¿Queda sitio para la sátira dibujada?

El auge de la ultraderecha, la esperpentización del espacio político ejecutada por sus propios actores y la judicialización de la sátira ponen en peligro el desarrollo de este ejercicio democrático (y divertido).
4 jul 2026 06:00

Empecemos por el principio: en un artículo publicado en el diario El Español en 1836, Larra proclamaba a Aristófanes como primer autor satírico, gracias a sus bromas sobre Sócrates en la comedia Las nubes. En el siglo XIX, Sócrates era una figura respetada, pero cuando Aristófanes le tildó en Las nubes poco menos que de hereje —lo que fue, de hecho, uno de los pilares de la acusación para fundamentar su sentencia a muerte—, tuvo que soportar la burla constante: que si “barrigón”, que si “patizambo”... Es peliagudo considerar entonces la invectiva de Aristófanes como sátira pura, en cuanto el objeto de la burla no era un hombre poderoso, pese a su prestigio intelectual.

¿Qué dice la Academia sobre la sátira? El diccionario de la Real Academia de la Lengua ofrece dos acepciones. En la primera, indica que es una “composición en verso o prosa cuyo objeto es censurar o ridiculizar a alguien o algo”. La segunda añade un aderezo e incide en la comicidad: “Discurso o dicho agudo, picante y mordaz, dirigido a censurar o ridiculizar”. Pese a ser uno de los géneros más usados por los dibujantes de todo el mundo, ninguna mención a los tebeos o al humor gráfico. Y, además, me enmienda la plana, porque no especifica que ese “alguien o algo” objeto de ridículo tenga que ostentar una posición de poder. Sin embargo, el único medio para atacar lo inatacable es el chiste. Por lo que fuera, Aristófanes no osó decirle “patizambo” a Pericles, a ver qué pasaba.

“Si a la sátira le quitamos los elementos que la definen, deja de ser sátira y se queda en mera crítica”, dice el periodista Alex Grijelmo

Tras este pertinente preámbulo, abordemos estas cuestiones: ¿qué pasa con la sátira dibujada de este nuestro Estado español en el año 2026? ¿Es buen momento para ridiculizar al poder, teniendo en cuenta que ya el poder se ridiculiza solo? ¿Es la sátira respetable en el  siglo XXI? ¿La caricatura sigue teniendo vigencia? ¿Puede que las y los humoristas gráficos hayan abandonado la sátira en favor de la mera crítica? ¿Y qué es lo que pasa cuando te empapelan por una broma? ¡Muchas preguntas! Acudamos a un académico de la lengua, que para eso tengo uno en la agenda. El periodista Álex Grijelmo acaba de ocupar el sillón correspondiente a la letra “o” de la RAE. Le preguntamos sobre el concepto de lo satírico y es tajante: “Si a la sátira le quitamos los elementos que la definen, deja de ser sátira y se queda en mera crítica”. Pese a esto, sigo pensando que la Academia debería darle una vuelta a la definición. Por el momento no menciono esto a mi ilustre entrevistado, así que me voy con la música a otra parte.

¿Por qué es importante que la definición de la sátira incluya que debe estar dirigida contra el poder (y sus acólitos)? Porque luego vienen los problemas. Jurídicamente, hay muchos espacios difusos que son ocupados sistemáticamente por querellas de afán “reparador”. La última, la enésima andanada de la asociación Abogados Cristianos contra la libertad de expresión, el pasado mayo. Un juzgado de Valladolid interpretó que llamar “gilipollas del año” a la presidenta de dicha asociación en la revista satírica El Jueves no era sátira, así que condenó a RBA, como editora, y a Don Julio, autor de la viñeta, a pagar seis mil euros a la organización y a su ofendida presidenta.

