Ian de la Rosa: “Almería y las realidades trans comparten invisibilidad: haber sido narradas desde fuera”

Tras su exitoso paso por los festivales de Berlín y Málaga, el director nijareño estrena ahora en cines su ópera prima: Iván & Hadoum, una historia de amor atravesada por conflictos de género y clase en la Almería de los invernaderos.
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El director de cine y guionista almeriense Ian de la Rosa posa en la terraza de La Guajira, en Almería capital. Jaime Cinca

Contaba Juan Goytisolo en su obra La Chanca, veinte años después (1981) cómo, cada vez que se cruzaba en pantalla con alguno de aquellos ‘westerns seudomejicanos’, apenas prestaba atención al frenesí de la trama de cowboys y forajidos de turno. Su mirada se afanaba, en cambio, en reconocer aquellos paisajes que Hollywood a menudo había desplazado a otro lugar. Esta anécdota condensa la paradoja que atraviesa la relación entre la industria del cine y la provincia: con más de 600 producciones en las últimas seis décadas, Almería es uno de los escenarios de rodaje exterior más codiciados del mundo y al mismo tiempo, de los menos reconocidos como tal. Desde el spaghetti western de Sergio Leone hasta macro producciones recientes como The Crown o Juego de Tronos, este enclave geográfico de desierto y playas ha sido utilizado como recurso visual precisamente por su versatilidad para transformarse en pantalla.

Hoy, una nueva hornada de creadores está tratando de revertir esas lógicas subalternas para explorar qué ocurre cuando un pueblo deja de servir únicamente como decorado para empezar a narrarse a sí mismo. Es en esa Chanca que narró Goytisolo donde nos citamos con el director Ian de la Rosa (Níjar, 1988). La terraza de La Guajira, una de las pocas asociaciones socioculturales con tejido comunal en activo de la capital, nos acoge a los mismos pies de la Alcazaba para conversar con él horas antes de que su película se preestrene en una sala abierta al público.

Después del reconocimiento de la crítica con sus cortometrajes Víctor XX (2015) y Farrucas (2021) y tras cosechar premios como el Teddy Award de la Berlinale y dos Biznagas de Plata en el último Festival de Málaga, su ópera prima, Iván & Hadoum (2026), se ha convertido en uno de los grandes descubrimientos cinematográficos del curso. La cintasigue a Iván, un ambicioso carretillero trans almeriense que inicia un romance con Hadoum, una joven hispano-marroquí que regresa al pueblo y se incorpora al trabajo extenuante del mismo almacén hortofrutícola. Ahí, los sueños aspiracionales del protagonista chocarán con un ecosistema complejo y asfixiante que le acabará empujando a decidir quién de verdad quiere ser.

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Es una satisfacción ver una película grabada en Almería que por fin retrata parte de la realidad de lo que aquí ocurre. Además, con personajes que tampoco suelen ocupar los papeles protagonistas. ¿Buscabas reivindicar ese paralelismo?
Sí, es cierto que hay una relación muy interesante entre la identidad de los protagonistas y la del territorio donde se proyecta la historia por la falta de representación histórica de ambas. Por un lado, tenemos a unos personajes que habitan en un entre aguas vital para acabar enamorándose. El universo transmasculino no se representa apenas en el cine, y cuando se hace es desde el cliché y la exotización. Eso tiene que ver con quién ha ido contando las historias. Si las personas hispano-marroquíes o trans tardamos en llegar a contar, dirigir y producir nuestras historias, normalmente las miradas son desde un lugar alejado de la realidad. A Almería le pasa lo mismo: es mundialmente conocida como tierra de rodaje, pero siempre representada como Texas, Irak o un lugar ficticio. Incluso las pocas películas que se han ambientado aquí han descuidado otros factores imprescindibles como el acento de los personajes.

¿Crees que hoy en día sigue persistiendo esa relación colonial entre la provincia y la industria cinematográfica?
Sin duda. La revolución de la industria de los invernaderos sirvió para revertir la pobreza histórica de la provincia, pero seguimos estando denostados culturalmente y eso repercute en nuestra autoestima. No existe una industria cultural fuerte con una inversión acorde ni tampoco interés o confianza desde las instituciones locales en nuestro trabajo. Por eso tenemos que irnos, buscar la financiación fuera y volver para rodar y enseñarles lo poderoso que tenemos aquí. Las instituciones deben darse cuenta de que la cultura y el cine son herramientas de poder para generar espejos de la sociedad y modelos de pensamiento. Algo que en Hollywood sí han entendido desde el principio.

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Reflexionas con frecuencia sobre desplazar el marco discursivo en lo audiovisual desde la conflictividad con la que se han representado históricamente las realidades trans hacia cuestiones más universales y compartidas.
Si se analiza el imaginario reciente del cine trans, además de esa falta de representación de personajes masculinos que comentaba, la película siempre acaba cuando el personaje consigue transitar o decide dar el paso, como si la identidad fuera algo estanco. Dentro de eso me parecía tramposo y transfóbico contar que al transitar se acaban los problemas y a partir de ahí se comienza una vida idílica. Las lecturas queer de estas últimas décadas nos enseñan la no rigidez de la identidad, donde el género es algo que se elige y no te pueden imponer.  

