Apagando fuegos

Solo ampliando el foco se conseguirá impedir que se sigan multiplicando las situaciones críticas en los servicios públicos de las zonas con mayor riesgo de convertirse en tierras quemadas por la desigualdad y la precariedad.
Concentración contra incendios forestales 31-07-26 - 7
Concentración contra las incendios en Madrid. Edu León

Médico de Familia y Comunidades.


Educadora social.

4 nov 2026 05:00

- Cita médica dentro de un mes, no hay hueco antes.

- ¿Pero es con mi médica?

- No, su médica ya no está. Le verá alguna de las otras médicas del centro de salud.

- La cita con la trabajadora social es dentro de tres meses, sí. Pero puede hacer la solicitud de la ayuda para la dependencia por internet, con el certificado digital.

- Ya… ¿Y cómo lo hago?

Estas dos conversaciones pueden ocurrir en muchos barrios y pueblos de Madrid. Pero es más posible que ocurran, y que se den en más ocasiones, en Vallecas, en Villaverde, en Parla. Se han repetido con frecuencia durante este verano, en el que las plazas sin cubrir en diversos centros han puesto en jaque la atención al vecindario, y se siguen dando a día de hoy. Quienes habitan y trabajan en estos territorios cargan desde siempre con la sensación de andar siempre apagando fuegos, saltando de unos problemas a otros presionados por la urgencia, sin poder abordarlos en profundidad. Pero, al igual que el cambio climático va haciendo los incendios cada vez más difíciles de controlar, las problemáticas que aparecen en los centros de salud y en los de servicios sociales, cuando se consigue llegar a ellos, cada vez son más complicados de abordar: enfermedades agravadas por la falta de un seguimiento sanitario activo, burocracias cada vez más determinantes para el acceso a prestaciones sociales (con las barreras para empadronarse como ejemplo clave), condiciones de vivienda totalmente precarizadas y sin perspectiva de cambio, conflictos relacionales azuzados por los discursos de odio y discriminación hacia determinados grupos sociales, problemas de salud mental agudizados por la inseguridad, el miedo, la soledad…

Quienes tienen menos recursos económicos, siendo este un determinante social clave de la salud, se ven abocados a esperar respuestas desde instituciones desbordadas con una capacidad de acción limitada.

Ojalá frente a estas situaciones fuera posible un acceso rápido a apoyo desde los servicios públicos. Ojalá que cada vecina que lo necesite pudiera contar con profesionales de referencia, con las que poder desarrollar relaciones de confianza, conocimiento mutuo y vinculación a largo plazo. Ojalá se promovieran espacios de escucha y acompañamiento, en lo individual y en lo comunitario, en la búsqueda conjunta de soluciones. Pero no es así como funcionan las cosas. El abandono del sistema público y la falta de una apuesta clara por desarrollar equipos de trabajo estables a largo plazo en estos territorios deja campo libre para que, quien pueda, busque respuestas a sus necesidades en el mercado privado. Así, quienes tienen menos recursos económicos, siendo este un determinante social clave de la salud (lo que hace que tengan más probabilidades de enfermar y de manera más grave), se ven abocados a esperar respuestas desde instituciones desbordadas con una capacidad de acción limitada, potenciada por el fraccionamiento de la intervención de los diferentes perfiles profesionales. 

El apoyo dado por quienes están en tareas de gestión consiste fundamentalmente en dar consejos para que cada centro se organice mejor con los escasos recursos que hay. Algo parecido a lo que les pasa a las cuadrillas precarizadas de bomberos forestales a las que luego les toca enfrentar fuegos cada año más salvajes e incontrolables. Sin embargo, cada vez es más evidente que para abordar el problema de los incendios no basta con la acción de estos equipos en el momento de urgencia, aunque esta sea fundamental, sino que debe complementarse con medios y recursos para poder hacer un trabajo de prevención a lo largo del año. Para ambas cosas, prevenir y controlar incendios, es clave conocer bien el territorio y adecuar los recursos a este: su orografía, el tipo de usos que tiene, los árboles y flora de la zona, la humedad y clima habituales... Si no se cuenta con la realidad concreta del entorno, lo que hagan perderá efectividad y sentido.  

