Ceuta
Las dos velocidades de Ceuta: entre quienes se manifiestan y quienes tienden la mano
Es 2 de septiembre, Día Nacional de Ceuta. La Ciudad Autónoma se levanta envuelta por una niebla que hace que los ferris procedentes de Algeciras tengan problemas para atracar. Las temperaturas de un verano que da sus últimos coletazos han vuelto a subir y, junto a la humedad, el ambiente es casi irrespirable. En la plaza de África, donde se emplaza el monolito dedicado a los caídos de la guerra del mencionado continente, varios carteles le recriminan a Pedro Sánchez que haya “abandonado” al pueblo ceutí después de que unas 80.000 personas procedentes de Marruecos —y de orígenes diversos— llegaran a la ciudad el pasado 30 de julio. Desde el Gobierno se insiste en que en la Ciudad Autónoma solo quedan cinco mil, pero las organizaciones aseguran que se trata de más del doble.
Banderas de España y de Ceuta salpican los balcones de los edificios, también los escaparates de comercios de diferente índole. En los bazares ya no quedan, se han agotado. Los ceutíes entran y salen para comprar cartones, rotuladores y silbatos: preparan la manifestación de las ocho de la tarde. En el centro del casco antiguo, un par de hombres mayores hablan de “fusilar” a Grande-Marlaska, “de hacerlos rabiar”. En un quiosco, otro grupo de hombres comenta la noticia del día: por lo visto hay un informe que atestigua que el Gobierno podría haber estado informado sobre el paso de decenas de miles de personas hace poco más de un mes. En las calles y en los bares —algunos con carteles explícitos de entrada solo para españoles— no se habla de otra cosa. Unas calles, las del centro, cuya vida se desarrolla con “normalidad”.
“Yo soy español, español, español” o “Ceuta no se vende, Ceuta se defiende” son algunos de los cánticos que entonan los corredores de la carrera “Corre por Ceuta”, ataviados la gran mayoría con banderas españolas a modo de capa. Estos y “Pedro Sánchez, hijo de puta” son los que más corearán en la manifestación programada para las ocho de la tarde. Los mensajes de odio no son algo solo presente en las redes sociales, sino que forman parte de las conversaciones de una parte —pequeña pero gritona— de los habitantes de la Ciudad Autónoma.
La Ceuta del centro
La mayoría de comercios permanecen cerrados, pero para bares y restaurantes hoy es un día grande: al mediodía las terrazas empiezan a llenarse de gente tomando un salpicón, una tosta de chicharrón o una ensaladilla rusa acompañada de una cerveza o un tinto de verano. “Nunca habíamos tenido tantos turistas”, bromea un parroquiano en un bar, en referencia a la dificultad para encontrar alojamiento estos días en la Ciudad Autónoma. Aquí hay quien está intentando ayudar, como M., que alquila el apartamento a periodistas a un precio razonable e intenta hacer todo lo posible por acomodar a los que vienen a documentar lo que pasa; y otros que están haciendo el agosto e inflan los precios hasta límites insospechados. Los que se comportan y los que se aprovechan.
En Sidi Embarek, a pocos metros de la mezquita se encuentra un campamento autogestionado en el que viven unas 300 personas; todo mujeres y menores
La mañana transcurre más o menos tranquila hasta que Alberto Núñez Feijóo aparece por allí, en la Plaza España —como no podía ser de otra manera, acompañado, además, por su séquito de seguridad, del presidente ceutí Juan Vivas, una de las personas del momento—. Tras pronunciar el discurso de las últimas semanas, ambos se dan un pequeño baño de masas. “Presidente, presidente” vitorean los allí presentes. A Vivas lo besan, mientras una señora le pregunta “¿qué haríamos sin usted, presidente?”. En el alboroto por el paseo del presidente, también hay quien aprovecha para insultar a la prensa allí presente, concretamente a La Sexta y a RTVE. La policía, impasible, no hace nada por cortar con la escalada verbal contra los periodistas de los medios citados.
La Ceuta de la periferia
A escasos dos kilómetros de todo lo descrito, se encuentra el barrio periférico de Sidi Embarek, al que se llega a través de la avenida de África. A medida que uno asciende hacia el lugar, el paisaje cambia radicalmente. Las banderas empiezan a desaparecer y se hace notoria la presencia de los recién llegados. Muchachos imberbes, adolescentes y algunos un poco más mayores deambulan por las calles con poco o nada que hacer. Algunos cargan bolsas de plástico con enseres, otros van con las manos en los bolsillos. Habitualmente en pequeños grupos de dos a cuatro personas, a los recién llegados se los distingue por las chanclas. Con o sin calcetines, la mayoría lleva este calzado. También hay quien lleva un complemento que no pasa desapercibido: vendajes en piernas y manos. La violencia contra estas personas ha sido —y continúa siendo—una constante durante las últimas semanas, según reportan desde diferentes organizaciones.
