La guerra regresa a Etiopía tras enterrar definitivamente el acuerdo de paz firmado en 2022

La situación en la región septentrional etíope de Tigray llevaba meses acercándose a un conflicto de mayor alcance. Ahora, el Gobierno federal y una nueva alianza rebelde han reanudado los combates y empujan al país hacia un conflicto más amplio.
Tigray Etiopía - 6
Una mujer camina junto a un tanque abandonado perteneciente a las fuerzas de Tigray. 11 de diciembre de 2020. Eduardo Soteras

Mogadiscio, Somalia.

1 oct 2026 08:15
Si bien los principales dirigentes del Frente de Liberación del Pueblo de Tigray (TPLF) —la fuerza política dominante en la región, que libró una guerra sangrienta de dos años contra el Gobierno federal etíope— y los responsables bajo el mando del primer ministro Abiy Ahmed llevan tiempo intercambiando de manera regular acusaciones, advertencias y amenazas, en las últimas semanas, las tensiones han desembocado en un estallido de violencia entre ambos bandos. Hasta ahora, ambas facciones habían dado un paso atrás antes de cruzar las líneas rojas, pero esto ha cambiado.

Fue durante los días 22 y 23 de septiembre cuando el conflicto se intensificó bruscamente. Las fuerzas de Tigray tomaron el control de tres aeropuertos y anunciaron lo que sus responsables describieron como “una guerra defensiva”, mientras que las fuerzas federales lanzaron sus propios ataques. Los combates no tardaron en extenderse hacia el este, a la vecina Afar, una de las 10 regiones étnicas que conforman Etiopía, lo que supuso la apertura de otro frente importante.

El Gobierno federal ya combatía en una guerra distinta pero vinculad en Amhara, donde Fano, una milicia nacionalista amhara, lucha contra las fuerzas federales desde 2023. El Gobierno también combate al Ejército de Liberación Oromo desde poco después de que Abiy, que es oromo, llegara al poder en 2018.

La magnitud del desafío al que se enfrenta el Gobierno quedó de manifiesto cuando el TPLF se unió a otros seis movimientos armados

Tigray puede ser ahora el frente principal, pero los combates forman parte de un conflicto mucho más amplio en toda Etiopía, la segunda nación más poblada de África y un país de enorme importancia continental. Su capital, Addis Abeba, es el centro diplomático del continente y sede de la Unión Africana (UA).

La magnitud del desafío al que se enfrenta el Gobierno quedó de manifiesto pocos días antes de la escalada, cuando el TPLF se unió a otros seis movimientos armados para anunciar la Alianza de las Fuerzas de los Pueblos Etíopes para la Supervivencia. La coalición reunió a grupos que representan a comunidades de toda Etiopía, entre ellas amharas, oromos y tigrayos, así como a movimientos de las regiones de Somali, afar y Benishangul-Gumuz.

La alianza resulta llamativa porque algunos de sus miembros eran enemigos apenas unos años antes. Las milicias Fano y el Gobierno eritreo, al que se acusa de respaldar a los rebeldes, por ejemplo, combatieron junto al Gobierno federal contra el TPLF durante la guerra de 2020-2022. “Es un tema clásico de la historia y la cultura política etíopes. Te unes al enemigo mortal de ayer para luchar contra el enemigo de mañana”, afirmaba hace unos días Kjetil Tronvoll, académico noruego especializado en Etiopía, en una entrevista con un medio tigrayo.

¿Cómo ha llegado Etiopía hasta aquí?

Para entender cómo se invirtieron esas alianzas hay que remontarse al sistema político que el propio TPLF ayudó a construir y a cómo se desmoronó con el ascenso de Abiy Ahmed al poder, en 2018.

El TPLF fue fundado en los años setenta por estudiantes tigrayos marxista-leninistas como un movimiento de liberación armado, con el objetivo de derrocar a la junta militar socialista que gobernaba entonces Etiopía. Los nacionalistas tigrayos veían en el Estado altamente centralizado de la época la perpetuación del dominio político y cultural sobre los pueblos no amharas del país. Fue una época en el este de África descrita por el estadounidense Sam Wilkins como “extraña guerra de marxistas contra marxistas”, en la que la Somalia socialista invadió la vecina Etiopía en 1977 por el Ogaden, una región perteneciente a Etiopía—limítrofe con Somalia— pero poblado por somalíes.

Tras tomar el poder en 1991, el TPLF se convirtió en la fuerza dominante de la coalición multiétnica que gobernó Etiopía durante casi tres décadas. Etiopía, un país con decenas de grupos étnicos, se reorganizó en gran medida según criterios étnicos y lingüísticos. Fue durante este tiempo que se crearon estados regionales con amplias competencias, pero en última instancia subordinados al TPLF.

