Angélica Velasco: “No tengo esperanzas, pero no me voy a rendir”

La filósofa y escritora reflexiona sobre ecofeminismo, antiespecismo, la deriva capitalista en la universidad o la crisis ecosocial en una conversación sobre ternura, violencias en plural y resistencia colectiva no siempre optimista.
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La filósofa hace un llamamiento a la comprensión como parte de la lucha por un mundo más igualitario y sostenible David F. Sabadell
29 may 2026 06:00 | Actualizado: 29 may 2026 12:26

Con Ternura a lo bestia, recién publicado por Paidós, Angélica Velasco ha usado estructuras y experiencias personales para definir argumentos que impulsen el cambio. Lo hace, como buena filósofa, dando modelos mentales y definiciones que nos ayuden a hablar en un mismo idioma y construir. No lo hace solo desde lo teórico, ya que tanto este libro como su anterior y celebrada obra Ética animal. ¿Una cuestión feminista? ofrecen una práctica real: habla de lucha y menciona los problemas no siempre visibilizados, habla de colectivo y resalta a otras autoras y pensadoras como Camps o Brum y busca una unión de varios movimientos sociales pidiendo que las diferencias no nos enfrenten. 

Esa ternura y cuidado por las demás no hacen que Velasco no hable claro: no tiene problema en criticar cómo la universidad se ha corrompido en un sistema de publicaciones corrupto o en defender la rabia como “motor político” o la violencia legítima cuando es autodefensa. Sin miedo a mezclar argumentos y a ponerse en la línea de fuego entre movimientos sociales que no siempre se entienden cuál es el enemigo real, Velasco cuenta con un prólogo realizado por Carol J. Adams, pionera en conectar la opresión de género con la explotación animal. 

Proponer un movimiento contra la productividad y la competencia en el actual contexto suena a locura y a única salvación a la vez.
Es un libro muy personal y, como lo personal es político, parte de ahí. Yo estaba completamente agotada por el ritmo de trabajo. Llegó un momento en el que pensaba cómo podía ser tan infeliz teniendo una vida privilegiada. Empecé a mirar alrededor y vi a todo el mundo destrozado. El ritmo que llevamos es profundamente patriarcal y neoliberal. Hemos puesto mucho el foco en el capitalismo, el consumismo y el productivismo, y hay que hacerlo, pero antes de todo eso está el patriarcado y también el antropocentrismo. El sistema se construyó pensando en un hombre que podía salir a trabajar porque había una mujer sosteniendo el hogar: limpiando, cocinando, cuidando. Ahora las mujeres trabajamos también en el ámbito público, pero seguimos sosteniendo la mayor parte de los cuidados. Y eso es insostenible.

La universidad ha caído bajo las garras del capitalismo y funciona como una empresa basada en la productividad constante

Le das una vuelta al término sostenibilidad y al de conciliación.
Sí, porque parece que la conciliación solo existe cuando tienes hijos. Pero yo también necesito conciliar conmigo misma, con mi salud mental, con descansar, con respirar tranquila, con cuidar a los animales que forman parte de mi vida. Hemos perdido completamente el norte. Incluso en la universidad, por ejemplo. Ha caído bajo las garras del capitalismo y funciona como una empresa basada en la productividad constante. Publicar y publicar artículos que muchas veces apenas lee nadie. Todo se mide en cantidad y no en calidad.

Justo en Madrid estamos viendo el problema que supone imponer la financiación privada en las universidades públicas.
Claro. Hay una obsesión constante por producir. ¿Cuántos artículos has publicado este año? ¿Cuántos proyectos llevas? Y quien no sigue ese ritmo es visto casi como alguien sospechoso. Yo he tenido la suerte de poder apartarme parcialmente de esa rueda porque soy funcionaria y reconozco mi privilegio. Pero muchísima gente no puede hacerlo. Aun así, creo que necesitamos reivindicar otra manera de estar en la academia: dedicar tiempo a preparar clases, acompañar al alumnado, pensar despacio.

He encontrado mucha rabia en un libro cuyo título incluye la palabra “ternura”.
Eso pasa porque la indignación es motor político. Victoria Camps reivindicaba las emociones porque es lo que nos mueve a actuar. Luego lo analizaremos con la razón, claro, pero lo normal debería ser sentir rabia ante un genocidio, ante la violencia o ante la destrucción del planeta. El problema es qué hacemos con esa rabia. Yo reivindico canalizarla desde los cuidados y la acción colectiva. Hay pequeños actos cotidianos que también son cuidados políticos: venir a buscarme a la estación, acompañar a alguien, sostener espacios comunes. Todo eso importa.

