Antropología
Cómo cambiar el curso de la historia humana, o al menos lo que ya pasó

La historia que nos hemos estado contando acerca de nuestros orígenes está mal y perpetúa la idea de que la desigualdad social es inevitable. David Graeber y David Wengrow se preguntan por qué el mito de la “revolución agrícola” permanece con tanta fuerza y plantean que hay mucho más que podemos aprender de nuestros ancestros.

David Graeber en Amsterdam
David Graeber en el Maagdenhuis Amsterdam (7-3-2015) (Guido van Nispen) Wikimedia Commons

David Graeber fue un antropólogo y activista anarquista estadounidense. Combinó su faceta académica como profesor adjunto en la Universidad de Yale con el activismo, participando en las protestas antiglobalización en contra del Foro Económico Mundial en Nueva York en 2002 y siendo uno de los primeros organizadores de Occupy Wall Street en 2011. Ver bio completa

Traducción: Julieta Gaztañaga y Julia Piñeiro Carreras
15 sep 2020 10:00

El pasado 3 de septiembre nos dejaba el antropólogo y activista David Graeber. El presente artículo, escrito junto a David Wengrow y publicado en eurozine.com el 2 de marzo de 2018, incluye los aspectos fundamentales que ambos autores tenían previsto tratar en su próximo libro conjunto. Gracias a Julieta Gaztañaga y Julia Piñeiro Carreras presentamos aquí la traducción en castellano de dicho artículo.

1. Al principio era la palabra 

Por siglos, nos hemos estado contando un simple cuento acerca de los orígenes de la desigualdad social. Durante la mayor parte de su historia, los humanos vivieron en pequeñas bandas igualitarias de cazadores-recolectores; después vino la agricultura, que trajo consigo la propiedad privada, y luego el crecimiento de ciudades, lo cual significó la emergencia de la civilización propiamente dicha. La civilización significó muchas cosas malas (guerras, impuestos, burocracia, patriarcado, esclavitud...) pero también hizo posible la literatura escrita, la ciencia, la filosofía y la mayoría de los demás grandes logros humanos.

Casi todo el mundo conoce esta historia a grandes rasgos. Desde los tiempos de Jean-Jacques Rousseau, ha enmarcado aquello que creemos que constituye la forma y dirección más general de la historia humana. Y es importante porque esta narrativa también define nuestro sentido de posibilidad política. La mayoría ve a la civilización, y por ende a la desigualdad, como una trágica necesidad. Algunos sueñan con un regreso a una utopía pasada, la de encontrar un equivalente industrial al ‘comunismo primitivo’, o incluso, en casos extremos, con destruir todo, y volver a ser recolectores. Pero nadie desafía la estructura básica de la historia.

Hay un problema fundamental con esta narrativa.

No es cierta.

Una cantidad de evidencia abrumadora de la arqueología, la antropología y disciplinas familiares, está empezando a darnos una idea bastante clara de cómo fueron los últimos 40.000 años de historia humana, y casi en ningún modo se parece a la narrativa convencional. De hecho, nuestra especie no pasó la mayor parte de su historia en bandas pequeñas; la agricultura no marcó un límite irreversible en la evolución social; las primeras ciudades fueron a menudo igualitarias. Aun así, e incluso cuando los investigadores han llegado gradualmente a un consenso sobre estas cuestiones, permanecen extrañamente reacios a anunciar sus descubrimientos al público ―o aun a investigadores de otras disciplinas― ni hablar de reflexionar sobre sus implicaciones políticas más amplias. En consecuencia, aquellos escritores que están reflexionando sobre las ‘grandes preguntas’ de la historia humana ―Jared Diamond, Francis Fukuyama, Ian Morris, y otros― todavía toman la pregunta de Rousseau como punto de partida (“¿cuál es el origen de la desigualdad social?”) y asumen que la gran historia comienza con algún tipo de caída desde una inocencia primordial.

La “desigualdad” es una manera de enmarcar los problemas sociales apropiada para los reformadores tecnocráticos, la clase de personas que parten de asumir que cualquier visión de transformación social ha sido retirada de la mesa política desde hace mucho tiempo.

Enmarcar la pregunta de esta manera implica una serie de supuestos: 1) que existe una cosa llamada “desigualdad”; 2) que ésta es un problema; y 3) que hubo un tiempo en que no existió́. Desde el colapso financiero de 2008 y, por supuesto, los trastornos que le siguieron, el “problema de la desigualdad social” ha estado en el centro del debate político. Parece haber un consenso, entre las clases intelectuales y políticas, respecto de que los niveles de desigualdad social se han descontrolado, y esa es la fuente, de alguna u otra manera, de la mayor parte de los problemas del mundo. Hacer este señalamiento es tomado como un desafío a las estructuras del poder global, pero comparemos con el modo en que cuestiones similares podrían haberse discutido una generación antes. A diferencia de términos como “capital” o “poder de clase”, la palabra “igualdad” prácticamente está diseñada para conducir a medias tintas y concesiones. Uno puede imaginarse derrocar al capitalismo o destruir el poder del Estado, pero es muy difícil imaginar eliminar la “desigualdad”. De hecho, no resulta nada obvio qué podría significar algo así, porque las personas no son todas iguales y nadie querría particularmente que lo fueran.

Antropología
Homenaje a Graeber

La antropología, y las ciencias sociales en general, han perdido a uno de sus grandes.


