Brasil
Hobsbawm en Brasil y la revolución que no fue en América Latina
Eric Hobsbawm dedicó buena parte de su obra al estudio de la industrialización, las revoluciones burguesas, el movimiento obrero, el surgimiento de las naciones y las transformaciones derivadas del desarrollo del capitalismo.
De joven viajó a España en bicicleta para ver qué pasaba y sumarse al bando republicano. En la frontera fue detenido por una patrulla anarquista y escoltado de vuelta a Francia. El episodio, que parece sacado de una novela, da una idea de la intensidad con la que el joven Hobsbawm vivió la política de su tiempo.
Un historiador marxista
Nacido en Alejandria (Egipto) en 1917, Hobsbawm ingresó en el Partido Comunista de Gran Bretaña (PCGB) en 1936 y, después de la Segunda Guerra Mundial, formó parte, junto a Maurice Dobb, Rodney Hilton, Christopher Hill, E. P. Thompson y otros, del célebre Grupo de Historiadores del Partido Comunista. El grupo desempeñó un papel fundamental en la formación de una nueva historia social marxista británica.
El año 1956 marcó una ruptura. El XX Congreso del PCUS, el discurso de Jrushchov sobre los crímenes de Stalin y, sobre todo, la invasión soviética de Hungría provocaron una profunda crisis en el movimiento comunista internacional. La mayoría de los historiadores del grupo abandonó el partido. Hobsbawm, en cambio, permaneció en él.
Conviene, sin embargo, matizar esta permanencia. Siguió siendo formalmente miembro del PCGB hasta su disolución en 1991, pero después de 1956 se fue distanciando de la actividad política del partido. Su fidelidad al comunismo fue desde entonces más una posición intelectual, moral y de identidad política que una militancia partidaria cotidiana.
Hobsbawm situó en el primer plano de la historia social a los movimientos sociales que habían quedado relegados al anonimato de los archivos policiales, las páginas sensacionalistas de los periódicos, las leyendas, los relatos y los cantos populares
De su obra destacan líneas de investigación como la industrialización y el expansionismo del capitalismo, los rebeldes y los bandidos, el fenómeno de las naciones, el nacionalismo y la invención de la nación moderna. Rebeldes primitivos (1959), un estudio sobre las formas arcaicas de protesta social organizada, y Bandidos (1969) son sus dos primeras grandes obras de historia social, fuera del ámbito de la historia económica, en el que más trabajó.
La interpretación de Hobsbawm sobre el bandolerismo social, encarnado en figuras como Robin Hood, rompió con la tradición historiográfica que consideraba mero delincuente, un “fuera de la ley”, a todo participante en las luchas armadas contra el poder establecido. Situó así en primer plano movimientos sociales que habían quedado relegados al anonimato de los archivos policiales, las páginas sensacionalistas de los periódicos, las leyendas, los relatos y los cantos populares.
Sus obras más importantes, las que le dieron la reputación internacional de la que gozó como historiador, son la trilogía formada por La era de la revolución, 1789-1848 (1962), La era del capital, 1848-1875 (1975) y La era del imperio, 1875-1914 (1987), a la que se puede añadir Historia del siglo XX (1994). Publicó su último libro, Cómo cambiar el mundo, en 2011.
América Latina: el laboratorio de la revolución
Hobsbawm no fue un especialista en historia de América Latina ni un latinoamericanista. Su campo profesional fue fundamentalmente la historia europea. Sin embargo, América Latina ocupó un lugar singular en su vida intelectual.
Su interés inicial no fue estrictamente académico. América Latina le atrajo por su potencial revolucionario. Tras el triunfo de Fidel Castro en Cuba, en 1959, el continente se convirtió para buena parte de la izquierda intelectual europea en una especie de laboratorio de la revolución social. Hobsbawm no fue una excepción.
Viajó a Cuba por primera vez en 1960, invitado por Carlos Rafael Rodríguez, figura relevante del Partido Comunista Cubano. Hobsbawm era entonces miembro del PCGB y también fundador del Comité Británico-Cubano. Al regresar a Londres escribió para New Statesman que la Revolución Cubana constituía “un espécimen de laboratorio único en su tipo”: un núcleo de intelectuales y un movimiento de masas de campesinos. La consideraba algo “notablemente alentador” que, salvo una intervención militar estadounidense, convertiría pronto a Cuba en “el primer país socialista en el hemisferio occidental”.
Hobsbawm regresó de América Latina impresionado del potencial revolucionario de los movimientos campesinos y convencido de que estaba destinada a convertirse en “la región más explosiva del mundo”
Era la luna de miel con la revolución cubana. Hobsbawm volvería a Cuba entre diciembre de 1961 y enero de 1962 y participaría activamente en las campañas de solidaridad con la revolución. Sin embargo, después de aquel entusiasmo inicial, escribió relativamente poco sobre la evolución concreta de la Revolución Cubana. Sí fue, en cambio, muy crítico con los movimientos guerrilleros que intentaron reproducir su experiencia en otros países latinoamericanos.