“Se hace tan buena sátira y tan rápido que a los que nos dedicamos a esto para difundirlo en papel nos toca afilar aún más el ingenio y dar otro punto de vista”, opina Juanjo Cuerda, portadista de ‘El Jueves’

Contra viento y marea, El Jueves permanece como una institución de la sátira en España desde hace casi 50 años. Interrogamos a Juanjo Cuerda, uno de sus portadistas habituales y espléndido practicante de la caricatura, sobre el estado de salud de la sátira. El dibujante se muestra optimista: “No creo que se haga buena sátira, creo que se hace excelente sátira. Lo que puede ser es que haya que buscarla entre la cantidad de contenido de todo tipo que hay en las redes y rescatarla de lo que simplemente es propaganda. Se hace tan buena sátira y tan rápido que a los que nos dedicamos a esto para difundirlo en papel nos toca afilar aún más el ingenio y dar otro punto de vista”.

¿Y qué opina de este contraataque del poder y su apropiación de los códigos satíricos? Para Cuerda, que los poderes políticos, empresariales, judiciales y tecnológicos reaccionarios estén haciendo uso de cierto tipo de lenguaje humorístico para difundir su programa “nos debería hacer más conscientes de que estamos en una batalla ideológica a la que debemos aportar nuestro punto de vista constante e incansablemente. La supuesta sátira que ellos practican está basada en la difusión de prejuicios y directamente bulos, así que creo que su eficacia es de corta duración. Diría que no es ni sátira, porque para que esta funcione y tenga la sonrisa cómplice del receptor debería tener los pies puestos en la realidad”.

Por todo esto, que un juez considere que El Jueves no es un espacio satírico no deja de ser una curiosa lectura, aunque cabe confiar en que la iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuend, lo que ya es confiar. Pero es cierto que el propio Don Julio consiguió hace meses una victoria ante (sorpresa) Abogados Cristianos, a cuenta del intento de censura de su cuaderno de actividades para adultos El niño Jesús no odia a los mariquitas, publicado por la editorial Fandogamia. Su responsable, Pedro F. Medina, tiene un compromiso inquebrantable con la sátira. “Es difícil hacer buena sátira porque los comportamientos del poder a día de hoy, con representantes que, en muchas ocasiones, ya no esconden sus verdaderas intenciones y que incluso ganan seguidores cuando exhiben su maldad, son mucho más increíbles que las exageraciones que se les puedan otorgar” opina. Para él, lo común sería acabar cayendo en el insulto, “pero les haríamos un favor y llenarían todavía más los juzgados de denuncias por vulneración del honor”.

Respecto a la sátira efectuada desde el poder, considera que “como una de sus virtudes, el humor lo puede practicar cualquiera, aunque es un arma de doble filo porque la ciudadanía percibe que cuando el chiste viene desde abajo, traslada un mensaje de crítica... pero cuando viene desde arriba, es una advertencia o una humillación. Solo un lameculos le reiría la gracia al poderoso, que además solo sabe hacer mofa de colectivos a los que no pertenece y que considera inferiores, ya sean maricas, gangosos o zurditos”.

Otra revista que ha tenido que lidiar con más de una decena de causas judiciales en sus tres décadas largas de andadura es El Batracio Amarillo, publicación autogestionada que, desde Motril, ha servido de refugio a la plana mayor de dibujantes satíricos de este país. Su editor, Francisco Javier Martín, asegura que la buena sátira no ha desaparecido, pero sí ha cambiado de paisaje. “Sigue habiendo muy buena sátira —valora—, pero cada vez ocupa más espacio la crítica directa. La sátira no consiste solo en denunciar, sino en transformar la realidad mediante el humor, la exageración y la inteligencia. Cuando desaparece ese filtro humorístico, muchas veces nos quedamos solo con opinión ilustrada. Hoy sobran viñetas que confirman lo que piensa el lector y faltan las que le obligan a sospechar que, quizá, el chiste también iba por él”. Y concluye, rotundo: “El mayor triunfo del poder no es silenciar a los humoristas. Es conseguir que el humor trabaje para él”. Desde su independencia absoluta, Martín es una opinión más que autorizada.

