Opinión
La cuestión era prender, no solo sumar
Una candela no es fácil de prender. La mayoría de personas sabemos de qué se compone, cuáles son los elementos necesarios. Pero de todo lo que se necesita -leña seca, ramas pequeñas, un encendedor, un poco de papel de periódico con alguna grasa inflamable- hay algo que casi siempre falla: la paciencia. No es un proceso rápido.
Hay que soplar suavemente para mantener viva la llama. Y, además, cualquiera entendería que una hoguera no se hace en un lugar donde la gente no quiere calentarse las manos. Puedes tener los troncos perfectos, puedes apilarlos en forma de cabaña… pero no siempre es suficiente. La izquierda lleva mucho tiempo hablando solo de los troncos. De cuántos se necesitan, de qué tamaño es el ideal, de quién se encarga de colocarlos. Pero nadie habla de quién necesita realmente entrar en calor ni, sobre todo, de cuál es la chispa que haga nacer el fuego.
La noche electoral del 17 de mayo nos ha dejado varios titulares. Por un lado, un Moreno Bonilla que pierde la absoluta y va a tener que entrar de lleno en ese “lío” que tanto dijo temer en campaña. El cordero “Juanma” va a tener que enfrentarse a unos lobos hambrientos que están deseando sacarle las tripas en las negociaciones. Cualquiera que haya seguido mínimamente la campaña ha visto que Vox tiene hambre de Bonilla y ya se está relamiendo.
Por otro lado, el fracaso -más que previsible- del PSOE-A con María Jesús Montero a la cabeza. No era buena candidata, no han hecho buena campaña en términos generales pero hay que ser justas: todos los sondeos vaticinaban una caída mucho más dura. Y el tercer titular es la composición de la izquierda a la izquierda del PSOE. Adelante Andalucía ha sido la gran vencedora de la noche pasando de dos escaños a ocho y cuadruplicando sus votos. Parece que han sabido dónde estaban las ascuas que seguían vivas para el brasero de debajo de la mesa de camilla.
Adelante Andalucía ha identificado qué manos querían calentarse y dónde estaba la chispa.
El andalucismo es un movimiento político que llevaba mucho tiempo buscando una articulación política. La identidad andalucista es un gran reclamo para todos los partidos que se han presentado a estas elecciones. Tanto es así que en todos los carteles electorales estaban los colores de la bandera. Incluso en los de Vox, que ha negado en varias ocasiones nuestra autonomía y ha blasfemado contra nuestros héroes y padres de la patria.
Los partidos saben que ese sentimiento identitario es innegable. Durante años, desde la Junta de Andalucía del PSOE, se fomentó un andalucismo cultural, pero vaciado de contenido. Toda esa construcción con símbolos, tradiciones y folclore dio lugar a unas generaciones que el politólogo Jesús Jurado llamó “generación del mollete”, en relación a todos aquellos niños y niñas que el día de Andalucía comíamos en el recreo pan con aceite -y azúcar o sal en función de la zona que vivieses-. Más tarde, durante los años de gobierno de Bonilla, se explotó la idea de Andalucía como valor identitario a través de campañas institucionales que ya no solo estaban vacías de contenido político: ahora también explotaban económicamente nuestros símbolos tratando de hacer negocio con nuestra tierra. “Andalusian crush” no era una puesta en valor de lo propio -si así fuera, no hubiesen producido la campaña en Madrid-, sino un reclamo para seguir llamando al turismo sin control. Pero el andalucismo no es un decorado. Es una herramienta política de transformación de nuestro territorio y de lucha contra las desigualdades. Y no puede entenderse si no es desde las coordenadas de la izquierda.
Pues bien, resulta que toda esa “generación del mollete” necesitaba sentir que había un proyecto político que no se quedaba en la parte estética, sino que también utilizaba nuestra bandera para problematizar. No solo es ser alegres y reivindicar nuestra forma de ser; también es señalar que la sanidad pública está siendo desmantelada, que los barrios cada vez son menos para los vecinos y más para el ruido de las maletas, y que hay grietas en Andalucía que ningún gobierno -ni autonómico, ni central- ha sabido mirar ni solucionar.
Adelante Andalucía ha identificado qué manos querían calentarse y dónde estaba la chispa. Pero conviene ser prudentes con las emociones: esta subida no convierte automáticamente la noche en una victoria de la izquierda. Pero sí abre una brecha. Y en política, esos pequeños huecos son importantes. Porque por ahí es por donde entra el aire que puede avivar el fuego. Por eso tenemos que mirar a Andalucía con la cabeza fría y el corazón abierto. Para tomar notas y aprender de los aciertos y de los errores.