Esto es lo que ocurre en el campo sanitario. Las políticas implantadas en la Comunidad de Madrid imponen el “todo igual en todas partes”: los mismos cupos de pacientes/médica, la misma configuración de los equipos, las mismas categorías profesionales, los mismos tiempos de atención. Todo diseñado desde despachos alejados de la realidad concreta de cada lugar. ¿Consecuencia? La multiplicación de las desigualdades existentes en los territorios y un mayor impacto de estas en la salud de quienes habitan los barrios y pueblos con mayor riesgo de convertirse en tierras quemadas. 

¿Y en el campo de los servicios sociales? En este ámbito hay una mayor mezcla entre los servicios asumidos desde el ámbito público y los subcontratados con entidades privadas. Las citas de las trabajadoras sociales cada vez se distancian más en el calendario y de la realidad de la calle, y la falta de tiempo dificulta el poder ir más allá de la superficie en los casos que se les presentan. Mientras tanto, el contacto más directo con el vecindario se delega en programas de acompañamiento e intervención gestionadas desde el ámbito privado, con duración limitada y objetivos y condiciones cambiantes, lo que hace muy difícil poder planificar a largo plazo, adecuar las acciones a las realidades del barrio y desarrollar relaciones de confianza con el vecindario.

De esta manera, los servicios públicos terminan centrándose no en las necesidades de las vecinas, escondidas tras los números que manejan las administraciones, sino en reforzar la imagen de eficiencia institucional a través de respuestas parciales a determinadas cuestiones. Las vecinas, especialmente quienes viven en mayor precariedad, terminan cautivas de programas que se ponen en marcha desde la lógica de las instituciones, que ofrecen paliar en cierta medida alguna problemática a cambio de prestarse a engordar las cifras de participación de sus programas. De esta manera, en vez de  potenciar la capacidad de acción de la propia persona, lo que debería ser la función de los servicios públicos, se terminan generando situaciones de revulnerabilización en las que se disminuye la autonomía y capacidad de decisión de las personas.

Construyendo desde los territorios

Por las consultas sanitarias pasa el 80% de la población del barrio, por los centros educativos casi todas las niñas y adolescentes, desde la intervención social se acompaña a muchas de las vecinas… Todo esto debería generar un conocimiento profundo del barrio y sus gentes, pero para eso es clave desarrollar dinámicas de escucha y coordinación enraizadas en cada lugar, con profesionales y equipo permeables a las realidades de cada territorio.

 Solo ampliando el foco se conseguirá impedir que se sigan multiplicando las situaciones críticas en los servicios públicos de las zonas con mayor riesgo de convertirse en tierras quemadas por la desigualdad y la precariedad

En los últimos años ha habido muchas movilizaciones y demandas por parte de diferentes colectivos profesionales para mejorar sus condiciones de trabajo. El reto es construir un movimiento integral que proponga mejoras desde una perspectiva global, tanto entre diferentes disciplinas como territorios. Solo ampliando el foco se conseguirá impedir que se sigan multiplicando las situaciones críticas en los servicios públicos de las zonas con mayor riesgo de convertirse en tierras quemadas por la desigualdad y la precariedad. Estos territorios ya están identificados desde hace mucho tiempo, ahora queda actuar en consecuencia, estableciendo planes de "prevención de incendios” minuciosos y adaptados a cada terreno, con los medios y recursos necesarios para ello.

Porque algo se podrá hacer, ¿no? Acá van algunas ideas que surgen de diálogos y reflexiones colectivas.

En primer lugar, ¿y si se establecieran cupos adecuados a las realidades y necesidades de cada zona? ¿Y si las agendas profesionales se diseñaran de mañera flexible adecuándolas a la realidad de cada territorio? Esto implica poder disponer de más tiempo en aquellos lugares en los que los problemas sociales o de salud son más complejos, pero no solo dentro de cada centro: allí donde hay más población mayor e inmovilizada (sobre todo en lugares donde hay muchas barreras arquitectónicas) habrá que dar tiempo a más visitas domiciliarias; en los lugares donde hay más población migrante, que acude menos a los recursos, es clave poder hacer más intervenciones de acción comunitaria fuera del centro; en las zonas rurales o muy dispersas los tiempos de desplazamiento se amplían y la demanda es diferente que en la ciudad, etc. Hay muchos elementos que se podrían tomar en cuenta, pero quizás los claves sean estos: desigualdades / precariedad, barreras de acceso, perfiles poblacionales y configuración urbanística. 