A finales de 1962 inició su primer gran viaje por América Latina continental. Durante tres meses recorrió Brasil, Argentina, Chile, Perú, Bolivia y Colombia. Había obtenido una beca de la Fundación Rockefeller para investigar las formas “arcaicas” de protesta social, un tema relacionado con Rebeldes primitivos.
Pero el historiador llevaba consigo algo más que una agenda académica. Buscaba nuevas expresiones de rebelión campesina y, en el fondo, nuevos indicios de la revolución que parecía estar anunciándose en el continente.
Regresó convencido de que América Latina estaba destinada a convertirse en “la región más explosiva del mundo” durante la década siguiente. Le impresionaba especialmente el potencial revolucionario de los movimientos campesinos de Perú y, sobre todo, de Colombia.
Cuba, Fidel y el Che
Respecto a Cuba, Hobsbawm compartió inicialmente muchos de los paradigmas manejados entonces por la izquierda europea. Consideraba que, en sus orígenes, Fidel Castro era un líder populista de izquierdas y que ni él ni sus camaradas eran comunistas, a excepción de dos de ellos. El Partido Comunista cubano había mantenido inicialmente una relación distante con el movimiento de Castro.
En su interpretación, el giro posterior hacia el comunismo estuvo relacionado tanto con el papel desempeñado por el Partido Comunista en la organización del nuevo Estado como con la ofensiva anticomunista de Estados Unidos.
Mucho más contundente fue su crítica al Che Guevara y al foquismo. Para Hobsbawm, el error de los revolucionarios latinoamericanos fue convertir la experiencia cubana en una receta exportable. La estrategia de pequeños grupos armados capaces de desencadenar por sí solos una revolución le parecía equivocada. La experiencia cubana había sido excepcional y sus condiciones “peculiares y nada fáciles de repetir”.
La crítica de Hobsbawm al guevarismo tenía un componente profundamente leninista, basado en la ausencia de una estrategia adecuada a las condiciones concretas, interpretando su muerte en Bolivia como consecuencia de una evaluación errónea de la situación
No rechazaba por principio la lucha armada. Lo que rechazaba era la idea de que la voluntad revolucionaria de un pequeño grupo pudiera sustituir al análisis de las condiciones sociales, a la organización política y a la existencia de una base popular suficientemente amplia.
En ese sentido, su crítica al guevarismo tenía un componente profundamente leninista. El problema no era la falta de heroísmo, sino la ausencia de una estrategia adecuada a las condiciones concretas. La muerte del Che en Bolivia no la interpretaba como el sacrificio romántico de un revolucionario condenado a la derrota, sino como consecuencia de una evaluación errónea de la situación. La revolución, para Hobsbawm, no se hacía simplemente porque unos pocos quisieran hacerla.
Perú y Chile: dos caminos inesperados
Tras el desencanto con Cuba y la crítica al foquismo, Hobsbawm continuó buscando experiencias que pudieran abrir caminos alternativos. En Perú encontró un caso insólito: la revolución dirigida desde arriba por las Fuerzas Armadas del general Juan Velasco Alvarado, que tomó el poder en 1968. Hobsbawm mostró inicialmente cierta simpatía por aquel régimen militar antioligárquico y antiimperialista, sobre todo por su reforma agraria y su intento de transformar la estructura social del país.
El otro gran experimento fue Chile. La elección de Salvador Allende en septiembre de 1970 abrió una perspectiva que le resultaba especialmente atractiva: una transición al socialismo por vía democrática y pacífica. La Unidad Popular reunía a socialistas y comunistas y se apoyaba en uno de los movimientos obreros más sólidos de América Latina. Hobsbawm esperaba su éxito, aunque consideraba que las probabilidades estaban en contra.
El golpe de septiembre de 1973 no le sorprendió, aunque sí le afectó profundamente. Para él, Allende no se había suicidado: lo habían asesinado. Pero también consideraba que la izquierda había subestimado el miedo y el odio de la derecha y su disposición a abandonar la legalidad cuando esta dejara de servir a sus intereses.
Los años de las dictaduras
La derrota chilena se produjo en un continente en el que ya se habían extendido las dictaduras militares. Brasil estaba bajo régimen militar desde 1964; Argentina, desde 1966; Bolivia sufrió un nuevo golpe en 1971 y Uruguay en 1973, mientras que Perú había iniciado en 1968 su peculiar experiencia de gobierno militar.