La “desigualdad” es una manera de enmarcar los problemas sociales apropiada para los reformadores tecnocráticos, la clase de personas que parten de asumir que cualquier visión de transformación social ha sido retirada de la mesa política desde hace mucho tiempo. Nos permite retocar los números, discutir sobre coeficientes de Gini y umbrales de disfunción, reajustar regímenes impositivos o mecanismos de seguridad social, e incluso impactar al público con cifras que muestran cuán mal se han puesto las cosas (¿puede imaginarlo? ¡0,1 % de la población mundial controla más del 50% de la riqueza!); todo eso sin abordar ninguno de los factores que la gente realmente objeta de esos arreglos sociales “desiguales”. Por ejemplo, que algunos se las ingenian para transformar su riqueza en poder que ejercen sobre otros; o que a cierta gente se le termina diciendo que sus necesidades no son importantes y que sus vidas no tienen valor. Esto último (se supone que debemos creer) es solo el efecto inevitable de la desigualdad, y la desigualdad, el resultado inevitable de vivir en una sociedad grande, compleja, urbana y tecnológicamente sofisticada. Ese es el mensaje político real vehiculado en las interminables invocaciones a una imaginaria edad de la inocencia previa a la invención de la desigualdad: que si queremos deshacernos de esos problemas, tendríamos que deshacernos del 99,9% de la población de la Tierra y volver a ser pequeñas bandas de recolectores. De lo contrario, lo mejor a lo que podemos aspirar es a achicar el tamaño de la bota que pisará para siempre nuestras cabezas, o tal vez disputar un poco más de espacio de maniobra en el cual algunos podríamos escabullirnos al menos temporalmente.

El “Estado de naturaleza” de Rousseau nunca fue pensado como una etapa de desarrollo. No se suponía que fuera equivalente a la fase de “Salvajismo”, que abre los esquemas evolutivos de los filósofos escoceses como Adam Smith.

Hoy la ciencia social dominante parece movilizada para reforzar esa sensación de desesperanza. Casi mensualmente encontramos publicaciones que intentan proyectar la obsesión actual con la distribución de la propiedad hacia la Edad de Piedra; colocándonos en una búsqueda falaz de las “sociedades igualitarias”, definidas de manera tal que sería imposible que existan más allá de alguna pequeña banda de recolectores (y posiblemente, ni siquiera). Lo que vamos a hacer en este ensayo son dos cosas. Primero, nos dedicaremos un poco a recorrer lo que se toma por opinión informada en estas cuestiones, para mostrar cómo se juega el juego, cómo aun los investigadores aparentemente más sofisticados terminan reproduciendo el sentido común de la Francia o la Escocia de, digamos, 1760. Luego, intentaremos sentar las bases de una narrativa diferente. Este es fundamentalmente un trabajo de despejar el terreno. Las preguntas con las que estamos tratando son tan enormes, y las cuestiones tan importantes, que tomará años de investigación y debate empezar a entender todas sus consecuencias. Pero en una cosa insistimos. Dejar de lado la historia de una caída desde una inocencia primordial no significa abandonar los sueños de una emancipación del hombre ―es decir, de una sociedad en la que nadie pueda transformar sus derechos de propiedad en un medio para esclavizar a otros, y donde a nadie se le pueda decir que su vida y sus necesidades no importan. Al contrario, una vez que aprendemos a deshacernos de nuestras cadenas conceptuales y percibimos de qué se trata en realidad la historia humana, ésta se vuelve un lugar mucho más interesante y contiene muchos más momentos esperanzadores que lo que nos han llevado a imaginar.

2. Autores contemporáneos sobre el origen de la desigualdad social

Empecemos resumiendo lo que nos han contado sobre el curso completo de la historia humana. Sería más o menos algo así:

Cuando se levanta la cortina de la historia humana ―digamos, aproximadamente hace doscientos mil años, con la aparición del Homo sapiens anatómicamente moderno― encontramos a nuestra especie viviendo en pequeñas bandas nómadas de entre veinte y cuarenta individuos. Estos salen a la búsqueda de territorios óptimos de caza y recolección, siguiendo manadas, recolectando nueces y bayas. Si los recursos se vuelven escasos o crece la tensión social, responden moviéndose y yéndose hacia otra parte. La vida para estos humanos tempranos (podemos pensarla como la infancia de la humanidad) está llena de peligros, pero también de posibilidades. Las posesiones materiales son pocas, pero el mundo es un lugar inmaculado y tentador. La mayoría trabaja sólo unas horas por día y el pequeño tamaño de los grupos sociales les permite mantener un tipo de relajada camaradería, sin estructuras formales de dominación. Rousseau, escribiendo en el siglo XVIII, se refirió a esto como “el Estado de Naturaleza”, pero actualmente se estima que de hecho abarcó a la mayor parte de la historia de nuestra especie. También se supone que es la única época en que los humanos lograron vivir en sociedades genuinas de iguales, sin clases, castas, líderes hereditarios o gobierno centralizado.

Rojava
David Graeber: “En Rojava saben que no te puedes librar del capitalismo si no te libras antes del patriarcado”

La mutación del capitalismo, la uberización del empleo, el poder del feminismo, la lacra moral de la deuda o el origen de la desigualdad son algunos de los temas que trata en esta entrevista el antropólogo estadounidense David Graeber, que visita Madrid para participar en un evento en apoyo al pueblo Kurdo y la revolución de Rojava.