Muchísima gente militante termina quemada precisamente porque no encuentra esos cuidados dentro de los propios movimientos de lucha.
Totalmente. Y ahí creo que tenemos un problema enorme. Mi escritura también intenta ser una práctica de cuidados, la entiendo como un activismo poniendo voz a algo que podría pasar desapercibido. Como reconocer a las pensadoras en las que me apoyo, visibilizar trabajos invisibles… Todo eso es político. También es importante decir que yo no escribo manuales de acción. Yo me dedico a la filosofía. Entonces lo que yo planteo es un ideal como reflexión por si a alguien le puede mover en alguna dirección para hacer algo. Y dentro de esto creo que necesitamos construir espacios donde no solo compartamos activismo, sino también vida. Ir juntas a un concierto, comer, descansar, disfrutar. Si no, terminamos reproduciendo la misma lógica productivista que criticamos.

Venimos de criticar el modelo patriarcal del guerrero, del hombre autosuficiente y violento, y de repente acabamos relacionándonos desde la agresividad constante

También hablas de las violencias dentro de los propios movimientos feministas. No te dan miedo las polémicas. 
Es que me preocupa muchísimo cuando reproducimos dinámicas patriarcales entre nosotras. Por ejemplo, toda la violencia que se ha generado en algunos debates sobre las personas trans. ¿Cómo vamos a dejar fuera a nuestras compañeras trans? ¿Nos machacamos como nos han machacado a nosotras? Venimos de criticar el modelo patriarcal del guerrero, del hombre autosuficiente y violento, y de repente acabamos relacionándonos desde la agresividad constante. Y mientras tanto, el machismo mirando y frotándose las manos. Eso no significa que tengamos que negar la autodefensa. Cuando vienen a por nosotras, la autodefensa feminista es legítima. Pero una cosa es defenderse y otra construir relaciones políticas basadas en el ataque permanente. 

Usas la metáfora de los ‘minimundos’ para generar esperanza. ¿Es posible tenerla aún?
Dice Eliane Brum que de tanto poner el foco en la esperanza puede que llegue un momento en el que no haya esperanza. Pero eso no quiere decir que tengamos que dejar de hacer cosas. Y así es como concluyo. Es que yo he perdido la esperanza en gran medida. Probablemente si no tuvieran nada de esperanza no hubiera escrito este libro, o no me dedicaría a algo donde soy consciente de un sufrimiento constante. Podría enseñar Aristóteles y punto. Pero elijo seguir hablando de las cosas que nos atraviesan y de las injusticias. Donde más veo esa esperanza es en el movimiento de liberación animal y en el movimiento feminista, porque es altruista en el sentido de que no busca tu propia liberación, sino la de otros que no son tú. No tengo esperanzas pero no voy a dejar de hacer cosas por ello, no me voy a rendir. 

Tratas un tema muy interesante: por qué hay que creer a quien está siendo oprimido y explotado. 
Con todo lo que hay, donde todas hemos sufrido un tipo u otro de violencia, cómo es posible que lo primero que se te ocurra pensar cuando una mujer denuncia un caso de violencia de género o cuando escribe a la cuenta de Fallarás es que está mintiendo. Si todos sabemos cómo trata el sistema judicial a las mujeres cuando denuncian, cómo en lo primero que piensas es que se lo está inventando. Eso demuestra hasta qué punto estamos desconectados del sufrimiento ajeno. Y ocurre también con la explotación laboral, con el racismo o con las personas migrantes. Sabemos que existen sistemas de opresión y jerarquía en muchos ámbitos, por qué reaccionamos así en otros. Lo vemos constantemente.

El capitalismo convierte el autocuidado en consumo: cremas, masajes, retiros, productos… Pero la realidad material es que este sistema no puede sostenerse mucho más tiempo

Para ti cuidados, ocio y lentitud van de la mano. 
Las redes sociales nos han convertido en personas adictas a la velocidad. Desde que publiqué el libro pasó muchísimo tiempo en Instagram moviendo contenido y respondiendo mensajes, y te das cuenta de lo bien diseñado que está todo para atraparte. Si eso nos pasa a nosotras, adultas, imagínate lo que eso supone para cerebros que todavía están formándose. Consumimos estímulos sin parar y luego no recordamos nada. Hemos perdido capacidad de atención, de lectura profunda, de aburrirnos incluso. La lentitud es una cosa que está de moda en la teoría académica, pero luego no la vemos en la práctica ni se aplica en nuestras vidas. 