Ya en Sidi Embarek, a pocos metros de la mezquita se encuentra un campamento autogestionado en el que viven unas 300 personas, todas mujeres y menores. En la entrada hay dos carteles escritos en árabe y en español: “No hay sitio” y “21.00”. La función de ambos es más que evidente. Por fuera de la carpa habilitada decenas de niños y niñas de diferentes edades corretean jugando, ajenos completamente a la situación. “Ellos son niños, juegan todo el día y no se dan cuenta de nada”. Quien habla es K., al mando del centro improvisado donde decenas de mujeres recién llegadas conviven las unas con otras bajo el calor sofocante de la carpa cedida por la ONG Luna Blanca.
K. no es ninguna trabajadora de ninguna organización, ni nadie con un cargo público: es una vecina del barrio, que junto con sus hijos, y viendo lo tremendo de la situación, se puso manos a la obra apenas unos días después de la llegadas de personas migrantes para intentar atender a algunas de las mujeres. Ahora, tras más de un mes de trabajo incansable, su salud se empieza a resentir. “Estoy agotada”, dice bajo el efecto invernadero de la carpa, en un espacio habilitado para las labores logísticas: cocina, selección de ropa, reparto de agua. Asegura que en los últimos días se ha tenido que tomar un par de pastillas para la tensión y que no está bien. Por allí han pasado autoridades, sí, —entre ellas la Organización Internacional para las Migraciones (OIM)— pero nadie se ha arremangado a trabajar. Sí lo han hecho sus hijos, F. y A., quienes, cada día después del trabajo, enfilan hacia el campamento para echar un cable con lo que haga falta.
Ni K. ni sus hijos han ido “porque no es una manifestación para todos”, dice ella
El campamento vive de las donaciones: allí se reparte ropa, productos higiénicos de primera necesidad, comidas calientes, agua, mantas. Hoy hay lentejas. Nada tiene que ver con los que el Gobierno ha levantado recientemente en Loma Margarita y en Loma Colmenar. Media docena de mujeres recién llegadas trabajan como voluntarias. Con historias de vida diferentes y diversos motivos para migrar, todas ellas tienen algo claro: no quieren volver a Marruecos. Algunas de ellas cargaron a los hijos en flotadores y se los trajeron, es evidente que nadie arriesga la vida de su progenie por gusto o por un capricho. También hay las que han vuelto de manera voluntaria tras darse cuenta de las condiciones en las que iban a vivir al menos, durante unos meses.
Durante la larga conversación con K. y sus hijos, las historias de estas mujeres se suceden entrelazadas con la indignación a causa del abandono institucional, pero el tono empleado y los argumentos esgrimidos nada tienen que ver con los de los portadores de las banderitas. En el campamento de Sidi Embarek hay queja y enfado, y mucho, pero también hay la voluntad de ponerse manos a la obra para intentar aliviar el sufrimiento de estas personas. Es la diferencia entre una Ceuta y la otra, entre los que gritan y los que, además de gritar, hacen. K. asegura que no es fácil gestionar a tantas personas, pero dice que no le queda otra opción.
En las calles aledañas al campo, hay una pequeña tienda de electrónica. “Móviles, cargadores y baterías portátiles”, dice quien atiende. Esto es lo que más compran los chavales que por allí deambulan. El dependiente asegura haber aprendido unas palabras de árabe para poder comunicarse con los chavales y considera que la prensa “miente”.
—¿Por qué miente?
—Porque Ceuta no es racista.
“Ceuta será la tumba del sanchismo”
De vuelta a la Ceuta del centro, aparece el júbilo, la música, las proclamas, la violencia contenida en unas banderas y un escudo que nunca han representado a todos. A las siete de la tarde, en las Murallas Reales, empieza la manifestación. Ni K. ni sus hijos han ido, “porque no es una manifestación para todos”, dice ella. Y no lo es, ciertamente. No se trata de un encuentro para celebrar el Día de Ceuta, ni mucho menos. Empiezan los cánticos, que se alargarán hasta bien entradas las 11 de la noche: “Ceuta será la tumba del sanchismo”, “Sánchez a prisión; Sánchez dimisión”, “Yo soy español, español, español”, “Un caballa nunca se rinde” y la que más impacta: “Invasores, expulsión”. En los diferentes parlamentos, y también en boca de la gente, esa palabra, “invasión”, adquiere una connotación rara, como de siglo pasado, cuando menos.
De vuelta, esa parte de la población ceutí que durante la manifestación se ha quejado de que no puede “vivir con normalidad”, de que “tiene miedo” o de que no puede “salir de casa”, se va sentando en las terrazas de los bares. Es posible que haya cierta verdad en sus palabras, o por lo menos, que esa sea su percepción, pero lo cierto es que en la calle también hay un discurso inflamado por una clase política que está aprovechando la coyuntura para hacer campaña electoral y avanzar posiciones.
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