Por desgracia, este feliz estado de cosas tuvo que terminar. Nuestra versión convencional de la historia mundial sitúa este momento hace unos 10.000 años, al final de la ultima Edad de Hielo.

Debemos concluir que los revolucionarios, pese a sus ideales visionarios, no han tendido a ser particularmente imaginativos, especialmente cuando se trata de vincular pasado, presente y futuro. Todos siguen contando la misma historia.

En este punto, encontramos a nuestros actores humanos imaginarios esparcidos por los continentes del mundo, comenzando a cultivar sus propios cultivos y criando sus propios rebaños. Cualesquiera que sean las razones locales (está en debate), los efectos son cruciales y básicamente iguales en todas partes. Los vínculos territoriales y la posesión privada de la propiedad se vuelven importantes de maneras hasta entonces desconocidas, y con ellos, las peleas esporádicas y la guerra. La agricultura otorga un excedente de alimentos, lo cual permite a algunos acumular riqueza e influencia más allá de su grupo familiar inmediato. Otros, al estar libres de la necesidad de buscar alimentos por sí mismos, desarrollan nuevas habilidades, tales como la invención de armas, herramientas, vehículos y fortificaciones más sofisticados, o la búsqueda de la política y la religión organizada. En consecuencia, estos “granjeros neolíticos” aprecian la magnitud de sus vecinos cazadores-recolectores, y se preparan para eliminarlos o absorberlos en una nueva y superior, aunque menos equitativa, forma de vida.

Para complicar aún más las cosas, o eso dice la historia, la agricultura asegura un aumento global de los niveles de población. A medida que las personas se establecen en agrupamientos cada vez mayores, nuestros antepasados involuntarios dan otro paso irreversible hacia la desigualdad, y así hace aproximadamente 6.000 años, aparecen las ciudades y nuestro destino está sellado. Con las ciudades viene la necesidad de un gobierno centralizado. Nuevas clases de burócratas, sacerdotes y políticos-guerreros se instalan en cargos permanentes para mantener el orden y garantizar el flujo fluido de suministros y servicios públicos. Las mujeres, que alguna vez disfrutaron de papeles importantes en los asuntos humanos, son secuestradas o encarceladas en harenes.

Los cautivos de guerra son reducidos a esclavos. La desigualdad con todas las letras ha llegado y no hay forma de deshacerse de ella. Aun así́, los narradores de historias siempre nos aseguran que no todo lo relacionado con el surgimiento de la civilización urbana es malo. Se inventa la escritura, al principio para mantener las cuentas del Estado, pero esto permite grandes avances en la ciencia, la tecnología y las artes. Al precio de la inocencia, nos convertimos en nuestro yo moderno, y ahora solo podemos mirar con lástima y celos a las pocas sociedades “tradicionales” o “primitivas” que de alguna manera perdieron el tren.

Esta es la historia que, como decimos, forma la base de todo debate contemporáneo sobre la desigualdad. Si, por ejemplo, un experto en relaciones internacionales, o un psicólogo clínico, desea reflexionar sobre estos temas, es probable que dé por hecho que durante la mayor parte de la historia humana hayamos vivido en pequeñas bandas igualitarias, o que el surgimiento de las ciudades también haya significado el surgimiento del Estado. Lo mismo puede decirse de la mayoría de la literatura reciente que trata de ver la amplia extensión de la prehistoria con el fin de extraer conclusiones políticas relevantes para la vida contemporánea. Consideremos Los orígenes del orden político: desde la Prehistoria hasta la Revolución Francesa de Francis Fukuyama:

En sus primeras etapas, la organización política humana es similar a la sociedad de bandas observada en primates superiores como los chimpancés. Esto puede considerarse como una forma predeterminada de organización social. [...] Rousseau señaló que el origen de la desigualdad política radicaba en el desarrollo de la agricultura, y en esto, en gran medida, estaba en lo correcto. Como las sociedades de banda son pre-agrícolas, no existe una propiedad privada en ningún sentido moderno. Al igual que las bandas de chimpancés, los cazadores-recolectores habitan en un rango territorial al que protegen y por el cual ocasionalmente luchan. Pero tienen un incentivo menor que los agricultores para marcar un pedazo de tierra y decir 'esto es mío'. Si su territorio es invadido por otro grupo, o si en el mismo se infiltran depredadores peligrosos, las sociedades de nivel de banda tienen la opción de mudarse a otro lugar debido a las bajas densidades de población. Las sociedades de bandas son altamente igualitarias [...] El liderazgo se concede a los individuos a partir de cualidades como la fuerza, la inteligencia y la confiabilidad, pero tiende a pasar de un individuo a otro.

Jared Diamond, en El mundo antes de ayer: ¿qué podemos aprender de las sociedades tradicionales?, sugiere que esas bandas (en las que cree que los humanos todavía vivían hasta “hace tan solo 11.000 años”) comprendían “solo unas pocas docenas de individuos”, la mayoría relacionados biológicamente. Llevaban una existencia bastante exigua, “cazando y recolectando cualquier animal salvaje y especie de planta que viviera en un acre de bosque”. (Nunca explica por qué solo un acre). Y sus vidas sociales, según Diamond, eran envidiablemente simples. Las decisiones se alcanzaban mediante una “discusión cara a cara”; había “pocas posesiones personales” y “ningún liderazgo político formal o una fuerte especialización económica”. Diamond concluye que, tristemente, es solo dentro de esas agrupaciones primordiales que los humanos alguna vez han alcanzado un grado significativo de igualdad social.