Por eso necesitábamos historias donde lo trans no fuera el conflicto central de la cinta sino simplemente una puerta a todo lo demás: a poder elegir qué persona quieres ser y responsabilizarte de las decisiones que tomas. La obra habla de lo que significa ser hombre en un sistema capitalista, donde Iván tiene que proveer a su familia al morir su padre. En el fondo, su principal conflicto es proporcionar a sus familiares una casa donde cada miembro pueda tener su habitación. La película admite muchas lecturas, ya que al final lo que busca es contar una historia de amor donde lo trans es simplemente una característica más del personaje.

Por eso Iván & Hadoum se puede entender, más allá de la identidad de género, también como una radiografía de esa gran Almería agrícola y los conflictos que ahí emergen.
Lo cierto es que mi preocupación era más bien calibrar desde el guion que la película no se centrase únicamente en la trama laboral que ocurre en el almacén. Las envasadoras tenían una carga visual y narrativa tan fuerte que con una escena o frase de más ya se hacían la película suya y aunque ojalá algún día se haga, no quería centrar la película en ellas. Me interesaba apoyarme en ese marco y ese sustrato de la lucha sindical para explicar los obstáculos que puede tener una relación amorosa, en este caso las dinámicas de poder, porque la aprobación o el rechazo de las familias es algo que no preocupa en exceso a los personajes. En esa clase social a la que ambos pertenecen, Iván aspira a subir un centímetro de esa pirámide mientras que Hadoum es más anárquica y libre.

A raíz de eso, es contradictoria la relación entre Manuel [el jefe del almacén] e Iván, cuya aparente relación de familiaridad y amistad solo se mantiene mientras haya obediencia y subordinación.
Es una representación patriarcal que está asociada al poder y donde el patrón busca siempre proteger sus privilegios. En un marco más general, estamos ante una gran ola de hombres muy enfadados porque sienten que pierden su estatus tradicional y que reclaman la prioridad nacional, pero no les molesta, por poner solo un ejemplo, que sean los guiris ricos quienes accedan a las mejores casas e inflen la burbuja inmobiliaria. Por encima de lo racial está en este caso la clase social. Si Hadoum fuera una sierva del jefe y no se rebelase, tampoco habría ningún impedimento para su relación. Esto prueba cómo parte de esa sociedad acomodada te tolera hasta que considera que dejas de comportarte bajo sus cánones y no cumples con sus estereotipos.

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La película dialoga con un contexto político concreto donde el auge de discursos ultra y antimigrantes parece que cala cada vez más [Almería es la única provincia de Andalucía donde VOX ha superado al PSOE como segunda fuerza en votos en las últimas elecciones autonómicas]. Así se percibe en determinados pasajes donde hay racismo y xenofobia implícita. ¿Cómo querías retratar y combatir toda esta tensión social sin caer en el panfleto.
Hay ocasiones donde solo hace falta poner esos detalles sutilmente delante de la cámara sin añadir nada más porque la película está en otro sitio. En este sentido, me parece que el cine puede transformar las mentes, los corazones y, dentro de su entretenimiento, abrir el alma del espectador, da igual a quién vote o lo que piense. Lo que me interesa es que acceda a una experiencia social que lo invite a la reflexión.

También debemos analizar sobre qué está sucediendo con la burguesía de la izquierda, la cual se ha desconectado de la realidad en muchos aspectos, ya que dado su carácter patriarcal ha estado muy apartada de lo queer. La clase obrera tiene que reflexionar sobre lo que está votando y tal vez experimentar en sus propias carnes lo que supone equivocarse. Ni la izquierda ni la clase obrera son entes perfectos y tampoco funciona lo de infantilizarlos ni recriminarlos.

El peso que infunde la familia o la precariedad generacional es constante a lo largo del largometraje y, tal vez por eso, sobre los personajes siempre esté sobrevolando la idea de la huida, de tener que marcharse para encontrar un futuro mejor.

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Sí, eso es algo que, aunque es universal en las historias de amor, está muy presente en los almerienses. Siempre está esa sensación de que, si quieres dedicarte a algo creativo o artístico, tienes que irte porque esta tierra no puede ofrecerte según qué alternativas. Es algo que tristemente tenemos muy interiorizado. Y también conecta con muchas historias de aquí, con la literatura (pienso en lo telúrico de obras como Bodas de Sangre o Puñal de claveles), con el cine, con la propia experiencia actual de la gente joven... Todos los que nos vamos soñamos con volver, ya que esa nostalgia del paisaje atrapa. Creo que eso nos honra y demuestra lo que apreciamos la tierra, más ahora que parece que ese discurso es algo exclusivo de ideas reaccionarias.

A mí me encantaría vivir en Almería, pero España está centralizada en Madrid. El cine es muy endogámico y elitista y dependes del dinero que tenga tu familia para acceder a unos estudios o al hecho de tener un padrino. Mis padres son trabajadores sociales que con mucho esfuerzo consiguieron pagarme la carrera y probablemente hoy no podrían ayudarme como lo hicieron hace 20 años. Esto hace que estemos perdiendo miradas interesantes y necesarias si se siguen perpetuando estas lógicas capitalistas en la industria del cine. Me pregunto qué tipo de relatos va a haber sobre la clase obrera si un cineasta que proviene de ahí no puede entrar en esos círculos.

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