Feminismos
Beatriz Gimeno: “Insisto mucho en que el abolicionismo es una idea”
Beatriz Gimeno (Madrid, 1962) habla despacio y pensando cada palabra porque quiere que se le entienda. Abierta siempre a la discusión, cuenta con una larga trayectoria feminista que empezó en los ochenta, centrándose también en los derechos de la diversidad sexual. Presidenta de la FELGTB (Federación Española de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales) entre 2003 y 2007, cuando se conquistó el derecho al matrimonio igualitario, aprobado en 2005, Gimeno entró en la política institucional en 2015 de la mano de Podemos y fue diputada de la Asamblea de Madrid durante dos legislaturas, con una interrupción en 2020 y 2021 para ser directora del Instituto de las Mujeres.
Como feminista, Gimeno nunca ha evitado participar en los debates con voz propia, desafiando la idea de bloques ideológicos donde se opina lo mismo, superando aparentes fronteras generacionales, y evitando la confrontación dolorosa pero no el disenso. Autora de varios ensayos políticos, los primeros de ellos centrados en el lesbianismo, esta activista feminista le ha entrado a cuestiones que suscitan polémicas y dolores en los movimientos, como la lactancia materna o el trabajo sexual. En su último libro, Alegato contra la prostitución (Catarata, 2025), expone exhaustivamente los argumentos por los que cree que esta institución contamina cualquier horizonte de igualdad entre hombres y mujeres. Para ello, apela tanto a la razón como a la emoción.
En los últimos años el debate sobre la prostitución ha sido un tema muy doloroso para los feminismos. Como alguien que comparte las tesis abolicionistas, me pregunto, hasta que llegue este horizonte al que aspiramos, qué se hace con el “mientras tanto” , ¿cómo hacer alianzas para caminar hacia allí?
Lo más importante en esas alianzas, es que se esté de acuerdo en que el horizonte es abolicionista. Y a veces tengo la sensación, y me ha pasado, que algunas personas que se sitúan o dicen situarse en el “mientras tanto” realmente no tiene un horizonte abolicionista, porque no basta con decir mientras tanto y no hacemos nada para llegar a ese horizonte como si fuera a llegar solo. Entonces yo creo que el “mientras tanto” es más cuestión de diferentes estrategias para llegar al horizonte, o sea, para llegar al abolicionismo. Claro, si no haces nada, no va a haber nunca jamás un horizonte abolicionista. Las alianzas, en cuanto a las estrategias para llegar, son algunas de corte más legislativo, otras de corte más social, educativo, económico. Yo creo que ahí tiene que haber alianzas.
Tengo la impresión de que, en este debate, hay una tensión entre la mirada más estructural —que echo a faltar muchas veces cuando discuto con amigas regulacionistas— y una falta de escucha hacia la agencia— que a veces encuentro en el abolicionismo. A nadie le gusta que cuestionen su agencia. ¿Cómo hacer para perseverar en esa crítica estructural y no cuestionar las decisiones de la gente, cuando este cuestionamiento lleva a la estigmatización y a la deshumanización?
Ese siempre ha sido uno de mis temas. En mi primer libro sobre la prostitución, en 2012, dedicaba mucho tiempo al tema de que para mí, en el abolicionismo, no hay que cuestionar la agencia. También es curioso que la agencia muchas veces se cuestiona desde posiciones abolicionistas solo en la prostitución, porque en otras cuestiones, como la moda, el aspecto, no se cuestiona la agencia individual de las mujeres, sino las razones estructurales que nos llevan a cada una a tomar determinadas decisiones. No solo en feminismo, en la vida cotidiana, en nuestros trabajos, en todo, esa tensión entre estructura y agencia existe.
Siempre lo he dicho: las razones por las que las mujeres se dedican o entran en el mundo de la prostitución son cada una la suya, muchas muy entendibles, muchas muy legítimas. Independientemente de que haya mujeres que no tienen ninguna agencia, que también se olvida a veces en el debate: algunas no tienen ninguna. Hay otras que sí, pero claro, como institución social, tenemos que plantearnos la cuestión de qué lleva a las mujeres a tomar determinadas decisiones que, por otra parte, en este caso, nunca tienen que tomar los hombres. ¿Por qué a las mujeres se les presenta esa posibilidad que no se presenta a los hombres? ¿a quién o qué sistema son funcionales determinadas decisiones?