Desde los orígenes los seres humanos estaban experimentando conscientemente con diferentes posibilidades sociales.

Para Diamond y Fukuyama, como para Rousseau algunos siglos antes, lo que puso fin a esa igualdad, en todas partes y para siempre, fue la invención de la agricultura y los mayores niveles de población que sostuvo. La agricultura provocó una transición de “bandas” a “tribus”. La acumulación de excedentes alimentarios alimentó el crecimiento de la población, llevando a algunas “tribus” a desarrollarse en sociedades clasificadas conocidas como “jefaturas”. Fukuyama pinta una imagen casi bíblica, una partida desde el Edén: “Cuando pequeñas bandas de seres humanos migraron y se adaptaron a diferentes entornos, comenzaron su salida del estado de naturaleza mediante el desarrollo de nuevas instituciones sociales”. Lucharon guerras por los recursos. Desgarbadas y púberes, estas sociedades se metieron en problemas.

Era hora de crecer, era hora de designar un liderazgo adecuado. En poco tiempo, los jefes se habían declarado a sí mismos reyes, incluso emperadores. No tenía sentido resistir. Todo esto era inevitable una vez que los humanos adoptaron formas de organización grandes y complejas. Incluso cuando los líderes comenzaron a actuar mal ―quedándose con la mejor parte del superávit agrícola para promover a sus lacayos y parientes, haciendo que el estatus sea permanente y hereditario, recogiendo cráneos como trofeos y harenes de esclavas, o arrancando los corazones de sus rivales con cuchillos de obsidiana― no podía haber vuelta atrás. “Grandes poblaciones”, opina Diamond, “no pueden funcionar sin los líderes que toman las decisiones, los ejecutivos que llevan a cabo las decisiones y los burócratas que administran las decisiones y las leyes. Desafortunadamente para todos ustedes lectores que son anarquistas y sueñan con vivir sin ningún gobierno estatal, esas son las razones por las que su sueño no es realista: tendrán que encontrar una pequeña banda o tribu dispuesta a aceptarlos, donde nadie es un extraño, y donde reyes, presidentes y burócratas son innecesarios”.

Una conclusión triste, no solo para los anarquistas, sino para cualquiera que alguna vez se haya preguntado si podría haber alguna alternativa viable al statu quo. Pero lo notable es que, a pesar del tono presumido, esas declaraciones no se basan en evidencia científica de ningún tipo. No hay razón para creer que los grupos de pequeña escala sean especialmente igualitarios, o que los más grandes necesariamente tengan reyes, presidentes o burocracias. Estos son sólo prejuicios declarados como hechos.

En el caso de Fukuyama y Diamond, al menos se puede advertir que no fueron entrenados en disciplinas relevantes sobre el tema (el primero es politólogo, el otro tiene un doctorado sobre la fisiología de la vesícula biliar). Pero aún con todo, incluso cuando los antropólogos y arqueólogos prueban suerte con esas narrativas de “panorama general”, hay una extraña tendencia a terminar de manera similar, presentando una variación menor de Rousseau.

En La Creación de la Desigualdad: cómo nuestros antepasados prehistóricos prepararon el escenario para la monarquía, la esclavitud y el imperio, Kent Flannery y Joyce Marcus, dos académicos eminentemente calificados, presentan unas quinientas páginas de estudios de casos etnográficos y arqueológicos para tratar de resolver el rompecabezas. Admiten que nuestros antepasados de la Era de Hielo no desconocían por completo las instituciones de jerarquía y servidumbre, pero insisten en que las experimentaron principalmente en sus relaciones con lo sobrenatural (espíritus ancestrales, etc.).

La invención de la agricultura, proponen, condujo a la aparición de “clanes” demográficamente extendidos o “grupos de descendencia” y, al hacerlo, el acceso a los espíritus y los muertos se convirtió en una ruta hacia el poder terrenal (cómo ocurrió exactamente no queda claro). Según Flannery y Marcus, el siguiente gran paso en el camino hacia la desigualdad vino cuando a ciertos miembros del clan de talento inusual o renombre ―curanderos expertos, guerreros y otros notables― se les concedió el derecho de transmitir estatus a sus descendientes, independientemente de los talentos o habilidades de estos últimos. Eso prácticamente sembró las semillas, y significó a partir de entonces que era solo cuestión de tiempo la llegada de las ciudades, la monarquía, la esclavitud y el imperio.

Lo curioso del libro de Flannery y Marcus es que solo con el nacimiento de estados e imperios aportan algo de evidencia arqueológica. Todos los momentos claves en su explicación de la “creación de la desigualdad” se basan en descripciones relativamente recientes de recolectores, pastores y cultivadores a pequeña escala, tales como los Hadza del Rift de África Oriental o los Nambikwara de la selva amazónica. Las explicaciones de tales “sociedades tradicionales” se tratan como si fueran ventanas para vislumbrar el Paleolítico o el pasado neolítico. El problema es que no son nada de eso. Los Hadza o Nambikwara no son fósiles vivientes. Han estado en contacto con estados e imperios agrarios, invasores y comerciantes, durante milenios, y sus instituciones sociales se moldearon de manera decisiva a través de intentos de involucrarse con ellos o evitarlos. Solo la arqueología puede decirnos qué tienen en común, si tienen algo, con las sociedades prehistóricas. Entonces, mientras que Flannery y Marcus brindan todo tipo de ideas interesantes sobre cómo pueden surgir las desigualdades en las sociedades humanas, nos dan pocas razones para creer que así fue como realmente lo hicieron.

