Opinión
Las puertas están abiertas: la Troya moderna no tiene caballos
Homero está en todas partes. Y ha llegado, como siempre, justo a tiempo. Hoy no puedes agitar a un clasicista muerto sin darle a una adaptación de la Odisea. Se multiplican como los pretendientes en Ítaca: Christopher Nolan está rodando una; una nueva obra de teatro reinventa a Penélope de arriba abajo; EPIC, el musical se ha metido en los auriculares de toda una generación. Elon Musk, y aquí la ironía casi se puede masticar, se ha declarado devoto de Odiseo mientras demuestra, tuit a tuit, que no se le ha pasado por la cabeza que el poema quizá sea una advertencia y no una estética. SpaceX bautizó un módulo lunar con el nombre del astuto itacense. Duró siete días, se quedó ladeado, y no va a volver. Los dioses, por lo visto, no se quedan sin opinión.
¿Por qué vuelve Homero? La academia dirá que porque Odiseo es polýtropos: adaptable, moralmente elástico, un héroe para tiempos inestables. Todo muy ordenadito, y por eso mismo sospechoso. La respuesta menos educada es que estamos viviendo un momento tan operáticamente desquiciado que solo un poeta de la Edad del Bronce puede escribirnos un guion a la altura. La realidad ha adelantado al realismo. Necesitamos épica. Y la épica que ahora se representa con más entusiasmo —con más entusiasmo vulgar, digámoslo así— es una versión distópica de Troya.
Dejémonos de eufemismos. Los partidos conservadores tradicionales del mundo democrático —Alemania quizá sea el último reducto, y aun allí se oyen crujir las bisagras— no están “siendo infiltrados” por la extrema derecha. Los grandes partidos no se están pudriendo desde los márgenes. Han abierto las puertas de par en par. No a regañadientes, no por obligación, sino con algo parecido al alivio. Casi se ven caer los hombros. Por fin. Se acabó la espera. Que pasen.
El caballo de Troya original exigía ingenio: carpintería, engaño, hombres dispuestos a agazaparse entre serrín, astillas y oscuridad a cambio de una ruina futura. Lo que estamos viendo ahora no ha requerido nada de ese esfuerzo.
El caballo se ha quedado obsoleto. El enemigo ya está dentro, bebiéndose el vino, reventando los muebles, dando lecciones sobre soberanía y sobre lo despreciable que es todo lo extranjero mientras se les caen las migas de la boca. Y quienes se supone que deberían defender la casa publican artículos sobre la importancia del diálogo, como si se pudiera negociar con un tipo que ya está comiéndose la mesa.
I. En Estados Unidos, el Partido Republicano —antaño casa de Eisenhower, que advirtió del complejo militar-industrial con la autoridad de quien había derrotado al fascismo de verdad— no ha sido tanto conquistado como digerido. La periferia no asaltó el centro (aunque asaltó el Capitolio); lo sustituyó, célula a célula, hasta que el organismo se despertó una mañana hablando en lenguas que ya no reconocía.
Esto no era inevitable. La historia no lo exigía. En cada cruce hubo decisiones —decisiones pequeñas, cobardes, perfectamente legibles— de acomodar en vez de plantar cara, de consentir en vez de aislar. Todas hechas en nombre de la prudencia. Todas reveladas ahora como rendición a plazos.
Reino Unido, con su talento habitual para la autolesión ceremonial (¿Brexit, alguien?), ha producido su propia variante acelerada. Reform UK avanza con la velocidad de un patógeno en un huésped inmunodeprimido. El antes orgulloso Partido Conservador, hoy una especie de espectro político vagando por los pasillos de la oposición y preguntando por sus extremidades perdidas, se enfrenta a la elección que siempre afrontan los partidos sin columna vertebral: recuperar el terreno cedido o hacerse pasar por aquello que se lo robó. Está eligiendo la imitación. Siempre lo hace. A cierto tipo de político le resulta irresistiblemente atractivo convertirse en su propia parodia.
II. Y luego está España, donde la metáfora se cuaja en algo verdaderamente goyesco —es decir, peor que homérico, porque Goya tuvo la decencia de abandonar la esperanza ante la tormenta que venía.
La explicación estándar del ascenso de Vox es económica: desigualdad, vivienda, estancamiento, una generación expulsada de la adultez por el precio de la vida. La excusa es bonita, ordenada. Y también es falsa, o al menos tan insuficiente que roza la ficción. Vox se fundó en 2013, en el nadir del derrumbe económico: 25% de paro, austeridad tan afilada que cortaba, colas interminables en los bancos de alimentos en un país de la UE que prefería no mirarlas. ¿Resultado? Indiferencia. El electorado bostezó.
Compárese con mediados de los 80: paro aún peor, desempleo juvenil catastrófico, inflación royendo salarios, la heroína vaciando barrios enteros. No había Vox. Unos cuantos falangistas nostálgicos deambulando por el Rastro buscando memorabilia, sí; pero nada parecido a una fiebre nacionalista palpable. Gobernaban los socialistas. La democracia naciente, por cualquier medida disponible, gozaba de más legitimidad en condiciones materiales peores.
La miseria resulta que no basta. A la gente hay que enseñarle hacia dónde dirigirla. Lo que Vox necesitó fue cultivo: una fermentación larga y paciente de agravio cultural, un corrimiento constante del clima intelectual hacia la derecha, la expansión de las redes sociales y la normalización de lo que antes era indecible hasta volverse simplemente enfático. Cuando la farsa de la independencia catalana aportó la chispa, el bosque llevaba años secándose. Y cuando llegó el incendio, casi fue un alivio. Por fin algo a la altura del ánimo.
