Consumismo
¿Enfrentarnos a la destrucción del medioambiente y al consumismo nos hará más felices?
Si quisiéramos definir el estado de ánimo colectivo en el momento actual, deberíamos decir que es el pesimismo. Mientras se vive un presente que parece gris y lleno de problemas, se mira al futuro con más temor que esperanza. Nadie parece pensar, como sucedía en otros momentos, que lo mejor está por venir. Es verdad que ha habido periodos históricos más difíciles, como en las guerras mundiales. La diferencia es que, en ellos, aunque los ciudadanos soportaban situaciones muy duras, eran conscientes de que eran excepcionales y pasajeras y tenían la esperanza de que, cuando acabasen, les aguardaba un futuro mejor.
Efectivamente, si volvemos nuestros ojos a tiempos pasados, vemos que en otras épocas se ofrecían a los ciudadanos muchas promesas y utopías que, aunque sustentadas en ideologías opuestas entre sí, todas ellas coincidían en presentar un proyecto de futuro esperanzador para superar los problemas del presente. Esta esperanza en un futuro mejor daba sentido a la lucha colectiva y a la vida individual y, además, ayudaba a soportar las dificultades y esfuerzos cotidianos.
Sin embargo, ahora la situación es muy distinta. No vivimos buenos tiempos para utopías, ni para confiar que los avances tecnológicos nos estén preparando un futuro mejor y más feliz. Todo lo contrario, se vive con el temor a que alguna de las amenazas que nos rodean rompa nuestra vida y aparezca un futuro distópico. Miedo a perder lo que ya se tiene, a las guerras presentes y a las guerras posibles, con potencias nucleares involucradas. Tiempos de conflictos internacionales e incertidumbres económicas políticas y sociales. Tiempos en que los ciudadanos, aún traumatizados con la lección de fragilidad que supuso la pandemia del coronavirus, se sienten impotentes ante tantas amenazas que podrían sacudir sus vidas sin poder hacer nada para evitarlas.
En esta situación de múltiples crisis, la crisis climática aparece ante muchas personas como una amenaza más que contribuye al pesimismo sistémico de nuestros días. Estas personas piensan que enfrentarla supondrá limitaciones en su actual forma de vida y exigirá grandes renuncias en sus hábitos de consumo. Este temor les provoca un desagradable conflicto interno, que tratan de evitar negando su existencia, porque desearían que no fuera verdad. Esto explica que estén predispuestos a aplaudir y creer a todo aquel que les diga que el cambio climático es una falacia o que no tiene nada que ver con su forma de vida. Para estas personas el negacionismo es una actitud cómoda, que les permite no hacer nada. Es, por tanto, una respuesta, muchas veces inconsciente, para tranquilizar la conciencia y, a la vez, no añadir una preocupación más a las que ya tienen.
Pero esta estrategia de negacionismo/avestruz no funciona porque, en el fondo, nadie puede engañase a sí mismo y la realidad es muy terca. Incluso las negacionistas del cambio climático, saben que nuestros hábitos de consumo son insostenibles. Saben que la tierra tiene un límite y que el daño medioambiental que los seres humanos estamos produciendo al planeta nos están llevando, a nosotros, y a los demás seres vivos, a la catástrofe. Todos sabemos —hasta los que lo niegan porque prefieren no verlo— que no podemos seguir indefinidamente consumiendo sin medida, derrochando recursos y destruyendo el planeta como hasta ahora.
¿Cuál es la única salida que la sociedad en general, y la publicidad en particular, ofrece frente a tantas preocupaciones e incertidumbres de futuro? Simplemente dejar pasar los días, centrado cada uno en su propia vida, gastando y consumiendo, mientras pueda, todo lo que pueda. Es decir, seguir devotamente las dos ideas básicas sobre las que se asienta el actual modelo de sociedad de consumo: el individualismo y el consumismo. Según ellas, cada persona debe tratar de instalarse, lo mejor que pueda, en esta Sociedad-Titanic en la que vivimos, esperando que, si se hunde, a ellos no les llegue el agua al cuello.
Es por eso que, a falta de otra receta frente al pesimismo, la publicidad promete continuamente una felicidad ilusoria, a la que se llega a través del consumo. Quienes se dejen seducir por este engaño tratarán, inútilmente, de alegrarse la vida comprando y utilizaran todo su tiempo libre para pasear por centros comerciales o por calles que han perdido su identidad, ya que las cadenas multinacionales han llenado todas las ciudades del mundo con las mismas firmas comerciales.