No es cuestión de unidad
Durante demasiado tiempo una parte de la izquierda se vio atrapada en unos círculos viciosos que no le dejaban tiempo ni espacio para mirar más allá. Hubo quien se empeñó en trasladar un discurso de unidad como si lo importante fuera congregar la mayor cantidad de leña, cuando aún no se sabía para qué. La unidad por sí sola no da votos. Eso creo que es algo que ya deberíamos tenerlo asumido. Juntar siglas en una papeleta no produce automáticamente ilusión.
No era un problema de unidad, sino de ilusión, de proyecto, de confianza. La unidad vacía aglutina aparatos, pero no votantes
Una marca electoral pactada a última hora, o una negociación cerrada con más miedo que deseo, no puede sustituir un proyecto político reconocible, que movilice, que despierte esperanza y que tenga un horizonte claro. Nadie está esperando en su casa a que varios dirigentes se pongan de acuerdo en sus despachos para acudir en masa a votar. La movilización no se activa con operaciones aritméticas, ni con estrategias electorales. La gente se moviliza, se ilusiona, cuando siente que hay algo que ganar, que recuperar, que defender. Cuando percibe una candidatura que no quiere resistir al desastre, sino disputar el futuro. Se moviliza cuando una fuerza política deja de hablarse a sí misma y de sí misma y empieza a hablarle al territorio, a sus dolores, a su memoria, a su orgullo y a sus esperanzas.
Llevamos años escuchando que la unidad de la izquierda es la única solución a los problemas. Que juntar partidos era la salida a la creciente desafección. Pensar la política como si fuera una hoja de cálculo en la que el resultado depende de la suma de las celdas. Pero en política las matemáticas no son una ciencia exacta. ¿Cómo se explica, si no, que en 2022 cuando Por Andalucía y Adelante Andalucía ya habían probado el pecado de la desunión sacaran siete escaños y ahora, en 2026, reincidiendo en la falta, sumen trece? Pues porque no era un problema de unidad, sino de ilusión, de proyecto, de confianza. La unidad vacía aglutina aparatos, pero no votantes. Y en estos datos hay algo que me parece todavía más revelador: Adelante Andalucía ha crecido sin necesidad de restarle votos ni escaños a Por Andalucía. Es decir, el crecimiento de una izquierda andalucista no depende del hundimiento de un proyecto unitario estatal.
Es cierto que Por Andalucía no ha conseguido crecer, pero ha mantenido resultados. Y eso, en el contexto político en el que estamos y analizando los resultados electorales de este ciclo autonómico, no es una derrota. Han salvado los muebles. ¿Pero hay que conformarse con eso? Yo digo que no. Hay que aprender de los errores e identificar las carencias. La única conversación pública sobre una coalición no puede ser el orden de las siglas ni los puestos en una lista. Falta proyecto, falta escucha y falta una identificación del electorado con un batiburrillo de nombres, fórmulas y personas que cambian cada poco tiempo.
Con casi toda probabilidad nos quedan años de gobierno amparado por políticas de extrema derecha que terminen de apuntalar el desmantelamiento de nuestros servicios públicos.
Estos resultados nos dan margen para la esperanza. No podemos caer en la resignación. Nos creímos que la izquierda estaba perdida, que no había espacio para crecer. Se ha demostrado que no. Lo que estaba ocurriendo es que no se estaban tocando las teclas correctas. Ahora tenemos la certeza de que la hoguera está prendida y toca cuidarla.
Toca echar leña sin prisa pero sin pausa. Toca hablar con quienes siguen teniendo los dedos de los pies fríos y entender por qué siguen con las sandalias puestas. Toca dejar de pelearnos por la colocación del cono de troncos y empezar a pensar cuál es la chispa que no solo encienda, sino que avive y esparza el fuego. La izquierda no se hace en un Excel, sino alrededor de la candela. Nos quedan semanas duras, en las que Vox fijará posiciones ultras y marcará los temas de la agenda. Con casi toda probabilidad nos quedan años de gobierno amparado por políticas de extrema derecha que terminen de apuntalar el desmantelamiento de nuestros servicios públicos.
Vienen tiempos complejos en los que quien más sufrirá será la clase trabajadora andaluza. No podemos caer en la resignación. Hay espacio para disputar, para presionar, para agrandar la brecha, para regar la ilusión. Andalucía necesita una izquierda autonómica y nacional fuerte que no se centre en unidad, sino en proyectos y en ilusión. Andalucía tiene derecho a tener una izquierda propia, como la tienen Galicia, el País Vasco, Cataluña o la Comunidad Valenciana. Lo hemos visto: no es incompatible. Ahora toca conseguir que sean complementarias. Porque se ha demostrado: echar a Moreno Bonilla es posible.
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