Me pasa con muchas amigas regulacionistas que, con fundamento, son antimatrimonio y, sin embargo, nunca cuestionan las decisiones individuales. No cuestionan que las mujeres se casen, lo que cuestionan es la institución matrimonial
En definitiva, es una cuestión completamente estructural. Que si digo que algunas abolicionistas cuestionan la agencia, y creo que no se debe hacer, también muchas regulacionistas se niegan a entrar en el debate de la estructura como si todo fuese agencia individual. Entonces, yo creo que lo que hay que debatir, si queremos verdaderamente hacer una crítica fundada a la institución prostitucional, es la estructura, es la institución en sí. Yo pongo el ejemplo, porque me pasa con muchas amigas regulacionistas que, con fundamento, son antimatrimonio y sin embargo, nunca cuestionan las decisiones individuales, muchas de ellas están casadas. No cuestionan que las mujeres se casen, lo que cuestionan es la institución matrimonial, la institución familiar tal como está concebida, etcétera. Sería un poco parecido.
Desde este horizonte abolicionista, a veces siento cierto miedo a “traicionar” a algunas activistas putas con las que he podido hablar en estos años como periodista, que son sujetos políticos muy potentes a quienes considero que hay que tener totalmente en cuenta. Me refiero a colectivos de trabajadoras sexuales que son muy críticas con el capitalismo, que son muy críticas con el patriarcado, pero que llevan su lucha desde su experiencia.
Creo que a muchas esto nos coloca en situaciones difíciles. Me parece que se entiende mejor, más que teorizando sobre la cuestión, si lo comparas con otros debates. Y es perfectamente comparable, no sólo la cuestión que he dicho de las teóricas o activistas antimatrimonio, por poner un ejemplo, o las abolicionistas de la familia, sino con otras instituciones sociales e incluso trabajos. Por ejemplo, yo lo comparo —la gente dice que no es comparable, pero creo que en algunas cosas sí— con el tema de los derechos o las reivindicaciones de los mineros.
Ahora casi ya no hay mineros, pero en su día, la marcha de los mineros a Madrid, en la que yo estuve, fue muy emocionante. O sea, los mineros tienen derecho a defender su trabajo, entiendo perfectamente que defendieran su trabajo en las regiones mineras. Muchas de ellas están muy muertas, no se han tomado decisiones políticas que las mantuvieran vivas. Entiendo que se sindicalicen, entiendo que se defiendan, pero la minería contamina, esa es la realidad. Yo creo que la prostitución contamina la igualdad. Entonces, hay que entender que se tengan reivindicaciones políticas, sindicales, lo entiendo, están en su derecho, es legítimo, no hay nada que criticar ahí. Pero creo que la prostitución contamina la igualdad y una sociedad que aspire a la igualdad entre hombres y mujeres tiene que tener una postura crítica respecto a esta institución que no hace más que reconstruir la desigualdad permanentemente.
Hay algo que a mí me frustra particularmente, que es esta especie de crítica ad hominem, cuando se dice que quienes plantean argumentos abolicionistas lo hacen desde el privilegio, que son feministas blancas burguesas, o que lo que realmente les pasa a las abolicionistas es que les molesta que las trabajadoras sexuales se acuesten con sus maridos. ¿Cómo contestar inteligentemente a este resorte?
Yo no lo sé. Además es un tema en el que te deslizas muy fácilmente hacia cuestiones que te van a generar más debate y van a generar más incomprensión. Yo creo que el debate político actual está muy atrincherado, no voy a decir polarizado, pero muy atrincherado, en muchos casos con razón. Nos pasa a todas, nos encerramos en trincheras cada vez más pequeñas y por tanto, creo que no se puede hablar ahí de debate. Yo creo que si no abres las trincheras y dejas espacio para hablar, se vuelve muy difícil todo. Ya no solo en la prostitución, el debate político, sobre todo entre semejantes —no voy a decir ni iguales ni parecidos, pero sí semejantes— tiene que dejar un campo para discutir. Y ese campo tiene que estar abierto a la posibilidad de escuchar cosas que no te gustan e incluso pensar cosas que no has pensado y que te están diciendo otras.