Finalmente, consideremos Recolectores, agricultores y combustible fósiles: cómo evolucionan los valores humanos de Ian Morris. Morris persigue un proyecto intelectual ligeramente diferente: poner los hallazgos de la arqueología, la historia antigua y la antropología en diálogo con el trabajo de los economistas, como Thomas Piketty, sobre las causas de la desigualdad en el mundo moderno; o el más orientado a las políticas Desigualdad: ¿qué se puede hacer? de Sir Tony Atkinson. El “momento profundo” de la historia de la humanidad, nos informa Morris, tiene algo importante que decirnos sobre estas cuestiones, pero solo si establecemos primero una medida uniforme de la desigualdad aplicable en todo su curso.

Si es así, entonces la verdadera pregunta no sería “¿cuáles son los orígenes de la desigualdad social?”, sino la de “¿cómo nos quedamos atascados?” tras haber vivido una gran parte de nuestra historia entre diferentes sistemas políticos.

Esto lo logra traduciendo los “valores” de los cazadores-recolectores de la Edad de Hielo y los agricultores neolíticos a términos familiares para los economistas modernos, y luego usándolos para establecer coeficientes de Gini, o tasas de desigualdad formales. En lugar de las inequidades espirituales que destacan Flannery y Marcus, Morris nos proporciona una visión materialista sin arrepentimientos, dividiendo la historia humana en las tres grandes “F” de su título [N. de T.: acrónimo de “Foragers, Farmers y Fossil Fuels”] , dependiendo de cómo canalicen el calor. Todas las sociedades, sugiere, tienen un nivel “óptimo” de desigualdad social, un “nivel espiritual” incorporado, para usar el término de Pickett y Wilkinson, el cual resulta apropiado para su modo predominante de extracción de energía.

En un trabajo de 2015 para The New York Times, Morris nos da cifras, ingresos primarios cuantificados en USD y valores de moneda fijos a 1990.2 Él también supone que los cazadores-recolectores de la ultima Edad de Hielo vivieron principalmente en pequeñas bandas móviles. Como resultado, consumieron muy poco, el equivalente, sugiere, a alrededor de U$S 1,10 / día. Consecuentemente, también disfrutaron de un coeficiente de Gini de alrededor de 0.25, es decir, lo más bajo posible que llegan esos índices, ya que había poco excedente o capital como para que alguna posible élite lo atrapara. Las sociedades agrarias ―y para Morris esto incluye todo, desde el pueblo neolítico de Çatalhöyük, de 9,000 años de antigüedad, hasta la China de Kublai Khan o la Francia de Luis XIV― eran más populosas y estaban mejor, con un consumo promedio de U$S 1.50 a 2.20 / día por persona y una propensión a acumular excedentes de riqueza. Pero la mayoría de la gente también trabajó más duro y en condiciones marcadamente inferiores, por lo que las sociedades agrícolas tendieron a niveles mucho más altos de desigualdad.

Las sociedades basadas en combustibles fósiles realmente deberían haber cambiado todo eso liberándonos del trabajo pesado del trabajo manual, y devolviéndonos a coeficientes de Gini más razonables, más cercanos a los de nuestros antepasados cazadores-recolectores, y durante un tiempo parecía que esto estaba comenzando a pasar, pero por alguna extraña razón, que Morris no comprende del todo, las cosas han retrocedido de nuevo y la riqueza vuelve a ser absorbida por una pequeña élite global.

Si los giros y vueltas de la historia económica en los últimos 15.000 años y la voluntad popular son alguna guía, el nivel “correcto” de desigualdad de ingresos (después deducir impuestos) parece estar entre aproximadamente 0,25 y 0,35, y el de desigualdad de riqueza entre aproximadamente 0,70 y 0,80. Muchos países se encuentran ahora en o encima de los limites superiores de estos rangos, lo que sugiere que el Sr. Piketty está en lo cierto al prever problemas.

¡Claramente habría que hacer algunos retoques tecnocráticos importantes!

Dejemos a un lado las prescripciones de Morris, pero concentrémonos en una sola cifra: el ingreso paleolítico de U$S 1,10 por día. ¿De dónde viene exactamente? Es de suponer que los cálculos tienen algo que ver con el valor calorífico de la ingesta diaria de alimentos. Pero si estamos comparando esto con los ingresos diarios de hoy, ¿no deberíamos tener en cuenta todas las otras cosas que los recolectores paleolíticos obtenían de forma gratuita mientras que nosotros esperaríamos pagar por ellas? Esto es: seguridad gratuita, resolución libre de disputas, educación primaria gratuita, atención gratuita a personas mayores, medicina gratuita, sin mencionar costos de entretenimiento, música, narradores de historias y servicios religiosos. Incluso cuando se trata de alimentos, debemos considerar la calidad: después de todo, estamos hablando de productos 100% orgánicos de campo abierto, regados con el agua de manantial natural más pura. Gran parte del ingreso contemporáneo se destina a hipotecas y a rentas. Pero consideremos las tarifas de acampe de las ubicaciones paleolíticas principales a lo largo de la Dordogne o la Vézère, sin mencionar las clases nocturnas de lujo en pintura rupestre naturalista y tallado en marfil, y todos esos abrigos de pieles. Sin duda, todo esto debe costar muchísimo más de U$S 1,10 al día, incluso en dólares de 1990. No es por nada que Marshall Sahlins se refirió́ a los forrajeadores como “la sociedad opulenta original”. Esa vida hoy no sería barata.