Por otro lado, ¿y si en vez de mirar cada cual por su propio perfil profesional se potenciara el trabajo en equipo multidisciplinar, centrado no en un reparto estanco de tareas sino en la promoción del trabajo colectivo? Porque ninguna persona, por muy hábil que sea en su ámbito, puede por sí sola responder a todos los retos que se le presentan, especialmente en los territorios más deprimidos. Eso implica formación para el trabajo grupal, ya que nadie nace aprendido y es una dimensión a la que no se da la importancia que tiene en los currículums formativos. Pero también conlleva poder disponer de tiempo para el trabajo en equipo, tanto a nivel general como estableciendo unidades de coordinación para dar seguimiento a los casos prioritarios.

¿Y si según los territorios pudieran ser necesarios diferentes perfiles profesionales?. Volviendo al caso de la prevención de incendios, hay saberes que son necesarios para todos los territorios, pero también hay saberes específicos en algunos ellos, dependiendo de su topografía, estructura poblacional, historia, etc. Pues lo mismo ocurre aquí: hay zonas en las que el trabajo de mediación intercultural es clave, en otras lo es avanzar en la intervención social a pie de calle, en otras disponer de profesionales de fisioterapia y terapia ocupacional suficientes puede ayudar a mucha población que a día de hoy no encuentra respuesta a sus necesidades.

¿Y si se establecieran incentivos, no solo económicos, sino también formativos y de promoción investigadora y profesional para animar a diferentes profesionales a trabajar en estos territorios? ¿Y si se promovieran fórmulas de contratación que posibiliten y premien la longitudinalidad individual y colectiva, especialmente en lugares donde la alta rotación de trabajadores en todas las categorías profesionales impide establecer proyectos a medio-largo plazo? Porque la longitudinalidad tiene un impacto, y grande, en la salud, eso ya lo sabemos. 

Estas medidas deben ser puestas en marcha desde el ámbito institucional. Pero hay otras dos áreas que es fundamental poner en juego para poder reconstruir los servicios públicos de una manera eficaz: el compromiso profesional y vecinal.

Hay muchas profesionales de servicios sociales y del mundo sanitario que no quieren trabajar en estos territorios, que prefieren buscar lugares sin tantas dificultades, sin tanta presión... Al prejuicio existente de por sí sobre estos barrios se añade el conocimiento que tienen de que, en estos entornos, donde debería haber más recursos al haber más necesidades que atender, no los hay: son los mismos que en otros lugares en los que las necesidades a abordar son menores. Pero hay también quien, pese a estas condiciones, sí que querría venir si se aseguran unos mínimos. No se trata de gestos heroicos o sacrificios, pero sí de compromiso. El compromiso que se desarrolla gracias al desarrollo de un vínculo y un conocimiento compartido entre profesionales y vecindario. Así, hay profesionales que se sienten parte de la comunidad en la que trabajan, bien por los años que llevan trabajando allí, bien porque ellas mismas son vecinas. Profesionales que han estudiado en los libros pero también en las calles, especializando su conocimiento y acción en esos territorios concretos. Son conscientes de que fuera de estos lugares sus capacidades y habilidades se reducen, y que necesitarían mucho tiempo para volver a formarse para poder trabajar en otros espacios, conocer,  conectar... Pero no solo eso, sino que este compromiso desarrollado les hace ser conscientes de su responsabilidad en relación al vecindario. Una responsabilidad que conlleva no solo dar respuestas básicas a los problemas planteados, sino que implica también el acompañamiento en la defensa de sus derechos y labores de mediación y abogacía que permitan transformar los recursos que los vulneran.

Y toda esta dinámica de cuidado y desarrollo desde el territorio no es posible si no se fundamenta en el conocimiento y capacidad de acción que tienen todas las personas que allí habitan, con todas sus diversidades y riquezas. El compromiso vecinal, que a través de sus diferentes redes, algunas reconocidas, otras invisibilizadas, debe ser central de cara a coordinar una respuesta eficaz a las realidades existentes.

Terminó ya un verano terrible, con miles de hectáreas arrasadas por el fuego y muchísimas víctimas afectadas. También es mucho lo quemado en estos meses en los servicios públicos en los territorios más vulnerables. ¿A qué esperamos para tomar las medidas necesarias para que no vuelva a ocurrir? 

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