Ceuta
“La violencia está en todas partes”: denuncian agresiones continuas contra las personas migrantes en Ceuta
Ramsés Mohamed está harto, ya es un mes de movilización continua, y de ver cómo las administraciones no avanzan. Este integrante de la asocación Elín, que lleva reportando la situación en las calles ceutíes desde el principio de la crisis humanitaria, transmite su cansancio: “Hemos visto pequeños pasos orientados a dar alojamiento a algunas de estas personas, como veníamos exigiendo desde hacía más de tres semanas, pero esos primeros pasos están siendo muy limitados y sin duda insuficientes de cara a responder a la dimensión humana y social que está teniendo toda esta situación en Ceuta”.
El activista se refiere a los campamentos levantados por el ministerio de migraciones recientemente: el de Loma Margarita y el de Loma Colmenar. Instalaciones que albergan a 2.000 personas en total, solo una parte de las más de 10.000 personas que estiman los colectivos que aún se hallan en la ciudad autónoma. El doble de las que el ministro de interior, Fernando Grande-Marlaska ha reconocido: “Es mentira que sean 5.000”, afirma el activista.
Esta semana se abría un nuevo centro en la Hípica, en el que se espera acoger a mujeres, niños y niñas, la mayoría alojadas previamente en la pista deportiva del barrio del Príncipe. Ramsés explica que solo ha habido lugar para 320, hallándose aún en gran número en situación de calle. Todo va desesperadamente lento, y nombrar un mando único no ha logrado disipar esa sensación de bloqueo, con consecuencias terribles para las personas: “cada día que pasa, es un día más en el que estas personas se ven expuestas a una serie de situaciones de vulnerabilidad, de violación de de sus derechos y sobre todo de una situación de precariedad que agrava la situación sanitaria, la situación social y la convivencia —entre comillas— en la ciudad de Ceuta”, concluye el integrante de Elín.
Cada día que pasa, además, las situaciones de violencia se repiten a todas horas, los activistas de Elín ven sus huellas, “observamos como la mayoría de los chicos que están en situación de calle en la zona de las naves, en la zona de la playa del Trampolín, presentan heridas, contusiones y golpes que atribuyen en el 90% de los casos a palizas de los militares”, apunta Ramsés. El objetivo de esta violencia es que las personas migrantes no puedan estar tranquilas en ningún sitio, y en último término, que regresen a Marruecos por su propio pie, valora el activista, advirtiendo que las violencias no se detienen ante niñas, niños y adolescentes. Una situación que se podría haber evitado si se hubiese reaccionado “desde el minuto uno”.
“Observamos como la mayoría de los chicos que están en situación de calle presentan heridas, contusiones y golpes que atribuyen en el 90% de los casos a palizas de los militares”
Además de la tardanza del gobierno nacional, Ramsés apunta a la inacción del gobierno local “por dificultar la identificación de espacios y de lugares para habilitarlos de cara a dar una acogida digna a estas personas, sacarlas de la calle, proceder a su identificación y con ello posibilitar el determinar su futuro administrativo en España”. Esta falta de colaboración se debe, considera, a una “afán electoralista”, con criterios provenientes de Madrid.
Ramsés considera que una respuesta inmediata podría haber posibilitado abordar los traslados a la península “lo cual a día de hoy sigue pareciendo un imposible”. O más que un imposible, parece que el objetivo no es facilitar que las personas que pueden pedir protección internacional sean trasladadas fuera del saturado enclave. Personas que cumplen las condiciones y que siguen varadas en Ceuta, debido “al bloqueo sistemático por parte del gobierno”. Un bloqueo que pagan las personas migrantes, expuestas a siuaciones de cada vez más violencia.
Agresividad ambiental
Carlos (no es su nombre real) arribó a Ceuta la semana pasada, la misma en la que una serie de manifestaciones acabaron con persecuciones a las personas migrantes y la quema de sus enseres. Este médico, que colaboraba en una pequeña ONG alemana, empezó a sentir la hostilidad en seguida: el camión que trasladaron al enclave, que han usado para cargar móviles y prestar asistencia médica a personas migrantes, amaneció el segundo día con todas las ruedas pinchadas.