El acuerdo de Pretoria puso fin a los combates y estableció una administración interina en Tigray, pero no resolvió muchas de las disputas de fondo

Ese sistema fue sometido a una presión creciente por las protestas de la década de 2010, que contribuyeron a llevar a Abiy Ahmed al poder en 2018. Este se movió rápidamente para recentralizar el poder en torno a su persona, lo que provocó acusaciones por parte del TPLF de que estaba desmantelando el sistema de federalismo étnico que el propio partido había construido.

El enfrentamiento acabó convirtiéndose en una guerra que estallaría en 2020. Las fuerzas federales, respaldadas por Eritrea y por fuerzas amharas, entre ellas las milicias Fano, combatieron al TPLF hasta que se firmó en Pretoria (Sudáfrica), en noviembre de 2022, un acuerdo de paz mediado por la Unión Africana. La guerra causó más de medio millón de muertos, y altos cargos tigrayos acusaron al Gobierno de genocidio.

El acuerdo de Pretoria puso fin a los combates y estableció una administración interina en Tigray, pero no resolvió muchas de las disputas de fondo. A mediados de este mes de julio, el TPLF declaró el acuerdo de paz de Pretoria de 2022 “efectivamente muerto”, meses después de haber retomado el control del Estado de Tigray, que hasta el momento estaba en manos de una administración interina desde el acuerdo de Pretoria. Los esfuerzos posteriores de Estados Unidos y de la Unión Africana fracasaron. Mohammed Kheir Omer, investigador especializado en el Cuerno de África, explica a El Salto que ambas partes contribuyeron a la ruptura del acuerdo, pero que Abiy tenía mayor responsabilidad porque, como parte más fuerte, no dio al TPLF suficiente espacio político. “Cerró el espacio para una oposición a él”, asegura Omer. Eso también ha contribuido a reordenar las alianzas que se están viendo en este nuevo conflicto.

Las milicias Fano —que rechazaron disolverse tras el conflicto— se han vuelto contra el Gobierno federal. Por otra parte, las relaciones entre Etiopía y Eritrea, se han deteriorado en los últimos años: Eritrea estaba descontenta con la decisión de poner fin a la guerra, y las relaciones con Addis Abeba empeoraron aún más cuando Abiy comenzó a presionar para obtener acceso al mar a través de territorio eritreo. También el TPLF se ha dividido. Getachew Reda, que negoció el acuerdo de Pretoria por parte del TPLF y más tarde dirigió la administración interina de Tigray, rompió con la dirección del partido por su defensa del acuerdo y ahora asesora a Abiy Ahmed.

Otros movimientos armados se han sumado a las milicias Fano y al TPLF en una alianza más amplia

“Ahora [el TPLF] empieza de cero, declara muerto [el acuerdo de] Pretoria y forma una alianza con quienes precisamente rompieron con el Gobierno federal porque se firmó Pretoria”, explicaba Getachew en una entrevista con un medio estatal. Sin embargo, un alto cargo del TPLF con el que ha podido conversar El Salto bajo condición de anonimato señala que Reda se había reconciliado con antiguos enemigos, y que su decisión lo había dejado en una posición desfavorable entre muchos tigrayos.

A lo largo de este mes de septiembre, estos realineamientos políticos se han convertido en realineamientos militares. Otros movimientos armados, cada uno con sus propios agravios contra el Gobierno central y muchos de ellos arraigados en las mismas cuestiones nacionales sin resolver, se han sumado a las milicias Fano y al TPLF en una alianza más amplia.

Una semana de combates

En la última semana, las comunicaciones en Tigray han sido cortadas de manera que recuerda a la guerra de 2020-2022, según el observatorio de conectividad Netblocks. Esto está haciendo extremadamente difícil para los periodistas saber y reportar qué está ocurriendo en la región.

Las tropas etíopes, por su parte, han capturado Alamata, una localidad importante situada a unos 120 kilómetros al sur de la capital tigraya, Mekelle, y según se ha reportado, están avanzando hacia el norte. Los combates también han llegado a la histórica ciudad amhara de Lalibela, Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, famosa por sus antiguas iglesias, donde las fuerzas del TPLF operarían, según los informes, junto a combatientes Fano. Zemene Kassie, líder de las milicias Fano, aseguró el pasado mes de agosto al periódico suizo Le Temps que controlaban alrededor del 80% de las zonas rurales del estado noroccidental de la región de Amhara. Los vuelos a y desde esta región y también a y desde Tigray han sido restringidos.

