Opinión
Esta vez nos vamos bailando: de la desesperación a la resistencia inquilina frente a la crisis de vivienda

Nos hemos acostumbrado a la indefensión y a la violencia, a sentir que no pertenecemos a ninguna parte, a perder a las personas con quienes compartimos barrio y a las que cogemos cariño.
Esta vez nos vamos bailando - 3
“La mudanza se transformó en pasacalles para despedirnos del barrio que nos acogió. Lo hicimos rodeadas de amigas, bailando y cantando”.
14 abr 2026 06:00 | Actualizado: 14 abr 2026 10:32

“Yo me iré dócilmente. Cuando el casero convenga, habiendo pagado cada mes, ciudadana civilizada, recogeré mis muebles con elegancia y me ajustaré, sin rechistar, a la oferta inmobiliaria de esta ciudad que amo”. Corría el año 2019 cuando Lara Moreno escribió con ironía y resignación estas palabras después de que la gentrificación la expulsase del centro de la ciudad. Apenas un año después, publicó Deshabitar: un recorrido vital por las habitaciones de la crisis inmobiliaria, miniensayo sobre las múltiples veces que ella (y después también su hija) se había tenido que cambiar de casa.

Han pasado siete años y entre mi compañera de piso y yo hemos echado cuentas y sumamos 25 mudanzas. Ni siquiera hemos cumplido 40 años. Hemos habitado y deshabitado más de una decena de barrios, nos hemos enamorado de sus vecinas hasta que las han echado —o nos hemos tenido que ir nosotras—, hemos aceptado cláusulas abusivas de inmobiliarias, hemos soportado frío porque el precio del alquiler no nos permitía encender la calefacción o directamente no había, se han quedado injustamente nuestras fianzas y, sobre todo, hemos pasado miedo e inseguridad.

Y también hemos sentido rabia. En cada casa. Miedo a que al rentista de turno se le cruzasen los cables y nos quisiera subir el alquiler por encima de lo permitido

Y también hemos sentido rabia. En cada casa. Miedo a que al rentista de turno se le cruzasen los cables y nos quisiera subir el alquiler por encima de lo permitido, miedo a que se inventase que necesitaba el piso para su hijo y nos dijese que nos teníamos que ir, miedo a que por reportarle cualquier problema nos subieran el alquiler al año siguiente. Problemas del tipo que no funcionasen los acumuladores eléctricos porque la instalación no se había tocado desde La Transición, así de “picajosas” somos.

Rabia al encontrarnos con actitudes déspotas continuadas por parte de distintos caseros. Hablándonos desde arriba. Dejándonos clarísimo en todo momento que, más allá del contrato, ellos tenían la sartén por el mango. Nos hemos acostumbrado a la indefensión y a la violencia, a sentir que no pertenecemos a ninguna parte, a perder a las personas con quienes compartimos barrio y a las que cogemos cariño. Nos hemos hecho a la idea de que el techo que pende sobre nuestras cabezas es gaseoso, que nuestra vida depende de los intereses económicos de quien nos arrienda.

Nos ha llegado a parecer normal tener muchísimo cuidado con las cosas que acumulamos, con lo que compramos y con lo que nos dan, pensar en todo momento cuánto pesarán esos libros tan queridos que nos han regalado por nuestro cumpleaños cuando nos toque hacer la próxima mudanza, si podrán permitírselo nuestras ya magulladas espaldas.

Hace cinco años, al llegar a la última casa de la que nos echaron —por ningún motivo, solo querían subir el alquiler un 64% y no pasar la vergüenza de decírnoslo—, nos enamoramos del distrito de Carabanchel. En una ciudad que nos empezaba a hacer sentir asfixiadas, nos encontramos con el alivio de pasear por el río. Una de nosotras lloró el día de la mudanza al encender los radiadores: llevaba dos inviernos con sabañones en los pies y teletrabajando con abrigo. Nos hicimos amigas de las vecinas del edificio, de las dueñas de la librería, de los camareros de los bares, de las empleadas de las tiendas y de la médica simpatiquísima del centro de salud, a la que, por suerte, no hicieron rotar mientras allí vivimos. Generamos vínculos y nos hicimos parte del barrio. Y, otra vez, de un plumazo, nos echaron.

Nos han dicho que nuestros sueldos son demasiado bajos para aspirar a dos habitaciones con luz, nos han pedido referencias de nuestros jefes y antiguos caseros, nos han solicitado hasta tres meses de fianza...

Nos ha costado seis meses encontrar piso. Cumplimos un récord personal. Durante este tiempo nos han intentado estafar varias veces, nos han infantilizado por querer vivir en la ciudad (y no asumir que teníamos que irnos a una ciudad del área metropolitana), nos han dejado tiradas cuando íbamos a hacer visitas, nos han hecho escribir cartas de presentación —contando quiénes somos, qué relación tenemos entre nosotras, cómo es nuestro día a día—. Nos han dicho que nuestros sueldos son demasiado bajos para aspirar a dos habitaciones con luz (cuando ambas trabajamos a tiempo completo y hacemos trabajos extra), nos han pedido referencias de nuestros jefes y antiguos caseros, nos han exigido meses de agencia que estaban contra la ley, nos han solicitado hasta tres meses de fianza y comisiones de servicios por 1.500 euros.