En otra ocasión, cuando habían quedado con una compañera de Médicos del Mundo, tras ser esta reconocida, empezó a ser increpada por personas que venían de una de las manifestaciones de la semana pasada: “En ese mismo momento, estaban gritando a un chaval migrante que iba con una muleta y que no podía moverse, no podía salir corriendo del sitio”. Junto a una compañera consiguieron llevarle a un garaje: “iban a lincharlo”, se horroriza Carlos. La presencia de una pareja de policía disuadió a la gente a ir a más pero tanto desde los balcones como desde la manifestación, llovían las amenazas y los insultos, recuerda el voluntario.
Carlos comparte un vídeo en el que un chico implicado en la organización de protestas contra la violencia policial y del ejército cuenta cómo ha sufrido represalias como consecuencia de su denuncia: “los regulares de Ceuta lo han cogido en más de una ocasión y le han metido palizas. Y también cuando va a la entrega de comida que organiza Cruz Roja, como eso está todo custodiado por la policía, los agentes lo reconocen y lo echan de la cola”.
Carlos también descubrió, recién llegado a la ciudad que las ONGs han sido declaradas como enemigas por algunos ciudadanos. En una ocasión, fue grabado por una señora mientras esta gritaba “estáis fichados, vamos a por vosotros”. Pese a entender el hastío de la gente ante la tardanza del gobierno en actuar, considera que hay cosas injustificables: “no se puede pretender privar de alimento, de atención sanitaria a un grupo de personas, es lamentable”. Con experiencia en cooperación internacional, el médico denuncia la vulnerabilidad de trabajar en un marco donde las autoridades no te protegen sino que te persiguen. “Siempre que nos ponemos con el camión, se acerca la policía, nos pregunta quiénes somos, y nos dice: ‘Si hay cualquier problema de seguridad es bajo vuestra responsabilidad y nosotros no vamos a intervenir’”. Por lo que respecta al ejército, el voluntario reporta que les insultan al pasar cerca.
El voluntario no entiende el razonamiento que asume que si no prestasen asistencia sanitaria las personas migrantes se irían a Marruecos. “Los que se han quedado ya es que prefieren esta situación a volver al país, y es lo que nos han transmitido muchos migrantes con los que hemos hablado”. Hay algo más que le parece muy grave: que el ejército se encuentre en la puerta del hospital de la Ciudad Autónoma, filtrando las entradas, decidiendo quién entra y quién no.
Ante una situación tan tensa, Carlos considera que la llegada de la ultraderecha al territorio, no ha hecho más que “echar gasolina”, como ciudadano también piensa que la solución pasa por trasladar a las personas a península. “Las personas que se quedaron son un número muy importante. Ceuta es muy pequeña para asumir esto sola, el espacio es muy limitado”. Un espacio en el que la violencia y los bulos pueden venir de todas partes: “a mi ONG se le ha acusado de regalar móviles a las personas migrantes”.
Una violencia sistémica
De bulos para azuzar el odio contra ellos saben las personas que integran la organización No Name Kitchen. En la ciudad autónoma desde hace seis años, este colectivo ha sido acusado en algunos medios de repartir gas pimienta entre las personas migrantes, un bulo que les ha valido la persecución y oposición de una parte de la población. A pesar de estas acusaciones infundadas, y de la detención de dos de sus activistas la semana pasada, en la organización se encuentran con “buen ánimo, buena energía”, explica su coordinador Ric Fernández. Algo que contribuye a mantener el ánimo es la rotación de voluntarios.
Ante la escalada de represión de finales de la semana pasada, desde NNK se plantearon suspender temporalmente su labor, aunque al final se optó por continuar asumiendo las condiciones inseguras en las que realizan su trabajo, en un marco crecientemente hostil. Un marco en el que cohabitan las amenazas y el señalamiento de las activistas, y que nunca habían sentido Ceuta, aunque sí en los Balcanes, otra frontera en la que están presentes, afirma Fernández.