Hobsbawm interpretó aquellos regímenes como resultado de una combinación de factores: el miedo de las oligarquías locales a las masas urbanas movilizadas por los movimientos populistas y a las guerrillas rurales inspiradas por Castro, junto con el temor de Estados Unidos a la expansión del comunismo en el contexto de la Guerra Fría. Al referirse a los golpes sudamericanos, llegó a escribir que habían sido “apoyados con fuerza, acaso organizados, por los Estados Unidos”
Colombia: la revolución que nunca llegó
A partir de mediados de los años setenta, Hobsbawm escribió relativamente poco sobre los problemas contemporáneos y las perspectivas revolucionarias de América Latina. La región estaba dominada por dictaduras y la esperanza revolucionaria se había ido apagando.
Colombia fue la excepción. Hobsbawm siguió ocupándose de las FARC, un movimiento guerrillero de la vieja escuela, dirigido por el Partido Comunista y sostenido por el apoyo de campesinos y trabajadores rurales. Las calificó de “formidables y destructivas”. Junto a ellas habían aparecido otros movimientos: el EPL, maoísta; el ELN, de inspiración cubana; y el M-19. Pero la lucha armada no había conseguido acercar a Colombia a la revolución social.
Hobsbawm siguió con atención los intentos de negociación iniciados en los años ochenta. Pero la larga persistencia de la guerra terminó convirtiéndose, más que en una promesa revolucionaria, en una demostración de los límites de la lucha armada.
Hobsbawm conversó sobre política con Lula da Silva, el Partido de los Trabajadores le interesaba por ser un partido socialista de raíces sindicales y su crecimiento electoral le pareció suficiente para “alegrar el corazón de la vieja izquierda”
Brasil, la última esperanza
Brasil fue adquiriendo para Hobsbawm una importancia cada vez mayor. Durante los años ochenta y noventa siguió visitando el país, participando en congresos, dando conferencias y relacionándose con una nueva generación de historiadores y científicos sociales. En 1992 llegó a conversar sobre política con Lula da Silva, dirigente del Partido de los Trabajadores.
El PT le interesaba especialmente porque lo veía como un partido socialista de raíces sindicales, algo excepcional en América Latina y cada vez más raro en el mundo desarrollado. El crecimiento electoral del partido durante los años noventa le pareció una de las pocas señales alentadoras para la vieja izquierda. En Años interesantes (2002) escribió que el crecimiento sostenido del PT bajo la dirección de Lula era suficiente para “alegrar el corazón de la vieja izquierda”.
Pero aquellas ilusiones de los años setenta se fueron enfriando con el paso de los años y, ya en los últimos textos, asume, a pesar de las buenas palabras dedicadas a las FARC, que la revolución anhelada no va a llegar. Muestra una cierta frustración e impotencia ante la evolución histórica regional, ante la revolución que no fue o no pudo ser posible: “La revolución —dice—, tan esperada, y en tantos países necesaria, no sucedió, asfixiada por los militares indígenas y los Estados Unidos, pero no menos por la debilidad interna, la división y la incapacidad”. Era el reconocimiento de una derrota histórica.
El viejo comunista seguía sintiendo curiosidad y simpatía por las experiencias que desafiaban la hegemonía estadounidense, pero ya no parecía dispuesto a proyectar sobre ellas las expectativas revolucionarias de su juventud
Chávez y la revolución que ya no esperaba
Hobsbawm sintió cierta simpatía por Hugo Chávez, pero no porque creyera que Venezuela estuviera construyendo una sociedad socialista. Su simpatía procedía sobre todo de la oposición de Chávez a Estados Unidos y del apoyo que recibía de sectores vinculados al antiguo Partido Comunista Venezolano.
En Años interesantes señaló que Venezuela y Guyana fueron los únicos países latinoamericanos que no había visitado. Durante el período de Chávez siguió la situación venezolana a través de conversaciones con Richard Gott, especialista en América Latina y biógrafo de Chávez.
El viejo comunista seguía sintiendo curiosidad y simpatía por las experiencias que desafiaban la hegemonía estadounidense, pero ya no parecía dispuesto a proyectar sobre ellas las expectativas revolucionarias de su juventud.
Lula y la última desilusión
En octubre de 2002, Leslie Bethell fue a casa de Hobsbawm, en Londres, para celebrar con él la elección de Lula como presidente de Brasil. Bebieron champán en el jardín de su casa.
Cuando se acabó el champán, Hobsbawm miró a Bethell y le dijo: “Ahora supongo que esperamos que nos decepcionen una vez más”. La frase resume bien la posición de Hobsbawm al final de su vida. No había renunciado al ideal de transformación social, pero había dejado de creer que las experiencias latinoamericanas que había seguido durante décadas fueran a conducir a la revolución que había esperado.
¿Qué habría pensado Hobsbawm de este nuevo ciclo político brasileño? ¿Qué habría dicho hoy sobre el avance arrollador de las derechas extremas en América Latina bajo la influencia de Trump?