Si todo es una trinchera es imposible hablar de nada. Y esto se está configurando así: todo es una trinchera, entonces es imposible hablar de nada. Y es evidente que tiene que haber trincheras, porque hay posiciones absolutamente inadmisibles en política. Pero no todas son posiciones contrarias. Entre semejantes, personas que en un 95, 90, 80 por ciento, estamos en el mismo campo, cada vez queremos hablar de menos cosas. Yo creo que esto es una pérdida terrible para el debate político, para la inteligencia, para la teoría, y en definitiva, para el activismo y el avance hacia una sociedad más justa.
La genealogía ha desaparecido del debate, y junto a ella, todas las teorías, las prácticas políticas, incluso personales, el activismo que desarrollaron mujeres comunistas, socialistas, anarquistas, lo que dijeron, cómo lo explicaron, eso parece haber desaparecido
También lleva a una especie de presentismo feroz, eclipsándose, por ejemplo, la genealogía del discurso abolicionista.
Sí, pero ya no solo con la prostitución, en general en el feminismo. Y a veces, en la necesidad obsesiva para construir trincheras y autojustificarse, veo a gente diciendo cosas, y pienso: eso no se ha dicho nunca en este sector o en esta corriente. Sin embargo, hay una necesidad permanente de justificar por qué te estás construyendo esa trinchera. Y sí, la genealogía ha desaparecido del debate, y junto a ella, todas las teorías, las prácticas políticas, incluso personales, el activismo que desarrollaron mujeres comunistas, socialistas, anarquistas, lo que dijeron, cómo lo explicaron, eso parece haber desaparecido. Creo que hay que recuperarlo.
Haces bastante incidencia en el tema de las políticas sexuales y cómo, bajo el manto de la libertad y la diversidad sexual, parece que se obtura la posibilidad de discutir sobre el poder dentro de la sexualidad.
Sí, esa es una falta que siempre he venido señalando, no solo en la prostitución, sino en general. Tengo en la cabeza escribir algo sobre eso. Yo ahora miro mucho a las feministas de los 70, bebo mucho de ahí. Suelo decir que en los 70, 80, finales de los 60 —lo que llamamos segunda ola, o tercera, dependiendo— se dijo casi todo y en muchos aspectos se fue más radical que ahora. Y una de las cosas que se ha perdido es la profunda discusión sobre la sexualidad, ahora apenas se habla de sexualidad. Y desde luego, una parte del feminismo, pues no habla mucho de sexualidad.
Yo creo que hay que volver a pensar la sexualidad. Y dentro de la sexualidad, el poder. Leo mucho a una feminista que se llama Ruby Rich, y que decía: el feminismo nunca hablará demasiado de sexualidad. Creo también que el abolicionismo habla poco de sexualidad, como si la prostitución no tuviera nada que ver con la construcción de la sexualidad, o la construcción de las subjetividades sexuales. Yo creo que hay que volver a hablar de la sexualidad y dentro de la sexualidad, el tema del poder y el poder patriarcal también.
Y hablas, que me parece muy interesante, de razón y emoción, que es el punto de partida del libro, ¿por qué es importante?
Es que yo en el primer libro no hablé nada de la emoción y luego, la verdad, es que leyendo Almudena Hernando —a quien cito mucho y con quien he tenido mucho contacto— que para mí es una feminista de referencia, he entrado en el tema de de la emoción en la política y en el feminismo, gracias a sus libros sobre la construcción de la individualidad y la importancia de las emociones. En uno de ellos termina diciendo: nunca habrá igualdad si los hombres no cambian subjetivamente sus emociones respecto a las mujeres.
Empecé a pensar qué papel juega la emoción en la construcción de las subjetividades en el mantenimiento de la prostitución. Y sobre todo las emociones masculinas, porque en la cuestión de la prostitución no se juegan las emociones femeninas, pero para los hombres sí, hay un componente que pone en juego su emoción. Y eso es lo que quería abordar en este libro que no abordé en el primero y que me parece muy importante cuando hablamos de abolicionismo.
Respecto a la cuestión de “es mejor que limpiar baños”, es que yo no estoy hablando de eso. Yo quiero abordar el tema de la prostitución, de lo que significa para la igualdad
Y hablas también de la fetichización de la prostitución, de una cierta abstracción. Supongo que tiene que ver con la emoción, pero a mí me irrita también esa comparación recurrente, que dice, pues mejor el trabajo sexual que limpiar baños. Y cuando pones algún pero a este paralelismo, es posible ser acusada de puritana. Me llama la atención que quede fuera de la discusión lo que es un cuerpo. Porque lees testimonios de trabajadoras sexuales que hablan mucho de las afecciones derivadas de tener muchas relaciones sexuales sin deseo, de los dolores y problemas que se sienten en el cuerpo.
