Armas nucleares
El conflicto en Irán resucita el temor a que se desate una guerra nuclear
Desde hace décadas, la idea de una catástrofe atómica ha estado relegada al recuerdo borroso y en blanco y negro de la Guerra Fría. No obstante, desde hace unos años la amenaza del conflicto nuclear ha ido creciendo silenciosamente, espoleada Donald Trump y su política exterior belicista e intervencionista. El contexto global tampoco ayuda. En el último lustro ha proliferado el negacionismo del cambio climático, con el consiguiente resurgir de los combustibles fósiles —principalmente el petróleo—, y se le viene dando un nuevo impulso a la energía nuclear.
El resultado es que en 2026 hay más países que producen y almacenan la bomba atómica de los que había cuando cayó el muro de Berlín, y nunca se había invertido tanto dinero en la producción y desarrollo de armas nucleares como hasta ahora. Esta nueva primavera atómica está floreciendo en un planeta al borde del colapso climático y en medio de conflictos armados abiertos como los de EEUU e Israel en Irán, o la guerra de Ucrania.
Sin límites por primera vez desde los años 70
Hace apenas un mes expiró el New START, el último gran tratado bilateral que limitaba los arsenales nucleares estratégicos de Estados Unidos y Rusia, las dos mayores potencias nucleares del planeta. El cese de este acuerdo significa que por primera vez en más de 50 años no existe ningún límite jurídicamente vinculante para las dos mayores potencias nucleares del planeta. El fin del New START tiene lugar en un contexto de guerra abierta entre EEUU e Israel contra Irán, que en los últimos años también ha estado avanzando en su capacidad de enriquecimiento de uranio y fomentando una doctrina de “disuasión por supervivencia”.
El Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo señala que prácticamente todos los países con armas nucleares están desarrollando nuevos sistemas o actualizando los que ya tienen
Ya en 2021, cuando Moscú y Washington prorrogaron el New START, no se alcanzó ningún acuerdo sobre su reemplazo o ampliación, pese a que organismos como la ONU insistieron en la necesidad de negociar un marco posterior que incorporara, entre otros, nuevas categorías de armas estratégicas y a actores como China. Al bloqueo se sumó la guerra en Ucrania, que deterioró hasta mínimos la relación entre Rusia y Occidente, y la creciente rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China, que ha situado el control de armas en un lugar secundario respecto a otras agendas de seguridad y defensa.
El deterioro en los acuerdos de control de armas nucleares ha ido profundizándose desde 2019, cuando EEUU abandonó también el Tratado sobre Armas Nucleares de Alcance Intermedio (INF) tras acusar a Rusia de violarlo sistemáticamente. Ahora, el único gran marco multilateral que sigue vigente y que afecta a ambos países es el Tratado de No Proliferación (TNP), que ya ha evidenciado profundas divisiones sobre el ritmo del desarme y las obligaciones de las potencias nucleares.
Tica Font, presidenta del Centro Delàs de Estudios por la Paz, y experta en gasto nuclear y políticas de rearme global en la organización Alianza por el Desarme Nuclear, señala otra consecuencia directa de la expiración de los tratados: “Una vez el tratado se rompe también se rompen las relaciones que durante años tenían los técnicos, ingenieros y científicos de uno y otro lado. Había una vía directa de contacto y esto podía evitar errores y malentendidos, que se avisaran mutuamente. Existía un canal de diálogo permanentemente abierto que ahora ya no existe”.
Aumenta el rearme y el gasto nuclear
Ese debilitamiento del sistema de control mediante tratados coincide con la entrada en una nueva fase en la carrera armamentística nuclear, con un aumento sostenido del gasto en este tipo de armamento y la modernización de los arsenales de las potencias que poseen la bomba atómica. Según el último informe de ICAN (Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares), en 2024 las nueve potencias atómicas —EEUU, Rusia, China, Francia, Reino Unido, India, Pakistán, Israel y Corea del Norte— superaron los 100.000 millones de dólares de gasto en armas e infraestructuras nucleares, un 11% más que el año anterior.