El coordinador de NNK considera que el colectivo tiene la misión de documentar desde el terreno “esta especie de estrategia del gobierno de ‘les pegamos hasta que decidan irse’, no hay otra forma de leer lo que está pasando”. Saber la importancia de este rol motiva a los integrantes del colectivo, conscientes en todo caso de que “tampoco somos las víctimas de esta historia, hay gente que está mucho más jodida con mucho menos privilegios y tendremos que hacer uso de nuestros privilegios para ayudarles”, reflexiona el activista.
“¿Cómo estaríamos los demás con una sola comida al día? incluso quien recibe una ración está muerto de hambre”
Respecto a esta gente que “está más jodida”, Fernández detecta tres dinámicas. La primera tiene que ver con el hambre, han llegado a ver a personas comiendo ramas de árboles para saciar el apetito. El activista recuerda que la mayor parte de la gente migrante que aún se encuentra en el enclave recibe una comida al día. “¿Cómo estaríamos los demás con una sola comida al día? incluso quien recibe una ración está muerto de hambre”. Además, quienes quieren ver a los migrantes fuera de Ceuta insisten en que el hecho de recibir alimento hace que decidan quedarse.
La segunda dinámica tiene que ver con la incertidumbre. “Este miedo de la gente de que no tienes idea de lo que le pasará mañana”, hay incluso quienes tienen dudas de si realmente pueden considerarse menores. “Tienes hambre, tienes las heridas abiertas, tienes miedo de que te peguen, o te han pegado ya. No tienes ni idea de si hay o va a haber una solución para ti”, explica Fernández.
Y por último, el coordinador de NNK apunta a la situación de los menores, que, a pesar de la labor del ministerio de Sira Rego, siguen expuestos, sin que haya habido aún traslados a la península, mientras se agita el discurso que insiste en que han de ser devueltos a sus familias. “Nosotros tenemos identificados a cientos de niños que no están ni en la Esperanza, ni en el Reina Sofía, ni en el colegio que se ha habilitado”. El activista alerta de que quedan muchos menores sin registrar y lamenta la incapacidad para “priorizar a los colectivos más vulnerables”.
Con la mirada puesta en cómo la situación está afectando a las personas migrantes, Fernández lamenta que mientras la agenda pública esté centrada en los cálculos de Marruecos, su alianza con Israel y Estados Unidos, o la influencia de Pegasus, apenas se ponga la mirada en las consecuencias del modelo migratorio. “Esto no va de Marruecos, va del modelo en sí mismo de externalización y de securitización. Es decir, intentar poner barreras y encima, que lo haga otro y le pagamos, y el otro es el que se ensucia”, un modelo que produce vulneraciones en derechos de las personas migrantes en tantos otros puntos fronterizos.
En este marco de externalización es donde NNK ubica la violencia “sistémica”. “Nosotros desde el día uno vemos que esa violencia está muy organizada, muy teledirigida”, una violencia que posibilitó, por ejemplo los retornos de los primeros días, denominados voluntarios por parte del gobierno. “Fueron poco voluntarios, porque lo que hubo fue una estrategia de pesca de arrastre, nosotros fuimos viendo cómo a través de las colinas y las calles iban haciendo como un cerco los militares para ir encauzando a la gente hacia una carretera usando las porras, empujándoles para adelante como pastores moviendo ovejas”.
A partir de ahí, la organización viene recogiendo testimonios sobre militares encapuchados que salen por la noche a pegar a las personas migrantes, “les destrozan la comida, les roban los teléfonos, les roban los cargadores, hay gente con brechas tras recibir palos en la cabeza cuando están en una tienda de campaña o durmiendo al raso”, denuncia Fernández, insistiendo en la tesis de que toda esta violencia tiene por objetivo empujar a la gente a volver por su propio pie a Marruecos, pues “no hay transferencias, no hay procesos individualizados, no hay registros, no hay censos, no hay refugio, no hay alojamiento suficiente”. Frente a esto, el activista recuerda que, independientemente de la estrategia de desgaste, las personas que se han quedado en la ciudad están demostrando que “prefieren morir antes que volver”.