Esa abstracción, o por lo menos ese alejamiento, está presente también en el discurso de las regulacionistas. Eso me parece una trampa, independientemente de otras razones que podemos discutir. También abordo en el libro que las abolicionistas hacemos esto muchas veces para que no nos acusen de puritanas: el dolor que hay, y que expresan, no vamos a buscarlo. Muchas mujeres en prostitución expresan un dolor que se borra, y con eso de que ellas hablen, bueno, ya hablan muchas, y también son muchas quienes cuentan de dolores inimaginables. Misteriosamente, esos no cuentan. Ahí hay un movimiento estratégico que me parece que es tramposo. Vamos a poner sobre la mesa también el dolor, no solo las supuestas “ventajas” sino que vamos a poner también el dolor y vamos a hablar de él.
Respecto a la cuestión de “es mejor que limpiar baños”, es que yo no estoy hablando de eso. Yo quiero abordar el tema de la prostitución, de lo que significa para la igualdad, para la consecución de la igualdad entre hombres y mujeres. Si queremos un horizonte igualitario, esta institución tiene que desaparecer, independientemente de que sea mejor o peor que otras cosas, porque eso tampoco dice mucho de la prostitución, sino mucho de lo malo que será fregar escaleras. Habrá que conseguir que fregar escaleras o limpiar váteres, que siempre lo dicen, sea suficientemente digno y suficientemente bueno, como para que no sea siempre representado como lo peor. Yo no discuto que para algunas personas que tienen cierto control sobre esa actividad pueda ser mejor, más lucrativo que “lo peor”. Yo discuto que es contaminante socialmente, en el sentido de igualdad. Eso es lo que hago.
En este momento de turbocapitalismo patriarcal, se multiplican los dispositivos para sacar lucro de la institución. Tenemos Onlyfans, tenemos todo el negocio de webcams, y se acaba reproduciendo todo el tiempo, por un lado, la racialización de la prostitución (que asigna peores condiciones a quienes vienen del sur global), y, por otro lado, este pacto masculino: dentro del mundo de las webcams, por ejemplo, es muy común que en las salas haya varios hombres compartiendo la experiencia.
Beatriz Ranea, que escribió el libro sobre puteros y los ha investigado mucho, a veces pone en sus conferencias o charlas o clases comentarios de los puteros en webs de puteros. Y ahí se acaba toda la discusión. Es curioso, porque puedes estar teorizando, y luego pones lo que piensan los puteros de las mujeres, no de las putas, de las mujeres en general, y sí, la discusión se acaba porque lo que ves es una misoginia atroz y te das cuenta de que la prostitución es un vehículo también para esa misoginia.
Cuando salió el caso de Koldo y Ábalos y vimos cómo hablaban de las mujeres, me daban ganas de decir, ¿pero qué creéis que es un putero? O sea, ¿para qué creéis que va a la prostitución? ¿Para respetarlas, ser igualitario? No, van también para expresar esas emociones misóginas que ya no pueden expresar en otros ambientes. Por eso también creo que, independientemente de las estrategias que se ofrezcan, el abolicionismo es también una idea, que lo que quiere es explicar qué significa la institución prostitucional. Para mí es importante entender que tiene que ganarse el debate social.
Independientemente de las leyes, que pueden ayudar o no, creo que hay que ganar el debate social. Por eso insisto mucho en que el abolicionismo no solo es una ley, o a lo mejor ni siquiera tiene que ser una ley, pero es una idea, es un horizonte
Es un poco parecido, salvando las distancias, al racismo. El racismo no se va a acabar con leyes, se va a acabar cuando la gente deje de ser racista por montones de estrategias diferentes. O la gente no va a dejar de ser capacitista, pero de hecho ya es menos capacitista que antes, e incluso es menos racista, porque los debates sociales avanzan a pesar de todo el racismo que aún hay. El racismo sigue institucionalizado, pero se acabó con la esclavitud... se avanza. Pero, independientemente de las leyes, que pueden ayudar o no, creo que hay que ganar el debate social. Por eso insisto mucho en que el abolicionismo es una idea. No solo es una ley, o a lo mejor ni siquiera tiene que ser una ley, o sí, o muchas medidas conjuntas. Pero es una idea, es un horizonte. Es la defensa de una idea.
