Andalucía
Fuentes de Andalucía, un pueblo enmascarado de carnaval y memoria
Aunque impoluta y mañanera, las notas de color en el suelo avisaban de que estábamos en el lugar adecuado. Un orgulloso azulejo nos situaba: “Calle Carrera, donde se vive el carnaval”. A las claras del Domingo de Piñata en Fuentes de Andalucía, un pueblo de la campiña sevillana, que apenas asciende de 7.200 habitantes, las primeras en salir eran algunas vecinas barriendo su parte de calle. “Hoy es un día grande porque despedimos el carnaval y esto a las cuatro de la tarde se pone llenito”, advertía una de ellas escoba en mano, mientras escamondaba sus dominios para recibir de nuevo la lluvia de papelillos.
Una breve visual te preparaba para lo que se venía. Balcones engalanados con serpentinas y cartelones, donde se apreciaban los símbolos típicos de este carnaval histórico. Las máscaras y el entornao, un dulce tradicional fontaniego a base de manteca, azúcar y pimentón como colorante, que se reparte durante la jornada del domingo, acompañado de anís Rigo. El silencio reinante se rompía con el sonido de los matutinos desayunantes. Era uno de los bares regentados por los hermanos Chacón, Carlos y Jose María. Entre medias con jamón y churros con chocolate se comentaba el día anterior, el concurso de disfraces, los pasacalles… Una suerte de víspera mañanera donde hacer la cama estomacal para la tarde; donde Don Carnal daría paso a Doña Cuaresma.
A continuación de la calle Carrera, en la plaza de la Iglesia de Santa María la Blanca, un elemento entronizado la miraba desde abajo, así como el pueblo mira al poderoso. Era un entornao —el dulce tradicional de Fuentes—, pero a gran escala y hecho de cartón, que por la noche sería quemado a modo de entierro de la sardina, pero al estilo fontaniego. Un encuentro fugaz entre lo católico y lo pagano. El pueblo seguía callado y la Oficina Municipal de Turismo estaba abierta. Allí se encontraba una de sus trabajadoras, Mariángeles, quien informaba amablemente de las características del domingo. Y su técnico de cultura, José Manuel, que nos introdujo extensamente el contexto de este festejo.
“La fiesta incrementaba el espíritu de clase, la combatividad de los pobres y su poder imponiendo durante la fiesta sus propias normas en el pueblo”, reflexiona el antropólogo Salvador García Becerra.
Se acerca el mediodía y van tomando posiciones las primeras personas en El Laure, punto neurálgico del carnaval en la Carrera. Más arriba, donde El Chacón, ya han cambiado los descafeinados de máquina por cervezas de tirador y aceitunas. Allí, un grupo de mujeres ataviadas con ropa deportiva, ocupan varias mesas en fila. “Ellas son Las Andarinas” —nos comenta José María— “un colectivo de mujeres del pueblo que salen a hacer caminatas”. Entre ellas se encuentra Aurora, una maestra jubilada con gran vinculación al carnaval, tanto, que estuvo en la reunión que dio origen a la famosa ‘Quema del Entornao’, en los años 80. “El disfraz estaba en todo su apogeo, pero hubo un intento de que el carnaval fuera lo que un día fue. Éramos varias personas, aficionadas y carnavaleras, las que nos reuníamos en el Ayuntamiento para reinventar el carnaval. Si en otros lugares había entierro de la sardina, aquí no tenía mucho sentido, entonces hicimos una reinterpretación con la quema de nuestro dulce típico”, recuerda.
Espontáneamente, apareció una mujer chiquita con ganas de jaleo. Su nombre, Carmela, también de Las Andarinas, quien nos avisó de que sabía muchas coplas de los 60. Aquellas con letras subiditas de tono en tiempos donde enseñar las rodillas era pecado mortal. Y allí empezó a cantar Carmela —con su chándal puesto y su cervecita en la mesa— sobre ciertos conejos, chorizos y pollos de cuello pelado. El relato queda para los allí presentes, pero con solo escuchar un par de coplas, una podía imaginar la necesidad de libertad —y libertinaje— en aquellos años de represión perpetrada por las clases dominantes políticas y religiosas.