Volviendo a la violencia, desde NNK explican que desde el jueves, con la llegada de grupos radicales, ha habido un cambio de estrategia: los militares están menos agresivos, aunque siguen empujando a las personas que duermen en la calle de un lado a otro del territorio. Se rumorea que la misma policía ha delegado el uso de la violencia en los grupos ultra que están arribando a la ciudad: “se han articulado entre ceutíes, gente que ha venido de afuera, los Save Europe Act, etc. Sabiendo que hay grupos que están saliendo a cazar y a pegar, la policía está haciendo cierto outsourcing”, ironiza. Los grupos de activistas también se están topando con estas personas violentas, “el otro día nos pinchaban las ruedas del coche, con la policía delante. También pegaron al compañero Sergio Illesca, de la Sexta, zarandeándole para aquí y para allá y la policía al lado sin hacer nada”, lamenta el coordinador de NNK.
Ceuta como laboratorio del futuro
El relato de Ana (no es su nombre real) voluntaria integrada en las Brigadas de Apoyo Mutuo en Ceuta, es interminable. La joven comparte, como el resto de activistas, que uno de los principales momentos de violencia son las noches, cuando miles de persona que duermen en la calle, reciben la visita de agentes que les golpean “hay personas que duermen en sitios distintos cada noche, les van echando de cada sitio en el que están”, algo que, apunta, crea una gran confusión acerca de dónde se les está permitido estar y dónde no. Muchas veces, denuncia como ya han hecho otras organizaciones, se les despierta a porrazos, “hay jóvenes que cuando duermen, llega la policía o los militares y los aporrean, y después les dicen que no hagan ruido para no molestar a los vecinos”. Los agentes, denuncia, empujan también a la gente hacia la playa para que acaben con la ropa mojada, o incluso, a veces les meten la cabeza en el agua simulando un ahogamiento.
Ana ha podido filmar parte de esos abusos. Recuerda una madrugada en la que presenció cómo agentes agredían a un grupo de personas migrantes: “los policías les dijeron que tenían que pasar por unas escaleras, mientras la gente las subía se pusieron a golpearles muy fuerte con las porras, después les hicieron bajar al otro lado de la playa por otra escalera, y cuando llegaron a ese otro lado de la playa, les empujaron al agua”, relata la voluntaria, que denuncia cómo casi todas las personas con las que se encuentra han sido golpeadas, y que los robos de móviles y dinero son comunes.
Otro colectivo que está siendo objeto de represión son las personas refugiadas que se han manifestado para pedir asilo. “Toman fotos y les filman. Después el ejército va a la ciudad, muestra las fotos a la gente, y les preguntan por el paradero de estas personas para después acosarlas”. Por ello, los jóvenes temen ser reconocidos y violentados: “hay muchos menores aquí cerca de nosotros, y son golpeadas casi cada noche”. La voluntaria alega haber visto narices rotas y otras lesiones. “Hace unos días llevamos al hospital a un joven que realmente no se encontraba bien, que parecía que se había roto la clavícula. Los militares que estaban en el hospital no nos han permitido acompañarle a urgencias”, enfadados con los activistas, los vigilantes le intentaron arrancar el teléfono a la activista mientras la rodeaban y llamaban a la policía.
“La violencia viene de todas partes, de la policía, del ejército, pero también del hospital, o de los grupos fascistas”, Ana recuerda cómo la semana pasada, mientras manifestantes prendían fuego a las tiendas y los pocos enseres de los que las personas disponían en la playa del Trampolín, un joven fue golpeado tan duro que perdió el conocimiento. “Llamamos una ambulancia, tuvimos que llamar cinco veces, y tardó una hora en llegar”, asevera la activista, que explica cómo una vez llegada la ambulancia, dos sanitarios sacudieron al joven estando inconsciente. “Nos hablaron súper mal, le dejaron tirado en el suelo, fue horrible”.