Y el capitalismo acaba apropiándose incluso del discurso de los cuidados y de la lentitud. Mira las rutinas de belleza o el término ‘invertir en bienestar’.
Exacto. Convierte el autocuidado en consumo: cremas, masajes, retiros, productos… Todo termina mercantilizado. Pero la realidad material es que este sistema no puede sostenerse mucho más tiempo. Quienes trabajamos temas ecosociales lo sabemos: el modelo actual es incompatible con los límites del planeta. Y lo terrible es que el colapso ya está ocurriendo en muchos lugares, aunque en Europa todavía podamos mirar hacia otro lado. 

En filosofía, los términos son importantes, y tú hablas de ‘amor violento’ y ‘cuidado hipócrita’.
Me preocupa mucho cómo utilizamos la palabra cuidado. Porque no todo lo que se llama cuidado lo es realmente. Por ejemplo, cuando desde la ganadería se habla de ‘cuidar’ animales mientras estos animales son explotados y enviados al matadero, creo que estamos ante una contradicción enorme. El cuidado implica atención genuina al bienestar del otro. Respeto. Reconocer sus necesidades. Y eso es incompatible con una lógica de explotación. Es parecido al ‘te pego porque te quiero’. Un amor violento deja de ser amor.

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Ese planteamiento genera mucha tensión dentro del feminismo.
Claro, porque muchas mujeres trabajan en sectores ligados a la explotación animal y se sienten atacadas. Y entiendo que hay contextos muy complejos, especialmente en entornos rurales y profundamente patriarcales, donde determinadas formas de trabajo han sido también espacios de autonomía económica para mujeres. Pero aun así creo que tenemos que poder imaginar alternativas laborales que no impliquen violencia. Eso no significa señalar individualmente a las personas, sino cuestionar estructuras. Otro ejemplo sería el Ejército. Petra Kelly, a la que reivindico tanto durante el libro, dice que cómo va a ser un éxito que las mujeres puedan ser militares. Cómo va a ser un éxito que las mujeres pasen a hacer lo que han hecho los hombres históricamente y sabemos que no es bueno, que no es ni más ni menos que masacrar al que es considerado enemigo. Puede que haya mujeres que hayan decidido libremente dedicarse a ámbitos violentos pero también es posible que se sientan atacadas por ello. 

En varios momentos vuelves a la idea de la educación como resistencia. 
Porque sigo pensando que es la herramienta fundamental. Hablo de coeducación y ecoeducación ecofeminista: educar en cooperación, empatía, no violencia y cuidado del mundo vivo. Y eso no se limita a la escuela. También tiene que ver con la cultura, con las películas, con los referentes, con los relatos que construimos. Necesitamos contenidos donde existan otras formas de relación y donde haya representación diversa: personas LGTBI, otras formas de masculinidad, vínculos no violentos, respeto hacia los animales y hacia la naturaleza.

También haces una defensa muy interesante de la teoría y de la filosofía. 
Sí, porque vivimos en un momento donde parece que reflexionar profundamente no sirve para nada. Y, sin embargo, conceptualizar es politizar. Hasta que no existió el concepto de “violencia de género”, las agresiones contra las mujeres aparecían como casos aislados. Nombrar una realidad permite entenderla políticamente. Por eso creo que necesitamos escuchar a quienes sufren las opresiones, pero también desarrollar herramientas teóricas para comprenderlas y transformarlas.

¿Y qué papel debería jugar entonces la academia?
Una academia conectada con el mundo real. No encerrada en sí misma. La universidad debería servir para analizar críticamente la realidad, producir pensamiento útil y abrir posibilidades políticas y éticas. No para competir permanentemente por índices de productividad.

Después de todo lo que planteas en el libro, ¿es posible soñar con un futuro distinto?
No sé si mejor, sinceramente. Pero sí creo que merece la pena seguir intentando construir espacios menos violentos. Y eso empieza muchas veces en cosas muy pequeñas: cómo nos relacionamos, cómo nos cuidamos, cómo sostenemos los vínculos y cómo evitamos convertirnos en aquello que criticamos. Ahí, para mí, sigue estando lo importante.

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