Ya era la hora de comer y ‘El Manolo’ estaba a reventar. Terraza, bar y comedor hasta arriba de comercio y bebercio, merecedores de este último día de “desenfreno permitido” antes de concluir el carnaval. Una marcha marcial, pero al ritmo del 3x4 y sin maldad, se aproximaba al interior del local. Dictadores vestidos de color morado ocupaban el espacio entre los comensales, sin necesidad alguna de golpe de Estado. Era la chirigota de Los Mawakeños, que este año se llamaban Porrazo de Pueblo, con fuerte crítica local, política y social. Tocaron su repertorio mientras las familias terminaban de comer, un preludio a la altura de lo que se venía a partir de las cuatro y media de la tarde.
A esa hora, Salud ya estaba en casa de una de sus hijas ayudando a vestir a toda la familia. Nietas, nietos, hijas, hijos, yernos… Todo lo que había bajado de su soberao (altillo, buhardilla), donde los y las fontaniegas guardan todos los trapos, colchas, telas viejas con los que vestirse de máscara cada año, estaba revoleado entre el salón y las habitaciones. No hay disfraz más sostenible con el medio ambiente… Esta familia iba enmascarada de viuda, grandes y mayores, ellas y ellos, con una nada sutil crítica al Ayuntamiento, que desde hace unos años, costea la muerte de sus vecinos y vecinas. Hablando claro: que morirse sale gratis si estás empadronado en Fuentes. “Cuando lo que debería haber son inversiones en residencias para nuestros mayores y ayudas para que las personas, todavía vivas, puedan envejecer con dignidad”, apuntaba una de las máscaras, de la que ya era imposible conocer su identidad.
Porque este es el sentido de la máscara desde su orígenes, ocultar la identidad, y decir todo lo que a cara descubierta no puede —o no debe— decirse. Siempre en tono de falsete para tampoco revelar a la persona por su voz. En tiempos de represión franquista, el sentido era sortear a la censura, ahora, las consecuencias seguramente serían menores que en aquella terrible época. “Esto es una alegría, yo ya no me visto porque soy muy mayor, pero procuro enseñarles como mi madre me enseñó a mí”, cuenta Salud, con una sonrisa que no le cabe en el rostro, mientras todos demandan su asistencia y valoración.
En otra casa contigua a la calle Carrera, las mujeres de una familia se visten en el patio central. Pintan las máscaras sobre telas de años pasados, llegan amistades para vestirse mientras los más pequeños de la casa, atienden a cómo sus mayores se van convirtiendo en cuerpos deformes, exuberantes, grotescos y, sobre todo, divertidos. Es realmente increíble cómo van transformándose las máscaras conforme incluyen sus elementos. La salida a la calle es el momento en que el universo enmascarado toma toda su forma y transitan libres e impertinentes entre el gentío que las espera o las evita.
Una celebración que no olvida la represión y a su murguista asesinado
Decía el antropólogo Salvador García Becerra, en una conferencia en la Universidad Pablo Olavide, que “el carnaval era la única ocasión en que los trabajadores dispersos por los barrios se encontraban en el centro. Los jornaleros tomaban el centro del pueblo como signo de la riqueza, el poder y el estatus. La fiesta incrementaba el espíritu de clase, la combatividad de los pobres y su poder imponiendo durante la fiesta sus propias normas en el pueblo”.
Pero lamentablemente, esos mismos jornaleros sufrieron una fuerte represión durante la dictadura franquista. En mitad de la Carrera, con el rumor carnavalesco paseante, nos encontramos con Pedro Robles y su madre Ana, socios de la Asociación fontaniega de familiares víctimas del franquismo. Él porta en la mano la copia de una vieja foto. “Aquí aparece mi bisabuelo Juan Antonio con su murga”, explica Pedro, mientras Ana se emociona con sólo mentar a su abuelo, que tocaba el laúd, la guitarra, la mandolina e incluso escribió algunas letras.