Ya no se admite la visión de que la agricultura marcó una transición importante en las sociedades humanas.

Sin duda todo esto es un poco tonto, pero de algún modo es lo que queremos señalar: si uno reduce la historia mundial a coeficientes de Gini, de ello seguirán, necesariamente, cosas tontas. Y también cosas deprimentes. Morris al menos siente que hay algo que está mal con los recientes incrementos galopantes de la desigualdad global. Por el contrario, el historiador Walter Scheidel ha llevado las lecturas de la historia humana al estilo Piketty a su conclusión más miserable en su libro de 2017 El Gran Nivelador: Violencia y la Historia de la Desigualdad desde la Edad de Piedra hasta el Siglo XXI (The Great Leveler: Violence and the History of Inequality from the Stone Age to the 21th Century)  concluyendo que realmente no hay nada que pueda hacerse acerca de la desigualdad.

La civilización invariablemente pone al mando a una pequeña élite que se apropia cada vez más de la torta. Lo único que ha funcionado para desalojarlos es la catástrofe: la guerra, la peste, el reclutamiento masivo, el sufrimiento y la muerte indiscriminados. Las medias tintas nunca funcionan. Entonces, si no quieres volver a vivir en una cueva, o morir en un holocausto nuclear (que presumiblemente también termina con los sobrevivientes que viven en cuevas), vas a tener que aceptar la existencia de Warren Buffett y Bill Gates.

¿La alternativa liberal? Flannery y Marcus, quienes se identifican abiertamente con la tradición de Jean-Jacques Rousseau, finalizan su investigación con la siguiente y útil sugerencia:

Una vez abordamos este tema con Scotty MacNeish, un arqueólogo que había pasado 40 años estudiando la evolución social. Preguntamos ¿cómo podría la sociedad ser más igualitaria? Después de consultar brevemente a su viejo amigo Jack Daniels, MacNeish respondió́: “Pon a los cazadores y recolectores a cargo”.

3. ¿De verdad corrimos hacia nuestras cadenas?

Lo que resulta realmente extraño de estas evocaciones interminables del inocente Estado de Naturaleza de Rousseau y la caída de la gracia, es que el propio Rousseau nunca afirmó que el Estado de Naturaleza haya sucedido. Fue un experimento mental. En su “Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres” (1754), donde se origina la mayor parte de la historia que hemos estado contando (y volviendo a contar), escribió:

No hay que tomar por verdades históricas las investigaciones que puedan emprenderse sobre este asunto, sino solamente por razonamientos hipotéticos y condicionales, más adecuados para esclarecer la naturaleza de las cosas que para demostrar su verdadero origen [y parecidos a los que hacen a diario nuestros físicos sobre la formación del mundo].

El “Estado de naturaleza” de Rousseau nunca fue pensado como una etapa de desarrollo. No se suponía que fuera equivalente a la fase de “Salvajismo”, que abre los esquemas evolutivos de los filósofos escoceses como Adam Smith, Ferguson, Millar, o más tarde, el de Lewis Henry Morgan. A estos les interesaba definir los niveles de desarrollo social y moral correspondientes a los cambios históricos en los modos de producción: recolección, pastoreo, agricultura e industria. Aquello que presentó Rousseau es, por el contrario, más bien una parábola. Como destacó Judith Shklar, la famosa teórica política de Harvard, Rousseau estaba tratando de explorar lo que él consideraba la paradoja fundamental de la política humana: que nuestro impulso innato por la libertad nos lleva de alguna manera, una y otra vez, a una “marcha espontánea hacia la desigualdad”. En palabras de Rousseau: “Todos corrieron al encuentro de sus cadenas creyendo asegurar su libertad, pues, con bastante inteligencia para comprender las ventajas de una institución política, carecían de la experiencia necesaria para prevenir sus peligros” (p. 39, Op. cit.). El estado imaginario de la naturaleza es solo una forma de ilustrar este punto.

Rousseau no era un fatalista. Creía que aquello que los humanos hacen, podían deshacerlo. Podemos liberarnos de las cadenas aunque no iba a ser fácil. Shklar sugiere que la tensión entre “posibilidad y probabilidad” (la posibilidad de la emancipación humana, la probabilidad de que todos nos coloquemos de nuevo dentro de alguna forma de servidumbre voluntaria) fue la fuerza central que animó los escritos de Rousseau sobre la desigualdad. Esto puede parecer un poco irónico ya que después de la Revolución Francesa muchos críticos conservadores consideraban que Rousseau era el responsable de la guillotina. Lo que trajo el Terror, insistieron, fue precisamente su fe ingenua en la bondad innata de la humanidad y su creencia de que un orden social más igualitario podía ser imaginado por los intelectuales y luego impuesto por la “voluntad general”. Pero muy pocas de esas figuras pasadas ahora ridiculizadas como románticas y utopistas eran realmente tan ingenuas. Karl Marx, por ejemplo, sostuvo que lo que nos hace humanos es nuestro poder de reflexión imaginativa ―a diferencia de las abejas, nos imaginamos las casas en las que nos gustaría vivir, y luego nos ponemos a construirlas― pero también creía que no se podía aplicar esto de la misma manera a la sociedad y tratar de imponer el modelo de un arquitecto. Hacerlo sería cometer el pecado del “socialismo utópico” por el cual Marx no tuvo más que desprecio. En cambio, los revolucionarios tenían que hacerse una idea de las grandes fuerzas estructurales que moldeaban el curso de la historia mundial y aprovechar las contradicciones subyacentes: por ejemplo, el hecho de que los propietarios individuales de fábricas necesitan forzar a sus trabajadores para competir, pero que si todos son demasiado exitosos nadie podría costear lo que sus fábricas producen.