 Esta semana, Tigrai TV, la principal emisora de la región, prohibida por el Gobierno federal, fue alcanzada por un ataque con drones

Aunque se cree que el Gobierno federal goza de una gran ventaja aérea, con cazas y una gran flota de drones suministrados por países como China y Turquía, informes locales sugieren que el TPLF también posee drones propios e incluso los ha usado para atacar la base aérea de Harar Meda, el principal cuartel general de la fuerza aérea etíope, cerca de la capital. “El poder aéreo del Gobierno se ha diluido enormemente”, cuenta a El Salto Faisal Roble, veterano analista y experto en Etiopía. “Los drones operan mucho más allá de las líneas del frente del campo de batalla y han igualado, hasta cierto punto, los riesgos que afrontan ambos bandos”. Mada Masr, un medio egipcio independiente, informó de que los dirigentes del TPLF han restringido sus desplazamientos para reducir su exposición a la flota de drones del Gobierno federal. Esta semana, Tigrai TV, la principal emisora de la región, prohibida por el Gobierno federal, fue alcanzada por un ataque con drones. Su sede muestra ahora las secuelas del ataque, con gran parte de la fachada de cristal destrozada y una gran marca de quemadura visible cerca de la parte superior del edificio.

También hay señales preocupantes de que el conflicto podría arrastrar a los vecinos de Etiopía, como ocurrió con la última guerra. La región de Afar, que limita con la de Tigray y que contiene el corredor comercial vital que une Addis Abeba con los puertos de Yibuti, fue atacada casi de inmediato tras el reinicio de las hostilidades. El presidente de la región, Awol Arba, ha acusado a las tropas eritreas de combatir junto a las fuerzas tigrayas, algo que Eritrea niega. Entretanto, el jefe del Ejército etíope, Birhanu Jula, ha acusado a Eritrea, Sudán y Egipto de apoyar a los rebeldes.

Por otra parte, El Cairo y Jartum tienen sus propias disputas con Addis Abeba, entre ellas por el Nilo. Sudán, por ejemplo, ha acusado por separado a Etiopía de permitir operaciones con drones desde su territorio y de apoyar a las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR), que combaten al Gobierno sudanés, encabezado por el ejército desde 2023. Sudán rechaza estas acusaciones de Etiopía.

Las consecuencias humanitarias

La vuelta a la violencia armada también está trayendo una crisis humanitaria que empieza a tener las primeras cifras. En el momento en el que se escriben estas líneas, se estima que más de 150.000 personas se han tenido que desplazar forzosamente a causa de los combates, según asegura a la agencia AFP una fuente humanitaria. Médicos Sin Fronteras (MSF) ha señalado que el número de pacientes en los hospitales de Korem y Alamata pasó de unos 180 a más de 420 entre el 22 y el 25 de septiembre, mientras que más de 300 heridos llegaron al hospital de Suhul, en Shire, durante el mismo período.

El pasado lunes 28 de septiembre, el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) trasladó fuera de Tigray a 161 personas, entre ellas personal de la policía federal y sus familias, empleados de Ethiopian Airlines y de la aviación civil, observadores de la Unión Africana y trabajadores de la Cruz Roja Etíope. Fueron llevados de Mekelle a Semera, en la vecina Afar. Reuters informa de que, incluso antes de la última escalada, la población de Tigray había estado acumulando suministros esenciales por el peligro de enfrentarse a meses de restricciones y de limitaciones de diferente índole, como los servicios bancarios.

Hay pocas probabilidades de reactivar un acuerdo que en su momento ya pareció haber nacido muerto

En medio del estallido de una violencia potencialmente devastadora, el primer ministro Abiy Ahmed ha optado por mantener una agenda pública en gran medida habitual: ha viajado recientemente a Yibuti para colocar la primera piedra de un nuevo oleoducto y el pasado lunes 28 de septiembre recibió al presidente de Somalia, aunque se dieron pocos detalles sobre lo que hablaron ambos dirigentes.

Reino Unido, Estados Unidos y varios gobiernos europeos han condenado lo que califican de “ataque” de las fuerzas tigrayas contra el Gobierno federal y han instado a volver al marco de paz de Pretoria. Sin embargo, hay pocas probabilidades de reactivar un acuerdo que en su momento ya pareció haber nacido muerto, sostiene Omer, el investigador. “El TPLF no va a dar pasos hacia atrás; para ellos es un juego de suma cero, de vida o muerte. O capturan Addis Abeba, o no se les permitirá operar como grupo”, explica el analista. “Sin embargo, también es una cuestión existencial para Abiy, y para los demás grupos armados”.

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