Nos han hecho comentarios racistas y clasistas y nos han dicho una y mil veces que hay demasiadas personas interesadas en alquilar su zulo y que no pueden atendernos, que sienten mucho pedir tantas cosas pero “es que con el problema de okupación que hay en el país ya no se puede confiar en nadie…”. La ocupación afecta a un 0,06% de las viviendas de este país. No queremos hacer cálculos del porcentaje de caseros que nos han maltratado porque el dato es tan terrorífico que sonaría poco confiable. La realidad supera a la ficción, también en esto.

Estamos rabiosas, tristes y agotadas. Pero por suerte ya encontramos casa. Y gracias a que tenemos casa, y por ende tiempo y energías, podemos escribir esto. Cuando ya estábamos desesperadas por no encontrar piso, se nos ocurrió que podríamos buscar incluyendo también a mi novia. Siendo tres quizá nos libraríamos de que nos expulsasen del barrio. Y así fue. Encontramos un piso similar al que teníamos por la friolera de 500 euros más. Vivir dos amigas se había vuelto imposible, así que nos apretamos las tres. Un nivel de precariedad que jamás habríamos imaginado y que en este contexto de crisis era para darse con un canto en los dientes, o mejor no, porque la precariedad que vivimos en este país no alcanza para gastos extra como ir dentista o al podólogo.

...por fin llegó un golpe de suerte y dimos con un piso en el que nos quisieron. Porque ahora es así: te seleccionan, como en una entrevista de trabajo

Buscar piso con mi novia, española y chilena, con acento latinoamericano y autónoma, nos enfrentó a rabias nuevas ante situaciones de discriminación, racismo y clasismo que, como españolas blancas con contrato, no habíamos vivido antes. La desesperación aumentó. Hubo tardes, después de varias visitas, que realmente nos hundimos en el fango. Hasta que por fin llegó un golpe de suerte y dimos con un piso en el que nos quisieron. Porque ahora es así: te seleccionan, como en una entrevista de trabajo. En Madrid se puede escoger a la carta en un catálogo de decenas de miles de inquilinas desesperadas. Por suerte, nuestro casero fue amable. No nos sometió a un tercer grado y nos trató con respeto. Y escribo “suerte” porque no es lo que habitualmente nos encontramos.

Pese a todo, nuestro caso no es en absoluto de los complicados. Los terrores que contamos son los que son y no otros mucho más desagradables porque tenemos estudios superiores, no practicamos ninguna religión denostada, no tenemos discapacidad, contamos con trabajos estables y no tenemos hijes. ¿Cómo de agotadas, rabiosas y tristes estaríamos de haber añadido más variables? ¿Qué historias espantosas estaríamos contando? ¿En qué síntoma se hubieran transformado la ansiedad y el tic en el ojo que tuve durante meses? ¿Cómo afecta el rentismo a otros cuerpos?

Nos fuimos, sí: pero no nos fuimos dócilmente. No lo hicimos calladas. Nos fuimos haciendo ruido

Nos fuimos, sí: pero no nos fuimos dócilmente. No lo hicimos calladas. Nos fuimos haciendo ruido. Transformamos nuestra mudanza en pasacalles para despedirnos del barrio que nos acogió. Lo hicimos rodeadas de amigas, bailando y cantando porque, como dijo la anarcofeminista Emma Goldman, “si no puedo bailar, no es mi revolución”. Nos fuimos informando a las vecinas de lo que nos estaba pasando. Nos fuimos dejando un mensaje bien claro: no nos van a quitar la alegría ni nos van a hacer sentir que estamos solas por más que la falta de intervención en el mercado de la vivienda y la avaricia de los rentistas nos aboquen a la precariedad y al desarraigo.

Nos vamos cantando pero conscientes de la importancia de organizarnos y empezar a hacer resistencia contra el rentismo. Por nosotras y por las que enfrentan muchas más dificultades que nosotras. Es necesario sindicarnos, imprescindible que salgamos a la calle, absolutamente vital darnos la mano y luchar contra esta crisis desde la colectividad. Nosotras, que vivimos el 15M en Madrid y el estallido social en Chile, sabemos que antes de que explotase la indignación fue necesario todo un movimiento cultural. Muchas performances como las de Las Tesis. Muchos artículos como el de Lara Moreno y como este. Hay que caldear el ambiente y también llenarlo de colores y esperanza.

Nuestro cántico en este periódico es un llamamiento al movimiento activista y cultural. Os necesitamos para cambiar los discursos y generar conciencia. Revolveos, salid a la calle en el formato que más os plazca (manifestación, performance, camisetas con mensaje), hablad del tema en vuestras comidas familiares y en vuestras mesas de trabajo, componed canciones, escribid novelas y rodad películas donde se aborde esta problemática que nos tiene destrozadas.

No nos vayamos dócilmente más de ningún piso

Es vital luchar juntas para que se produzca un cambio real en que la vivienda deje de considerarse un bien mercantil y se convierta en un derecho. Derecho a techo, sí, otra vez, más allá del papel mojado de la Constitución. Derecho a vivir tranquilas en una casa y en un barrio que podamos llamar hogar. Derecho a recuperar nuestra salud mental y la vitalidad de nuestros cuerpos.

No nos vayamos dócilmente más de ningún piso. Al menos las que aún tenemos energías gracias a algunos privilegios que en suerte nos tocaron.

Nosotras el otro día nos fuimos cantando. La próxima vez ya se verá.

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