En conjunto, estos nueve países han incrementado su inversión durante varios años consecutivos, lo que refleja una creciente dependencia de la disuasión nuclear en un contexto internacional cada vez más tenso. Una parte importante de ese gasto se dirige a la modernización de los arsenales existentes. El Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI) señala que prácticamente todos los países con armas nucleares están desarrollando nuevos sistemas o actualizando los que ya tienen, desde misiles balísticos hasta plataformas de lanzamiento submarinas o aéreas. La misma institución contabilizó el año pasado 12.241 ojivas nucleares en todo el mundo, de las que 9.600 forman parte de arsenales militares activos. EEUU y Rusia poseen cerca del 90%.
El gran beneficiado por este aumento del presupuesto militar y del gasto nuclear son las empresas privadas de defensa. El informe de ICAN calcula que al menos 42.500 millones de dólares del gasto nuclear de 2024 se destinaron a contratos con empresas privadas encargadas de diseñar, producir o mantener los sistemas nucleares. Según SIPRI, la combinación de estas innovaciones tecnológicas y el deterioro de los tratados de control de armas está alimentando una “nueva carrera armamentística nuclear” a escala global.
Valentina Carvajal (Greenpeace) considera que el impacto climático de un conflicto nuclear tampoco está suficientemente presente y valorado entre la opinión pública ni en el debate político
Tanto ICAN como el Centro para el Control de Armas y la No Proliferación insisten en que este incremento no se explica solo por crisis coyunturales concretas, sino por programas de modernización a muy largo plazo aprobados por los gobiernos, cuyos costes tienen una proyección de décadas.
El mismo informe muestra un crecimiento muy significativo del gasto nuclear en Asia, con China a la cabeza. En 2024, el gasto chino superó los 12.500 millones de dólares, un aumento interpretado como parte de la estrategia china para acercarse al nivel de disuasión de Estados Unidos. India y Pakistán, aunque manejan cifras absolutas menores, también ha incrementado de forma sostenida sus presupuesto nuclear en un contexto de conflicto latente y episodios recurrentes de tensión militar en Cachemira y en la frontera. En las últimas semanas, la guerra entre EEUU e Israel contra Irán, ha puesto sobre la mesa la dimensión atómica del conflicto.
Font cree que nos encontramos en una nueva carrera armamentística nuclear comparable a la de la Guerra Fría. “La lección que están aprendiendo muchos países es: ‘seré el tipo de país que sea, pero si tengo armas nucleares no me tocan’”, y pone el ejemplo de Rusia, cuyo potencial militar ha quedado muy en entredicho con su estancamiento en Ucrania y que, sin embargo, sigue siendo considerada una potencia militar por Estados Unidos.
La experta añade que actualmente hay entre 20 y 25 países que quieren obtener la bomba atómica mediante inversiones en infraestructuras para producirla. “La mayoría de estos países se encuentran en Asia meridional y Oriente Medio, como Japón o Arabia Saudí”. Esto, a sus ojos, puede significar “que muchos de estos países piensan que EEUU ya no es un aliado tan fiable”.
Devastación climática
El clima es otra de las víctimas del uso y los ensayos con armas nucleares, que a su capacidad destructiva se le añaden unos efectos devastadores sobre el medio ambiente. El impacto no se limita a la radioactividad. Desde los años 80, varios modelos de climatología nuclear han demostrado que las pruebas de este tipo de armamento lanzan miles de toneladas de humo y ceniza a la estratosfera, bloqueando los rayos del sol y alterando ecosistemas.
Estos escenarios se plantean en un planeta ya sometido a un calentamiento superior a 1ºC con respecto a los niveles preindustriales, con sistemas agrícolas sometidos a un gran estrés hídrico debido a la sequía, y cientos de millones de personas viviendo en condiciones de alta vulnerabilidad climática. Sin embargo, en la agenda rara vez se incorpora el riesgo nuclear como una variable a tener en cuenta. El debate se centra en las emisiones de gases de efecto invernadero o la transición energética, pero apenas menciona los riesgos ambientales que podría ocasionar un conflicto nuclear.