Juan Antonio Fernández Carmona fue asesinado el 3 de septiembre de 1936 a los 40 años aproximadamente. Era jornalero y electricista, y trabajó en Sevillana Eléctrica. “Tras una huelga que hubo por la intención de venta de la empresa a Barcelona, los trabajadores se impusieron", inicia como detonante su bisnieto. Su historia se conoce a través de su bisabuela, Ana Muñoz Fernández, que “lo pasó muy mal y no nos contaba muchas cosas por miedo, nos decía que nunca dijéramos de qué partido era, pero que siempre a la izquierda y apoyar y ayudar a los pobres”.
Impresiona escuchar el relato de la nieta del murguista represaliado, dentro del que un día fue su carnaval. “Se presentaron en su casa y preguntaron por él. Mi abuela dijo que no estaba y salió su madre y dijo que sí estaba, y le pidieron que saliera. Él salió descalzo y le preguntaron si era Juan Antonio Fernández y dijo que sí. Le dijeron que se fuera con ellos. Él dijo que se iba a poner los zapatos y le dijeron que a donde iba no le iban a hacer falta. Dejó a su mujer con tres hijas, la más pequeña con cinco o seis años. Mi abuela no hablaba por miedo, pero siempre dijo que los curas eran unos chivatos y que, por su culpa, mataron a mucha gente y abusaron de muchas mujeres”.
Emilio Campos León, vecino de Fuentes, también socio de la asociación de familiares de víctimas del franquismo e integrante de la Chirigota del Kiki, tiene cuatro familiares asesinados por la represión. Su bisabuelo, José Campos Ruiz, era manijero de una cuadrilla de hombres que trabajaba para el señorito. “Hubo un conflicto en el trabajo y mi bisabuelo fue en busca del señorito para pedirle una subida salarial a sus trabajadores. Tras esa trifulca nació su hija Carmen, y en uno de los desplazamientos para ver a su recién nacida, lo cogieron antes de llegar a la casa y lo fusilaron por luchar por los derechos de su cuadrilla”, relata Emilio al teléfono, quien asegura que su abuelo “no contó nada hasta 2007, 2008, un par de años antes de morir, a través de una entrevista porque tenía miedo. De hecho, mi padre no supo nada hasta entonces”. José Campos fue asesinado el 3 de septiembre de 1936 a los 31 años de edad.
Luego reparó en la terrible historia de sus tías abuelas: Dolores, Coral y Josefa García Lora. Tres hermanas que fueron fusiladas con edades comprendidas entre los 21 y los 16 años. “Llegaron a su casa a través de unos chivatos que decían que estaban bordando las banderas de la República porque eran costureras. Una información totalmente falsa. Se llevaron primero a las dos mayores y la pequeña, Coral, tenía tanto miedo que dijo que a donde iban sus hermanas también iría ella, por lo que también se la llevaron. Teníamos entendido que se la llevaron a la finca de ‘El Aguaucho’, en la localidad vecina de La Campana, pero años más tarde, descubrimos que allí no estaban. Luego supimos que se la llevaron a un cortijo donde las desnudaron, las raparon, abusaron de ellas, las hicieron sus sirvientas, y cuando se hartaron de ellas, las fusilaron”.
Hace unos meses, según cuenta Manu Leonés, de la misma asociación, se han terminado los trabajos de exhumación de la fosa de Cañada Rosal, donde se han recuperado 74 cuerpos, los cuales están siendo identificados a través de estudios antropológicos y el cotejo de ADN. Hay cierta esperanza en que allí pueda encontrarse alguna persona represaliada de Fuentes, “ya que el Cabo Moyano, uno de los sangrientos que perpetró el horror allí, era de Cañada”, advierte Leonés. Quién sabe si esta será la oportunidad de esclarecer la popular y cruenta historia de ‘Las Niñas del Aguacho’, entre las que están Dolores, Coral y Josefa.