Otra bomba: la “civilización” no llega como un paquete. Las primeras ciudades del mundo no surgieron en un puñado de lugares junto a sistemas de gobierno centralizado y control burocrático.

Sin embargo, es tanto el poder de dos mil años de escritura que incluso cuando los realistas recalcitrantes comienzan a hablar sobre la vasta extensión de la historia humana, recurren a alguna variación del Jardín del Edén: la Caída de la Gracia (por lo general, como en el Génesis, debido a una búsqueda imprudente del Conocimiento) o la posibilidad de una Redención futura. Los partidos políticos marxistas desarrollaron rápidamente su propia versión de la historia, fusionando el estado de naturaleza de Rousseau y la idea de etapas de desarrollo de la Ilustración escocesa. El resultado fue una fórmula de la historia mundial que comenzó con un “comunismo primitivo” original, superado por el albor de la propiedad privada, pero al que algún día estaríamos destinados a regresar.

Debemos concluir que los revolucionarios, pese a sus ideales visionarios, no han tendido a ser particularmente imaginativos, especialmente cuando se trata de vincular pasado, presente y futuro. Todos siguen contando la misma historia. Probablemente no sea una coincidencia que hoy, los movimientos revolucionarios más vitales y creativos en los albores de este nuevo milenio ―los ejemplos más obvios son los zapatistas de Chiapas y los kurdos de Rojava― sean los que se inscriben al mismo tiempo en un profundo pasado tradicional. En lugar de imaginar alguna utopía primordial, pueden recurrir a una narrativa más mixta y compleja. De hecho, parece haber un reconocimiento cada vez mayor, en los círculos revolucionarios, de que la libertad, la tradición y la imaginación siempre se han mezclado, y de que siempre lo estarán, de formas que no comprendemos por completo. Ya es hora de que el resto de nosotros nos pongamos al día y comencemos a considerar cómo podría ser una versión no bíblica de la historia humana.

Global
David Graeber sobre la economía política de la pandemia
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4. ¿Como cambiar el curso de la historia (pasada)?

Entonces, ¿qué nos han enseñado la investigación arqueológica y antropológica desde la época de Rousseau?

La primera cuestión es que probablemente sea un mal inicio preguntarse acerca de “los orígenes de la desigualdad social”. Es verdad, antes del comienzo del llamado Paleolítico superior, no tenemos idea de qué se trató la mayor parte de la vida social humana. La mayoría de nuestra evidencia comprende fragmentos dispersos de piedra tallada, hueso y algún que otro material durable. Diferentes especies de homínidos coexistieron, y no es claro si podría aplicarse alguna analogía etnográfica. Las cosas comienzan a ponerse en foco en el Paleolítico superior, el cual comienza alrededor de 45.000 años atrás y abarca el momento más álgido de la glaciación y del enfriamiento global (hace cerca de 20.000 años), periodo conocido como el Último Máximo Glacial. Esta última gran Era del Hielo fue seguida por la aparición de condiciones más cálidas y una retracción gradual del casquete glaciar, derivando en nuestra época geológica actual, el Holoceno. Sobrevinieron condiciones climáticas más benignas, creando el estadio en el cual Homo sapiens ―ya habiendo colonizado buena parte del Viejo Mundo― completó su marcha hacia el Nuevo Mundo, alcanzando las costas más australes de las Américas alrededor de 15.000 años atrás.

¿Qué sabemos de este periodo de la historia humana? Gran parte de la evidencia temprana más sustancial respecto de la organización social humana en el Paleolítico deriva de Europa, donde nuestras especies se establecieron conjuntamente con el Homo neanderthalensis antes de la extinción de estos últimos, cerca de 40.000 AC (la concentración de información en esta parte del mundo tiende a reflejar un sesgo histórico de la investigación arqueológica más que algo peculiar acerca de Europa). En ese entonces, y a lo largo del Último Máximo Glacial, las partes habitables de la Europa de la Edad de Hielo lucían mucho más similares al Parque Serengueti en Tanzania que a cualquier hábitat europeo actual. Al sur de las capas de hielo, entre la tundra y las costas boscosas del Mediterráneo, el continente estaba dividido en valles y estepas ricos en presas de caza, atravesados estacionalmente por manadas migratorias de venados, bisontes y mamuts lanudos. Los prehistoriadores han señalado durante algunas décadas, y aparentemente con poco efecto, que los grupos humanos que habitaban esos entornos no tenían nada en común con las bandas de cazadores-recolectores dichosamente simples e igualitarias, imaginadas comúnmente como nuestros ancestros remotos.

No hay absolutamente ninguna evidencia de que estructuras de gobierno jerárquicas sean la consecuencia necesaria de una organización a gran escala.