Más allá de las calles y comercios convencionales, el espacio del consumismo se hace cada día más grande e invade más espacio físico y mental, desplazando todos los demás intereses y actividades. Internet y las nuevas tecnologías, puestos al servicio del consumo, han permitido que la publicidad y sus tentaciones de compra puedan colarse en cualquier momento y lugar de la vida. El ciudadano asume así el rol de consumidor permanente que le ha sido asignado y puede comprar, a través del móvil, la tablet o el ordenador, esté donde esté, las veinticuatro horas del día.
El resultado es que esta sociedad que busca la felicidad —o al menos el alivio de las preocupaciones— comprando, se vuelve cada vez más infeliz e insatisfecha. La compra se convierte en un fin en sí misma. El consumidor vive en una triste situación en la que no sabe cómo disfrutar de la vida sin gastar dinero y en la que necesita comprar, aunque no necesite lo que compra. Lo que ya se tiene pierde interés y es necesario estar en una incesante (y en el fondo siempre insatisfactoria) cadena de gasto para llenar esa constante necesidad de compra. Como señala Bauman «la economía de consumo contemporánea se basa en la existencia de deseos nunca alcanzables del todo, que se acompañan de una permanente insatisfacción». El engaño del consumismo no funciona. Consumir más de lo que necesitamos nos hace más infelices. Consumir para aliviar nuestras insatisfacciones solo lleva a hacerlas permanentes y quedar atrapados en ellas.
Pero, afortunadamente, sí hay alternativa y un camino abierto al optimismo y la felicidad. El consumismo es realmente un mundo muy pequeño y reducido. Fuera de él, hay un mundo inmenso de relaciones humanas y naturaleza, cultura, arte, aventuras individuales o interesantes proyectos colectivos y de desarrollo personal, actividades físicas…. es decir, vivencias humanas reales y no consumistas, que no se compran con dinero y que nos pueden llevar a una felicidad real.
Existe una relación inversa, contrastada por la psicología, entre materialismo y felicidad. Quienes basan su satisfacción en el «tener» y no en el «ser», tienen menos emociones positivas y menos bienestar. Si comprendemos que el consumismo actual no es sino una forma extrema de materialismo, nos daremos cuenta de que cambiar a unos hábitos de vida más razonables y sostenibles, va a hacer que nos sintamos mejor.
Por eso, la crisis climática no tiene que afrontarse desde el pesimismo. Por supuesto que debemos modificar nuestros hábitos de vida y consumo, para hacerlos medioambientalmente sostenibles. Pero no debemos creer que se trata de cambios que supondrán sacrificios y renuncias. Al contrario, la lucha contra el cambio climático es un reto que invita a plantearnos cambios positivos que, además de ayudar a salvar al planeta, nos puede conducir a una forma de vida y de consumo más adecuada y sostenible. Es el momento de dejar atrás los errores y excesos, individuales y colectivos, de la actual sociedad de consumo. El momento de alcanzar una vida más respetuosa con el medio ambiente y también más sana y con un mayor bienestar.
El camino para afrontar la destrucción medioambiental coincide con el que lleva a la felicidad, porque implica priorizar la calidad de vida frente al derroche material. Cultivar el apego a la naturaleza y la sensación de pertenencia y conexión con el medioambiente del que formamos parte supone también romper con el individualismo y puede hacernos sentir parte de una comunidad con un proyecto común.
En conclusión: debemos recuperar un razonable optimismo. No es racional creer que las cosas van a ir bien, aunque no se haga nada, pero hay que creer en la capacidad y esfuerzo de las personas para mejorarlas. Un optimismo real nos tiene que llevar a la acción, si no es un optimismo ilusorio o utópico. Necesitamos el optimismo que crea ilusión por el cambio, por aprovechar nuestras capacidades, por recuperar la autoestima y la ilusión personal y colectiva. Un optimismo que supone enfrentarse a los retos que, como el climático, la vida nos pone delante, confiando en nuestras capacidades para superarlos. Una actitud que es la opuesta al consumismo individualista y que es el único camino a una vida más plena y feliz.
Consumismo
Consumismo: adicción a la infelicidad
Publicidad
Las trampas de la publicidad en Internet
Coronavirus
Los consumidores confinados
Consumo
Consumiendo felicidad
En el Día Internacional del Consumidor nos planteamos si el consumo realmente sirve para conseguir la felicidad, o todo lo contrario.
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!