Galicia
El colapso de las urgencias en Galicia lleva a profesionales y pacientes al límite
“Ayer estaban los tres pasillos de servicio llenos. Teníamos a 36 personas esperando”, relata Amadeo Seco, médico de urgencias, describiendo una realidad que se repite día tras día en el Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña (Chuac). “La situación es de colapso”, asegura.
Los números son contundentes: alrededor de 500 urgencias diarias, con tiempos de espera que oscilan entre las dos y las tres horas de media desde la llegada del paciente. La saturación no afecta únicamente a A Coruña. A comienzos de esta semana, en el Complejo Hospitalario Clínico de Santiago, hasta 40 pacientes llegaron a esperar ingreso en los pasillos de forma simultánea.
La gravedad de la situación llevó a la Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias (Semes) a hacer público su apoyo a los coordinadores de los servicios de urgencias hospitalarios, que venían denunciando las condiciones laborales extremas y la necesidad urgente de negociar mejoras en las plantillas y en las condiciones de trabajo. Desde Semes Galicia subrayan que los profesionales están trabajando en condiciones que comprometen tanto su salud como la calidad asistencial.
Un problema de gestión
Para los sindicatos, las causas de la crisis están claras. “Hay una falta de planificación y una falta de voluntad total por parte del Gobierno de la Xunta para resolver esto”, afirma con contundencia Javier Fente, secretario general de sanidad de UGT. Según su análisis, el problema repite un patrón invariable: “En el periodo invernal, pasa todos los años lo mismo”.
La elevada afluencia y la saturación de los PAC y de los centros de salud acaban repercutiendo directamente en el servicio de urgencias hospitalario. Cuando las urgencias no pueden derivar a los pacientes a las plantas de hospitalización por falta de camas disponibles, el colapso es total.
Esta carencia estructural no es nueva. “El Sergas arrastra un grave problema de gestión, mantiene las plantillas bajo mínimos y, a día de hoy, no hay médicos suficientes”, advierte el representante de UGT, que critica que la administración configure los cuadros de personal “desde un despacho”, ajena a la realidad asistencial.
“No se pueden fijar plantillas teóricas sin tener en cuenta los porcentajes de incapacidad temporal”, denuncia Fente. Las consecuencias son contundentes: “Si en un servicio de atención primaria deberían trabajar 14 o 15 médicos y solo hay 4 en activo, algo falla”.
La ausencia de negociación entre la Administración y los profesionales de urgencias es otro de los elementos centrales de la crisis. El acuerdo que rige las condiciones laborales de estos trabajadores data de 2007 y, según los propios afectados, quedó completamente obsoleto.
Hace casi dos años, los profesionales de urgencias se movilizaron para exigir negociaciones. “La respuesta de la Consellería fue posponer indefinidamente cualquier diálogo”, denuncian desde la CIG. “Llevamos dos años esperando para hablar”.
Entre las principales demandas de los profesionales se encuentran la exención de noches y guardias a partir de los 55 años, una actualización de las retribuciones, nuevos planes funcionales; una dotación adecuada de los cuadros de personal; y una reestructuración de los servicios para poder trabajar en “condiciones dignas”.
Desde UGT llevan años reclamando la constitución de comisiones de seguimiento para evaluar el funcionamiento del acuerdo e introducir mejoras. “En todas las reuniones de la Mesa Sectorial pedimos de forma reiterada que se reunieran las comisiones de este acuerdo y más de urgencias extrahospitalarias, pero de momento, nada”, resume Fente.
La sobrecarga asistencial
Mientras las negociaciones brillan por su ausencia, los profesionales soportan una carga de trabajo que desde los sindicatos califican de “indecente”. La falta de personal se traduce en una presión asistencial insostenible que afecta tanto a la calidad de la atención como al bienestar de las trabajadoras.
Ana Mato, enfermera de urgencias, describe una realidad especialmente dura en los días de mayor saturación: “Hubo varios días de hasta seis horas de espera para una primera atención”. La saturación de los pasillos se convierte en un escenario habitual. “Llegamos a habilitar cuatro pasillos; tres de camillas y uno de sillas de ruedas”, explica la enfermera.
Asunción Maus, secretaria general autonómica del Sindicato de Enfermería (SATSE) en Galicia, advierte de las múltiples dimensiones de esta sobrecarga. “Estamos ante un problema asistencial y también de una fuerte presión laboral, ya que se trabaja con un número de pacientes muy alto y resulta imposible planificar el trabajo”, explica.
Según Maus, esto incrementa los riesgos y dificulta una atención segura, ya que la acumulación de tareas y los continuos cambios de foco favorecen la aparición de errores y problemas de seguridad asistencial.
La sobrecarga, sin embargo, no es solo asistencial. La representante sindical señala también el impacto emocional de las elevadas cargas de trabajo, así como la necesidad frecuente de asumir turnos adicionales por la falta de personal, una situación que deriva en un acusado agotamiento físico y emocional de las profesionales sanitarias.
La situación descrita por las profesionales contrasta frontalmente con las instrucciones oficiales. Según explican, existe una directriz del Sergas que establece que los enfermos deben ser ingresados en sus habitaciones para evitar que los pasillos se utilicen como espacios de atención de urgencias. Sin embargo, desde la CIG denuncian que en numerosas ocasiones los pacientes que están pendientes de pruebas complementarias o de valoración por especialistas permanecen en los pasillos.
Asunción Maus apunta que esta realidad se repite de manera generalizada en todo el territorio. La secretaria general autonómica de SATSE en Galicia explica que, en la práctica, se están habilitando zonas de hospitalización improvisadas, que no reúnen las condiciones habituales y que comprometen tanto la confidencialidad como la privacidad de los pacientes.
Según denuncia Ana Mato, llegan a realizarse sondajes e incluso exploraciones sin las mínimas garantías de intimidad, “sin cortinas, sin biombos y sin ninguna forma de guardar la intimidad de los pacientes”.
Un problema crónico, no estacional
La saturación invernal se repite año tras año, pero, según denuncian las trabajadoras, su origen no es estructural, y se sitúa en la atención primaria. La falta de acceso a la medicina de cabecera, con esperas de hasta dos semanas, “provoca que muchos pacientes empeoren antes de ser atendidos y acaben precisando ingreso hospitalario”, explica Ana Mato.
Asunción Maus coincide en este diagnóstico y subraya la importancia de garantizar una atención primaria bien dotada y capaz de absorber la demanda asistencial. La secretaria general de SATSE en Galicia considera “imprescindible” reforzar las plantillas para que los pacientes puedan ser atendidos en el primer nivel asistencial y evitar así el colapso de otros servicios.
El personal de enfermería es quien sufre de manera más directa la falta de recursos y la creciente sobrecarga asistencial. Las profesionales denuncian un deterioro progresivo de la sanidad pública gallega, marcado por una atención continua y sin descanso, en la que la presión asistencial se vuelve constante y “profundamente agotadora”.
El consejero de Sanidad reconoce “picos de tensión asistencial” pero defiende que el sistema “responde”. Para los sindicatos, sin embargo, la salida pasa de manera inevitable por un aumento de la inversión pública en sanidad. Subrayan la necesidad de reforzar el presupuesto e insisten en la necesidad de una voluntad política real para acometer una reforma estructural: dimensionar adecuadamente las plantillas, mejorar las condiciones laborales y planificar los recursos de acuerdo con la realidad asistencial.
Este medio contactó con el Servicio Gallego de Salud (Sergas) para solicitar su versión sobre la situación de las urgencias hospitalarias, pero no obtuvo respuesta hasta el momento de la publicación de este artículo.
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