Si la sátira dibujada encuentra un hábitat natural, ese es el de la prensa. Maltrecha y en continua reinvención, los medios mantienen todavía espacio para los artistas satíricos. Uno de los mejores es Bernardo Vergara, colaborador residente de eldiario.es. Vergara ofrece alguna matización sobre lo que hemos leído hasta ahora al resto de participantes de este reportaje. Por ejemplo, él entiende que la crítica y el señalamiento del absurdo no son incompatibles con la sátira, ya que la crítica es parte consustancial de esta. “Creo que se hace muy buena sátira tanto a nivel profesional como amateur, con todo ese personal haciendo chistes de actualidad en las redes sociales con una inmediatez endiablada que son una durísima competencia”, afirma. Y apostilla que la sátira no es monopolio de nadie. “¿Por qué no va a poder hacerla un político también? ¡Bien por ellos! Detrás de un político tirando chistes hay un humorista que le asesora y cobra por ello. ¡Bien por él! Y cada vez que un político la caga intentando ser gracioso, ahí estamos los profesionales del humor gráfico para sacar tajada. ¡Bien por nosotros!”.

“Tenemos la paradoja de que determinados humoristas se abstienen de criticar a un partido que está en el gobierno porque se identifican con sus valores o porque piensan que conviene más a su idea de futuro político”, señala el historiador Gerardo Vilches

Así que, si nos atenemos a todas estas opiniones, podemos pensar que la sátira goza de buena salud. ¿Me equivocaba entonces al plantear mis dudas al principio de este reportaje? Preguntemos a un historiador que sabe bastante del tema, Gerardo Vilches, cuya tesis doctoral se convirtió en un libro imprescindible, La satírica transición. Revistas de humor político en España (Marcial Pons, 2021). Él considera que en la actualidad hay buena sátira, pero seguramente en menor proporción que en otras épocas, y aporta dos claves que lo explican. La primera es que, cuando la sátira se vuelve programática, deja de ser tal. “Cuando el humorista subordina el ejercicio de la sátira a su proyecto político o a sus intereses, necesidades e incluso miedos, para mí ya está haciendo otra cosa. La máxima debe ser que la sátira ataque al poder, y tenemos la paradoja de que determinados humoristas se abstienen de criticar a un partido que está en el gobierno porque se identifican con sus valores o porque piensan que conviene más a su idea de futuro político”.

Y la segunda es que, en su opinión, la sátira tiene que ser siempre un poco cruel e incluso deshumanizante. “Ahora mismo hay una sensibilidad que hace más controvertido, por ejemplo, reírse de un político por su aspecto físico o ridiculizarlo de determinadas formas. Desde la izquierda a veces se cuestionan formas de hacer humor demasiado salvajes o denigrantes, y eso hace que la sátira pierda mordiente. En última instancia, esto tiene que ver con ese exceso de reflexión”. Por lo tanto, la apropiación de la sátira por la clase política no sería sátira sino una respuesta a dinámicas de redes sociales, según desarrolla Vilches: “Cuando esto se asocia con el humor, al margen del hecho de que rara vez hace gracia —y sí mucha vergüenza ajena—, se invierten los términos de la sátira, especialmente cuando los políticos se burlan de colectivos vulnerables. El contexto de la política no es el espacio para la sátira, y un político en ejercicio institucional no puede hacer sátira porque el propio espacio lo impide”. Dicho queda.

Medios de comunicación
La revista satírica ‘El Batracio Amarillo’ acusa al Ayuntamiento de Motril de intentar llevarla a la quiebra
La publicación humorística, la segunda más antigua de nuestro país tras ‘El Jueves’, reclama tres facturas por más de 36.000 euros y denuncia el boicot a su festival de cómic, que fue obligado a trasladarse de lugar.
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