III. Lo cual nos trae al Partido Popular y a una exhibición de autoinmolación política tan elaborada que empieza a parecer coreografía.
La derecha española salió del franquismo como sale una casa de una riada: después de un buen enjuague, nominalmente limpia, presentable a simple vista, pero con una humedad que nunca termina de irse. Durante décadas, el PP intentó una moderación musculada —conservadora, centralista, católica, pero con condones— reconociblemente comprometida con el orden constitucional. Aspiraba, en sus mejores momentos, a imitar a los democristianos europeos; pero como una mala banda de versiones, no le salía. El olor a moho se quedaba.
La derecha española salió del franquismo como sale una casa de una riada: después de un buen enjuague, nominalmente limpia, presentable a simple vista, pero con una humedad que nunca termina de irse
Ahora, con las generales del año que viene asomando en el horizonte, el partido se ve negociando en varias comunidades con Vox y, en un acto de franqueza casi surrealista, se ha visto obligado a incluir en su marco de negociación una estipulación: que se reconozca el Estado de derecho. Paremos aquí.
Han tenido que preguntar, por escrito, si su futuro socio de gobierno cree en la existencia misma del sistema que pretende gobernar. Esto no es una negociación: es un triaje psiquiátrico.
La respuesta de Abascal fue un regalo. Ofendido —ofendidísimo, teatralmente ofendido— protestó por ser tratado como si el PP estuviera “pactando con salvajes” e intentara domar a Vox. Uno duda si mejorar semejante claridad. Enmárcalo. Tradúcelo a todas las lenguas europeas y pégalo en Bruselas. Aquí está la situación en miniatura: el hombre al que invitas a gobernar considera el Estado de derecho un insulto, lo dice en público, y aun así tú sigues la conversación.
En Extremadura y Aragón, el PP convocó elecciones anticipadas para escapar del tirón de Vox. ¿Resultado? Vox más fuerte. El PP más débil. Y las negociaciones, reanudadas desde una posición peor, con más riesgos y menos ilusiones. Si esto es estrategia, tiene esa cualidad peculiar de producir lo contrario de lo que dice buscar con una consistencia mecánica. En Extremadura, María Guardiola llegó a decir que Vox representaba el mismo feminismo que ella defendía. Llega un momento en que hay que contemplar que el objetivo no es, en realidad, el que se anuncia.
IV. Y aquí está la pregunta que el comentarismo rodea con una cautela exquisita: ¿de verdad creen que pueden controlar a esta bestia —o, en el fondo, les conviene?
La interpretación benévola es el error soberbio: se puede montar al tigre; se puede canalizar la energía negativa; se puede domesticar el estallido populista “salvaje” como si fuera una mascota rabiosa que, con el tiempo, aceptará un collar. Este análisis supone gente seria cometiendo errores catastróficos.
La lectura menos benévola —que acumula pruebas como sedimento después de la riada— es que sectores crecientes del centro-derecha han escuchado el canto de sirena de la extrema derecha y han reconocido algo útil: una política menos cargada de jueces, de cortesía, de constituciones, de instituciones limitadoras con la vulgar costumbre de decir “no”. La democracia liberal es incómoda: los tribunales bloquean leyes, los periodistas preguntan, los parlamentos votan “mal”. Produce resultados que no siempre gustan. Pone límites. Aborrece a los hombres fuertes. Lo que se corteja aquí no es solo el poder, sino el alivio de la restricción.
Goya pintó a Saturno devorando a su hijo: el poder comiéndose su futuro en un frenesí de miedo. Pero esto no es Saturno. Saturno actuó para impedir la sucesión. Lo que estamos viendo es casi lo inverso: algo edípico, algo voluntariamente perverso. El padre no devora al hijo. El padre no solo pone la mesa y anima al hijo a devorarlo: saca la silla, le pasa los cubiertos y le pregunta si quiere repetir. Y el hijo, claro, obedece.
Vox no apareció de la nada. Fue incubado dentro del ecosistema de la derecha española, alimentado por sus tensiones sin resolver, acelerado por quienes encontraron incómodos sus restos de escrúpulos democráticos. Esto no es infiltración. Es emergencia. No un caballo de Troya, sino un regreso a casa: el hijo pródigo volviendo, no para ser perdonado, sino para heredar.
Coda
Homero perdura porque las historias son verdaderas —no en los hechos, sino en la estructura. Poder, hybris, la persistente tendencia humana a tomar decisiones que, vistas después, parecen indistinguibles de la locura.
Los pretendientes en la Odisea no son solo villanos. Son hombres que daban por hecho que el dueño no volvería. Que las consecuencias, si existían, llegarían demasiado tarde como para importar.
Odiseo es polýtropos: multiforme, astuto, moralmente inestable. Héroe y villano a partes iguales, reclamado con entusiasmo por cualquiera, de Margaret Atwood a Elon Musk, cuyas ambiciones odiseicas hoy yacen ladeadas sobre la superficie lunar. Pero Odiseo, con toda su ambigüedad, quería volver: a una casa, a un yo, a algo reconocible. Quienes hoy abren las puertas de Troya no están intentando volver a nada. Están intentando quedarse. Y la ciudad que están vendiendo por ese propósito no es suya para venderla. Los pretendientes asumieron permanencia. Se equivocaron.
Siempre hay consecuencias. La única pregunta es si llegan desde fuera —o si se administran, con un entusiasmo sombrío, desde dentro. Homero está en todas partes. Ya ha visto esto antes. Y, por lo que se puede apreciar, no espera que termine bien.
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