La historia posterior de Brasil añade un epílogo que Hobsbawm no pudo conocer. La victoria de Jair Bolsonaro en 2018 pareció confirmar, al menos durante un tiempo, los temores de una nueva desilusión de la izquierda latinoamericana. Pero el regreso de Lula a la presidencia en 2022 volvió a complicar cualquier conclusión sencilla. La persistencia del bolsonarismo, ahora con Flávio Bolsonaro como heredero político de su fundador, demuestra que el ciclo sigue abierto.
Quizá sea mejor dejar abierta la pregunta: ¿qué habría pensado Hobsbawm de este nuevo ciclo político brasileño? Y, más ampliamente, ¿qué habría dicho hoy sobre el avance arrollador de las derechas extremas en América Latina, en un contexto internacional marcado por la influencia de Trump?
¿Qué queda fuera de ¡Viva la revolución!?
Antes de morir, Hobsbawm dejó instrucciones para que sus artículos y ensayos sobre América Latina fueran reunidos en un volumen. Leslie Bethell, amigo y colega suyo durante más de cincuenta años, fue el encargado de seleccionar y editar los textos.
¡Viva la revolución! es, por tanto, un libro heterogéneo: artículos periodísticos, ensayos, reseñas críticas, trabajos académicos, capítulos procedentes de otras obras y escritos de intervención política. No es una historia de América Latina ni una obra sistemática sobre el continente. Es, más bien, el testimonio de una mirada cambiante sobre una región que durante varias décadas ocupó un lugar privilegiado en las expectativas políticas de Hobsbawm.
¡Viva la revolución! da testimonio de una mirada cambiante sobre América Latina que durante varias décadas ocupó un lugar privilegiado en las expectativas políticas de Hobsbawm
La mayoría de los textos se concentran en los años sesenta y setenta, aunque el volumen incorpora también materiales posteriores. El libro permite seguir especialmente bien el período que va desde la Revolución Cubana hasta la derrota de las experiencias revolucionarias y reformistas de los años setenta.
Quedan, por tanto, en buena medida fuera de la recopilación acontecimientos fundamentales de las décadas posteriores: las guerras y los genocidios centroamericanos de los años ochenta, el final de las dictaduras y las transiciones democráticas y, ya en el siglo XXI, la llamada “marea rosa”, así como el posterior avance de una “marea azul” de signo conservador y derechista. El libro recoge sobre todo al Hobsbawm que todavía buscaba la revolución.
Un pasado que pudo ser futuro
Al final de su vida, Hobsbawm reconoció el fracaso del experimento comunista soviético, pero no abandonó el ideal marxista ni la convicción de que el capitalismo generaba desigualdades que exigían una respuesta política y social.
Su relación con el comunismo fue hasta el final compleja. No fue un apologista de Stalin ni un defensor acrítico de la Unión Soviética, pero tampoco quiso renegar de la tradición política en la que se había formado.
Durante décadas Hobsbawm buscó en América Latina algo que la historia terminó negándole: una revolución social capaz de transformar radicalmente las estructuras de poder
Quizá por eso su relación con América Latina resulte tan interesante. Durante décadas buscó allí algo que la historia terminó negándole: una revolución social capaz de transformar radicalmente las estructuras de poder. Primero fue Cuba; después Perú, Colombia, Chile, las guerrillas, Brasil y finalmente Lula. Cada experiencia abrió una posibilidad y cada una, de una manera u otra, terminó mostrando sus límites.
Hobsbawm fue abandonando poco a poco la esperanza de que aquella revolución llegara, pero nunca abandonó del todo el ideal que la había alimentado. Como señaló Tony Judt, en Hobsbawm parecía pesar más la fascinación por el pasado —incluido aquel pasado que pudo haber sido y no fue— que por el futuro. Tal vez ahí esté la clave de su relación con América Latina.
No fue un historiador latinoamericanista, ni pretendió serlo. Fue un historiador europeo que miró hacia América Latina buscando el futuro que había imaginado para el mundo. Y encontró, en cambio, una larga historia de revoluciones que no fueron, de revoluciones que fracasaron, de revoluciones que cambiaron de rumbo y de revoluciones que acabaron convirtiéndose en otra cosa.
Al final, quizá lo que más le interesó no fue tanto saber si la revolución triunfaría, sino comprender por qué, una y otra vez, los hombres y mujeres de América Latina habían intentado hacerla.
Opinión
Aquella revolución cubana que tanto nos enamoró
Chile
“Allende iba a anunciar un plebiscito el 11-S, con opción a nueva constitución”
Brasil
¿Lula 4 o Bolsonaro 2.0? Segunda vuelta y el futuro de Brasil
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!