viejos,
igualdad hay en la patria,
libertad hay en el reino.
Pero os digo, compañeras,
que la ley es sola de ellos,
que las hembras no se cuentan,
ni hay nación para este sexo.
Por eso aunque los escucho,
ni me aplaudo ni lo siento;
si pierden ¡Dios se lo pague!
y si ganan ¡buen provecho”.
El Cabo de Guardia, periódico pacense satírico-republicano, creado hacía poco para vigilar a El Centinela, periódico neo, condenó los hechos del día 27, al mismo tiempo que denunciaba la provocación de los mismos a cargo del “elemento negro” de la ciudad, que era como se conocía a los neocatólicos y monárquicos[25]. Poco antes algunos periódicos republicanos habían denunciado la persecución de El Cabo de Guardia, a pesar de que existía libertad de prensa. Una autoridad pacense, tolerada por el Gobernador Civil, había intentado detener a los ciegos que vendían por las calles de Badajoz el periódico, por el simple hecho de llevar un farol donde figuraban los lemas del diario satírico[26]. Uno de ellos decía:
“Guerra a muerte a los borbones;
trabajo, moralidad:
para el pueblo libertad,
para los NEOS DESAZONES”.
Las ocupaciones de fincas en la provincia de Badajoz aumentaban bajo la promesa incumplida del reparto de tierras entre jornaleros. El 5 de diciembre de 1868, aconteció la insurrección de Cádiz, en la que el pueblo se levantó contra el Gobierno, que pretendía desarmarle, para contener posibles conatos revolucionarios. Las ideas de la Internacional recorrían ya campos y talleres, como se desprende de la editorial de Crónica de Badajoz del 18 de diciembre de 1868, donde se advierte al pueblo llano y trabajador para que no se deje llevar por las “ideas comunistas, que pueden producir funestos resultados”.
“Las ideas de la Internacional recorrían ya campos y talleres, como se desprende de la editorial de Crónica de Badajoz del 18 de diciembre de 1868”
Así finalizaba 1868, el año de aquella revolución septembrina que comenzó con las promesas de cambio para el pueblo y acabó con un Gobierno provisional que reprimía al populacho, con un fuerte componente militar en busca de un nuevo rey y una nueva dinastía, después de que se deshicieran, de uno u otro modo, del Partido Republicano Federal, cuyo mayor exponente era Pi y Margall. En poco tiempo, el que era considerado mayor representante del federalismo, admirado tanto por republicanos de toda laya como por anarquistas y socialistas en ciernes, pondría sus pies en la ciudad de Badajoz.
Siguiente artículo: La FRE de la AIT en Extremadura.
[1] Referencia en La Esperanza, Madrid, 01/10/1868, p. 3.
[2] El periódico lisboeta A Revoluçao de Septembro del 9 de octubre de 1868 daba noticia de que Badajoz comenzaba de nuevo a recibir un gran número de periódicos, que hacía mucho que secuestraba la administración de correos, entre ellos el mismo jornal que informaba de ello.
[3]La Igualdad, Madrid, 2-12-1868, p. 2. En el mismo número aparece una carta de Giuseppe Fanelli, “diputado de la extrema izquierda en el parlamento italiano”, e introductor de la Internacional en España.
[4] Vicente Fernández Jiménez fue un revolucionario durante toda su vida. Todavía en 1884, cuando tenía 67 años, participó en las revueltas estudiantiles que se dieron en la Universidad Central, de Madrid, siendo detenido por sus actos. La Marina, diario liberal, 21-11-1884, p. 2.
[5] C.A.M. Hennessy, La República Federal en España. Pi y Margall y el movimiento republicano federal, 1868-1874, traducción del inglés por Luis Escolar Bareño, Los libros de la catarata, Madrid, 2010, p. 46.
[6] María Jesús Merinero Martín, Extremadura durante el sexenio democrático (1868-1874), en Historia de Extremadura, Tomo IV, Los tiempos actuales, Univérsitas Editorial, Badajoz, 1985, p. 886. También en La Reforma, Madrid, 3-10-1868, páginas 3 y 4.
[7]La Discusión, 10/10/1868, p. 2.
[8]Crónica de Badajoz, 3/10/1868, p. 2.
[9]Las Novedades, 16/10/1868, p. 3.