La responsable de la campaña de paz y desarme en Greenpeace, Valentina Carvajal, considera que el impacto climático de un conflicto nuclear tampoco está suficientemente presente y valorado entre la opinión pública ni en el debate político, ya que dicho debate suele centrarse en la dimensión militar o geopolítica. “Es importante recordar que las armas nucleares ya generan impactos ambientales incluso sin ser utilizadas. Todo su ciclo de vida, desde la extracción de uranio hasta la producción, los ensayos, el almacenamiento o la gestión de los residuos nucleares implica contaminación radiactiva y daños ambientales que pueden durar siglos”.
Carvajal incide en que “el riesgo de una guerra nuclear es diferente a otros desafíos globales y tiene una característica única, que no existe recuperación posible después. No hay un sistema sanitario capaz de responder, no hay infraestructuras que pueda reconstruir, no hay estabilidad climática que pueda restablecerse”. La experta asegura que “llevamos casi ocho décadas con la capacidad de destruir gran parte de la vida en el planeta”, y que hoy el riesgo “vuelve a aumentar en un contexto de creciente tensión geopolítica y debilitamiento de los acuerdos de control de armamento”.
El Consejo de Seguridad Nuclear en España recuerda que las pruebas nucleares llevadas a cabo durante los últimos 60 años ya han provocado contaminación a gran escala en amplias zonas del planeta. Las explosiones nucleares también alteran procesos climáticos básicos. En los días con mayor radiactividad procedente de pruebas nucleares las nubes son más densas y las precipitaciones aumentan, lo que altera los procesos de formación de nubes y la distribución de la lluvia en zonas que se encuentran a miles de kilómetros de los sitios de pruebas.
Desde Greenpeace, Carvajal recuerda que en los ensayos atmosféricos realizados en ese periodo se registró que las explosiones nucleares “liberaron una energía equivalente a 29.000 bombas como la de Hiroshima. La lluvia radioactiva generada por estas pruebas se dispersó a grandes distancias y sigue siendo detectable a escala global, contaminando aire, agua y suelos durante generaciones”. En el Pacífico y Asia Central, esa contaminación incluso desplazó a poblaciones enteras, y aún hoy existen restricciones de acceso y consumo de alimentos. Además, en estas zonas aumentaron exponencialmente los casos de cánceres y malformaciones congénitas.
Un enfoque alejado de la guerra
El clima social también es muy distinto al de la Guerra Fría. Entonces, la amenaza nuclear estaba presente de manera constante en la vida cotidiana y en el imaginario colectivo. Se desataron numerosas y gigantescas movilizaciones antinucleares, eran corrientes las protestas masivas contra los ensayos atómicos, y existía una gran conciencia sobre el riesgo de destrucción total. Hoy, y a pesar del auge nuclear en la nueva carrera armamentística, la amenaza atómica ocupa un lugar menor en el debate público global, y la atención se ha desplazado hacia otras crisis más inmediatas, como el cambio climático o la desigualdad.
En este contexto nació el Tratado sobre la Prohibición de Armas Nucleares (TPNW). Impulsado por la ONU y en vigor desde 2021, prohíbe el desarrollo, posesión, transferencia y uso de armas nucleares, y pone el derecho humanitario en el centro del desarme. Sin embargo, entre los 95 países firmantes no se encuentra ninguna de las nueve potencias nucleares ni ningún miembro de la OTAN —España entre ellos—.
El TPNW recoge la postura del activismo antinuclear surgido durante la Guerra Fría y evidencia ese declive en la percepción social del peligro nuclear, pese a tratarse de un riesgo creciente. También busca reactivar la agenda de desarme desde las consecuencias humanitarias, de salud y ambientales.
A diferencia del Tratado de No Proliferación Nuclear (NPT), no legitima la posesión de armas atómicas por parte de un grupo reducido de países, sino que las coloca en la misma categoría de prohibición absoluta que las armas químicas y biológicas, con un énfasis explícito en las víctimas y en los daños a largo plazo.
La responsable de la campaña de paz y desarme en Greenpeace aclara que “en un momento en el que el riesgo nuclear vuelve a aumentar, el papel de la sociedad civil es más necesario que nunca”, por eso el objetivo de la organización “es que España se adhiera al TPNW y que la ciudadanía conozca los riesgos reales que supone este armamento”.
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