Me gusta mucho el trabajo de Beatriz Ranea sobre los puteros. A veces pienso, también, que al final dentro de los feminismos nos hacemos cargo, e incluso nos enfrentamos, por cuestiones que afectan principalmente a los hombres, sin embargo, no veo que haya un debate entre los hombres sobre la prostitución igual de fuerte, no veo que haya hombres que hablen entre sí y se descalifiquen entre ellos por ser puteros, o fomenten una postura política pública respecto la prostitución, más allá de ponerse detrás de las feministas de una u otra posición.
Hay un debate intenso sobre qué papel les dejamos a los hombres, dónde tienen que estar. Claro, yo he pasado de pensar, como una parte del feminismo, que encima no vamos a hacer el trabajo de los hombres —eso que decíamos antes— a pensar, a ver, no lo vamos a hacer nosotras, lo tienen que hacer ellos, pero tenemos que tener claro que tenemos que incluirlos y que tienen que hacer ese trabajo, que si ellos no cambian... O sea, es que nosotras ya hemos cambiado, eso es así.
Lo que nos encontramos es que las mujeres hemos hecho una revolución y ellos, muchos de ellos, la mayoría, están en el mismo sitio, incluso en sitios de reacción. Entonces tienen que cambiar y hay que ayudarles de muchas maneras. Y sí hay pocos, pero eso en todo lo que se refiere al feminismo. Incluso los llamados —que no nos ponemos de acuerdo tampoco en el nombre, eso sí que lo tendrán que decir ellos— hombres feministas igualitarios, críticos con la masculinidad, antipatriarcales… incluso ellos, han tardado mucho en tener posturas sobre la prostitución. Eso me llamaba la atención porque hasta hace nada, había bastantes grupos de estos hombres que hablan entre ellos de cuestiones de feminismo, pero sobre la prostitución no se pronuncian. Como diciendo, bueno, es que eso es una cuestión del feminismo. No hombre, es que los puteros son todos hombres, entonces claro que es una cuestión del feminismo, pero desde luego, si hay un tema que les incumba directamente es ese.
Ahora sí suelen ser abolicionistas, pero les cuesta tomar posturas pública, también porque creo que tienen cierto miedo a asumir el estigma que asumimos muchas veces las abolicionistas, que lo hay, que es un estigma duro. Para algunas no será duro, pero para otras que somos anticapitalistas, prosexo, que queremos discutir sobre sexualidad y que no somos nada puritanas, ese es un estigma. Que te llamen puritana, que te llamen conservadora, duele. Entonces yo creo que ellos tienen también miedo a asumir ese estigma.
Por otro lado, estamos en un momento en el que vemos a hombres blancos todo poderosos combinar sin ningún tipo de reparo discursos machistas y racistas, mientras profundizan en un modelo que algunas autoras y autores han llamado tecnofeudalismo, constituido sobre la legitimación de la desigualdad y de todas las opresiones.
Las formas de opresión, ninguna es nueva, son una reconfiguración permanente de viejas formas de opresión, se apoyan unas en otras. No hay ninguna forma de opresión que sea indiferente a la raza, porque está ahí, y esa desigualdad la aprovechan. Pueden mercantilizar a las personas, sacar plusvalía de la cuestión de la desigualdad racial igual que de la cuestión de la desigualdad sexual. Son opresiones que se refuerzan unas a otras y por eso están encadenadas unas a otras. Y ahora mismo estamos en un momento en el que además se han soltado los demonios de una cierta posición que habíamos conseguido diferentes luchas sociales, no sólo las feministas, sino también las luchas antirracistas, las luchas por la igualdad social, económica, —pues ha habido una época más progresista en la cual se mueven las posiciones— creo que ha habido ahí también heridas en el narcisismo, en las configuraciones subjetivas de personas muy rígidas que no han sido capaces de cambiar, y por tanto hay una reacción. Y eso es lo que estamos viendo, estos líderes, entre comillas mundiales que hacen gala de lo peor, de lo que hace nada era tabú, lo que han hecho es dar permiso a todo el mundo a ser así. Eso es lo que hacen: dar permiso al chico del instituto para hacer lo que antes no se atrevía a hacer, o al de la oficina, que si antes no se atrevía a manifestar cómo pensaba, viene Trump y le permite ser lo más bruto y lo más misógino y racista que quiera, y que en el fondo quería ser.