[10]Crónica de Badajoz informó en su número del 28-03-1869 que en el mes de octubre de 1868 se entregó a la comisión 400 escudos, sin que hasta la fecha se supiera nada más. Posteriormente, La Correspondencia de España informó, el 21-05-1869, p. 3, que se estába preparando el traslado de los restos de los dos revolucionarios a Madrid, acompañados por la tercera compañía del primer batallón de voluntarios ligeros, cuerpo que mandó el infortunado Sixto Cámara. A partir de aquí se pierde la pista acerca de donde pueden descansar sus restos.
[11] Iglesias de Santa María, San José y La Soledad, en La Época, Madrid, 19-10-1868, p. 3. Ver también Guadalupe Blanco Nieto, El Gobierno Provisional de la Revolución de 1868 y el Obispado de Badajoz, en Revista de estudios extremeños, Vol. 48, Nº 1, 1992, pp. 221-234.
[12] El nuevo gobernador de Badajoz, Baltasar López de Ayala, hermano de aquel otro López de Ayala, Adelardo, que había redactado la proclama revolucionaria llamando al pueblo contra los borbones, tomó posesión de su cargo en la capital de esta provincia en la tarde del 25 de octubre. Nada más ocupar su cargo, recomendó la unión de los partidos liberales.
[13] Según el cronista de Badajoz Manuel Alfaro Pereira, “en la ciudad se constituyeron varios círculos políticos, entre ellos La Tertulia, que fue instalada en la planta baja del Ayuntamiento; el comité republicano unionista en el convento de monjas de La Concepción con entrada por la calle Concepción alta; el comité federal y bilateral en la calle Larga (Felipe Checa) en los graneros de don Luis Díaz de la Cruz; el demócrata en la calle de Santo Domingo en un principal, donde se hallaba una logia masónica. El Círculo Carlista tuvo su sede en la calle del Álamo y otro comité demagogo se instaló en la calle Chapín”. Manuel Alfaro, Estampas inéditas de Badajoz, Editamás, Badajoz, 2024, pp. 80-81.
[14] Francisco Olaya Morales, Historia del movimiento obrero español (siglo XIX), Nossa y J. Editores “Madre Tierra”, Madrid, 1994.
[15] Julián Vadillo, La rebelión cantonal en la historia de España. La democracia de abajo a arriba, La Catarata, Madrid, 2025, p. 82.
[16]Crónica de Badajoz, 18-11-1868, p. 2.
[17] Referencia en El Diario español, 7-11-1868, pp. 1-1.
[18] Referencia en La Época, 16-11-1868, p. 3.
[19]La Píldora, 22-11-1868, p. 3.
[20]Crónica de Badajoz, 18-11-1868, p. 3.
[21]Crónica de Badajoz establecía la afluencia entre 100 y 200 personas, mientras El Centinela, diario neocatólico, la establecía en 1.000 o 2.000. Referencia en Crónica de Badajoz, 3-12-1868, p. 3.
[22] Relato de los hechos en Crónica de Badajoz, 28-11-1868, p. 2, Crónica de Badajoz, 3-12-1868, p. 2-3.
[23]La Gloriosa: la revolución del 68. Repercusión local, en Manuel Alfaro, Estampas inéditas de Badajoz, Editamas, Badajoz, 2024, p. 77-81.
[24] Un detallado estudio sobre la participación de las mujeres se puede encontrar en Ana Muiña, Rebeldes periféricas del siglo XIX, La Linterna Sorda, Madrid, 2008. Hay también edición, a cargo de Ana Muiña y Agustín Villalba, en 2021.
[25] Copia textual de El Cabo de Guardia en La Discusión, 2-12-1868, p.2.
[26]La Discusión, 13-11-1868, p. 1
A excepción de la ilustración que encabeza este artículo, el resto han sido extraídas del catálogo Los borbones en pelota, un conjunto de acuarelas de la época reeditadas como obra por la Fundación “Fernando el Católico”, Organismo autónomo de la Excma. Diputación de Zaragoza, con estudio a cargo de Isabel Burdiel, con licencia CC BY-NC-ND 4.0 Internacional de Creative Commons. La versión original y completa de esta obra debe consultarse en: https://ifc.dpz.es/publicaciones/ebooks/id/3248https://ifc.dpz.es/publicaciones/ebooks/id/3248
Extremadura
Tras las huellas de La Internacional en Extremadura (I)
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