El carnaval fontaniego en tiempos de dictadura ha sido muy estudiado. Hasta un antropólogo americano apellidado Gillmore se dejó ver por tierras de campiña antaño para su trabajo de campo. Sin embargo, fue un historiador del terreno, José Moreno Romero, quien recogió en Crónicas del siglo XX, el relato de hasta tres generaciones que vivieron el carnaval primitivo de los inicios de siglo en Fuentes. “Si este carnaval tiene una peculiaridad, aunque no exclusiva, es que en sus orígenes era todo organizado por el pueblo, fue ya en el tardofranquismo, cuando interviene la institución mirando de reojo al de Cádiz”, matiza.
Moreno destaca que, de aquel carnaval irreverente, rebelde, necesario, a consecuencia de la censura, “hoy se mantienen únicamente las máscaras, ya que las antiguas murgas y estudiantinas han desaparecido, pero las máscaras siguen empleando las maneras típicas de marear a la gente, rodearlas, hablarles en falsete, ocultando siempre la identidad de la persona”. Haciendo una retrospectiva, apunta que dentro de la República existieron distintas etapas, pero la grandeza del carnaval fontaniego transcurrió de 1955 a 1975. “Cierto es que Fuentes tuvo que agradecerle, de alguna manera, a alguien de Cádiz, que se pudieran celebrar sus carnavales en plena dictadura”, advierte cauteloso, pues “la cuñada del alcalde franquista, José Herrera Blanco, también prima del falangista, Sancho Dávila, era de Cádiz y gustaba mucho de esta fiesta”. De igual manera, la censura era manifiesta y las murgas del momento tenían que ir a la casa del alcalde y luego al cuartelillo a cantarle las coplas que iban a sacar a la calle, para que pasaran dicha censura.
Quemado el entornao, bienvenida la Cuaresma
Y de vuelta a la calle Carrera de la actualidad, con la memoria de su pasado, entre los cantes de las agrupaciones, los vaivenes del mascareo y el pueblo entero con las puertas abiertas para su carnaval, incluidos los abuelos y las abuelas asistiendo desde sus sillas sacadas a la acera, se acerca la hora de despedirlo. El cortejo pagano da comienzo desde la plaza de la iglesia, con tramo por la Carrera hasta llegar a la zona de cacharritos, junto a la peña flamenca, donde tendrá lugar la quema. Acompañado de sus viudas, de los premiados por sus disfraces, por las máscaras y la batucada, nadie quiere despedir su fiesta grande y por eso acompañan al entornao con ademanes de retenerlo. Tal fue la retención que llegó a aparecer una integrante de la corporación de festejos para aligerar a este cortejo casi infinito.
Este año había una novedad en el carnaval fontaniego, era la primera vez en su historia que tenía un quemador. Y el honor fue concedido a uno de sus murguistas más veteranos, ‘El Margarito’ de la también veterana Murga del Margarito, que este año iban de hippies ‘Coman Babi’. Ellos eran los encargados de llevar en procesión sobre ruedas al entornao de gran dimensión, que daría cierre al carnaval en llamas. “Para mí ha sido una gran alegría ser el primer quemador oficial, porque el carnaval es lo que más me gusta y donde mejor me siento”, expresaba Margarito con inmensa alegría y agradecimiento a toda la gente que lo había hecho posible.
Bombo, caja y algún sonido de trompeta. Así se despedía un año más el Carnaval de Fuentes de Andalucía, con un himno ardiente e improvisado, alegre y triste a la vez, dando paso a las cornetas, reivindicando la risa frente a la levedad del ser. Porque reírse y celebrar siempre fue reivindicativo, incluso, cuando algunos quisieron evitarlo. Y aunque ahora otros quieren volver a intentarlo, el carnaval y su pueblo seguirán siendo libres e ingobernables.
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