Y te voy a hacer una pregunta un poco polémica, pero es algo que me ronda también sobre los hombres progresistas y estos escándalos que han surgido. Ya no hablando de prostitución, sino de sexualidad como ese espacio recóndito, un poco donde mantener la dominación, donde quizás, muchos hombres que han abanderado el feminismo de cara al público, acaban reproduciendo estas dinámicas de dominación justo en el espacio sexual.
Es que una cosa es la teoría, que te la puedes saber, y ahí entraría otra cosa que tampoco quiero insistir, pero bueno, de qué manera, en el mundo contemporáneo, se forjan carreras que también son profesionales respecto a determinados temas. Que hace cien años eso no existía, pero ahora tú puedes ganar dinero, tener una carrera profesional como conferenciante, escritor.... -nos pasa a todos, a mí también- puedes forjar determinadas carreras en determinados campos y ahí construyes tu teoría, sabes lo que tienes que decir, lo aprendes. Pero entonces entra el tema de las emociones: Todas las personas, ¿cómo nos construimos subjetivamente? ¿El núcleo emocional de cada uno y cada una de nosotras?, Para las mujeres no es difícil construirnos como feministas o como mujeres que aspiramos a la igualdad porque somos las, entre comillas, las víctimas, las perjudicadas del patriarcado.
Pero si estás en una posición de poder, darte cuenta, hacerte consciente de que estás en una posición de poder y que tus emociones, tu núcleo emocional, aquello que construye tu ser, está contaminado de desigualdad, eso es más difícil. Y por eso muchos hombres tienen ese núcleo, no lo saben combatir o no lo han combatido suficiente y ese núcleo personal se expresa de manera muy evidente en la sexualidad. Y todos y todas tenemos ese núcleo, o una parte de él, construido alrededor de la sexualidad, donde se ponen en juego miedos, placeres, pero también sensaciones de potencia, de debilidad, ganas de someter, de ser sometido, cuestiones que afectan a nuestro yo más íntimo.
La sexualidad es un espacio en el que el yo íntimo ocupa prácticamente todo, no es tan fácil de cambiar. Una cosa es lo que digas y otra cosa es lo que sientes, incluso aunque intentes reprimirlo. El psicoanálisis ha trabajado mucho sobre lo que queda ahí debajo, las capas que hay que levantar para conocerte. Eso le pasa a muchos hombres supuestamente igualitarios, que pueden ser muy igualitarios pero el yo está ahí, agazapado, lleno de desigualdad, incluso en muchas ocasiones lleno de una desigualdad que algunos no conocen siquiera y que se expresa en determinados momentos.
No todo tiene que pasar por la legislación, que esa es otra. Yo no creo que los males sociales, sobre todo si son muy profundos y están instalados, como la prostitución, se acaben con una legislación
Hablabas antes de legislación, desde los múltiples frentes o las múltiples posibilidades, para ir avanzando hacia un horizonte abolicionista. Partiendo de la crítica hacia un punitivismo que puede hacer la vida más complicada a las trabajadoras sexuales, ¿no tiene más sentido centrarse en otras medidas que apunten a lo estructural, como legislar la obligatoriedad de recibir educación sexual en las escuelas —en Argentina, por ejemplo, esta era una agenda fundamental del feminismo— o pelear por medidas como la Renta Básica Universal, para garantizar una base material a las mujeres que facilite la agencia?
Esto, que es lo más concreto, es quizá lo más difícil, por lo menos para mí, de responder. Comparto y entiendo perfectamente ese malestar con ciertas posturas. Al final he decidido que no es mi labor hacer propuestas. Quiero decir, que yo defiendo el abolicionismo, y que personas que se dedican a hacer propuestas legislativas las hagan. Y la verdad es que yo cogería de esta, esto, de esta, esto, de esta, esto. O sea, hay muchas propuestas y, dentro de esas alianzas, ahí habría una discusión. ¿Qué propuesta legislativa es la mejor? Nunca me pelearía con alguien que tiene otra propuesta legislativa diferente, teniendo en cuenta un horizonte abolicionista, sino que intentaríamos hacer la mejor.