La activista explica que la violencia y la amenaza constante lleva a las personas migrantes a vivir en estado de “hipervigilancia” “no hay ningún lugar donde se sientan seguros, sienten mucha confusión porque ya no saben dónde ir, no saben qué hacer”. Una muestra de esa inseguridad han sido sucesos como el uso de gas contra personas que estaban recibiendo comida, y contra los propios activistas. También ha visto cómo, en otra fila para un punto de reparto de comida, algunas personas eran golpeadas cuando se ponían a rezar.
Ana relaciona también la llegada de grupos de ultras llegados de la península con nuevas agresiones contra las personas migrantes, y describe escenas de atacantes que llegan en moto, y se detienen para golpear a las personas, o acuden a la playa, organizándose en grupos de whatsapp para acosar a las personas en distintos lugares. “Durante un reparto que estábamos haciendo, mientras dábamos asistencia médica, un hombre frenó su coche y empezó a pegar a la gente y a patear el material médico”.
“Temo que, si no hay una respuesta global antirracista y antifascista desde ahora, esto nos sirve de precedente para un futuro muy cercano”
Todos estos episodios de violencia continua derivan en la “degradación de la salud mental de las personas”, explica Ana, quien relata cómo en las últimas noches han ido recibiendo a personas que acababan de ser agredidas por la policía o empujadas al agua. “Lloraban, gritaban en llanto, tanto jóvenes como personas de más de cuarenta, se encuentran al límite y empiezan a romperse”.
Tras este relato, Ana apunta también a la violencia ejercida contra las y los activistas, pues si bien considera que esta es secundaria frente a la que están sufriendo las miles de personas migrantes bloqueadas en Ceuta, piensa que es relevante señalar cómo los voluntarios son atacados por filmar los abusos que se suceden: en total ya han sido tres personas las detenidas.
“El otro día vimos en la playa a muchos policías que estaban golpeando a un grupo de jóvenes”, al pararse para grabar, la policía le pidió su documentación. “Entonces llegó un grupo de fascistas ultraviolentos, que estaban enmascarados y nos ordenaron que parásemos de filmar. Mientras les grabábamos intentaron quitarnos nuestros teléfonos mientras nos rodeaban intimidándonos y amenazando con golpearnos con sus cascos. Durante este tiempo, la policía no hizo nada”.
Al contrario, poco después, uno de los agentes se hizo con el móvil de su compañera y empezó a investigarlo. Al negarse las activistas a irse sin recuperar el teléfono, el policía intentó hacerse con el teléfono de Ana con el que esta estaba intentando fotografiar la matrícula del coche “me eché para atrás para no dárselo, entonces me tiró y me puso la cara contra el suelo, sentándose sobre mi cabeza y esposándome. Mientras tanto, un grupo de fachas pincharon tres ruedas de mi coche y rompieron el parachoques”. Ana ha sido acusada de desobediencia y lesiones contra el policía por este episodio.
Para la activista, los actos racistas y fascistas que está presenciando en Ceuta no tienen nada de excepcional ni de novedoso, lo que sí ha habido ha sido un recrudecimiento de estos, motivado por la impunidad. “La gente no se ha vuelto racista de la noche a la mañana, estaban silenciosos, pero la falta de reacción les ha dado un sentimiento de poder expresar su racismo y su odio sin ninguna vergüenza, pues saben que gozan de una impunidad total”. La activista ha llegado a una conclusión tras días de violencia y persecución: “Ceuta se está convirtiendo en el lugar ideal para poner en práctica estas ideas, en el laboratorio de lo que nos espera. Temo que, si no hay una respuesta global antirracista y antifascista desde ahora, esto nos sirve de precedente para un futuro muy cercano”.
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