En principio, está la existencia fuera de disputa de ricos enterratorios que se extienden en el tiempo hasta las profundidades de la Edad de Hielo. Algunos de estos, como las tumbas de Sungir, de 25.000 años de antigüedad, al este de Moscú, se conocen desde hace muchas décadas y son enterratorios famosos. Felipe Fernández-Armesto, quien revisó la Creación de la Desigualdad para The Wall Street Journal, expresó su razonable asombro por su omisión: “Aunque saben que el principio hereditario es anterior a la agricultura, el Sr. Flannery y la Sra. Marcus no pueden deshacerse de la ilusión rousseauniana de que comenzó con el sedentarismo. Por lo tanto, presentan un mundo sin poder hereditario hasta aproximadamente 15.000 AC mientras ignoran uno de los sitios arqueológicos más importantes para su propósito”. Al cavar en el permahielo debajo del asentamiento paleolítico, en Sungir se encontró la tumba de un hombre de mediana edad quien, como observa Fernández-Armesto, estaba enterrado con “impresionantes signos de honor: pulseras de marfil de mamut pulido, una diadema o visera de dientes de zorro, y casi 3.000 cuentas de marfil cuidadosamente talladas y pulidas”. Y a unos pocos pies de distancia, en una tumba idéntica, “yacen dos niños, de unos 10 y 13 años respectivamente, adornados con dádivas similares, incluyendo, en el caso del mayor, unas 5.000 cuentas tan buenas como las del adulto (aunque un poco más pequeñas) y una enorme lanza tallada en marfil”.

Foto de un enterramiento del Paleolítico Superior en Sungir, Rusia (Wiki Commons)

Esos hallazgos parecen no tener un lugar significativo en ninguno de los libros hasta ahora examinados. Menospreciarlos o reducirlos a notas al pie podría ser más excusable si Sungir fuera un hallazgo aislado. Pero no lo es. En gran parte del oeste de Eurasia, desde el Don hasta la Dordoña, hay pruebas de tumbas similarmente suntuosas pertenecientes al Paleolítico Superior, dentro de refugios rocosos y en asentamientos al aire libre. Entre ellos encontramos, por ejemplo, la “Dama de Saint-Germain-la-Rivière”, de 16.000 años, con ornamentos hechos de dientes de ejemplares de ciervos jóvenes que fueron cazados a 300 kms. de distancia, en el País Vasco del lado español; y los entierros de la costa de Liguria, tan antiguos como los de Sungir, que incluyen a “Il Principe”, un hombre joven cuyas galas incluían un cetro de pedernal exótico, porras de cuerno de alce y un elaborado tocado de conchas perforadas y dientes de venado. Tales hallazgos plantean estimulantes desafíos de interpretación. ¿Tiene razón Fernández-Armesto para decir que se trata de pruebas de un “poder hereditario”? ¿Cuál era el estatus en vida de esos individuos?

No menos intrigante es la evidencia, esporádica pero convincente, de la arquitectura monumental que se remonta al ultimo Máximo Glacial. La idea de que sería posible medir la “monumentalidad” en términos absolutos es, por supuesto, tan tonta como la idea de cuantificar el gasto de la Era de Hielo en dólares y centavos. Es un concepto relativo, que solamente tiene sentido dentro de una escala particular de valores y experiencias previas. El Pleistoceno no tiene equivalentes directos en escala con las Pirámides de Giza o el Coliseo romano. Pero sí tiene edificios que, según los estándares de la época, solo podían considerarse obras públicas, que implican un diseño sofisticado y coordinación de trabajo en una escala impresionante. Entre ellos se encuentran las sorprendentes “casas mamut”, construidas con pieles extendidas sobre un marco de colmillos, ejemplos de los cuales, que datan de hace unos 15.000 años, se pueden encontrar a lo largo de una franja glacial que abarca desde la actual Cracovia hasta Kiev.

Aún más asombrosos son los templos de piedra de Göbekli Tepe, excavados hace más de veinte años en la frontera turco-siria, y aún objeto de clamorosos debates científicos. Datados alrededor de 11.000 años atrás, el final de la última Edad de Hielo, comprenden al menos veinte recintos megalíticos levantados bastante por encima de los ahora áridos flancos de la llanura Harran. Cada uno estaba formado por pilares de piedra caliza de más de 5 m de altura y un peso de hasta una tonelada (respetable según los estándares de Stonehenge y unos 6.000 años antes). Casi todos los pilares de Göbekli Tepe son una obra de arte, con tallados en relieve de animales amenazadores que se proyectan desde la superficie y sus genitales masculinos exhibidos ferozmente. Las aves rapaces esculpidas aparecen en combinación con imágenes de cabezas humanas cortadas.

Los relieves dan testimonio de habilidades escultóricas, sin duda perfeccionadas en el medio más maleable que es la madera (la cual alguna vez estuvo ampliamente disponible al pie de las montanas Taurus), antes de ser aplicada los cimientos del Harran. Curiosamente, y a pesar de su tamaño, cada una de estas estructuras masivas tuvo una vida relativamente corta, terminando con una gran fiesta y el rápido llenado de sus paredes: jerarquías elevadas hacia el cielo sólo para ser nuevamente derribadas. Y los protagonistas de este juego prehistórico de festines, construcción y destrucción eran, a nuestro saber y entender, cazadores-recolectores que vivían solamente de recursos silvestres.