No todo tiene que pasar por la legislación, que esa es otra. Yo no creo que los males sociales, sobre todo si son muy profundos y están instalados, como la prostitución, —en la cabeza, en la vida social— se acaben con una legislación ni se dejen de acabar. Yo creo que una legislación puede ayudar a determinadas cosas pero, como decía antes, el abolicionismo es una idea. Es la idea de que es necesario que no haya prostitución para que la igualdad entre hombres y mujeres sea más real.
Pero sí que creo también — ahí he cambiado un poquillo últimamente, pues antes decía: hay que trabajar antes en renta básica, en la ley de extranjería— que a veces esto se utiliza, con perdón, por parte de algunas regulacionistas, que en realidad no quieren avanzar. Porque claro, si pones tanto delante nunca llegas a nada. Si lo que quieres es una sociedad socialista, comunista, igualitaria, donde todo el mundo tenga lo suficiente para vivir, nunca avanzarás, siempre seguirá habiendo prostitución. En algún momento hay que meterle mano, y ese momento en el que le metes mano va a generar desajustes. En prostitución y en todo. Yo no te estoy diciendo qué desajustes ni qué legislación. Y no estoy de acuerdo con todas. Y comprendo lo que dices y lo comparto. Pero tú no puedes esperar que la realidad sea ya perfecta para meter mano a la prostitución. ¿O es que en realidad no quieres meterle mano a la prostitución?
Es lo que te decía antes, y vuelvo al símil de las minas. Hay que garantizar el futuro de los mineros, de las regiones mineras. Pero si nunca le metes mano a la mina, nunca vas a descarbonizar y seguirá contaminando. Y en el momento en que metes mano y dices, por ejemplo, se prohíben las minas de carbón o combustibles fósiles, en ese momento vas a generar un desajuste entre la gente que quería seguir trabajando el carbón. Lo que te quiero decir con esto es que hay que asumir que hay momentos de desajuste, que hay que abordar los desajustes, que estoy de acuerdo que cualquier legislación tiene que ser multifactorial, o como la quieras llamar. Creo que hay que entender que si tú mañana castigas a los puteros, cierras webs y desde luego cierras puticlubs, eso no va a acabar con la prostitución. Porque la prostitución es una idea y el abolicionismo también.
El problema es el patriarcado, en el sentido de que mientras ellos sean sujeto y nosotras objeto, nosotras siempre vamos a poder encontrar una manera de sobrevivir vendiendo el acceso sexual a nuestros cuerpos, sea mediante una institución organizada como la prostitución, o sea de otras muchas maneras: de manera particular, mediante el matrimonio... Porque lo que falla es que hay una desigualdad de base que nos convierte en objetos sexuales. Y puedes legislar y tener montones de leyes, que eso, mientras no cambie la manera en que los hombres nos consideran y consideran relacionarse con nosotras, no va a cambiar. Tú puedes crear una renta básica, generar un suelo de igualdad económica y aún así habría mujeres que se prostituirían por salir de ese suelo. Porque el problema es la construcción sexual de la realidad, la construcción desigual entre hombres y mujeres de la realidad, la manera en que los hombres construyen su sexualidad.
Me gustaría que pudieses desarrollar lo que viene a ser, creo, la principal tesis de tu libro, ¿por qué la prostitución contamina la igualdad?
Porque nos pone a nosotras en un lugar del mundo y ellos en otro, en posiciones que no son intercambiables, como explico bien en el libro, no son en absoluto intercambiables. Hay muchas desigualdades en el mundo, pero el feminismo y otras luchas las han ido haciendo intercambiables, aunque sigan siendo feminizadas, pero intercambiables. Esta no es intercambiable, son lugares del mundo irreductibles el uno al otro. Y esos dos lugares son como dos pilares de la desigualdad entre hombres y mujeres, y construyen maneras de pensarse a una misma y a uno mismo, construyen maneras de relacionarse sexualmente, pero también socialmente, construyen maneras en la que los hombres nos piensan y, por tanto, se relacionan con los otros. Construyen mundos diferentes, desiguales en el sentido que uno es estigmatizado, que no son independientes pero iguales. Esos dos espacios que se abren para hombres y mujeres son un freno, una muralla para los seres humanos feministas que pensamos en un mundo igualitario en todos los aspectos, también desde el punto de vista sexual, económico y social.
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